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IMAGINA, por Abel Atalanta

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IMAGINA, por Abel Atalanta
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Imagina el rumor de la artillería; lo imaginas porque lo has escuchado en las películas pero ése no cuenta. Imagina que sabes cómo suena una bomba cuando estalla, que la última no fue la última, que volverá a suceder. Vuelve a intentar imaginarlo cada noche desde la cama de tu habitación. Imagina el ruido de botas apresuradas en el pasillo, imagina temer el golpe en la puerta.

Imagina salir cada mañana a la calle, a la calle de tu barrio desde niño, y sólo hablar y escuchar sobre la última tragedia de un conocido, sólo escuchar llantos, sólo sentir duelos; oír sobre barbaries que al comienzo fueron lejanas, más por lo increíble. Imagina tu sangre, la misma de los animales muertos que antes tenías para alimentar a tu familia, imagina la carne muerta sobre el pavimento, el dolor del agonizante, el rictus contraído que provoca la sorpresa del señalado por la caprichosa mala suerte.

Imagina comprimir el futuro, todo tu futuro, en sólo el día siguiente. Imagina conformarte con sobrevivir. Imagina una salida lejana, una pequeña esperanza, imagina una vida. El precio: todo lo que tienes, tu vida en un sobre oculto, apretado fuerte contra tu cuerpo.

Imagina un desierto, imagina seis días de carretera en un desvencijado camión atestado para cruzarlo. Imagina dejar tirados en las cunetas a enfermos aún aferrándose a la vida, imagina niños junto a padres languidecientes, imagina niños ya completamente solos.

Imagina caminar sintiéndote vigilado por las calles de una ciudad extraña porque todos saben que llevas encima lo poco que tienes, imagina la violencia de cada robo, imagina a la víctima despojada convertida ella misma en simple despojo sin hora siguiente.

Imagina algo a lo que se llama centros de detención sin apenas comida, con un servicio para quinientas personas, durmiendo en el suelo de pequeños almacenes asfixiantes. Imagina la noche antes del viaje, el no dormir, el sólo rezar para no ser uno de los que no lo logran, de los arrastrados al fondo del mar sin siquiera plantear la triste y quimérica lucha final del que sabe nadar.

Imagina llegar a la playa y ser uno más de los cientos que se aprietan para poder entrar en algo que llaman barco pero que más parece un pequeño cascarón viejo y descolorido a punto de desintegrarse, ajustada metáfora de tu destino.

Imagina cómo los que se niegan a embarcar alegando que ése no es el transporte que les vendieron, son subidos a punta de pistola y arrojados en el fondo de una bodega maloliente sin comida ni agua, que en mucho recuerda a lo terriblemente incierto de aquellas vidas en galeras de hace siglos, la delgada la línea entre vivir y morir.

Imagina la avería del motor, el abandono de la tripulación y el vagar sin rumbo al despiadado sol de agosto del Mediterráneo.

Imagina un tumulto creciente, el después contarte cómo arrojaron una familia cristiana por la borda. Imagina la sed, imagina hombres de corazón negro, bebiendo la blanca leche de los pechos de una madre.

Imagina los primeros muertos a tu lado, preguntándote si tú serás el próximo, si todo ha terminado.

Detente un instante, no sigas leyendo. Regresa al principio e imagina al mismo personaje en la bendita forma de una mujer preñada.

Ahora que has vuelto, ella sigue ahí, en el fondo de la bodega, casi sin poder respirar. Mientras piensa en la muerte con los ojos cerrados, acaricia protectora la vida en sus entrañas, ya pugnando por salir.

Horas después, en la camilla sobre la cubierta de la patrullera italiana, sonríe a la luz que sólo ilumina a las mujeres recién paridas con su niño en brazos. Esa luz es aún más intensa porque ya no le importa qué le ocurra. Ella decidió emprender un camino en solitario por su hijo, y ese niño no será un apátrida, ese niño tiene una oportunidad en la insólita forma de expediente administrativo, el de nacionalidad. La madre dio todo y recibió lo que merecía: todo.

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