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Pregón de la Asociación Amigos del Alguacilillo, Javier Lorenzo

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Pregón de la Asociación Amigos del Alguacilillo, Javier Lorenzo
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Pregón de la Asociación Amigos del Alguacilillo
Javier Lorenzo
Carnaval del Toro 2016

Sr. Alcalde de la ciudad, autoridades, Amigos del Alguacilillo, amigos todos, señoras y señores:

Quiero agradecer antes que nada las cariñosas palabras de Isabel Bernardo por su entrañable, cariñosa y distinguida presentación. Uno no tiene el orgullo todos los días de tener como presentador a un espada de primer nivel, y qué duda cabe que ella lo es. Por eso y también porque es la verdadera responsable de que yo esté aquí y ahora. Este invierno no, el pasado, me llamó Tato para decirme que a Isabel Bernardo, vuestra flamante pregonera de 2015, le hacía ilusión que este modesto revistero fuera el presentador de su pregón. Y aquí me planté con mi pudor y el orgullo de debutar entre vosotros, ante mis paisanos, en lo que fue un quite sin importancia.

La indudable protagonista de aquella jornada era ella. Sólo vine a abrirle plaza. Y aquí me tenéis de nuevo, hoy como cabecera de cartel. El año pasado nada más cerrar este mismo acto me rodeasteis con el cariño que os caracteriza y me propusisteis ser vuestro pregonero. Y aquí estoy presto a comenzar la lidia. Fue imposible decir que no, aunque me dejasteis aquel día ya la zozobra de tener un año por delante para pensar y preparar esta cita que, para un orgulloso mirobrigense como yo, es compromiso de feria mayor. Sólo hubo una condición antes de cerrar el trato y os dije: “Convencer a Isabel para que haga el paseíllo de nuevo conmigo”. Aquí estamos los dos.

Debemos ser de trato fácil o tal vez, y ahí no tengo temor a equivocarme, es que a vosotros es imposible daros una respuesta negativa.

Habré escrito en tribunas más o menos importantes, participado en emisoras de más o menos repercusión,hablado en escenarios de pequeña o gran magnitud, pero os garantizo que este de hoy, que es el debut oficial ante mis paisanos, ante todos vosotros, en mi pueblo, en mi casa, con mi gente y en mi Carnaval, es uno de los compromisos que siempre soñé y por eso me ha cargado de una responsabilidad que hasta hoy desconocía. Y por eso, pase lo que pase hoy, si salgo entre almohadillas o si tengo la suerte de entreteneros y al final de mi faena hago aflorar algún pañuelo para que pidáis las orejas y que me las entregue nuestra flamante y guapa alguacililla, tener claro que —con el respeto de mis amigos y el recuerdo de aquella noche, una de tantas, en la bodega de Corretón— siempre seréis los primeros y siempre os llevaré en mi corazón.

Aquí estoy ante uno de los toros más difíciles de mi vida, con la voz entrecortada y el sentimiento a flor de piel. Y siento esa agradable sensación del torero humilde al que un día, casi por sorpresa, le dejan hacer un quite y se gana la oportunidad de un nuevo contrato en la feria del año siguiente. Por eso reitero la gratitud a mi querida Isabel, porque fuiste tú quien se acordó de mí el año pasado y, por contradictorio que parezca, la que me abriste las puertas de mi pueblo. Y gracias de nuevo a todos los Amigos del Alguacilillo por contar conmigo, incluirme en vuestra familia y acogerme como uno más. Gracias por anudarme este pañuelo morado que es el que nos distingue a los farinatos de verdad. Y también mi agradecimiento más sincero por sumarme a una lista de pregoneros de verdadero lujo que en su día alzaron la voz entre vosotros para cantar nuestro Carnaval y darle categoría a vuestra agrupación.

Os garantizo que en todo este tiempo no se me ha ido de la mente este Carnaval ni un solo segundo. Esa ilusión, ese miedo, esa responsabilidad, ese orgullo también. Esas idas y venidas. Esa sensación lejana y cercana que es la que deben de tener los toreros (sin duda, con bastante más mérito) cuando saben que van a hacer el paseíllo. Ese cosquilleo en el estómago. Esa ilusión por cuajar la faena soñada que nunca llega, es lo que he sentido en todo este periodo antes de llegar ante ustedes.

Acaban las fiestas de Navidad y a los farinatos nos cambia el pulso y casi hasta la manera de respirar. Para nosotros el calendario empieza y acaba en Carnaval. Hay un antes y un después. Nos llamarán locos los forasteros, hasta que llegan, lo disfrutan y buscan fecha para volver. O se quedan para siempre. Aquí y entre nosotros enarbolamos como en ningún sitio ese sentimiento de pueblo, que sólo tenemos los que somos de aquí y que en muy pocos otros lugares se estila. Nosotros nos sentimos orgullosos de ser de pueblo y, sobre todo, de ser de Ciudad Rodrigo. Y así lo decimos cuando nos preguntan estemos donde estemos, en Madrid, en París o Nueva York. ¿De dónde eres? Y no somos ni europeos, ni españoles, ni castellanos, ni salmantinos… Nosotros somos de Ciudad Rodrigo. Y así lo hacemos porque amamos, presumimos, alardeamos y se nos hincha el pecho cuando oímos el nombre de nuestro pueblo y salimos más allá de esas siete puertas que cierran la muralla de nuestro querida Miróbriga, que acaba de ser distinguida como uno de los pueblos más bonitos de España. Ya tiene el título, sin él también lo era y por eso nosotros nos encargamos de pregonarlo.

Entre unas cosas y otras, y dando rienda suelta a los sentimientos, me ha salido un pregón íntimo, real, de recuerdos y emociones. Repleto de nombres que, de una manera u otra, forman parte de mi historia, de mi pasado, donde forjé mi verdadera pasión por el mundo de los toros en este pueblo y entre todos vosotros donde es difícil escapar de esa tentación y de las sensaciones únicas que se

desprenden del toreo cuando lo conoces de verdad. Y a ti, ¿por qué te gustan los toros? Me preguntaron más de una vez. Y siempre respondo: Siendo de Ciudad Rodrigo, donde siempre hubo toreros, donde se cría el toro bravo, donde hay infinidad de ganaderos y multitud de aficionados; lo realmente difícil sería que no me gustaran.

Aquí nací y aquí me crié. Aquí estudié, aquí jugué al fútbol y corrí la banda con mi inolvidable Toñete con quien compartí la pasión del deporte y de los toros; y la admiración por un torerazo como José Luis Ramos.

Toñete fue mi entrenador de fútbol y con el tiempo uno de mis principales lectores y seguidor de mis escritos, que guardaba y coleccionaba como oro en paño. Vaya desde aquí mi recuerdo para él esté donde esté. Aquí corrí por mis calles, aquí paseé por la muralla, aquí salté las cañoneras y alguna que otra vez me refugié en ellas. Aquí hablé por primera vez en radio junto a Javier Hernández, que me abrió las puertas de aquel Plaza de Toros de Onda Cero Radio Miróbriga con el que los dos comenzamos a soñar en esta loca y apasionante aventura de hablar o escribir de toros. Y así los dos ganamos nuestro primer sueldo en El Adelanto, él haciendo las crónicas y yo las entrevistas. Y fueron tres, las tres primeras entrevistas de mi vida, por este orden, a Ortega Cano, Fernando Mateos y Víctor Mendes, los tres protagonistas del Carnaval de 1997 (en el que quedó triunfador del Bolsín Javier Castaño y finalista Javier Valverde). Así gané las primeras 5.000 pesetas de mi vida, hace ya casi 20 años. Un botín que nos gestionó Vicente, el fotógrafo, que hizo con nosotros de improvisado apoderado. Rápido las invertimos en gasolina y entradas para seguir viendo toros, fuera donde fuera. Aquí, y un año antes, escribí por primera vez en un periódico (aquel semanario Águeda que sacó a la calle Juan Tomás Muñoz, hoy nuestro alcalde). Aquí jugué al toro y aquí, como no podía ser de otra manera, nació -puede que antes incluso que yo mismo- mi afición por el toro y el toreo.

Porque igual que los niños de hoy aprenden a manejar un ipad, un móvil y un ordenador antes que a hablar, en mi caso puede que aprendiera a jugar al toro antes incluso de tener uso de razón. Porque no lo olviden, y aquí todos habéis sido testigos, antes de todos estos nuevos inventos tecnológicos, los niños jugaban/jugábamos en la calle a las canicas, a las chapas, a la cadeneta, al buche, al escondite, al fútbol… Y, por supuesto, a los toros. Entonces a nadie se le pasaba por la imaginación prohibir los toros. Y así salíamos a la calle y los días antes de Carnaval juntábamos legión en el barrio de San Martín, que fue el de mi niñez en casa de mis abuelos, para organizar verdaderos espectáculos taurinos. Una muchedumbre de niños que improvisaban todos y cada uno de los protagonistas de un festejo: De repente salían a la calle los cuernos de toros o vacas viejas que se mataban en el matadero, salían capotes y muletas para nuestras improvisadas capeas; y había infinidad de corredores que se subían en las ventanas de la calle Gibraltar cuando pasaba el encierro de niños corriendo delante de los pitones.

Y de niño, de camino de casa de mis abuelos a la de mis padres, pasaba por la terraza del El Cruce, punto de encuentro, de partida o de llegada de los toreros que iban o venían a los tentaderos de las fincas de la socampana. Allí dejaban sus fotos y nosotros íbamos en su búsqueda para adornar las carpetas del colegio. Y allí veía a mi admirado y entrañable Conrado, y sentados en la terraza a muchísimos ganaderos, con una imagen imborrable del recordado Domingo Raboso. En su casa de Cilloruelo vi el primer tentadero de mi vida. Pero no sólo era El Cruce el ambiente taurino de mi niñez. Pasar cada día de camino al colegio era pasar por la Estación de Autobuses. Y allí sabía que había un bar. Y en ese bar un torero al que admiraba entonces y admiro ahora, y eso imprimía carácter en la zona. El simple hecho de verlo me causaba respeto y admiración. Era un torero, y con eso bastaba.

José Ramón Martín fue torero sobrio, seco, castellano, de acusadísima personalidad y seriedad casi impenetrable; hasta que conoces a la persona y descubres un hombre serio, cabal y distinguido. José Ramón me regaló la primera muleta (aún la conservo como oro en paño) que usé por primera vez en aquellas fiestas de su peña en la finca de Benito Ramajo. Ahora, más de veinte años después, aflora el recuerdo de aquella vaca jabonera que me metió el veneno del toreo en el cuerpo y también puede que me dejara claro que mi sitio estaba en el tendido en vez de en el ruedo. Aún así, hoy, con mis sueños toreros caducados por una evidente falta de valor, tengo el orgullo de tener de profesor a José Ramón, junto a José Ignacio Sánchez, aquel joven al que le atribuyeron con toda justicia eso de la mano izquierda del toreo, y Javier Olmedo, en esa nueva Escuela de Aficionados Prácticos de la Diputación. Y les prometo que allí, se sueña de verdad. Allí tratamos de descubrir los indescifrables secretos del toreo. Lo dijo uno de los más prestigiosos críticos taurinos, Gregorio Corrochano: “¿Qué es torear? (se preguntó) Yo creí que lo sabía porque me lo había enseñado Joselito el Gallo, pero a Joselito lo mató un toro en Talavera”.

Estudié en San José, el colegio ya desaparecido al lado de la muralla. Entre el Seminario y la muralla. Dos lugares contradictorios, en uno se reza y en otro se peca. A mí me gustaba la muralla. Sabía que desde allí arriba, a poco que me asomara, veía la plaza de toros, ese coso de Santa Cruz, casi en ruinas hoy y que se mantiene en pie a duras penas; pero que en mi niñez tenía cierta actividad: Algún que otro festival, como aquel del que tantas veces me habló mi padre en el que vio a Santiago Martín ‘El Viti’, ya en su retiro, cuajar una faena inolvidable. Aquel escenario en el que José Luis Ramos se encerró con seis toros en su despedida de novillero; aquellas tardes de rejones con Juan Luis Perita; las finales del Bolsín taurino. La última corrida de toros que acogió fue un Martes Mayor con Perita, Ramos y José Ramón. Y también aquellas otras en las que yo hacía novillos y, sin necesitar compañero de viaje, me escapaba de clase para ir a ver torear a Julio Robles toros a puerta cerrada.

Curiosamente, a la muralla daba uno de los balcones de la casa de Julio Robles. La casa de otro torero. Y allí de vez en cuando en alguno de sus balcones aparecían colgados los vestidos de torear del maestro. Allí, al sol, para que se secaran después de que el mozo de espadas hiciera su trabajo… Les prometo que a mí siempre me llamó más la atención y me entretenía más hacer una escapada hasta este cercano piso al lado de mi colegio, con la incertidumbre y la ilusión de ver si habría algún vestido de luces al sol, que cualquier clase de Matemáticas, Naturales o Sociales.

La plaza de Santa Cruz fue también el escenario o el punto de encuentro de unos pocos sueños de niñez. No sé si de manera organizada o no, no recuerdo muy bien, se formó una improvisada y casi autodidacta escuela taurina, que no duró mucho tiempo. Un lugar para ir a torear. Y allí nos dimos cita unos cuantos que en serio o por afición teníamos el gusto por el toreo. Con Conrado a la cabeza, recuerdo a Jesús Ángel Viti, José Luis Alburquerque, al propio Javier Hernández, también a un par de chicas y, sobre todo, al más pequeño de aquella expedición con apenas 4 ó 5 años. No sé si ya querría ser o no torero, seguro que sí, pero allí acompañaba cada día a su hermano David Sánchez ‘El Flecos’. Aquel niño con cara de espabilado era quien hoy se anuncia en los carteles como Juan del Álamo. Torero y matador de toros de Ciudad Rodrigo, el que más lejos ha llevado el nombre de nuestro pueblo por las ferias y quien más altas cotas ha conseguido por el momento. Un orgullo para todos nosotros y con él aún estamos en deuda porque no siempre se le ha tratado bien en nuestro Carnaval, donde hoy debería ser el primer y principal referente. Torero en ebullición, en el disparadero de las ferias en las que ojalá pronto se consagre.

Cerca del colegio San José y también de la casa de Julio Robles, si te perdías por la encrucijada de callejuelas que bajan por Díez Taravilla a La Colada te encontrabas con una peluquería que puede que no llamara la atención.

Pero yo sabía que era la peluquería de la madre de un torero. Y qué torero. José Luis Ramos siempre fue una debilidad. Torero de una calidad exquisita que tuvo y mantiene la esencia de la torería, eso que ni se compra ni se vende, ni siquiera de aprende. Se tiene o no se tiene. Y él nació con ese don que solo tienen los elegidos. Llegó a donde llegó, pero es uno de los orgullos toreros de este pueblo. Yo si hubiera sido torero me hubiera gustado saber torear como toreaba José Luis Ramos.

Ya ven… un bar en la Estación de Autobuses, una casa pegada a la muralla; una peluquería. Y me falta un kiosco. Porque en Ciudad Rodrigo también tenemos a un torero en el kiosco de La Glorieta. Y allí está Fernando, al que sólo le faltó anunciarme en su cuadrilla. Con él viví en primera persona la preparación y los sueños de un torero modesto. El toreo en estado puro, el que más cautiva. Él me llevó a la que para mí ha sido mi verdadera universidad, donde aprendí las primeras nociones del toreo y donde quedé enganchado para siempre de lo que es mi profesión y, por encima de todo, mi pasión. Con Fernando salí al campo, conocí los tentaderos, me subí a la tapia, esperé el turno en los burladeros, vi torear a figuras y a modestos. Y gracias a él entré por primera vez en las grandes fincas del Campo Charro como un perfecto desconocido. Él al menos era el torero del kiosco.

No éramos más que los integrantes de un cartel de soñadores que yo guardaré para siempre: Fernando, El Marqués y servidor. Un torero, un cantante y yo, que no sabía muy bien qué era aunque ya hacía mis primeros pinitos en el periodismo taurino, siquiera sin haber entrado en las aulas de la Universidad, no la del campo, si no en las de la Pontificia. Llegaba el fin de semana, Fernando cerraba el kiosco a mediodía y, sin apenas comer, empezaba el periplo en busca de un pitón. Rumbo al campo. Carretera y manta con el BMW prestado de su hermano o con el Renault 12 de El Marqués, también prestado. Ninguno teníamos coche. El Collado de Arjona, Sepúlveda, El Sierro, Galache, las peripecias por la calleja de Campocerrado, El Puerto o El Pilar, Linejo o San Fernando. Eran salidas sin rumbo y con incertidumbre en busca de un tentadero. Era el sueño de pegar un muletazo, de exprimir las últimas embestidas. Yo con ver me conformaba. Ver y aprender. No iba para otra cosa. El torero era él. Ahí vi por primer vez a casi todas las figuras, pegadito a Fernando, que era mi verdadero maestro. Tardes de sol, frío, agua, nieve, hielo… nada importaba.

Los viajes de ida eran de sueños e ilusiones, los de vuelta de analizar y hablar entre toreros. De los tres sólo lo era Fernando; El Marqués y yo puede que también nos sintiéramos así cuando no éramos más que meros mozos de espadas de nuestro maestro. Esa era la aventura, el toreo en la versión más humilde, pero que a la vez es una auténtica escuela de la vida, del respeto, de la educación, del trato, de saber admirar, de aprender el toreo.

En la Universidad no hay clase de periodismo taurino. Haces una carrera, te forman, pero no hay especialidades. Nadie te enseña a escribir ni hablar de toros, ni por supuesto a descubrir las virtudes o defectos de una vaca en un tentadero o de un toro en una plaza, ni a calibrar la capacidad de un diestro ante un animal. Eso es cuestión de ser aficionado al toro y al toreo. Para eso cada uno es autodidacta, depende de tu esfuerzo, del compromiso con tu profesión, de que de verdad te guste, te impliques y te intereses por escuchar, leer, ver y aprender. Por eso digo que mi verdadera Universidad taurina la tuve en aquellos tentaderos que descubrí al lado de un maletilla que se convertiría por encima de todo en un amigo de verdad. Allí, de su mano y en la tapia, como los toreros de antes, descubrí algunas de las claves de un arte en el que jamás se deja de aprender.

Donde tan pronto te da una lección un maestro como un tapia. Por tanto, amigo Fernando, torero, mi reconocimiento público de algo que jamás te podré agradecer.

Ramos, José Ramón y Fernando fueron los toreros que más cerca tuve en mi niñez. Los tres son orgullo para los aficionados y los que nos sentimos mirobrigenses. A los tres los tuve y tengo como referentes y hoy los conservo como amigos. Con ellos tuve mis primeros contactos con el toreo. Con ellos comencé a soñar embestidas, verónicas y naturales. También me hubiera gustado conocer la época en la que destacaban los toreros de los 60 de los que siempre oí hablar Manolito Santos o El Titi, Moraleja, Tello, Genaro Gaona, entre otros. O Adolfo Esteban al que yo conocí ya de mayor, con su porte de torero antiguo. En Fito siempre encontré una palabra de aliento, un halago a mis escritos y hoy sigo recibiendo algún que otro WhatsApp o una llamada de las que no confunden pero sí animan a seguir luchando.

Siempre me dijo que no entendía cómo no contaban conmigo para un pregón y siempre le respondía: “Ya llegará algún día… Hay que hacer méritos”. Mira por cuanto Fito, aquí estamos.

También hubo otros toreros en Ciudad Rodrigo como Cencerrito y El Fugitivo, hasta llegar a los ya mencionados Ramos, Ramón a los que se sumó Vicente Pérez a finales de los 80. Vicente tenía empaque y gusto natural, cambió el oro por la plata pero un gravísimo percance la tarde del festival en homenaje a Robles en La Glorieta lo retiró del toreo. Tal vez el destino le tenía guardada una recompensa a aquel amargo trance.

Y esa recompensa se llama Marco Pérez, su hijo, un niño de apenas siete años. Otro torero de Ciudad Rodrigo, que nos tiene locos a quienes le hemos visto torear. Un prodigio. Uno de esos niños que nacen de cuando en vez con un don innato. Marco nació con él. Es solo un niño pero ya puso boca abajo La Glorieta el pasado septiembre. No le exagero si les digo que para él fueron los olés más rotundos y sinceros de la pasada Feria, incluidas todas las figuras. Con Marco tengo una anécdota reveladora. Hace apenas dos veranos, una tarde me llama José Ignacio Sánchez y me dice: “Vente a Pedraza que le voy a meter una mamona al hijo de Vicente y lo ves torear”. Era la primera vez que se iba a poner delante de una becerrita de apenas seis o siete meses. Y allí apareció Marco, junto a sus padres, con sus pantalones vaqueros, su camisa blanca remangada por encima del codo y la muleta de la mano. Por lo que hizo y cómo se lo hizo aquello resultó todo un suceso que vivimos unos pocos en la intimidad. Vicente, emocionado pero discreto, no entraba en sí. Al finalizar, impactados todos por lo que habíamos visto, me acerqué a sus padres y les dije: “Tenéis un torerazo y un problema…”. “¡No!” –me contestaron-, “Esto es solo un juego, para que se divierta, él que estudie y de esto… lo que tenga que venir vendrá”. Allí se hizo el silencio y fue el propio Marco, con apenas 6 años, quien se encargó de romper ese silencio y dijo: “Mamá, yo quiero ser torero”. Ese era el problema. No hubo más que hablar. Hoy ya está en boca de todos y sus fotos y videos toreando tienen revolucionadas las Redes Sociales. Ojalá el tiempo y el toreo le de la gloria.

Hubo más toreros, pareja de Vicente Pérez fue José Ángel Méndez y también su hermano. En los 90 también recuerdo a José Andrés Gonzalo, hoy eficaz tercero, Jesús Ángel Viti o el rejoneador Juan Luis Perita… hasta llegar a Juan Antonio Pérez Pinto al que veremos debutar con picadores en poco más de una semana en la novillada del Carnaval. Y llegarán más… De los primeros y más mayores siempre fueron referencias, de Ramos (primer torero mirobrigense de alternativa) en adelante fueron los toreros de mi niñez. Con ellos saboreé mis rimeros pasos en el toro cuando era niño, como niños eran y son las decenas de torerillos en agraz que cada invierno llegan a Ciudad Rodrigo en busca de su primer golpe de fama en nuestro Bolsín, otro de los orgullos de este pueblo, en el que nos aferramos a las tradiciones.

Y por esa defensa de la historia ya hace un buen puñado de años vosotros quisisteis recuperar para el Carnaval una figura singular como es el alguacilillo, para darle mayor seriedad a los festejos.

Fijaros si será antigua esta figura en el toreo que el alguacilillo mantiene la vestimenta de la moda del siglo XVII. Ya sabéis que el alguacilillo fue el personaje que le quitó el trabajo a las fuerzas militares que, con anterioridad, eran los encargados de hacer el despeje de plaza. Esta tarea en nuestro Carnaval cobra especial sentido, ya que aquí la gente está en el propio ruedo antes de comenzar el festejo.

La primera tarea del alguacilillo era esa. Luego encabeza el paseíllo ataviado a la moda de los tiempos de Felipe IV, con una indumentaria que vosotros habéis recuperado aquí acertada y admirablemente. Tras el paseo, recoge la llave de toriles, que le entrega el presidente (ya apenas se ve al usía arrojarla desde el palco como antiguamente, sólo Bilbao y Sevilla la mantienen. Os propongo ponerlo en práctica aquí también) y se la llevan al torilero. Su última misión es la de entregar los trofeos a los triunfadores.

Antes debe mantener el sentido de la autoridad durante la lidia para evitar irregularidades: la correcta colocación delos toreros en el tercio de varas, que se pique más un toro cuando el tercio se ha cambiado; no permitir la rueda de peones de los subalternos cuando ya se ha entrado a matar… Dicen que es un personaje en franca decadencia fuera de los grandes escenarios del toreo.

No es el caso de Ciudad Rodrigo donde todos vosotros lo habéis puesto en valor de una manera feliz y seria. Mi aplauso para todos y cada uno de vosotros.

Y os animo a que sigáis haciéndolo durante mucho tiempo. Conservando la figura del alguacilillo y velando por nuestras tradiciones, por la esencia del Carnaval en el que no todo vale. Hay que mirar y conocer el pasado para pensar en el futuro. Este año nos han quitado la corte de honor, no tendremos ni reina ni damas porque dicen que está en desuso en nuestro tiempo. Y han encallejonado el encierro a caballo donde el caballo ya no tendrá sentido.

Han hecho un corredero por miedo a que no entren los toros y dejen al pueblo sin fiesta. Yo prefiero el Carnaval de antes, el que viví y el que me contaron. Y, para muestra, rescato aquella anécdota que contó en su día un farinato de pro, Ceferino Santos Alcalde, del Carnaval de 1948; cuando la comisión taurina contrató la corrida del Domingo de Carnaval en 10.000 pesetas a un ganadero de Casillas de Flores que finalmente fue espantada por especialistas de ese “arte”, (pongan ese arte entre comillas): Pichogas, Cabollas, Borchacas, Carolinas y Caldereros. Los toros ni asomaron por el pueblo y, por supuesto, que no llegaron a la Plaza Mayor para disgusto de encerradores, del propio Ayuntamiento y del pueblo en general. Ni admiro aquel arte, ni justifico el espante ni lo quiero hoy, pero sí lanzo mi sombrero y pongo en valor la capacidad de aquellas gentes que arreglaron con destreza el desaguisado: Se formó una reunión de urgencia y rápidamente estaba listo un nuevo encierro en los corrales del Ayuntamiento sin coste alguno por el compromiso de los ganaderos mirobrigenses y de la socampana con el pueblo. No iban a dejar al pueblo sin toros y el pueblo toros tuvo.

O esa otra de 1929 cuando una Real Orden prohibió las capeas en los pueblos y se puso en jaque al Carnaval.

El alcalde entonces Manuel Sánchez Arjona tuvo que recurrir en Madrid nada menos que al presidente del Consejo de Ministros General Primo de Rivera, con el que terminó llegando a un acuerdo y ese año hubo toros y hubo Carnaval. Aquella otra de 1979, cuando la Comisión taurina repartió por todo el pueblo unas octavillas el 10 de enero, dando un plazo de quince días para recaudar los fondos que cubrieran parte del presupuesto con la amenaza de la suspensión del Carnaval; con el que nadie puede, ha podido ni podrá (toquemos madera con la que se nos viene encima) porque recuerden que ha habido complicaciones en todas las épocas. Estos son ejemplos, a modo de anécdota, de Carnavales contra las cuerdas. Y donde siempre respondió el pueblo y especialmente los ganaderos y labradores de la socampana, las instituciones y hasta el Obispado, que tuvo años que facilitó el permiso incluso para alargar el Carnaval al Miércoles de Ceniza. A es que a nosotros cinco días de fiesta y de toros se nos hace poco.

Me hubiera gustado conocer aquel Carnaval y a las gentes de entonces, solidaria, desinteresada, comprometida y entregada a su pueblo. Me hubiera gustado conocer aquella plaza de toros que se levantó a primeros del siglo pasado en el Hospicio, o aquel otro coso de la Plaza Mayor que se levantaba en la parte de abajo, desde El Sanatorio hasta la fachada de Abarca. El Carnaval en el que el encierro venía por Santa Clara con las calles cerradas con los carros de labor de campo; me hubiera gustado ver aquel encierro en el que los toros se escaparon y fueron a parar a los fosos en una auténtica bacanal de miedos, riesgo y diversión; me hubiera gustado ver El Registro de arena y sin agujas… pero llegué demasiado tarde para todo aquello. De aquello ya poco existe, pero no os olvidéis que tenemos el mejor lugar para recordarlo, porque en las paredes de El Sanatorio tenemos en imágenes el mejor legado del principal orgullo de los mirobrigenses. Un lugar de culto del Carnaval y de Ciudad Rodrigo, El Sanatorio, el de Maxi, el de Manolo, el de Lary, el de José, el de Noelia y, por supuesto, el de Darío. El templo del manjar de los huevos con farinato y el de las fotos, entre todas ellas podéis leer: “Museo del Carnaval, donde priva lo taurino/ farinatos de verdad/ que los sorprendió el destino/ para la inmortalidad”. Y allí están inmortalizados para siempre ilustres farinatos y gran parte de la historia de nuestro Carnaval.

Y aún así, hoy me sigo quedando con el Carnaval de mi niñez, bastante más cercano de lo que antes les contaba, pero ya lejanos en el tiempo. El Carnaval en el que los viernes por la noche, de manera simbólica, a las doce y sin toros, iban los mozos a la plaza, para en cuanto sonara el reloj en punto arrimarse a su barrera y guardarse así el sitio para todas las capeas del Carnaval. Y a mí, cada año de mi vida, ese día y a esa hora se me va, sino el cuerpo, sí la mente a la barrera de la peña el UMO, donde mi padre siempre cogió la barrera. Y de niño, recuerdo el reparto de perronillas y aguardiente antes de soltar el primer toro del último día, el más terrorífico de todos, el toro del Aguardiente; nada más desperezar el día, cuando el cuerpo ya casi no podía y se madrugaba más que nunca para apurar el último día de fiesta.

El Carnaval del almuerzo, de las patatas meneás del Domingo o las limonadas antes de recibir al encierro. El Carnaval de las Peñas. El Carnaval en el que los toros salían de los corrales de San Pelayo, de la tierra en la zona del mercadillo; el de los carros de madera en los Pinos, el Carnaval de la subida al Registro sin agujas, el Carnaval de la arena en El Registro, el Carnaval del encierro a caballo sin agujas por Foxá, el Carnaval sin cemento ni asfalto en los Pinos; el Carnaval de los maletillas que pasaban el guante, el capote a los tendidos para obtener la voluntad de las gentes, las propinas, esas monedas que saciaran después su hambre: “Billetes no, que se vuelan”, decían.

El Carnaval de Conrado, el verdadero héroe y maestro de aquellas capeas en las que la plaza se llenaba de maletas. Daría todo por volver a aquellos Carnavales en los que mi abuelo me llevaba al mejor árbol de los jardines del Ambulatorio para ver en el mejor sitio el encierro; allí me subía y de allí no había Dios que me bajara, como tampoco era capaz de bajarme del tablao mientras hubiera un toro en la plaza; o el Carnaval en el que mi abuelo Lorenzo (al que no pude conocer y me acompaña cada día en el nombre con el que firmo mis artículos) me contaban corría los encierros en la calle Madrid agarrado a la cola de los caballos. Allí solo corren las buenas personas y los valientes.

El Carnaval de todas esas cosas que cada vez echamos más en falta. Nos dejan seguir corriendo los toros; y al menos nos dejan seguir montando la plaza de madera, con nuestras tablas, nuestros clavos, nuestras cuñas y nuestros palos. Y ahí están los Foros, la familia con más antigüedad en la construcción de los tablaos. Sólo ellos saben por qué esa verdadera obra de ingeniería que tampoco se enseña en las facultades se mantiene en pie con miles de personas encima. Por eso, amigos, os digo que igual que rescatasteis la figura del Alguacilillo, os aferréis a nuestras tradiciones, para conservarlas y darle continuidad en el tiempo. Nuestro Carnaval es historia, es tradición y es futuro. Es la Fiesta de los toros en su más amplia expresión con capeas, recortes, toros en la calle, encierros y corridas, y ese es un legado histórico que ahora más que nunca hay que defender. Y lo hacemos ahora, mientras que España se desmorona queriendo poner fronteras para hacer un país en cada rincón, nosotros le ofrecemos los brazos abiertos al forastero para que goce del Carnaval y disfrute de nuestro pueblo. Así tenemos que seguir defendiéndolo en estos momentos en los que la Fiesta está más amenazada que nunca por ese falso animalismo de Walt Disney. Tener bien claro siempre que la historia y la tradición es uno de nuestros principales avales. También os digo que es más fácil destruir que construir, y que es fácil tirar por la borda en un segundo cientos de años de historia. Y que es verdad que el toreo siempre ha tenido crisis, momentos bajos y de esplendor, subidas y bajadas, pero siempre salió adelante. Pero no lo descuidéis. Se que en vuestras manos está seguro. Aunque os llevéis berrinches como el de este año que os han cambiado de escenario. En su día os ofrecieron ir al Teatro Nuevo, como hacen todos los pregones, y vosotros preferisteis seguir aquí, para mantener la esencia y la sencillez que os caracteriza. Porque sois el pregón del pueblo. Este año nos han traído a este nuevo marco pero no os importe, porque los verdaderamente importantes sois vosotros y no el sitio en el que pregonéis el Carnaval.

No quiero que me deis ningún aviso, ni tampoco que me pille en plena faena ese escalofrío que recorre el cuerpo de un farinato cuando oye cada año por primera vez la Campana Gorda, que estremece y que dicen se escuchaba o se escucha hasta un radio de al menos 10 kilómetros. Jamás tuve la curiosidad de comprobarlo. Si sonaba el Reloj Suelto es síntoma de que hay toros en Ciudad Rodrigo. Y no se me ocurre entonces mejor alternativa que perderme en él por sus calles y mientras oiga esa sinfonía se me hace impensable ir más lejos de las Tres Columnas. Antes de la despedida quisiera reiteraros mi agradecimiento más sincero obedeciendo a Miguel de Cervantes, que en su día escribió: “Puede perdonarse la peor infamia pero la ingratitud jamás. Es la depravación propia de los mal nacidos”.

Por todo, mi admiración, mi gratitud eterna y mis mejores deseos de salud para todos.

Larga vida al Alguacilillo. Y ahora a subirse a las agujas, a saltar la barrera, a correr los encierros, arrímense a los toros y a los que no lo son, pero arrímense. Beban, coman, canten, bailen y disfruten.

Fue un placer acompañarles. ¡Feliz Carnaval a todos!

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October 18, 2019 un charro

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Juan
October 13, 2019 Juan

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