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HOMILÍA EN LA APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO EN EL SEMINARIO DIOCESANO, por Raúl Berzosa

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HOMILÍA EN LA APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO EN EL SEMINARIO DIOCESANO, por Raúl Berzosa
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HOMILÍA EN LA APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO EN EL SEMINARIO DIOCESANO (17-9-2015)

Queridos hermanos sacerdotes, queridos profesores y formadores, queridos alumnos y seminaristas, queridos padres y personal del Seminario, queridos todos:

¡Qué bien nos viene la primera lectura del día de hoy, tomada del Apóstol San Pablo a Timoteo, donde hemos escuchado Cuídate y cuida la enseñanza recibida. Así te salvarás”. Traducido a nuestros alumnos, hoy, sería de esta manera: “Cuidaros y aprovechad todo lo que vais a recibir: enseñanzas y testimonio. ¡Sólo así seréis felices!”. Por otro lado, no os olvidéis, tanto profesores como alumnos, de cantar las maravillas y grandezas que el Señor hace en vuestras vidas, como hemos repetido en el Salmo 110. Y, finalmente, como se nos recuerda en el Evangelio de San Lucas, es cierto que somos pecadores, y cometemos muchas faltas y errores, como la mujer pecadora, pero el Señor nos perdona siempre. El Señor, como viene repitiendo el papa Francisco, es todo amor y misericordia. Así tenemos que ser nosotros.

Recordamos que el lema de todo este año, para el Seminario, será:Lo miró con amor” (Mc 10,21). Muy apropiado en el año de la Misericordia, que dará comienzo el día 8 de Diciembre.

Todo lo anterior nos recuerda que, nuestra formación en esta casa, no es sólo “técnica o profesional” sino “humanista y cristiana”. Aprendemos para ser, ante todo, personas y para saber situarnos en la vida con sentido y como cristianos. No queremos vivir “otro mundo” sino hacer de este mundo “otro”: más fraterno y solidario, más ecológico y habitable, y más al estilo de Dios y del Evangelio.

Como, si Dios quiere, tendremos ocasión de hablar muchas veces durante el presente curso escolar, hoy os regalo algo muy bonito, que data de la edad media, pero que no ha perdido actualidad; es un manuscrito donde se recuerda cómo tiene que ser alguien a quien el Señor puede llamar para una vocación, la más grande: ser su sacerdote. Seguro que a los padres y formadores les va a encantar.

Un sacerdote, hoy añado un seminarista, debe ser muy grande y, a la vez, muy pequeño.

De espíritu noble como si llevara sangre real y, a la vez, sencillo como un labrador.

Fuente inagotable de santidad y, a la vez, sentirse pecador a quien Dios perdonó.

Señor de sus propios deseos y, a la vez, servidor de los débiles y vacilantes.

Alguien que jamás se doblegó ante los poderosos y, a la vez, sí se inclinó ante los más pequeños.

Dócil discípulo de su maestro y, a la vez, capitán de valerosos soldados.

Mendigo con manos suplicantes y, a la vez, mensajero que distribuye regalos a manos llenas.

Valiente soldado en el campo de batalla y, a la vez, tierna madre en la cabecera del enfermo.

Anciano por la prudencia de sus consejos y, a la vez, niño que confía en los demás.

Alguien que aspira a lo más alto en la vida y, a la vez, amante de lo más pequeño.

Hecho para la alegría y acostumbrado al sufrimiento; ajeno a la envidia y transparente en sus pensamientos; sincero en sus palabras y amigo de la paz; enemigo de la pereza y seguro de sí mismo.

La Virgen María, Buena Madre de los sacerdotes y de los seminaristas, nos da ejemplo de todo ello. Nos ponemos en su corazón y pedimos al Espíritu Santo que este nuevo curso sea muy fecundo en los estudios y en el despertar vocaciones, especialmente, a la vida presbiteral. Que así sea.

+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo

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