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DISCURSO DE INGRESO EN EL CENTRO DE ESTUDIOS MIROBRIGENSES, por Juan Tomás Muñoz Garzón

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DISCURSO DE INGRESO EN EL CENTRO DE ESTUDIOS MIROBRIGENSES, por Juan Tomás Muñoz Garzón
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DISCURSO DE INGRESO EN EL CENTRO DE ESTUDIOS MIROBRIGENSES

de

JUAN TOMÁS MUÑOZ GARZÓN

3 de febrero de 2016

Juan Tomas Muñoz Garzon - 5

Señor presidente, muchas gracias; miembros del Centro de Estudios Mirobrigenses, autoridades, señoras y señores.

En el Teatro Nuevo y en Carnaval, en el Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo. ¿Qué mirobrigense no se sentiría halagado de poder dirigirse a sus paisanos protagonizando un acto que supone, de alguna manera, una pequeña contribución a la historia local, a la historia taurina y carnavalesca de Ciudad Rodrigo? Para quien les habla es un verdadero honor estar hoy aquí con ustedes en las vísperas del antruejo, en un día tan señalado para los rodericenses como es la festividad de San Blas, para afrontar el trámite de formar parte del Centro de Estudios Mirobrigenses como miembro numerario, academia a la que accedí hace poco más de tres años, concretamente el 24 de noviembre de 2012. Quiero manifestar mi público reconocimiento a esta institución, por supuesto también a todos los miembros por haberme abierto sus puertas y por el recibimiento que se me ha brindado.

Tuve claro desde un principio que mi discurso de ingreso giraría sobre la tradición taurina de Ciudad Rodrigo. De hecho, llevo varios años escribiendo sobre esta materia. Lo que voy a contarles forma parte de un estudio más amplio sobre la historia del Carnaval del Toro, inconcluso todavía, ceñido en este caso a los distintos capítulos taurinos que he podido contrastar durante buena parte del siglo XVIII, muchos de ellos, la mayoría, relacionados con el Carnaval. Vayamos, pues, a lo que hoy es menester.

La conjunción de tradiciones tan señeras de la idiosincrasia española como son las fiestas de Carnaval y los festejos taurinos ha sido manifiesta durante siglos en la geografía salmantina. Fuenteguinaldo o Vitigudino y en menor medida Ledesma, por citar casos referenciales, tenían por costumbre celebrar carnavales taurinos -con toros, aunque no necesariamente con encierros en el caso de esta última localidad- hasta bien entrado el siglo XX, aunque se fueron diluyendo por imperativos sociales dimanados de gobernantes que no veían con buenos ojos las transgresiones propias del antruejo que encarnaba un pueblo que solo en tiempos de carnestolendas tenía derecho a la diversión. Además, influía sobremanera el componente meteorológico, con la climatología adversa propia de febrero o del inicio de marzo, sin menoscabo de la progresiva sangría poblacional derivada de la emigración en estas tierras salmantinas. Todo ello llevaría a guinaldeses y vitigudinenses a trasladar sus fiestas mayores al entorno estival como garantía, por un lado, de una climatología favorable y, por otro, del concurso mayoritario de los vecinos, residentes o ausentes por motivos laborales.

No fue el caso de Ciudad Rodrigo, pese a que hubo momentos en que se debatió al respecto en el seno corporativo del Consistorio mirobrigense. Incluso se llegó a tomar algún acuerdo sobre el particular, caso de la sesión plenaria del 28 de diciembre de 1867, en que se resolvió eliminar las inveteradas novilladas del Carnaval por la “escasez de recursos y las circunstancias de la localidad”, destinando el presupuesto previsto a limosnas “para remediar las necesidades de la clase pobre”. Pareció una inocentada propia del día en que se adoptó el acuerdo y que, no obstante, fue tomada muy en serio por los industriales mirobrigenses, que vieron peligrar una vía recaudatoria para sus negocios, mostrándose también disconforme con el acuerdo la práctica unanimidad del vecindario. Por eso, el 20 de enero del año siguiente la Corporación, estimando el parecer del colectivo mirobrigense, revocó el acuerdo y hubo Carnaval con corridas de novillos.

También surgió en Ciudad Rodrigo el imperativo climatológico que había ayudado a desterrar al verano los carnavales de Fuenteguinaldo y Vitigudino. Fue en el año 1958 cuando se propaló la idea de cambiar el antruejo mirobrigense a la época estival con los mismos argumentos utilizados en las citadas villas salmantinas. No tuvo éxito, aunque fue de alguna manera el germen que nutrió la organización de los festejos taurinos estivales en 1960, los carnavales del verano, que, con el paréntesis de 1961, se extendieron hasta 1966 y que se habían asentado en la celebración de distintas efemérides.

No obstante, y parecen evidentes los motivos, se estimaría como inevitable la supresión del Carnaval en situaciones de calamidad extrema, caso de las escaramuzas y sitios vinculados a la Guerra de la Independencia, aunque desde décadas anteriores no se cuenta con referencias documentales que puedan ofrecer y contrastar datos sobre el particular al haber desaparecido –no existen en los distintos inventarios del archivo municipal- los libros de acuerdos en el último lustro del siglo XVIII y con extensión, salvo el año 1806, a buena parte de la primera década del siglo XIX. También es evidente que el paso de las tropas francesas por Ciudad Rodrigo generó tal desconfianza que las diversiones quedarían relegadas, entre ellas, y también con la lógica que supone no desperdiciar el abastecimiento de carnes, los festejos taurinos.

Al menos, y que se sepa, ya que hasta el momento no se ha podido localizar al respecto documentación que lo avale, se supone que durante la invasión francesa y el asedio, capitulación y ocupación de Ciudad Rodrigo no hubo carnavales ni fiestas con protagonismo taurino. Pero el ansia, la afición y se podría afirmar que la devoción de los mirobrigenses por los toros es más que evidente si consideramos que pasado poco más de un año desde la reconquista de la plaza rodericense, en concreto los días 1 y 2 de marzo de 1813, Lunes y Martes de Carnaval, se organizan sendos festejos taurinos con todas las consecuencias: no había pagos para la tropa, pero sí novillos hoy y mañana, sentencia un periódico que se empezó a editar en Cádiz en 1810. Incluso, el 10 de abril del año anterior, tras la recuperación de Badajoz, entre otros festejos que se desarrollan en Ciudad Rodrigo se da cuenta de la celebración de una “corrida de novillos y baile general en el Campo de Toledo”.

Habrá años posteriores en los que la documentación que avala este trabajo –reitero que el discurso forma parte de un estudio más denso sobre la historia de nuestro Carnaval- no se presente con la definición esperada, pero paulatinamente se recuperará la tradición taurina mirobrigense a medida que pase el tiempo, aunque haya algún paréntesis sobrevenido, como ocurrió en 1841 cuando el Consistorio se vio obligado a renunciar a los encierros y corridas del Carnaval por la imposibilidad de acercar el ganado a Ciudad Rodrigo por el mal tiempo reinante, decisión contestada y que acarreó algunos problemas.

Otro momento, constatado también en este caso, de la suspensión del Carnaval viene vinculado al desarrollo de la Guerra Civil. No fue durante todo el conflicto, ya que, inopinadamente, se celebró en 1937, pero no hubo más remedito que asumir las órdenes superiores y quedó suprimido el antruejo en 1938 y 1939, aunque en este año y tras finalizar la conflagración intestina, se organizaron unas fiestas taurinas durante el verano. El Carnaval volvería a ocupar su lugar, en tiempo y forma, en 1940, pero el vocablo Carnaval desaparecería durante décadas, una víctima más de la represión franquista, para trocar en Fiestas Tradicionales.

Vayamos al grano, al objeto de esta exposición. Estaban Ciudad Rodrigo y los mirobrigenses para pocos dispendios en esta época. Hablamos de principios del siglo XVIII. Se proyectaba en el vecindario, en toda la sociedad, las consecuencias de la contienda vivida en sus carnes por la ostentación de la Corona española tras la muerte sin descendencia de Carlos II, una guerra, la de Sucesión Española, que se extendió desde 1701 hasta 1713 y en la que Ciudad Rodrigo tuvo un protagonismo destacado, especialmente tras caer en manos de los partidarios del archiduque Carlos en mayo de 1706 y ser recuperada para la causa de Felipe V a principios de octubre de 1707. Los daños sufridos en la población fueron ostensibles, provocando de paso la modernización de un sistema defensivo que se había mostrado vulnerable por obsoleto, convirtiendo la bicoca de origen medieval en una fortificación abaluartada que se presentaría un siglo después como la úlcera sangrante de Napoleón en su afán imperialista.

Esos esfuerzos por recuperar la normalidad, por modernizar las estructuras defensivas y levantar edificios arruinados –con dilación de décadas- también contaría con algunas alegrías, unas vías de escape en el oscuro panorama que estaban soportando los mirobrigenses tras la instauración de los Borbones en la Corona española.

Y entre esos regocijos siempre aparecían con singular preeminencia los festejos taurinos buscando las excusas más peregrinas. Ciudad Rodrigo es tierra de toros, es parte de su esencia, como puede apreciarse al recurrir a su historia, a las fuentes documentales que la nutren. Pareciera que el alma de los mirobrigenses estuviera insuflada de un espíritu festivo vinculado, diríase que de forma insoslayable, a un cuerpo aguerrido, ducho en mil batallas, en lances de caída y superación, que siempre arrostra el presente y desafía al futuro sin renunciar al pasado, a las tradiciones, a las costumbres que idearon y forman la idiosincrasia mirobrigense.

Esos resquicios, esas vías de escape han sido esenciales en la definición del acervo cultural de Ciudad Rodrigo, de sus habitantes. Y, sin obviar el castizo típico de pan y toros, los mirobrigenses, como tantos pueblos españoles, han tenido apego a una tradición que durante siglos ha formado parte de la esencia de España y de aquellos territorios allende la geografía nacional en los que la cultura del toro ha tenido una determinante influencia, superando pragmáticas abolicionistas que incluso partían del estamento regio, ya que el eclesiástico, pese a sus esfuerzos, se fue diluyendo en esta causa.

Sin embargo, y referencias seculares existen desde el medievo, han sido las familias reales las que con sus componendas han contribuido de forma sustancial al mantenimiento y proyección de los festejos taurinos. Las alegrías del rey –proclama-ciones, bodas, nacimientos, batallas libradas y ganadas, paces…- desembocaban en la organización de corridas de toros y novillos por toda la geografía peninsular cuando se contaba con presupuesto, aunque no solía escamotearse para estos regocijos. Son numerosos los apuntes que al respecto se encuentran en los libros de acuerdos, de cuentas o de la razón del Consistorio mirobrigense. Prolijo sería enumerarlos en esta ocasión, ya que a ellos se unen también las referencias a los propios festejos taurinos que, por su cuenta y con disparatado y recriminado dispendio, organizaba el corregimiento de Ciudad Rodrigo, una jurisdicción que contaba con acuerdos expresos entre sus órganos de gestión para facilitar toros y novillos cuando la ocasión lo requiriera.

Y, como se ha apuntado, aunque las circunstancias no eran nada favorables en estos inicios del siglo XVIII para la alegría desenfrenada, en donde tienen sitio propio los festejos taurinos, aparecieron luces que fueron devolviendo la identidad festiva a los mirobrigenses, olvidando la penuria acarreada por el conflicto bélico con que se abrió la centuria. Así, por ejemplo, según recogen los libros de acuerdos del Ayuntamiento, se presentó la ocasión para que en agosto de 1717, con motivo de la advocación mariana de la Asunción, se celebrase una corrida de toros, aprovechando que el obligado de las carnicerías debía seis toros y el efecto de yunterías cuatro, se acordó se haga y dispongan con dichos diez toros una corrida para el día diez y seis de agosto deste año y para ello a dichos señores [Isidro de Samaniego y Francisco Osorio, comisarios de fiestas] ajusten toreros, encierro de plaza y todo lo demás que se necesite.

No había otro motivo para celebrar este festejo que la propia tradición, ya que el entorno del 15 de agosto era costumbre correr toros en Ciudad Rodrigo, como ocurría en otras muchas fechas del santoral a las que los mirobrigenses tenían apego. Otra cosa era que la familia regia tuviera sus “alegrías”, que lógicamente había que compartirlas con el pueblo. En 1724, tras la abdicación de Felipe V en su primogénito Luis I, Ciudad Rodrigo se lanzó a festejar la coronación del más efímero de los reyes españoles, organizando una corrida con 15 toros. Y poco después, ya en 1725 y para celebrar la paz alcanzada con la firma del tratado de Viena, continuarían los regocijos públicos: En consecuencia del gusto con que se alla esta Ziudad de allarse efectuada la alianza con el señor emperador de que se espera se le siga gran felicidad a esta monarquía, se acordó que los caballeros presidentes de el mes estén con el señor gobernador suplicándole desa presidencia para que una destas próximas noches se dispare la artillería aziéndose pregonar aia luminarias, y asimismo los cavalleros comisarios de fiestas dispongan todo lo combeniente para que en la maior brevedad aya una corrida de toros… Pero no había dinero suficiente para acometer con garantías los gastos que se preveían. Se necesitaba al menos dos mil ducados, cifra nada desdeñable, por lo que al Consistorio se le ocurrió recurrir al rey a través de su Supremo Consejo de Castilla para la correspondiente autorización que permitiera prorrogar la facultad por la que se regulaba la recaudación de los baldíos acotados y recaudar la cantidad requerida. No tuvieron paciencia, no esperaron la respuesta del Consejo de Castilla porque no estaban dispuestos a dilatar la celebración, cuando ya todo el mundo estaba ansioso por disfrutar de la anunciada corrida de toros. Pusieron fecha, el dos de julio, dos días más o menos, encargando la adquisición de 10 toros y con el importe de ellos i el de los correspondientes a el de otros cuatro toros que se discurren prezisos para el coste de toreros, refrescos,enzierro de plaza i demás gastos indispensables se complete el presupuesto previsto, pero sin renunciar a las gestiones sobre los baldíos.

Como se aprecia, la celebración de estos festejos y otros que hubo antes y después, no se acercan a las fechas de las carnestolendas. No había suficiente peculio en el erario municipal, por lo que los regocijos continuaban vinculados a motivos sobrevenidos, de fuerza mayor, a las alegrías del rey y sus allegados, para cuyos festejos había cierta dispensa. Ocurriría también en 1729, pero casi un mes antes de Carnaval –se celebró del 27 de febrero al 1 de marzo- y con motivo de las bodas del príncipe de Asturias, el futuro Fernando VI, con Bárbara de Braganza; y también en las nupcias de la infanta Mariana Victoria de Borbón con el príncipe de Brasil, que reinaría como José I de Portugal. Ambos enlaces se celebraron a finales de enero y Ciudad Rodrigo los festejó en la primera semana de febrero recurriendo a la inveterada costumbre de correr varios novillos.

Con los antecedentes expuestos, los mirobrigenses afrontaron un trienio de ayuno taurino. Las circunstancias lo requerían. Seguía imperando a todos los niveles los imponderables sobrevenidos de la Guerra de Sucesión y sus dramáticas consecuencias. Cierto es que, como se ha visto, en algún momento de las tres primeras décadas del siglo XVIII se recurrió a la organización de festejos taurinos, vinculados en su mayor parte a las alegrías regias, rematadas en 1729 con la boda del futuro Fernando VI. Pero se carecía de ilusión, más bien de competencia presupuestaria, para volver a la inveterada costumbre de correr novillos, de recurrir al denso calendario festivo mirobrigense salpicado de festejos taurinos que no tenían por qué coincidir en el mismo año.

Pero todo tenía un límite. Aunque la situación fuese calamitosa, no se podía seguir ignorando una tradición secular. Había que adoptar una decisión vinculante y de la que quedase constancia para su respeto ulterior, pese a que las condiciones actuales no invitaban precisamente a ello. Y así, en la sesión corporativa del concejo mirobrigense del 11 de febrero de 1732 se sientan las bases de lo que a la postre vendría a ser conocido como el Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo: Ablóse en este Ayuntamiento largamente en rrazón de aver pasado muchos años por la calamidad y contratiempos padezidos en la guerra sin que se ayan executado corridas de toros en esta Ziudad… Parecía, en virtud del enunciado, que no todo el mundo estaba de acuerdo con retomar la referida costumbre, o al menos dio pabilo al debate, a la exposición de pros y contras de los miembros de la corporación que presidía Bartolomé Antonio Valiente, licenciado y abogado de los Reales Consejos, a la sazón alcalde mayor y teniente de corregidor de Ciudad Rodrigo y su Tierra. Se evocó la tradición: antes de la última guerra se organizaba una corrida anual en cada un año, que era sufragada con el efecto que llaman de yunterías por la localidad mirobrigense y los sexmos de su jurisdicción, en virtud de la concordia existente entre la Ciudad y su Tierra y que, entre otros puntos, consideraba que anualmente se pagarían con ese impuesto varios toros destinados a los festejos rodericenses, acuerdo que se había renovado entre los dos estamentos en 1716.

Con ese festejo taurino anual no solo se ssigue la diverssión y regozijo común, como pudiera pensarse en una lectura superficial de la celebración de la corrida, sino que el consistorio mirobrigense tiene clara una mayor y evidente transcendencia, ya que es tamvién la utilidad y venefizio por las concurrencias en avastos públicos y otras consequencias favorables a la estimazión de la antigua observancia. Ante estos argumentos, de claustro pleno, se resolvió que desde el presente año en adelante se disponga y execute en los tiempos más oportunos la referida corrida de toros anual, pero con la condición de limitar los gastos y no efectuar dispendios que supusieran, de nuevo, reprimendas de la superioridad: Debaxo de la precisa zircunstanzia de que por esta Ziudad y su Ayuntamiento se a de correxir y moderar la práctica y estilo antiguo que avía de excesivos gastos en rrefrescos para las dichas funziones, porque estos solo se an de rreduzir a la más arreglada proporzión, de forma que el gasto se execute con el menos coste que sea posible, y que assí, llegado el tiempo, se les advierte y prevenga a los cavalleros comisarios que para las rreferidas funziones se nombrare.

Con esos argumentos y ciñéndose a las pautas señaladas, se celebra inmediatamente el festejo taurino que el Consistorio vincula al Carnaval, aunque se celebró unos días antes si nos atenemos a la sesión de referencia en la que se dio cuenta del resultado de la corrida. No obstante, la intención era correr toros durante el desarrollo del antruejo y se evidencia en la propia letra del acuerdo adoptado el 21 de febrero de 1732: Acordose que los cavalleros comisarios que fueron para las ttres corridas de novillos que se ejecutaron en los tres días de domingo, lunes y martes de las próximas passadas carnes tolendas, libren en el efecto de ganancia de carnicerías todos los gastos que se han hecho para cerrar la plaza y recibiendo dos doblones que se mandaron dar a dos mozos forasteros que en dichas ttres corridas se ocuparon de sorttear los expressados novillos, y que la canttidad que así libraren se haga buena en dicho efecto de carnicería.

Se trata, pues, del primer Carnaval del Toro que se ha concretado, hasta el momento, en la documentación obrante en el Archivo Histórico Municipal de Ciudad Rodrigo. Era evidente también que el acuerdo adoptado tenía una proyección en el tiempo y que se quería limitar a la celebración de una corrida anual, aspecto que resultó incumplido ese mismo año de 1732, ya que a principios de junio se estaba organizando otro festejo que, no obstante, consideraba el Consistorio que realmente se trataba de la expresada corrida anual que debía ofrecerse a los vecinos o, tal vez con dotes visionarias, estaba convencido de que las tropas españolas saldrían victoriosas en su pretensión de recuperar la plaza de Orán –la reconquista se fraguó entre el 15 de junio y el 2 de julio- y había avanzado en los preparativos. Lógicamente no pudo ser así por la dificultad de las comunicaciones, ya que un día después de partir la expedición del duque de Montemar desde el puerto de Alicante, los regidores mirobrigenses tomaban el acuerdo de que la corrida de toros que esttá detterminada el presentte año se haga y efecttúe el lunes día veintte y uno del mes de junio próximo siguientte y que para ello los caualleros comisarios se hagan las prebenciones y disposiciones necesarias, especialmente la de que los toreros sean promttos para el expresado día.

En efecto, la corrida sería el día 21… pero de julio. Y ahí no acabarían las celebraciones, puesto que en la sesión de esa misma jornada, solo acabar el festejo taurino, los representantes de la Ciudad y su Tierra se mostraron unánimes en el deseo y exfuerzo de que se continúe la zelebridad de funciones públicas para regozijo del pueblo en memoria del feliz suceso de la toma de Orán y sus casttillos. Los capitulares, al respecto, informan de que varios vecinos de Ciudad Rodrigo habían manifestado su propósito de celebrar otra corrida de toros, por lo que si dejaban a disposición de ellos los tablados que se hallauan formados para la corrida del presentte día, enttregarían mill y ochozienttos reales y cien reales más para la carne y cuero de cada uno de los toros que la ciudad gusttase de comprar para dicha segunda corrida. No cabía duda, todos estaban de acuerdo, regidores y sexmeros, en continuar con la fiesta. Se admitió la propuesta de los vecinos y se resolvió fijar la expresada corrida de ocho o nuebe toros para el día lunes, onze del próximo mes de agosto, con la preuenzión y disposición de luminarias y fuegos para regozijo del pueblo y que las canttidades de maravedís que además de lo que dieren y entregaren dichos vecinos para tablados y toros se supla y pague de el productto de la presentte administrazión de renttas realles, que corren por mittad a cargo de Ciudad y Tierra, con papelettas de los caualleros comisarios que para ello se nombraron.

Fue un acontecimiento sobrevenido, otra de tantas alegrías del rey que trocaron en celebraciones en donde el toro era el elemento esencial, algo que fue habitual en los siglos anteriores y que en la centuria del XVIII había estado demasiado constreñida hasta el momento, con las excepciones señaladas. Pero además, en el festejo que nos ocupa la penuria económica lastraba de tal forma al Ayuntamiento que se vio obligado a posponer más de un año, hasta el 4 de noviembre de 1733, el pago de la parte pendiente de los gastos de la corrida que se había celebrado el 11 de agosto, un libramiento de 1.321 reales con 27 maravedíes que se hizo a favor del mirobrigense Pedro Ramos.

Pasaba el primer año y se incumplió el acuerdo. Lo de tener al menos una corrida de toros o novillos anual, abanderada por el concejo el año precedente, quedó en agua de borrajas. No se decidió que así fuera hasta el 16 de septiembre, aunque nada se dice si hubo o no toros durante las carnestolendas, laguna que nos encontraremos en años sucesivos. Ahora, pasado también la mayor parte del periodo estival, los regidores se ven obligados a afrontar una decisión sobre el incumplimiento del acuerdo del consistorio. Y lo hacen en dos ocasiones, aunque en la primera sesión no se ttomó resolución ni acuerdo formal, por lo que de nuevo hubo que abordar la cuestión de si habrá o no toros en 1733.

La situación económica del Ayuntamiento era elocuente, como se puso de manifiesto en las intervenciones de los capitulares que debatieron largamente sobre el particular en condición de aberse premedittado y reconocido los muchos atrasos, empeños y obligaciones en que se alla la ciudad, acuciados también por los gastos derivados de la gestión municipal en aquel momento y que presentaba a un Ayuntamiento sin medios ni caudales con que poder acavar de cubrir los escesivos gastos causados por precisión, considerándolos ineludibles, entre los que se encontraban los pleittos y dependencias efecttuados en la artte como en la obra y fábrica de las nuevas campanas para el relox de las casas consistoriales, lo que en la formación de este y en la obra de el balcón y quartto nuevo de ella se está ejecutando.

Por todo ello, vistas las circunstancias que se arrastraban y asumidos los imponderables presentes, se tomó el acuerdo unánime de que, sin que sirva de ejemplar, se suprima la corrida de ttoros de el presentte año para no experimenttar mayores attrasos y perjuicios, recalcando que se mantenga en el tiempo este criterio y tomando el acuerdo de que si en algún aiuntamiento subzesivo se prettendiere acordar cossa en conttrario, no se aga ni ejecutte la rresolución sin que citte a ttodos y cada uno de los que a la sazón se allan en estte aiuntamiento.

Habría festejo taurino en 1734, el 30 de agosto, según acuerdo tomado por los capitulares mirobrigenses el 13 de dicho mes, recurriendo para ello al impuesto sobre el ganado que en este caso afectaba a los cinco toros que estaban disponibles de la obligación de la carnicería y, por otra parte, se contaba con la aportación de otros cuatro que procederían del efecto de yunterías.

La situación socioeconómica estaba lejos de ser halagüeña en estos años, por lo que el dispendio que suponía celebrar corridas de toros, pese a los acuerdos que se tomaron en su día para organizar al menos un festejo taurino anual, quedarían postergados hasta 1737, año en que el consistorio no tuvo más remedio que buscar alguna vía que supusiera un alivio moral para los rodericenses y que tenía como premisas divertir al pueblo y sus moradores i destterrar en parte la melancolía originada de tan repettidas enfermedades que se han padecido y se están padeciendo en Ciudad Rodrigo en aquella época. La propuesta fue realizada, al alimón, por el alcalde mayor y el gobernador de la plaza mirobrigense, a la sazón el corregidor de la jurisdicción de la Tierra de Ciudad Rodrigo, quienes plantearon a los regidores o caballeros capitulares la organización de una corrida de novillos para uno de los días de carnestolendas del presente año, ordenando en el mismo acuerdo que, siguiendo la tradición, se cerrase el coso taurino. La iniciativa del alcalde y del corregidor caló en aquellos regidores que contaban con ganado propio y propicio para este tipo de festejos, quienes también ofrecieron una corrida para cubrir otra jornada carnavalesca que acogió con satisfacción el Consistorio.

La partida de gastos que originó la organización de estos festejos taurinos en el Carnaval de 1737, celebrado entre el 3 y el 5 de marzo, fue aprobada en el ayuntamiento celebrado el 9 de marzo, después de que Sebastián Hernández, portero municipal, diera cuenta al concejo de lo que supuso el cierre tanto de la plaza para acoger las corridas como de las bocacalles del recinto amurallado por donde discurrieron los encierros; asimismo, se incluyeron y aprobaron los gastos de refrescos de los baqueros y encerradores, sumando un total de 517,22 reales de vellón, que fueron satisfechos de la administración de carnicerías, incluyendo jornales, utilización de carros y otros gastos menores en virtud de la relación que presentó el citado portero de las casas consistoriales

El año siguiente, 1738, Ciudad Rodrigo volvió a recuperar cierto protagonismo con los festejos taurinos. A las corridas propias del Carnaval se sumó otra que tendría lugar en septiembre para atajar la tristeza que atenazaba a los mirobrigenses por la penuria de los trabajos sufridos y que continuaban realizándose, derivados esencialmente de la fortificación de la plaza con la definición del sistema abaluartado. De esta forma, se recuperaba de alguna manera el compromiso establecido unos años antes para celebrar una corrida anual, además de las propias de las carnestolendas.

El 8 de febrero de 1738 el concejo mirobrigense toma un acuerdo sustancial: se correrán, además de los toros de capea, otra media docena a los que se dará muerte en la plaza pública como colofón del Carnaval. Varios ganaderos, según se desprenden de la citada resolución consistorial, habían ofrecido algunos novillos de capea para los festejos propios de las carnestolendas, un ofrecimiento que caló entre los capitulares con fuerza y que decidió que la Ciudad debería comprar media docena de novillos de la hedad compettentte para que ttambién se corran en uno de los últtimos días de dichas carnestolendas y que sean de muertte en la plaza pública de estta ciudad, encomendando su adquisición y la organización del festejo a los regidores Francisco Javier de Zúñiga y Manuel Granizo. Se trata de la primera referencia documental sobre la muerte de novillos en el coso taurino mirobrigense durante la celebración del Carnaval.

Un mes después, en el consistorio del 8 de marzo, el capitular Manuel Granizo informa y presenta la cuenta de los gastos derivados de los festejos taurinos celebrados durante el pasado antruejo, que se desarrolló del 16 al 18 de febrero, y que contó con tres corridas de novillos abiéndose muerto seis. El gasto, incluidos los materiales y trabajos para disponer la plaza como coso taurino, ascendió a un total de 2.173,6 reales. De este montante se recuperaron 737 reales del valor de la carne y la colambre de los referidos novillos que se lidiaron y mataron el último día de Carnaval, por lo que el gasto se rebajó a 1.435,6 reales que fueron satisfechos por Francisca Hernández, administradora de rentas, y a quenta de las gananzias que a esta ciudad le pertenezen.

En la sesión del 12 de agosto de ese mismo año se plantea la necesidad de que se organizase algún regozijo para que se diviertta el pueblo, justificándolo por las penurias y ttristteza experimenttadas con los travajos padecidos. Y la solución no podía ser otra que la celebración de una corrida de ocho toros antes de que finalizase el periodo estival, en concreto para el mes de septiembre. El presupuesto para la compra de los toros se cubriría en parte con la aportación solicitada a los sexmeros de la tierra del recurrente efecto de yunterías, por quentta de los que se han devido sacar de dicho efecto en los años anttezedenttes. De este impuesto se pagarían cuatro toros, mientras que los otros cuatro se cargarían parcialmente al obligado de carnicerías en la contribución que debió aportar y no lo hizo en 1735. No obstante, el concejo ayudaría con 100 reales para cada toro en attención del precio subido que a el presentte tiene el ganado.

Los sexmeros, tras el planteamiento del capitular Manuel Granizo, comisionado para recabar la autorización del gasto vinculado al impuesto de yunterías, reconocieron en la sesión municipal del 20 de agosto, a través del citado regidor, que estaba pendiente la aportación al Consistorio del referido efecto correspondiente a varios años anteriores, y que no planteaban ningún problema en el abono del importe solicitado para comprar los toros de la corrida prevista para el próximo mes. Sin embargo, otro capitular, Manuel Centeno, recordó a sus compañeros corporativos que el Ayuntamiento tenía pendientes varios pleitos, uno de ellos con el arrendatario de la dehesa de Águeda por la porción de granos que debía satisfacer, y otro con la ciudad de Salamanca y sus sexmeros sobre el tanteo de rentas reales de este partido para el presente cuatrienio, a lo que sumó en su exposición el excesivo precio de los ganados y la necesidad de acometer muchos reparos públicos del beneficio común, todo ello con el objetivo de que el consistorio se replantease la conveniencia de organizar dicho festejo taurino, pidiendo a la postre la revocación del acuerdo anterior. El Consistorio decidió recabar más información antes de adoptar una resolución definitiva, que llegaría el 23 de agosto con el acuerdo de continuar con la organización de la corrida de toros septembrina, comisionando a los regidores Bernardo Ameztti y Manuel Granizo para su organización y, en primera instancia, se les encomienda también que se informen de quándo podrán concurrir a ella los toreros que sean necesarios, además de que pongan fecha para la celebración de la corrida, que quedaría fijada para el 22 de septiembre.

Unos días antes de la fecha prevista, en concreto en la sesión del 10 de septiembre, se da cuenta de las gestiones que se han realizado con los toreros contactados. Los diestros habían trasladado a los comisionados que en la fecha prevista no podían concurrir el expresado día ni en muchos después por estar ajusttados en diferenttes parttes para ottras corridas; además, si el Ayuntamiento quería contar con sus servicios, los toreros explican que acudirían solo a estta ciudad para el día quince o diez y siette de estte dicho mes. Ante esta contingencia, el consistorio no tiene más remedio que adelantar la corrida si quiere contar con el concurso de los toreros con los que se había hablado y que o eran referenciales en su oficio, o quizá no hubiera otra posibilidad de contratar avezados diestros en el entorno geográfico inmediato, además de la premura de tiempo con la que se actuaba. Por eso, sin dilación, fijan para el 15 de septiembre la corrida de toros y se encomienda a los comisionados que hablen inmediatamente con los toreros para que no hagan faltta della. Por otro lado, se acuerda que si se dignara asistir a la corrida el gobernador político y militar, Felipe Dupuy, sería conveniente colocarle en el asiento reservado junto al alcalde mayor, José Antonio Recuero, y que, asimismo, habría que convidar al festejo a los oficiales de guerra de la guarnición que acogía Ciudad Rodrigo.

Celebrada la corrida, llegó la hora de rendir cuentas. Se expusieron y aprobaron en el consistorio del 20 de noviembre de 1738, después de explicar que de los gastos se había descontado lo recaudado por la carne y la colambre de los toros, y estaban incluidos los 400 reales que había entregado Francisco Gómez, obligado de carnicerías, que debía de ejercicios anteriores para la compra de toros. Hechas las cuentas, el concejo debería asumir 453,26 reales para cerrar el balance contable de este festejo.

Pasarían los años con las citas taurinas habituales, pero de ellas no se dejará constancia en los libros de acuerdo. Y llegaría 1746, un año especial por la transcendencia festiva que tendría para los mirobrigenses la proclamación de Fernando VI, aunque previamente también tuvieron que asistir a los actos fúnebres, las exequias celebradas por la muerte de su padre, Felipe V, el 9 de julio, víctima de una apoplejía cuando su salud estaba ya sumamente deteriorada.

Siguiendo con la tradición, que ya se convertía en “inveterada costumbre”, expresión que se utilizará más avanzado el siglo XVIII y especialmente en el XX, el celo de las autoridades por contentar a su pueblo en tiempo de carnestolendas hace que el 12 de febrero se dé cuenta de las gestiones que se están realizando para celebrar el Carnaval taurino de 1746, que se desarrollaría del 20 al 22 de febrero.

Las corridas de novillos se nutrirían con reses que habían ofrecido ganaderos de la ciudad o de su socampana y con las que se concretarían dos festejos para sendos días. Para el tercero, según se especifica en el libro de acuerdos, se recurriría a los novillos que tenían ofrecidos los obligados de carnicerías. Pese a ello, ya que se contaba, en principio, con ganado suficiente para cubrir los tres días de carnestolendas, el consistorio solo pudo acordar que se ttengan los ttres días o a lo menos, dos, aunque en el ánimo estaba completar el ciclo festivo.

Pasado el Carnaval y avanzado el estío, Ciudad Rodrigo conoció la muerte de Felipe V y, tras los luctuosos actos que en su memoria se celebraron, llegó el momento alegre que suponía la proclamación de su sucesor, Fernando VI. Y como era costumbre, como había ocurrido en otras ocasiones con mayor o menor dispendio, se preparó el programa festivo que acompañaría a la proclamación del nuevo rey, en donde el levantamiento del pendón sería el acto central protocolario sin menoscabo de la organización de festejos taurinos que, en esta ocasión, quería el concejo que tuviera una relevancia especial.

Los preparativos para la celebración de al menos una corrida de toros con motivo de la proclamación de Fernando VI ocuparon a los capitulares en varias sesiones. En una de ellas, consecuente con el acuerdo adoptado en el consistorio anterior, Andrés Carrillo y Bernardo Amezti, regidores comisionados para organizar los festejos taurinos, explicaron a sus compañeros de corporación que, siguiendo sus indicaciones, se había trasladado a la capital salmantina Bernardino Baena, administrador de yunterías, para indagar y verificar si los estamentos de Salamanca –justicia y regimiento- habían concedido licencia a lospicadores de varalarga que la sirven de enzerradores, para lo cual el Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo había enviado previamente una carta solicitando su concurso para la corrida que se estaba preparando en la localidad mirobrigense.

Baena llegó a Salamanca en la mañana del sábado 3 de septiembre para entrevistarse con los citados varilargueros. Estos le informaron que el día anterior celebró consistorio el Ayuntamiento salmantino, en donde se leyó la carta remitida al respecto desde Ciudad Rodrigo. Pese a algunos reparos y disputas, el concejo de Salamanca concedió la licencia solicitada para que los picadores se desplazasen a la localidad mirobrigense. Tras conocer la noticia, los varilargueros salmantinos encargaron los rejones y previnieron los caballos; además, contaban con tres ttoreros de a pie por no haver tenido respuesta de los dos a quien abían escriptto a ttierra de Madrid, circunstancia esta que impidió al citado Baena cerrar el acuerdo a expensas de lo que determinase el Consistorio mirobrigense, regresando a Ciudad Rodrigo a recibir nuevas instrucciones. No obstante, antes de emprender dicho viaje, Bernardino Baena desechó la iniciativa de contratar a los dos toreros madrileños y cerró el acuerdo con los tres diestros salmantinos, sin conocimiento del consistorio que le había cometido en el asunto.

Confiando en la palabra de Baena, quien contaba con el respaldo que a su gestión dieron los caballeros comisionados Carrillo y Amezti, el consistorio, pese a no contar con la respuesta oficial del Ayuntamiento de Salamanca, se aferró a la decisión previamente adoptada de celebrar la proclamación regia el 11 de septiembre, extendiendo los actos a los dos días y noches siguientes, que contarían con fuegos, toros y novillos.

Se determinó que para la proclamación de Fernando VI se aga el ttablado en la Plaza Mayor y puertas de la casa desta ciudad que comúnmentte llaman del Peso, que sirve de la guardia prinzipal donde está el valcón para ver las funciones esta Ciudad. Se fijan las cuatro de la tarde del expresado día 11 para que la corporación mirobrigense se reúna en las Casas Consistoriales, siguiendo la pauta establecida para la proclamación de Luis I –también hijo de Felipe V; el rey más efímero de España- el 14 de febrero de 1724.

Se establece también que una vez culminada la proclamación del rey y realizado el levantamiento del pendón, al día siguiente, a las diez de la mañana, se desmonte el tablado y el dosel utilizados para dicha celebración y se lleve a la Casa Consistorial para dar tiempo que se aga el enzierro de los nobillos y los que se ofrecen correr el mismo día a espensas del número de escribanos y procuradores. En total, se preveían matar 12 toros, cuya carne se vendería al por mayor o, en su defecto, al por menor con el precio que conviniesen los comisionados, y que serían lidiados por los referidos picadores de vara larga y los toreros contratados. Además, se contará para estos festejos con trompetas y timbales procedentes de Portugal.

Aunque los preparativos estaban claros, el concejo dudaba de la presencia final de los varilargueros y toreros al no haber recibido todavía la autorización desde Salamanca para su concurso en los festejos de Ciudad Rodrigo, situación que ocasionó alguna desconfianza en el seno de la corporación municipal. Por eso, volvieron a llamar a Bernardino Baena para que, con su voz, diera cuenta del acuerdo alcanzado en Salamanca con los citados diestros y rejoneadores y que habían anunciado los comisionados capitulares en el consistorio anterior, algo que ratificó al afirmar que no podían falttar unos ni otros.

Los festejos promovidos para la proclamación de Fernando VI se celebraron sin ninguna novedad. Al día siguiente de su conclusión, el 14 de septiembre, se reunieron los regidores para, entre otras cuestiones, afrontar el pago i satisfacción que se debe azer a los picadores de bara larga, toreros i otras cosas conzernientes a las funciones que se an zelebrado los tres días antecedentes, con el concurso especial del licenciado Sebastián de Olalla, alcalde mayor, y de buena parte de los regidores, aunque otros no pudieron asistir por hallarse indispuestos.

Era preciso satisfacer los salarios que habían sido convenidos con los tres varilargueros de Salamanca y los dos toreros de Madrid y su tierra que habían sido llamados y a los que había que resarcir por el compromiso adquirido y su actuación final, pese a que en un principio Bernardino Baena había desechado el acuerdo al no recibir respuesta por correo, optando como solución inmediata contratar a otros tres toreros salmantinos, quienes finalmente no participarían en el festejo taurino si nos atenemos a la partida de gastos. También había que abonar los servicios de los trompetas y timbaleros que vinieron de Portugal para animar los festejos y satisfacer económicamente los perjuicios que tuvieron los varilargueros al perder dos caballos en el desarrollo de la corrida de toros: uno murió y el otro resultó herido. Urgía pagar sus servicios respecto de querer marchar todos los espresados a sus tierras de origen cuanto antes.

Los regidores debaten sobre el particular y, en el caso de los picadores, teniendo en cuenta los salarios percibidos en Zamora y en otras ciudades donde fueron llamados y actuaron, se decide pagar 3.000 reales de vellón a los varilargueros, incluyendo en la cantidad la indemnización por la pérdida de los dos caballos; 1.260 reales recibirían los toreros de a pie, mientras que los trompetas y timbaleros percibirían por su actuación 600 reales, dinero que se sacaría, al igual que el importe de los cohetes y otros gastos realizados, del impuesto sobre los términos acotados. Por otra parte, se acuerda responder a la ciudad de Salamanca dándole las gracias por la lizencia que conzedió a dichos sus criados.

Con la premura justificada ante la inminente salida de Ciudad Rodrigo de los picadores, toreros y músicos, el Consistorio aborda el grueso de los gastos derivados de la proclamación de Fernando VI y de las exequias celebradas por Felipe V, su padre, en la junta celebrada el 4 de noviembre, en donde los comisionados Bernardo Amezti y Andrés Carrillo concluyen que se gastaron en total 20.812,14 reales, hallándose descontados ya 3.785 reales que se sacaron de la carne que se pudo bender i aprobechar de los toros, valor de la colambre de ellos i precio en que se dio la plaza a los maesttros que la cerraron e yzieron los palenques. Con esta merma, los gastos ascendieron a 17.027,14 reales de vellón, cantidad que debería abonar Diego Antonio González, administrador y depositario de los términos comunes de Ciudad Rodrigo y su Tierra que se hallan acotados en virtud de la correspondiente y real facultad, de donde se había acordado que se sacarían los fondos necesarios para afrontar los gastos de los festejos organizados con motivo de la expresada proclamación regia, impuesta por real decreto firmado el 4 de agosto y del que se dio cuenta al consistorio del día 10 de referido mes.

Satisfechos los gastos originados por la proclamación de Fernando VI, el consistorio no volverá a tratar de novillos o toros hasta dos años después; al menos, no existe referencia expresa en el libro de acuerdos de 1747. Pero el año siguiente empieza con una controversia entre los capitulares con trasunto taurino. Fue una aclaración de competencias, previa queja formal, derivada de la concesión de un permiso por parte del alcalde mayor, Sebastián de Olalla, para un sorpresivo festejo taurino que se celebró en el matadero del municipio coincidiendo con la festividad de Santa Águeda, sin que tuvieran conocimiento del mismo los presidentes del mes.

Así, en la sesión del 7 de febrero, el regidor Melchor de Miranda, que ostentaba junto al también capitular Andrés Carrillo la referida presidencia del mes, llevó a debate su queja por la novedad de que el día de Santtágueda prósimo se corrió un novillo enmaromado en el Arrabal de el Puente sin ynttervenzión suia ni de dicho señor don Andrés, afirmando que la decisión había sido adoptada por mera detterminazión del señor alcalde maior. De Olalla, según explicó a los caballeros capitulares, justificó su intervención señalando que lo hizo por aver allado que la multitud de jente que allí concurrió lo deseava. Por su parte, De Miranda consideraba que la providencia del alcalde mayor contravenía las facultades otorgadas a la justicia, ya que las suertes que protagonizó el novillo perjudicaban al abasto de carnicerías, destino inicial de la res que ya se hallaba en las dependencias del matadero.

El quejoso regidor recordó que solo justicia y regimiento, el ayuntamiento o los presidentes de mes podían tomar una decisión que en absoluto era competencia del alcalde mayor. Este, en su defensa, arguyó que reconocía a los cappitulares, como lo tenían de esperiencia, las facultades correspondientes a sus ttíttulos y oficios, asi en matteria de avasttos, calidades de carnes, posturas, manejo de caudales públicos para los fines de su destino… Y, por otra parte, señalaba que su decisión no fue tomada privattivamentte ni por sí solo, sino es con anuncia, veneplácitto i concurrencia de dicho señor don Andrés Carrillo y del señor don Vernardo Ameztti.

Los hechos sucedieron por la tarde, todavía mantenida la algarabía de la popular fiesta de Santa Águeda que celebraban los feligreses del Arrabal del Puente. En el corral del matadero se encontraba atado a un álamo un ttoro o novillo de tturma de quattro años que, según supieron el alcalde mayor y el capitular Carrillo, se había introducido en la referida instalación municipal para el surtido de carnes. Señala Sebastián de Olalla que no vino a propósito para el consumo semejanttes carnes, a no ser en ocasión de festtejo de el pueblo.

Se propaló la noticia de que había un toro enmaromado en el matadero.Al poco tiempo se congregaron numerosos vecinos, expectantes por la supuesta diversión que se avecinaba. Al alcalde mayor le pareció comvenientte i justto el complacerles y azer le sortteasen y capeasen denttro del mattadero, como por sí lo an ejecuttado en varias ocasiones los cavalleros presidentes de mes y se ejecutta en todo el reino. El toro, por entonces, ya había saltado al corral y, atendiendo a las súplicas del público, De Olalla accedió a que se atase la res al álamo que allí existía, con lo que empezó el espectáculo.

Las explicaciones del alcalde mayor fueron entendidas por el consistorio que, no obstante y para atajar semejantes situaciones, resolvió que no se corra ni permitta correr ttoro alguno enmaromado no prezediendo el consenttimientto de la justicia y presidenttes de mes, recordando y advirtiendo a las partes de las consecuencias de no respetar los acuerdos inmemoriales sobre las funciones y delimitaciones de competencias establecidas para los miembros del Ayuntamiento.

Fue la antesala taurina previa al Carnaval, aunque estuvo salpicada por la polémica y el evidente enfrentamiento por las competencias de los capitulares. En el consistorio del 21 de febrero –el antruejo comenzaría el 25- se toma el acuerdo de que en cada uno de los tres días de las próximas carnestolendas, para diversión y regozijo de el pueblo, haia funzión y corrida de nobillos. Previamente, había informado el capitular Bernardo Ameztti que había disponibilidad de reses por parte de la obligación de carnicerías por tener ganado sufizientte para ello. Se encomendó al regidor Manuel Granizo que iniciara las gestiones que derivasen en el cierre de la plaza, la colocación de palenques y todo lo que acarrea la organización de los festejos taurinos.

Que los vecinos del Arrabal del Puente contaban con un indisimulado apego a las fiestas taurinas, siempre que pudiesen o les dejasen –caso del día de Santa Águeda-, queda también de manifiesto con la solicitud que iniciado junio de este mismo año elevó al ayuntamiento Manuel Méndez, vicario de la iglesia de Santa Marina, y que se resolvió en la sesión del 10 de junio. Un devoto había regalado un toro para la festividad de Nuestra Señora de la Agonía que se había colocado en dicha yglesia [sic] y que se deseaba correr con su capea el 15 de junio en el corral del matadero, pidiendo también que se le cediesen del almacén municipal las cadenas y avujas que necesitaban. Se autorizó el festejo taurino con la condición de que los presidentes de mes estuvieran atentos a que no se desvaratten las paredes de el corral y haziéndolo las agan componer de quentta de el que aze la función, i que la madera sea con rezivo para que la devuelvan a el taller.

El Carnaval de 1749 comenzó a definirse el 13 de febrero, tres días antes de que comenzasen los festejos, que tuvieron su desarrollo entre el 16 y el 18. Es la primera vez que aparece el vocablo ‘carnaval’ vinculado a los festejos taurinos en tiempos de carnestolendas en el libro de acuerdos municipales. Como siempre, el argumento se mantiene: se organizan los festejos para dibersión de los vezinos de esta ziudad para que se corran se la plaza della todos los tres días y en cada uno una corrida de nobillos. El presupuesto, como también suele ser habitual, viene servido de la obligación de carnes para satisfacer el gasto de la última corrida, mientras que el de las otras dos queda supeditado a las gestiones que hagan con los ganaderos mirobrigenses los capitulares Manuel Granizo y Manuel de Paz, intentando que sea a menos costa de la que tubiere, es decir, que el precio esté por debajo de lo que estipulase en aquel momento el mercado.

Poco después de fenecido el antruejo, en la sesión del 22 de febrero Manuel Granizo presentó las cuentas de los festejos realizados con motivo del Carnaval de 1749 y que fueron aprobadas por el consistorio sin ningún problema, decidiendo que los 464 reales que suponía el déficit fueran librado por Bernardino Baena, que en esta anualidad se encargaba de la administración y consumo de vino blanco de tabernilla.

El 4 de febrero de 1750 se adopta el acuerdo de encerrar novillos durante los tres días de Carnaval. Varios ganaderos de la zona habían comunicado al Ayuntamiento su intención de facilitar dos capeas de nobillos con cabrestos y caballerías para su enzierro con el fin de cubrir dos de los tres días de las fiestas, por lo que la Ciudad tendría que aportar las reses para el tercer festejo, recurriendo para ello al obligado de la administración de carnicerías. Además, acuerdan que los cabestros y caballerías que faciliten los ganaderos para las otras dos corridas concurran también a la que aporte el Ayuntamiento a fin de conseguir su enzierro y que el pueblo logre lo que apeteze de semejante función y regozijo, comisionando de nuevo al capitular Manuel Granizo, avezado en esta materia, para que resuelva todo lo concerniente a la organización de dichos festejos.

En fin, no quiero extenderme más. Prefiero que el resto del discurso, ceñido a la segunda mitad del siglo XVIII, quede para la lectura pausada, para que los interesados se entretengan con los avatares de la organización y desarrollo de distintas ediciones del Carnaval taurino mirobrigense. El trabajo impreso lo tendrán, a continuación, a su disposición. Solo me resta agradecerle al Centro de Estudios Mirobrigenses el honor de engrosar su nómina de miembros numerarios. Y a ustedes un agradecimiento especial por su atención y paciencia. Espero que lo referido haya sido de su interés y que sirva para nutrir la densa historia taurina de nuestra ciudad. Muchas gracias.

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