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HOMILÍA DE APERTURA DE CURSO Y DE ENVÍO, por Raúl Berzosa

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HOMILÍA DE APERTURA DE CURSO Y DE ENVÍO, por Raúl Berzosa
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HOMILÍA DE APERTURA DE CURSO Y DE ENVIÓ (Catedral, 19-9-2015)

Queridos hermanos sacerdotes, queridas consagradas, queridos laicos cualificados en las diversas tareas diocesanas, queridos todos:

En el mes de Junio pasado, en un encuentro con el Colegio de Arciprestes, realizamos una revisión del curso. Allí se destacó que, lo que más nos ayudó en el año pastoral pasado, fueron los momentos de oración (personal y compartida), el estudio y diálogo sobre Evangelii Gaudium, las Propuestas de la Asamblea Diocesana, y los propios encuentros arciprestales (ordinarios y más extraordinarios con la presencia del Obispo y el Vicario de Pastoral). Sin olvidar la experiencia de las Catequesis de la Comunidad.

A la pregunta obligada, “¿qué nos ayudaría más en el futuro?”, se respondió, con gozo, que el seguir conociendo el Evangelio, y el centrarnos en el Evangelio en los retiros arciprestales, porque puede remover nuestras vidas y, desde ahí, podremos mirar a nuestras gentes como Jesús. Al mismo tiempo, debemos cuidar las celebraciones de la Eucaristía, y continuar con los encuentros de la Palabra, denominados “Catequesis de la Comunidad”; siempre realizados con esmerada preparación y dedicación. Finalmente, se insistía en forjar comunidades que ofreciesen vida, y no sólo ritos, costumbres o servicios religiosos. Tenemos que vivir más fraternalmente.

Se matizaba que no nos creamos ni seamos una especie de élite superior o desencarnada de nuestro ambiente: somos “con y para los demás”; somos Pueblo, al estilo de Jesús: cercanos, humildes, servidores; firmes, discretos, transparentes, respetuosos, fraternos, sobrellevándonos con amor… Nos debemos a los demás; ésa es la vida propia del discípulo misionero. Necesitamos vivir en los pueblos y pisar sus calles, tocando la vida de la gente; estar con los ojos abiertos y mirar la vida de los nuestros como el Señor nos mira. Necesitamos reconocer que en cada persona está Dios y todos son dignos de nuestra entrega. Tendremos que prestar atención especial a los enfermos, a los solos, y a los más necesitados, compartiendo con ellos nuestro tiempo y hasta nuestros bienes si fuere necesario. Tenemos que orar la vida de las personas, y orar con y para ellos; y buscar el modo de atraer a nuevos participantes en nuestros encuentros y a los alejados. Sin olvidar el potenciar siempre los equipos apostólicos y las fraternidades.

En dicho encuentro de arciprestes, me permití también, como obispo, padre y hermano, pronunciar algunas palabras que quieren ser como claves para iluminar, con fe y esperanza, el tiempo que nos viene, el “kairós de gracia” del nuevo curso pastoral.

En primer lugar, en este momento de la historia hemos de diferenciar “pueblo y comunidad parroquial”, si queremos saber situarnos como Iglesia del Señor en esta hora de la sociedad. Ojalá todo el Pueblo pudiera ser un día la comunidad cristiana. Pero no nos engañemos: potenciar solamente “los encuentros de masas” es engañoso; se pueden convertir en una especie de “globos puntuales”, de “fuegos de artificio”. El trabajo pastoral, en grupos o pequeñas comunidades de referencia, es mucho más rico, y es fermento de sal y de luz. Este modelo de pastoral sirve para que la masa del pueblo tome conciencia de lo que tiene que llegar a ser como cristianos adultos, conscientes y corresponsables; en resumen, una mejor comunidad de discípulos misioneros.

En segundo lugar, debemos apostar por las reuniones-encuentros de grupos parroquiales y arciprestales “de base”, y apostar por el tipo de pastoral que ello genera, sin abandonar la gran masa sino tratando de pasar de masa a “comunidad cristiana”.

Y, en tercer lugar, se nos pide una conversión sincera en orden a renovar nuestra concepción y comprensión de la Iglesia, de la pastoral misma, y hasta del ministerio presbiteral. Todo ello desde la clave de “comunión-misionera” del Papa Francisco: una “Iglesia de Jesucristo en salida”, que huela a “Pastor” y a “oveja”.

Para hacer posible lo anterior, sugiero a modo de Tres propuestas cruciales:

- No tenemos que pensar en hacer sólo “grandes cosas”; sino entrar en la “mística de lo pequeño”.

- En la actividad pastoral tenemos que hacer de “lo ordinario lo extraordinario”.

- No es sólo hora de dar respuestas, sino la hora de suscitar, en el hombre y la mujer de hoy, preguntas; y, a la vez, dejarnos interpelar por las nuevas preguntas socio-culturales que están naciendo. Hay que evitar dar respuestas a preguntas que nadie se hace hoy. Conscientes, a veces, de que cuando creíamos tener todas las respuestas nacieron preguntas totalmente nuevas.

Permitidme un doble recuerdo final, que debe empapar todo nuestro quehacer durante el presente curso pastoral, en continuidad con lo mejor del pasado:

Por un lado, “al final, nos examinarán del amor“ (Mt 25): tenemos que pasar “de la opción” por el Señor y por el Pueblo a “la pasión por el Señor y por el Pueblo”. El cansancio pastoral por el Señor y por su Pueblo, es muy sano. El cansancio de tener que luchar contra el enemigo o contra uno mismo, es menos sano, aunque necesario…

Por otro lado, no olvidemos nunca que somos sarmientos unidos a la Vid y que necesitan ser podados para dar más fruto; podados por el Señor, por los demás o por la vida misma.

¿Me pedís, que concrete aún más un estilo de vida para seguir caminando con fe, con esperanza, con amor y con alegría?: – Os recuerdo también lo expresado al final del curso pasado: Jesucristo, en el corazón; la cabeza, en la vida eterna; las manos, una para acoger la Eucaristía y, otra, para atender a los más necesitados; los pies, pisando tierra pero “sobre” la tierra; los ojos, uno mirando el Evangelio y, otro, la Evangelii Gaudium; y los oídos, uno escuchando las voces de las gentes de este pueblo y esta tierra y, otro, las de la catolicidad y universalidad.

Nada más. Estamos celebrando la Eucaristía. Como repetíamos en la Asamblea Diocesana, la Eucaristía simboliza toda la Diócesis, en clave de sinodalidad-corresponsabilidad y de compromiso en la única y misma misión. Además de orar y celebrar juntos, visualizaremos, con palabras y símbolos, lo que deseamos vivir juntos, en un gozoso y fecundo “nosotros eclesial”. ¡Gracias por participar! ¡Gracias por vuestra generosidad! A todos: desde los Arciprestes a los profesores de Religión; desde los Delegados a los catequistas y voluntarios de la Caridad; desde los animadores litúrgicos hasta cuantos formáis parte de los Consejos. Todos somos la única Iglesia; todos somos necesarios. Jesucristo cuenta con cada uno de nosotros y con el conjunto.

La tarea y la misión no son fáciles. Hemos escuchado en las Lecturas de hoy, en la primera, que nos costará sangre y lágrimas. Y el Evangelio de San Mateo nos ha recordado que también a Jesús lo entregaron a la muerte por ser servidor de todos. Pero el Salmo 53 nos ha alentado: “El Señor sostiene nuestras vidas. Y, sin duda, como hemos proclamado en la Segunda Lectura del Apóstol Santiago, merece la pena sembrar la paz y la justicia, las obras del Reino de Dios. ¡Ánimo!Mi bendición muy especial para todos los enviados hoy en los diversos campos de la misión evangelizadora diocesana. Un recuerdo sincero y fraterno para nuestros enfermos y misioneros.

Que el Espíritu Santo, principal protagonista de la misión evangelizadora, y Santa María de la Peña de Francia, estrella de la nueva evangelización, junto a nuestros hermanos mayores los santos, nos acompañen en nuestro peregrinar. Amén.

+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo

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