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PREGÓN DEL MARTES MAYOR 2015. Joaquín Chanca Díaz

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PREGÓN DEL MARTES MAYOR 2015. Joaquín Chanca Díaz
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Pregón de Martes Mayor 2015
Joaquín Chanca Díaz
Ciudad Rodrigo

Tiempo de Ciudad Rodrigo

Muy buenas tardes señoras y señores. Muchas gracias por estar aquí compartiendo este ratito conmigo.

Espero que ninguno de ustedes lleve aquí esperando desde el lunes de la semana pasada, la verdad es que con tanto cambio ni yo sabia ya que día tenia que venir a dar el pregón. Si se diese la circunstancia de que alguno de ustedes llevase aquí una semana que levante la mano para que le traigan un bocadillo y una botella de agua.

Antes de nada quería agradecer a Doña Adoración Cañamero que se fijara en mí para ser el pregonero del Martes Mayor. Me hizo mucha ilusión y sobre todo me supuso un gran orgullo que pensaras en mí para este acto, que supone ser protagonista en uno de los días más importantes de nuestra ciudad. Aunque también me hizo sentir la gran responsabilidad de poder estar a la altura de otros pregoneros con muchos más méritos que yo.

Coincidimos en el ayuntamiento como concejales y a pesar de nuestras diferencias ideológicas y políticas creo que puedo decir que conseguimos estar más cerca que lejos y hoy me enorgullece poder llamarte amiga.

También quiero agradecer a la actual corporación municipal que optara por continuar con la idea de Dori y me eligieran como pregonero. De vosotros ideológicamente estoy mucho más cerca, pero quizás por eso, hubiese sido más fácil cambiar de pregonero para evitar comentarios como: Ayuntamiento de izquierdas y primer pregonero de izquierdas, ¿que ha hecho este para ser pregonero? Pues ser de los suyos, y otros comentarios similares. Gracias compañeros.

Quiero felicitar desde aquí tanto a la familia Cid Gómez como a Nino el de Pedrotoro que serán mañana homenajeados como personas muy ligadas a Ciudad Rodrigo y al Martes Mayor.

El comunicado de prensa que nuestro ayuntamiento paso a los medios de comunicación decía que el pregonero es un hostelero mirobrigense, colaborador en varios eventos benéficos en su faceta de ilusionista. Antiguo concejal de este ayuntamiento. Colaborador y organizador de eventos relacionados con el deporte.

A mi personalmente me hubiese gustado más ser elegido sobre todo por ser mirobrigense, nacido, criado y engordado (esto último se ve que bastante bien) en el Arrabal del Puente, concretamente en el Barrio Nuevo.

A mis 39 años he vivido el Martes Mayor desde diferentes facetas. Primero como niño, sin preocupaciones y sin entender muy bien el porque de tanta gente y tanta tienda en la calle. Luego como chico de los recados, siendo ya un chavalete, para llevar los pedidos de la carnicería de mi padre a los diferentes clientes y más tarde como joven y adulto, en el bar como camarero. De todas ellas tengo experiencias y anécdotas y sobre ellas tratará este pregón.

Para mi el Martes Mayor tiene otra peculiaridad, y es que el 4 de Agosto es el día en el que mi madre me trajo a este mundo y por eso en varias ocasiones me ha tocado vivir en el día de mi cumpleaños el Martes Mayor, o la víspera o el día después.

Una vez vino un amigo de fuera, la primera vez que venia en verano y me dijo: “Ostras tío vaya fiestón que te has montado para celebrar tu cumpleaños”.

De hecho este año sin ir más lejos el Martes Mayor iba a ser el día 4 de Agosto, os prometo que yo no he tenido nada que ver con el cambio de día. A ver si os vais a creer que lo han cambiado por hacerle el favor al pregonero.

De niño, para mí, todos los días de verano eran similares, todos menos uno, el Martes Mayor. Este día era el único en el que yo no iba al campo. Todos los demás ya fuera aquí o en el pueblo de mi madre pasaba el día entero con mis abuelos en el campo. Cuando estaba aquí, en Ciudad Rodrigo, con mi abuelo Joaquín. Íbamos por la mañana a ver los novillos de casta a Fuenteguinaldo o a La Encina, luego a ver las vacas a la finca de Gavilán que tenía arrendada por aquel entonces, y por la tarde al cebadero del puente o al de Don Julián Elvira donde teníamos los terneros para engorde. Recuerdo un día, siendo yo poco más grande que mi hijo Luis ahora, en los “praos” de La Encina un novillo más o menos de mi edad (unos 3 años) me tuvo entre sus cuernos contra la pared mientras jugaba conmigo. En realidad no era nada raro, éramos amigos, nos habíamos visto crecer el uno al otro y los dos nos sentíamos a gusto jugando juntos, pero la cara de mi padre y de mi abuelo y unos bultos sospechosos a la altura de la garganta hacían pensar que la situación para ellos no era tan divertida como lo era para el novillo y para mí. La tranquilidad de mi abuelo en aquel momento, hablándole al novillo hasta que este se giro y se fue, hizo que el susto se quedara en anécdota y que hoy la cuente aquí como un bonito juego entre un niño y un novillo que eran amigos.

Y cuando estaba en Valdelageve (pueblo de mi madre) con mi otro abuelo, mi abuelo Luis, más de lo mismo. Por las mañanas al huerto a regar o a recoger los tomates, las cebollas, los frejones o a arrancar las patatas. Después de comer, a ordeñar las cabras, que bajaban a la orilla río a eso de las dos de la tarde y allí acudían todos los vecinos para ordeñarlas. Y por la tarde a echarle de comer a las vacas, mi abuelo Luis tenía menos que mi abuelo Joaquín, pero había que ir en caballerías hasta las matas comunes y se tardaban más de tres horas entre la ida y la vuelta.

Posiblemente mis dos abuelos sean las personas que más me han enseñado en la vida.

  • El nervio y la tranquilidad.
  • El temperamento y la paciencia.
  • La grandeza y la humildad.

Siendo tan diferentes, ambos me enseñaron tanto, que algún día me gustaría ser como ellos. Hombres de los de antes, de los que cuando cerraban un trato con un simple apretón de manos, ese apretón de manos tenía más valor que cualquier contrato en papel firmado ante cien abogados. Porque la palabra de un hombre tenía mucho más valor que lo que pudieras ganar al romperla. Cuando un hombre faltaba a su palabra nadie mas volvía a fiarse de el. Ese hombre ya no valía nada.

Tenía yo 6 o 7 años y todas las noches de verano salía con mi abuelo Joaquín a dar un paseo por las calles del centro histórico o por la misma muralla. Recuerdo que me fascinaba pasear por las calles iluminadas de Ciudad Rodrigo. Detenerme al lado de los palacios, de la Catedral, de Cerralbo, del Castillo o en la Plaza Mayor y quedarme mirando ese resplandor color oro que desprendían. Ese color tan clásico de la piedra de los edificios de nuestra ciudad y que, sobre todo en las noches de verano, parece aun más maravilloso. Durante esos paseos mi abuelo me contaba miles de historias vividas en esas calles y plazas. De sus partidos de pelota, de los encierros a caballo, de las noches en que él y su hermano Antonio se bajaban al corral del puente a las 3 o las 4 de la mañana y traían las canales de los corderos y los cuartos de las terneras hasta el lado mismo de la muralla por la zona de la batería. Luego uno de ellos se quedaba allí con la carne, mientras el otro entraba en la ciudad por la Puerta Santiago e iba a la muralla con una soga para subir por allí las canales de los animales y así no tener que pagar el canon o tasa que había que pagar por aquel entonces al meter alimentos y otros enseres dentro de murallas. Me contaba que en cada puerta de entrada había un puesto de guardia y que allí había que pagar un impuesto por meter aceites, carnes, telas, vinos etc.…. Y mucha gente para ahorrarse dicho impuesto estudiaba la forma de poder pasar sin ser vistos por a los recaudadores de impuestos.

Luego por la mañana la carne se vendía en la carnicería de mi bisabuela Isabel y así obtenían un par de duros más de ganancia. Un par de duros, para los más jóvenes 6 céntimos de euro. Hoy los vemos en el suelo y ni siquiera nos agachamos a recogerlos. Ellos, por esos 6 céntimos, madrugaban, cargaban con las canales, se arriesgaban a ser pillados y multados, subían a pulso la carne por la batería y les parecía una gran ganancia, y como ellos muchos más vecinos de Ciudad Rodrigo.

Unas de aquellas noches, la víspera del primer Martes Mayor que recuerdo, como cada noche después de cenar le pregunte a mi abuelo ¿hoy no vamos a dar el paseo abuelo? A lo que el me contesto, “hoy no hijo, hoy hay que irse pronto a la cama que mañana hay que madrugar, mañana es el Martes Mayor”. Yo no entendía muy bien lo que era el Martes Mayor, lo único que entendía era que me había quedado sin paseo y sin historia de mi abuelo. La verdad es que no empezaba muy bien mi historia con el Martes Mayor. Al día siguiente todo cambió, yo de la mano de mi abuelo, caminando por la calle me sentía importante, todo el mundo se paraba a hablar con él “¿Qué tal Patato?” “¿Cómo estas Joaquín?” “¿Quién es este niño tan guapo?”. Desde la carnicería de mi padre en la calle Toro hasta el Mayton en La Colada tardamos más de 2 horas en llevar un encargo, cuando llegamos Antonio Mayton se subía por las paredes. Y yo entre 5 duros que me daba un amigo de mi abuelo y 5 duros que me daba otro, llegué a juntarme con más de 300 pesetas, un par de helados y una Mirinda. Mi relación con el Martes Mayor que no comenzó nada bien parecía que iba entonándose.

Para cuando me quise dar cuenta el Martes Mayor ya me había ganado definitivamente. Ya no era un niño y ahora me gustaba mucho más pasear de la mano de alguna chica que de la de mi abuelo. Ahora las historias las contaba yo, a ver si con ellas conseguía a cambio algún beso, y a la muralla no iba a ver el oro que desprendían los reflejos de las piedras, más bien buscaba zonas con poca luz.

En esta época los pedidos de la carnicería los llevaba yo solo e intentaba tardar lo menos posible para acabar pronto e irme con los amigos a disfrutar del Martes Mayor en La Colada. Solo quienes hemos visto como se ponía La Colada esos días sabemos lo que era realmente La Colada.

Nunca más volvieron a darme 300 pesetas por mi cara bonita, incluso a día de hoy, puedo decir que no me han dado 300 pesetas por guapo, mono, bonito o similares, jamás, ni sumando lo que me hayan podido dar en estos 30 años que han pasado desde entonces.

Mi siguiente etapa con el Martes Mayor la explicaron como nadie los autores del pregón del año pasado. La Rondalla III Columnas que, en una de sus canciones, allá por el año 95 decían:

“O a mi me faltan dedos o aquí han puesto algún bar mas. Preguntando al carnicero quien a sido respondió, he cambiado las morcillas por el tinto con sifón”.

Pues el que había cambiado las morcillas por el tinto con sifón era mi padre y donde hasta entonces estaba la Carnicería Patato ahora como por arte de magia se encontraba el Mesón Patato, y yo pasé de ser un alma libre que apenas entraba en el mostrador de la carnicería a convertirme en un pajarillo preso en una jaula de 2×3 metros y rodeado de cámaras, botellas, lavavajillas y cafetera. Y en vez de ser yo quien iba a llevar los encargos, eran ellos los que venían, a menudo bien cargados, a pedirme un poco más de beber.

Poco a poco el Martes Mayor fue cogiendo más y más auge y llegó el boom del agua y de las pistolas, y poco después de las garrafas, cubos, sifones e incluso máquinas sulfatadoras. Aquello llevo al Ayuntamiento a vaciar las fuentes y cortar el agua de las mismas durante este día. Y tuvo su momento culmen, en lo que a mi bar se refiere, el Martes Mayor del 2002. Voy a tratar de explicar la situación para meteros en ambiente: los bares y la calle Toro estaban prácticamente llenos. Mi bar con casi una cuarta de agua, mi madre asustada por tal inundación (el agua corría escaleras abajo) intentaba cerrar las llaves de paso. Primero la de los lavabos cosa que resultaba bastante inútil porque cuando ella salía de los servicios los chavales las volvían a abrir y seguían cogiendo agua. Y poco después cortando la llave de paso general cosa que tampoco servía de mucho porque nos dejaba sin agua dentro de la barra y no podíamos ni poner el lavavajillas. A todo esto había entrado en el bar un señor de unos 60 años que tenia cara de estar pensando “pero donde me he metido”. La verdad es que el hombre, calado hasta los huesos, el agua le entraba por la cabeza y le salía por los pies literalmente, tenía una cerveza en la mano, se había quitado las gafas y las había puesto encima de la barra, y no se movía de allí como esperando que todo acabara pronto. Lo más parecido que yo he visto a Noé, rodeado de animales el día del diluvio. En esto que entra mi madre que seguía intentando cortar el agua de los servicios sin cortar la del lavavajillas, se acerca a la barra al lado del señor y me dice: “Joaquín hijo ¿hay agua?” de repente el señor deja la cerveza en la barra, mira a mi madre extrañado, levanta los brazos y dice: “¿que si hay agua, pregunta usted señora?, como puede ver por todas partes maja, por todas partes”.

Aquellos años fueron sencillamente maravillosos, también mi edad en esa época hacía que todo lo que fuese fiesta tuviese más encanto. Hoy en día el Martes Mayor para mí se ha convertido en un día de trabajo, de mucho trabajo. Y ahora ya de poca fiesta, ya no es como antes, aunque siempre queda tiempo para una copita o dos.

Ahora disfruto con cosas más sencillas, disfruto viendo a mi hijo Luis, en el huerto, ayudándole a regar a su abuelo Manolo y quitándole los tomates y las fresas en cuanto están maduros, o viéndolo pasear junto a mi padre por la calle Toro hacia la Plaza. Cierro los ojos y de repente aparezco 35 años atrás y me veo allí cogido de la mano de mi abuelo, sintiéndome la persona más feliz del mundo y deseando que me contara otra historia. Pienso que algún día será mi hijo el que quiera ser como sus abuelos Manolo y Fernando. Unas veces se me dibuja una sonrisa de felicidad en la cara y otras me cae una lágrima de nostalgia.

Este año también es especial porque es el primero en que nuestro querido Árbol Gordo no esta con nosotros para celebrar el Martes Mayor y, aunque creo que sin saberlo, nuestro alcalde le ha dedicado un martes de Agosto, el Martes Chico, allí al ladito mismo de su sitio, de su esencia, a modo de homenaje.

Homenaje que espero se perpetúe en el tiempo, y que año tras año el Martes Chico se convierta en un homenaje a nuestro árbol más querido.

Creo también que el espíritu o la actitud que tenemos los mirobrigenses en un día como este, al igual que pasa en carnavales, tendría que contagiarnos para otros muchos días del año. En estos días aparcamos nuestros problemas, parecemos mucho más felices, lo perdonamos todo, ayudamos al vecino e incluso al desconocido.

Este espíritu deberíamos de trasladarlo a los otros 360 días del año y trabajar y luchar por un Ciudad Rodrigo mejor.

Es el momento de que los ciudadanos de mi pueblo den un paso al frente e intentemos que esta ciudad sea más importante, más conocida, más visitada, más valorada y más tenida en cuenta por los demás y por nosotros mismos de lo que ha sido hasta ahora.

Esto no es llamamiento solo a nivel político, ellos son responsables, pero no los únicos responsables de lo que le pasa a Ciudad Rodrigo. Es el momento de los ciudadanos, de los jóvenes y no tan jóvenes, de los empresarios, los autónomos y los trabajadores. El tiempo de que los parados dejen de serlo, el tiempo de que nuestros hijos se queden aquí, en su pueblo porque tengan un futuro prometedor.

Tiempo de que tanto los mirobrigenses que estamos aquí todo el año como los que normalmente estáis fuera, nos sintamos orgullosos de ser mirobrigenses.

Tiempo de no poner la zancadilla al vecino, sino de pensar que cuanto mejor le vaya a él, mejor me irá a mí y mejor le irá a esta ciudad. Tiempo de que el sol salga con fuerza para todos los mirobrigenses, tiempo de que la Catedral, Cerralbo, la Plaza, el Castillo o la Muralla vuelva a resplandecer oro. Tiempo de remar todos en la misma dirección, de dejar trabajar a quien quiere hacerlo, de facilitarle las cosas a los que desean sacar esto adelante.

Tiempo de hacer un Ciudad Rodrigo mejor en todos los sentidos.

Donde todos seamos un poquito más felices, que al menos seamos tan felices como mi buen amigo y maestro de la felicidad Tato Galerías.

Y sobre todo tiempo de que cada uno de vosotros, paisanas y paisanos, penséis en un lugar, en un rincón de nuestra ciudad, un sitio especial para vosotros. El mío por ejemplo es un rinconcito de la muralla en la trasera del colegio San José, muy cerquita de donde vive mi abuela Victoria, donde una noche bajo un manto de estrellas le pedí a la que hoy es mi mujer que se casara conmigo. Cada vez que visito mi rincón de nuestra muralla, más de vez en cuando de lo que debiera, siento una emoción especial y todavía hoy se me pone la carne de gallina.

O tal vez este sitio es un lugar que todavía estáis por descubrir, por que lo que tiene vivir en una ciudad tan maravillosa es que casi a diario descubres algo nuevo que hasta ahora no habías visto o apreciado, por que pasas todos los días por ahí y no le das el valor que en realidad tiene.

Pues como os digo es tiempo de que ese rincón o lugar especial lo visitemos, lo cuidemos e intentemos que sea el más bonito de Miróbriga. Si todos lo intentamos hacer, viviremos en una ciudad todavía más bonita que la que hoy ya disfrutamos, porque cada uno de nosotros tendrá su lugar y luchará por que sea el mejor.

En fin queridos paisanos tenemos que poner muchas más ganas todos en que esta etapa de nuestra vida sea tiempo de Ciudad Rodrigo. Tiempo de Miróbriga. Y desde ya mismo y durante todo el día de mañana tiempo de Martes Mayor.

Disfrutarlo, pasarlo bien y ser buenos si podéis.

No os olvidéis de sonreír.

¡¡¡FELIZ MARTES MAYOR!!!

Muchas gracias por vuestra atención.

Joaquín Chanca Díaz

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