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11-M – 11 AÑOS, por Pedro Miguel Ortega

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11-M – 11 AÑOS, por Pedro Miguel Ortega
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Es difícil olvidar ese 11 de marzo de 2004, si vives, precisamente, frente a las vías donde ocurrió tan horrible atentado. Ahora, a causa del frío invernal, el jardín que construyó el Ayuntamiento de Madrid junto a la valla de Renfe está mustio. La savia de sus plantas se ha retraído, y aunque los días de enero empiezan a crecer muy despacio, todas ellas florecen según el reloj de su propia naturaleza. Hay tres cipreses ornamentales, que dada su condición de enanos nada más han crecido unos centímetros; por delante de ellos pasan los modernos trenes de cercanías, el antiguo Talgo con motor de gasoil, y los flamantes Ave, Avant, Altaria, Alvia, etc., de tracción eléctrica que comercializa el organismo estatal.

En todos estos años, once nada menos, no han dejado de venir los familiares de aquellas inocentes víctimas para honrar a sus muertos con ramos de flores. Pasadas estas fechas, la valla que fue derribada de inmediato para atender urgentemente a los heridos volverá a su soledad de siempre. La yedra del jardín municipal va escalando por esos barrotes, y parece como si el ecosistema verde quisiera poner un fino velo, un telón verdoso que nos oculte aquel horrible escenario del crimen. Los trenes que utilizan esos caminos de hierro, ni muchos de sus viajeros, viajando a tanta velocidad, no pueden dedicar un instante para centrar sus sentidos y pensar cómo ocurrió aquella desgracia.

Y contra todo pronóstico, contra tanta lucha de todos con todos, para que no vuelvan a ocurrir semejantes sucesos de traición al propio ser humano, resulta que un sentimiento radical y de odio nos va infectando el continente europeo en particular, u otras regiones del mundo en general. Ahora nuestros vecinos franceses han sufrido en sus propias carnes, el crimen de unos fanáticos contra el propio país que los vio nacer; Europa entonces tembló, de arriba abajo, y sin distinción de lenguas ni credos, millones de personas se movilizaron para repudiar tan salvaje proceder.

Hace once años, nosotros estuvimos más solos y desamparados que un árbol sin sombra. El ataque de los fanáticos fue más brutal, en diversos puntos de la capital del Estado, con un número mucho mayor de víctimas y heridos; nos acusamos los unos a los otros, entre gobernantes y gobernados, moviendo sillas, cambiando despachos, coches oficiales, para terminar en un juicio que no satisfizo a casi nadie. Nuestra secular historia tiene ese reflejo en el exterior, como si dijeran: mejor dejarlos solos y que se las arreglen ellos.

Y así, igual de triste y sola está la placa de mármol que tuvieron a bien instalar en el polideportivo municipal de mi barrio; el Daoíz y Velarde, en memoria de unos héroes del Madrid del siglo XIX, que se utilizó hace once años como hospital de campaña para atender con urgencia tantos heridos que tuvimos ese 11-M. La piedra caliza con que está hecha esa losa a modo de recordatorio, nos ha de sobrevivir con tal de no olvidar aquel injusto estremecimiento, cuando tantos hombres y mujeres inocentes se preguntaron por qué se vengaron en ellos. Eran seres sencillos, camino de sus labores, y algunos nunca llegaron.

Pedro Miguel Ortega Martínez

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