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Pregón de la Peña Puerta del Desencierro, Andrés Duque Alfonso, Carnaval del Toro 2015

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Pregón de la Peña Puerta del Desencierro, Andrés Duque Alfonso, Carnaval del Toro 2015
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Pregón de la Peña Puerta del Desencierro
Andrés Duque Alfonso
Carnaval del Toro 2015

CIUDAD RODRIGO — EL SUEÑO DE UN NIÑO –

Merryll Strypp, en MEMORIAS DE ÁFRICA, exclamó con voz sedante y placentera: “Yo tenía un sitio aquí.En esta colina”. Y yo tengo mi sitio en esta colina en la que emerge esta ciudad. Yo siempre le he querido a ella y ella siempre me ha querido a mí…Y voy a contaros el:

EL SUEÑO DE UN NIÑO

Era un día de invierno, la luz, apenas, se asomaba por la contraventana de la alcoba. El amanecer estaba en calma dormido bajo el hielo.

Un niño, sentado al borde de la cama, con el ánimo dispuesto y gozoso arrastraba el desasosiego de una fiebre especial.

—-Había llegado el MOMENTO—-

Su padre, aún no se había puesto la camisa mientras se afeitaba a navaja, sosegadamente, con el espejo colgado en el marco de la puerta de la sala.

Su madre tenía preparado el “remudo” y su “ropa de vestir” sobre el viejo escaño de la cocina, ombligo de la casa, para que se arreglase allí, al amor de la lumbre.

El café llega hirviendo a la mesa y hasta que se apacigüe el niño observa y le parece que su madre había encanecido antes de tiempo pero conservaba, todavía, la belleza romana de su retrato de bodas que colgado en la sala dignificaba la estancia.

La madre antes de nada, aún antes de abrazarle, le dijo con su estilo tierno y ceremonial de costumbre: Hijo ten cuidado, no te separes de tu padre.

El pueblo está desierto y aún bailaban grumos temblorosos de la niebla sobre los tejados de las casas. El aire se volvía de diamante.

En la plaza del pueblo el “coche de línea” esperaba y se oía el ronroneo del motor en marcha.

Ya instalados, el conductor suelta el freno de mano y el auto con el motor cansado se abre paso, lentamente, entre la niebla. Y a través de la ventana aparecen de una forma confusa los árboles y las pocas casas del camino.

Ni un alma se veía.

Las paradas en cada pueblo eran ociosas, aunque aquél niño advertía con atención todo lo que se veía en derredor: El pájaro negro de la roca que desplegó las alas y las sacudió vigorosamente y tras un instante de absoluta quietud volvió a plegarlas.

De vez en cuando alguna urraca o algún cuervo, con los plumajes foscos y revueltos se movían, ateridos de frío, a saltitos perezosos cerca de la cuneta o volaban cortos a ras de suelo.

Las siluetas de las encinas parecían azuladas por la escarcha como el chozo del pastor y de las fosas nasales de unos caballos brotaban intermitentes oleadas de vapor que se desvanecían, al instante, en el aire frio.

El final del viaje se acerca y, de pronto, a pocos metros de una llanura de tierra pelada, árida y calcinada por los hielos, sus ojos se hicieron más grandes:

.LA CIUDAD apareció a lo lejos en lo alto de la colina, destacándose en el cielo con traza gloriosa y altiva las torres de Cerralbo y de la Catedral que, amarillas, se perfilaban inhiestas entre la masa sólida del recinto amurallado que oprime a la importante población con un abrazo entre cariñoso y amenazador.

El rio Águeda murmuraba allí cerca sobre su fondo de verdor y desprendía un aliento neblinoso que trepaba por la ladera hasta el castillo de Trastámara que, desde el cerro en que se asienta, dominaba el valle y se miraba en el agua como un antiguo guardián.

El autobús había sobrepasado el Bar de “La pantalones” y, después, bordeando las huertas cruzó el barrio de “El Arrabal” de calles desoladas y tristes, con casitas de un solo piso, bajas, de paredes encaladas, con frágiles ventanas de cuerpo entero, algunas con canalones de cinc a dos aguas y con los aleros oxidados y viejos bajo los cuales se refugiaban, seguramente, los pardales para dormir. Tendederos sin ropa, casas anoréxicas.

Inmediatamente, el viejo coche atravesó el romano puente de piedra, que, tendido allí, unía los espacios del barrio con la ciudad.

¡Ya hemos llegado!, susurró el padre que de pronto señaló con el dedo y cuando el niño quiso seguir la dirección de su índice el chófer detuvo la marcha en una cochera negruzca y oscura de El Cruce en la que entró aquel autobús, tal vez, el último de una estirpe legendaria y extinguida en el resto del mundo.

El padre recoge la maletita de cartón y juntos se adentran en los jardines de La Glorieta con arcos de hierro oxidados y enmarañados de hiedra, con un estanque todavía helado de carámbano y con bancos de piedra tapizados de musgo. Orilla al Árbol Gordo, a “las agujas” y a las empalizadas de madera reforzadas con clavos de hierro por dónde hubiera de guiarse el encierro de los toros para las capeas.

Aquel niño cargado de impaciencia y curiosidad se detenía, a veces, contemplando casas de piedra sillar bellísimas, de arco apuntado o redondo; había otras con el piso principal ventrudo y saliente; hermosos palacios con toques platerescos y con patio; edificios tan bien preservados que parecían de estreno; portales con canutillos tallados en los extremos de las vigas negras; áticos, escudos sobre los arcos de entrada.

En los bajos, calles repletas de comercios, tiendas, pañerías, telas y mantas, droguerías, farmacias, guarnicionerías con arreos de montar, pastelerías. Bares llenos, como “El Sanatorio”, que más que decoradas, las paredes parecían infestadas de fotos en blanco y negro. Algunos retratos y muchos pases al natural, muchos derechazos, muchos desplantes y vueltas triunfales, situaciones comprometidas de encierros y capeas.

Y el balcón del ayuntamiento que, erguido sobre columnas, majestuoso, domina la plaza mayor inclinada, que revestida con tendidos de madera y con el aumento de los balcones con vuelo de las viviendas forman el recinto rectangular de LA FIESTA.

Sus oídos captaron súbita y simultáneamente las voces de las gentes y el acorde lineal de los pasodobles toreros que brotaban sin cesar desde la tienda de Electricidad Centeno.

De pronto, antes del mediodía, el sol nace y queda el cielo azul y la luz se derrama a raudales por todas partes.

Al principio de la tarde ya estaban instalados en el tendido, como espectadores, tres de los hermanos Girón: Curro, Efraín y Rafael, toreros de brillante dinastía venezolana. Con esta compañía, la frescura dulce del viento y la claridad del día, aquella privativa y bella plaza tenía un aspecto fantástico tal, que, al niño aquél le pareció el templo magnífico del toreo.

Vivió y descubrió cosas nuevas en su interior, como si una tibia borrachera de melancolía se apoderara de él. Y como en un sueño de amor, se le gravó aquella decoración tan pura, tan real y tan cercana.

Recorrió su cuerpo una fantasía de entusiasmo al ver torear toritos buenos con sentidas interpretaciones. El arte de torear pareció más puro en las manos de “El Viti”, otro torito se fijaba en los vuelos de la muleta de “Pedrés” cuando hacía el péndulo.

Restallaban olés, vibraba la música en medio de aquel estruendo, los toreros ligaban redondos con los pases por alto, ceñidas trincherillas por parte de Martorell, muletazos clásicos y minuciosamente definidos por las tauromaquias parecían surgir de la fantasía del portugués Amadeo dos Anjos, se toreó con la izquierda en excelentes tandas, y con igual fundamento por parte de “El Millonario y de “Barajitas” con el capote. Se mató al volapié y se cobraron estocadas en el hoyo de las agujas.

A la ilusión, quizá a la fantasía de aquél niño así le pareció y la conmoción para él fue enorme porque vivió momentos de auténtica y pura genialidad. El arte en su esencia más pura. Y se emocionó en silencio mientras los tendidos se cuajaban de pañuelos de cientos de espectadores entusiastas, cuando la plaza parecía una nube multicolor. El presidente concedió las orejas y los toreros dieron la vuelta al rectángulo de la plaza, lentamente, con apoteosis y emoción.

Ni siquiera con un acto de magia aquél niño habría podido concebir una idea tan grande a tan bajo costo y que cupiera en tan poco espacio y se ejecutara en tan poco tiempo. El corazón le daba tumbos en el pecho. El mundo cambió para él.

Al día siguiente se sintió embriagado por la bulla callejera, el fervor de las bandas de música y contemplaba el desfile plural de personas que iba y venía jubilosas en torbellino, por la calle Madrid. Algunas estrambóticas y raras, extravagantes de indumentarias caprichosas con trajes grandes a cuadros o de gruesas rayas, con sombreros de copa, otros. Todo un tropel colorista y deslumbrante. Y cantan: ”Ya estamos en carnaval…” y aprietan más la voz, la redoblan: ”La campana gorda de la torre…” Revoltijo de charangas. Y bailan. Y los más jóvenes retozan y saltan.

Todos se ríen. La alegría se contagia.

Hasta que los gritos alborotan el escenario y la espesura humana se disuelve ante la certidumbre arrasadora de que el toro, en unos momentos, se convertirá en el rey de la calle porque así lo advierte la campana del reloj del ayuntamiento que no cesa de sonar con golpes graves y lentos mientras los toros anden sueltos a lo lejos y repiqueteo del reloj suelto cuando los toros “están encima”, por entre las calles y las gentes.

El temor a una mañana sin noche no frena a la sangre cliente. Ni el accidente desgraciado. Ni la noticia de la cornada que se produjo en El Registro y que retumbó en el ámbito del circuito callejero.

—La fiesta sigue—

Y a cada paso surge el toreo atlético, de recorte, de quiebros, de cambios y de saltos: El toreo sobre las piernas.

El corredor de ley siempre vuelve a la calle a la plaza o al lugar de costumbre: A su sitio.

Así lo hacía Ángel San Máximo López que ha sentido esa extrañeza de ser libre y verse encarcelado entre las astas cargando de angustia a Mª del Pilar (Pili) Su mujer.

Lo mismo que Agustín Cruz Rojo, que sabe que a la velocidad del que corre delante de la cara del toro hay que añadirle temple y distancia. Y su afición tuvo el aliento de Filiberta (Fili) que, ahora, está en el cielo.

Agustín y Ángel conocen el miedo que viene detrás y saben controlarlo para no dejar que las piernas se disparen por si solas porque si corres y no piensas en realidad corres sin haberlo decidido.

Los dos porteros de honor de “La Puerta del Desencierro” han sentido y oído el bufido del toro cuando este les ha rozado con la humedad de su aliento en las pantorrillas, cuando el toro les ha puesto el hocico a medio milímetro de sus talones.

.Toreros de la calle son…

Toreo en contrapunto al toreo del Sur que se ejecutaba sobre los brazos con el capote o en aplicación del toreo en redondo con la muleta o a caballo porque fue lo primero que los andaluces heredaron de los árabes.

Toreo sobre las piernas este de Ciudad Rodrigo, en Carnaval, porque aquí se heredó primero el toro morucho (que procede directamente del Bos Taurus Ibericus, que a su vez desciende del primitivo Uro). Toro al que hubo que capturar, cargarlo o mancornarlo.

CIUDAD RODRIGO era la gloria terrenal instalada en un territorio diferente del universo conocido dónde el tiempo podía detenerse horas enteras en sólo segundos.

.AQUÍ FUE DONDE EMPEZÓ EL MUNDO PARA AQUEL NIÑO….

A los cuatro días, cuando volvió a casa, su madre querida, peinada como en los domingos, con dos horquillas a cada lado, estaba allí, parada en la puerta del corral, sonriendo y esperando a que él fuera y la abrazara.

Ella le besó, puso su mano en su cabeza como bendición y lo apretó contra su cuerpo cuando él le expresó su gozo y su contento por el viaje. Y ella le anticipó: Hijo, si Dios quiere y aunque nos quedemos sin camisa tú irás a estudiar al Instituto de Ciudad.

Después de un tiempo no muy largo le esperaba el Instituto Fray Diego Tadeo para completar la bonita historia de su vida que se había iniciado un sábado de carnaval. El instituto semejaba un antiguo caserón de piedra, alargado, acogedor y funcional cuyas gruesas paredes cerraban el austero recinto. Y había algo en este centro de chicos y chicas, un ambiente de gravidez como el de los sueños de los que uno no es capaz de despertar.

En Ciudad Rodrigo, otra vez, otro sueño se hizo real. Compartían el mismo pupitre. Fue una revelación inmediata, luminosa, un momento de gloria, cuando sus ojos se le cruzaron con reparo, levemente y el chico presintió su atractivo.

Fue la primera fase del amor que es como un juego de ajedrez: Hay que mover peón y arriesgarse a que te coman una ficha…Pero… ¿Cuál sería el momento más adecuado?… pensó con la natural timidez del corazón. Y la escena romántica empezó por ella.

El último día de “un” Noviembre, María Victoria le dedicó de su puño y letra una postal de “El Viti” entrando a matar, que escrita con fina dulzura dejaba constancia de su amor y del ferviente deseo de que pudiese alcanzar la gloria del torero de Vitigudino.. ¡Por lo menos!

Jamás, entonces, volvió a sentir una emoción tan intensa. La quiso con ternura y aquello no lo pudo olvidar porque se le gravó en la cabeza.

El chico vivía en una segunda planta; en una habitación de una gran cama, con cabecero de hierro, la cómoda y un espejo más un viejo escritorio de estudiante. Era amplia, dónde le despertaba la luz que, generosa, se filtraba por un balcón grande con galería de cristales aplomados como de plata. Allí, al despertarse, le parecía salir sigilosamente del sueño como si hubiese pasado la noche escondido en un nido de oropéndola.

La salita de la casa tenía estanterías, una mesa redonda de camilla con faldas, brasero y cuatro sillas. Y también había una estufita de petróleo que cuando se encendía varias horas el ambiente se notaba un poco viciado.

La habitación tenía olor a cerrado y con anterioridad perteneció a un canónigo de la catedral, tío de Jacinta, solterona y elevadamente religiosa que siempre iba de gris o de negro de arriba abajo y en su cuerpecillo se marcaban el perfil de sus omoplatos como alitas atrofiadas. De pelo canoso, áspero y recogido, que siempre parecía necesitar de un lavado. De ojos saltones, que miraban al chico amorosamente y con ternura desde su sillón de orejas cuando aquél volvía a casa.

Y el lugar estallaba de vida cuando Mª. Victoria aparecía por allí con sus ojos como agujas fosforescentes y con su sonrisa mostrando los dientes blanquísimos, con su melena caoba ondulada y recogida con una cinta.

La primera vez que Mª Victoria cogió una silla y entró en el cuarto Jacinta entreabrió la puerta, se asomó con curiosidad, la dejó así y se retiró lentamente. Ellos se miraron y caló el silencio. Ella bajó los ojos y se entregó a su labor de estudio.

Otro día en el recodo de los wáteres se olvidaron del tiempo para después correr a la clase de latín subiendo las escaleras aceleradamente. Las prisas y el rubor propio del pecado venial les acecharon al llegar al aula, y más, cuando el vozarrón enérgico del cura D. Máximo rompió el aire y dijo: “Vamos chico, vuelve y cierra la puerta que aquí no entra ni Dios con dos pistolas”.

Con el invierno enrejado de lluvias y salpicado de nieve los torerillos a los que llamaban maletillas, “los capas” parecían fantasmas, allá a lo lejos, por la carretera de la Estación o la de Salamanca. Soñadores de la gloria que buscaban en Ciudad Rodrigo una vida para regenerarse a través de las capeas o para encumbrarse a través de El Bolsín:

—Hospicio taurino de sus sueños— que instalado en el Café Moderno del Arrabal de San Francisco les protegía también de la soledad y del hambre.

Venían desde todos los puntos de España y alguno de fuera. Gentes de todos los colores: Tímidos, generosos, entusiastas, alegres, que creaban un tejido discontinuo zurcido a base de voluntad y sacrificio. Simuladores, algunos; otros se creían dueños del valor y del arte; algunos pocos eran de verdad, y caguetas también había.

El Peque”, ”El Solitario”, ”El Candi”, ”El Andujano”, hubieron de vérselas con vacas grandes de retienta que con la dureza y el sentido diabólico de las moruchas toreadas no tenían otro instinto que el de alcanzarte.

Al niño aquél -ya un muchacho- le tocó torear en Cilloruelo (dónde El Raboso) y saltó una “pepa” con dos pitones letales, lustrosa, gorda y más astifina que la madre que la parió. Infundía pavor en cada embestida áspera, en cada resuello y, de milagro, el chico pasó la prueba del Bolsín.

Otro día frio, de agua y de viento, viajando en el tren, el niño aquel -ya un muchacho- iba solo y contemplaba a través de los cristales como la locomotora inundaba de hollín el cielo de la mañana dejando una traza de color negro sobre la estación de La Fuente de San Esteban.

Entre el vapor de la máquina, el humo y el frío se formó una cortina pegajosa de carbón que oscurecía el convoy cuando el muchacho se apeó y resopló aturdido como si se le atascaran los pulmones.

Y desde el andén emprendió el camino al lugar, hasta la finca de Mariano (el de Balborraz).

Su primera, era una vaca de bella lámina con cuatro hiervas en la panza, con poder y también dificultosa pero más noble que la de “El Raboso” e intentó marcar derechazos, encelar y correr la mano y… a veces lo consiguió;.. pero otras, cuando parecía que la vaca tomaba la muleta con franquicia ¡Zas!, la inesperada voltereta, por lo que después -al chico aquél- le resultaba trabajoso volver a la cara e intentar ligar los pases con mediana holgura y regular templanza.– Costaba mucho volver.

Con la segunda, de golpe y porrazo, se vio entre las patas del animal hecho un ovillo revuelto en el lodazal del piso de la plaza y el tiempo se le hizo eterno, y la adrenalina se le disparó cuando el corazón le bombeaba la sangre a cada tarascada, a cada pitonazo.

Cuando suelto y con la vestimenta hecha girones sintió una sensación de alivio y casi de inmediato, con los ojos de agua, derramaba maldiciones, soltaba veneno por la boca a los cuatro vientos y las manos se le cerraron como dos puños amenazantes en brioso movimiento contra su amigo Fito, “El del Rodeo”, que estaba allí, en el burladero.

¡No me has hecho el quite¡ Has dejado que la vaca me patease los hígados. ¡Lo has hecho adrede¡. ¡Que no leches¡.. Le gritó Fito. Le eché el capote a la cara y la vaca no obedecía. El chico, resignado, bajó los ojos, apoyó su frente contra las tablas del burladero, se le calentó el lagrimal y las palabras de Fito le dieron sosiego.

—ESTA ERA LA ESCUELA DE ENTONCES—

Y los privilegiados torerillos que llegan a la final del Bolsín se enfrentaron a vacas con mejor condición y fueron premiados a torear un día de carnaval en el cuadrilátero mágico de la Plaza Mayor con el dibujo previo de un paseíllo singular, insólito y multicolor, añadidos con la grey bosinista, la reina y las damas de la fiesta, formando una estampa puramente romántica.

Siguió el invierno y como cada mañana aparecía aparcado en la Plaza Mayor aquel coche majestuoso de color rojo, asientos de cuero gris y salpicadero de ébano, esperando a que “Pedrés” saliese de la confitería Manolo.

Como siempre, el chico se dirigía a la puerta de la izquierda y ayudaba a la figura del toreo a que entrase en el auto con ese aire de suficiencia y poderío. Luego, Pedro Martinez “Pedrés”, empujando la palanca de cambios lanzó el “Mercedes” y se alejó, llevándose al muchacho que, con el “macuto” preparado, llevaba mucho rato esperando.

¡Vamos dónde Atanasio! le dijo el maestro.

Ya en Campocerrado, el muchacho salió muchas veces a torear entre las sabias lecciones de Paco Camino y del portugués Amadeo dos Anjos que al percatarse de las maneras del chico le mimaron mucho así como, otras veces, en las casas de Manolo Cobaleda, Dionisio Rodríguez, Paco Galache, Salustiano, Hnos. Pacheco, Pérez Tabernero…

Cuando Santos Ortiz Caballero, conocido también por “Santitos” y “María de la O”, vino a buscar al niño aquel –ya un muchacho-, con su Mercedes viejo de color azul cielo, era un día tormentoso del mes de agosto.

Santitos, pequeño y magro, con mucho mundo y cara de vividor, aunque intentara suavizar el gesto al chico no le resultaba de fiar y no sabe muy bien porqué ha depositado su confianza en este hombre. -Quizá es que no había otro. -El muchacho lo que quiere es torear y si para conseguirlo hay que aliarse con golferas… ¡Pues que le vamos a hacer!

La impedimenta estaba en el auto y al llegar al destino, Rafael, el mozo de espadas, que ya estaba esperando se la tuvo que echar a los lomos y torero y apoderado subieron al último piso de la casa por una escalera empinadísima que estaba muy oscura mientras el pobre Rafael, que venía detrás, daba tumbos de la barandilla a la pared bajo los arreos. Y pegaba resoplidos.

Clavada en la puerta, una plaquita esmaltada azul desvaído, decía:

>Pensión Encarna<

Santitos tocó el timbre y abrió una mujeraza de buen año, frescachona y guapota, que no le quería recibir: ¡Vete de aquí sinvergüenza..! le espetó de entrada la señora, nada más verlo, como que existiera alguna herida por cerrar.

Pero Santitos ya tenía puesto el pie en el quicio de la puerta.

–Pero.. ¡Encarni,..si yo te quiero mucho!,.. que me voy a casar contigo.. Y te llevo de viaje de novios a Benidorm…

–¡No y no!…déjame en paz,.. además no hay sitio..

–Pero mira este chico que puede ser tu hijo y además tiene que torear.. ¿No te da pena?

—Aquí, en este cuarto, apunta Santitos, que por lo que se adivinaba conocía bien el terreno..

—¡Que no!.. que hay duerme el alcalde de Móstoles y va a venir a echar la siesta..

–¡Este chico!,.. no lo ves, Encarni, que cara tiene de cansado,.. tiene que dormir y comer un poco.. Torea esta tarde por primera vez vestido de luces y no tiene dónde descansar ni dónde vestirse.. ¡Encarni,.. por favor ¡.. hazlo por el muchacho!

Encarni se ablanda un tanto y aún no habían traspasado el umbral, cuando Santitos designa aquel cuarto de la izquierda. Anda entra ahí -le apremiaba al torero- desnúdate y descansa.

–Y Rafael, que era un poco mordaz le dijo por lo bajínis: ”No te quites los calzoncillos ni los calcetines por si hay que salir corriendo”-

El chico, que no está convencido y temeroso de que venga a echar la siesta el alcalde de ese pueblo, espera de pie y observa que cuando la llevó por el pasillo, Santitos le susurraba arrumacos a Encarni con esa sabia manera de llamarle chata, cielo, corazón; con el tembloroso culto de una ternura antigua, virtuosa partitura del caballero español.

Por lo visto, Santitos mandaba mucho allí, en la Fonda, y volvió al instante portando una bandeja con una tortilla francesa, una naranja y un vaso de agua y envueltos en una servilleta de hilo blanco, el cuchillo el tenedor y un cacho de pan.

Ya con el ambiente apaciguado y en pleno ejercicio de sus funciones Santitos mandó a Rafael a la calle.

–Vuelves a las cuatro para vestir al torero. A las cuatro en punto, ni antes ni después.

Santitos hizo la distribución de la ropa: ”Hizo la silla” y se despidió del chico que le miraba con recelo.

–Ahí quieto y reposa que yo voy a ver si le echo dos “porvos” pero tú no le vas a echar ninguno porque te deja “disecao pa toa la temporá”. Y el hombre de Murcia se marchó.

La hostelera no tenía buena fama pues de joven se había dedicado al arte, pero ella no daba que hablar, a ella no le fueran con líos en el pueblo.

Después, en la apacible quietud de la siesta, el muchacho supone que Santitos, alcanzados sus amorosos propósitos con la patrona, lo estaría pasando bien. Por la intensidad del silencio calcula que la “gozadera” habrá de ser una habitación del fondo del pasillo.

A la hora prevista, de súbito, abre la puerta Santitos, se sitúa a los pies de la cama y se dispone a vestir al torero con la ayuda de Rafael. Los banderilleros habían dejado sus equipos en una sala del ayuntamiento, dónde se vestirían más tarde.

El torero era un muchacho flaco, mediano de estatura, de cabello ensortijado y de ojos claros del color de la miel y aquél día se sentía flotando dentro de una nube gris.

Era una tarde azul, cuando los ruidos de las calles, los bocinazos de los coches que cruzaban la plaza del pueblo, los clientes de las terrazas y el hablar de las gentes, en grupos, ya habían desaparecido.

El chico no sabe cómo lo hizo, aún no puede recordar el trayecto que separaba el patio de caballos de la arena de la plaza cuando se vio delante de la puerta pintada de marrón.

Pero entonces, se abrió la hoja, partieron dos caballos para hacer el despeje y quedó rodeado de los otros dos toreros y de las cuadrillas bajo la despiadada luz del día y con el cuerpo un poco fastidiado por los nervios.

Jacinta dejó de coser aquella tarde, apagó la radio, encendió una lamparilla y se arrodilló sobre el terciopelo rojo del reclinatorio, situado debajo del cuadro de la virgen del Perpetuo Socorro rezando una larga oración con la compañía de María Victoria.

A aquél chico se le ha quedado en la memoria, en el recuerdo eterno, aquella escena a hombros de las gentes que le aupaban con alborozo y dijeron más tarde que interpretó el toreo verdadero, cogiendo el ritmo y el temple con facilidad para torear en mandones redondos, templados con exquisitez, ligados sin mácula; pletórico de gusto en los naturales e irreprochable de hondura al cargar la suerte y ligar los muletazos, que prendían en el aficionado sabio y en los legos también.

Y dentro de aquel alboroto, en HUMANES DE MADRID, aquél niño, pudo ver en sus caras la alegría de quienes con la mirada y la voz decían:

–¡Este es uno de los nuestros!–

Ellos eran:

-Abraham Cid Jiménez -cabeza visible dialogante y cabal-.

-Orencio Sevillano.

-Agustín Casado.

-Timoteo Toribio Paz(Teo Toribio).

-Francisco Calzada.

-Jesús Calleja.

-Ángel Elías Cid-

Y Andrés Iglesias “Riche”-

Y entre “la familia Bolsinista” se mezclaban Juan Manuel Criado, “Pedrés” y Patrocinio Benito “Patro” (El mayoral de “El Rual” al que el chico enamoró con su toreo desde el primer día que lo vio de muy niño).

Y Prieto, el fotógrafo, también estaba allí para plasmar el hecho magnífico y alucinante.

Y Alfonso Navalón, que lo escribió para el semanario “El Ruedo”.

Y los curas D. José Mª. Galache y D. Matías Castaño.

Y Dª. Nati -de Castillo- su profesora de matemáticas, que tanto le quería.

Y a “El Titi” y a Daniel ”El Magras”, también se les vio.

.SEÑORAS Y SEÑORES.

.Y SE PUEDE SOSPECHAR QUE ESTO HA SIDO UN SUEÑO.

.Y ES VERDAD.

.UN SUEÑO MÁGICO….Y ES VERDAD.

.Y AQUEL NIÑO… TAMBIÉN ES DE VERDAD.

.Y ESTÁ AQUÍ.…..GRACIAS POR VENIR.

—————————————————————————-

SI HASTA LA ADOLESCENCIA, LA MEMORIA TIENE MÁS INTERÉS EN EL FUTURO QUE EN EL PASADO.

EN MI, LOS RECUERDOS DE CIUDAD RODRIGO SIEMPRE ESTUVIERON Y ESTÁN IDEALIZADOS POR LA NOSTALGIA.

A CIUDAD RODRIGO LO RECUERDO COMO ERA.

1 Comentario

  1. Arturo 10:06, feb 11, 2015

    Magnífico y hermoso pregón. Me llegó al corazón.

    Reply to this comment

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