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Pregón del Bolsín Taurino Mirobrigense, François Zumbiehl, Carnaval del Toro 2016

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Pregón del Bolsín Taurino Mirobrigense, François Zumbiehl, Carnaval del Toro 2016
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Pregón del Bolsín Taurino Mirobrigense
François Zumbiehl
Carnaval del Toro 2016

Excmo Sr. Alcalde de Ciudad Rodrigo, querido Patriarca y Sr. Presidente del Bolsín Taurino, autoridades, bolsinistas, queridos amigos, Señoras y Señores,

En este minuto siento toda la ansiedad que experimenta el torero al abrirse el portón. Es que en esta tribuna me han precedido oradores de gran prestigio, entre los cuales se encuentra mi padrino de alternativa para este pregón, Alberto Estella. Considero como un enorme privilegio ser arropado por alguien que encarna a tan alto nivel el espíritu y la cultura sublimes de Salamanca, y que ha tenido un papel destacado en la llamada Transición. Tuve la oportunidad de vivir en Madrid ese período, en el cual le tocó a España dar al mundo una imponente lección de consenso, de temple político y de democracia. ¿Cómo no acordarme también que mi presencia aquí se debe a la amistad y a la confianza depositadas en mí por Miguel Cid Cebrián, ligado a Ciudad Rodrigo por todas las fibras de su espíritu y de su corazón, amén de haber sido su alcalde. Él ha fundado, precisamente entre otros con Alberto Estella, la Asociación Taurina Parlamentaria. La idea que ahí se defiende, conforme a la apertura intelectual de su presidente, es que la defensa de los toros traspasa todas las fronteras políticas, porque la Fiesta sencillamente es del pueblo, como lo reza el magnífico artículo de Miguel Cid, publicado en El País hace pocos años, y titulado Nuestro sí a la Fiesta. Nunca hay que olvidar que el toreo moderno nace en el Siglo de las Luces; que también empieza a ser de luces en este siglo el traje del torero de a pie, poniéndose los hilos de plata y oro de la aristocracia caballeresca, y que eso significa que el pueblo viene a ser de ahora en adelante el auténtico protagonista, en el ruedo y en el tendido.

He utilizado la metáfora taurina de una alternativa porque, comparándome con todos los pregoneros anteriores, me siento un principiante, un toricantano agobiado por el honor, seguramente no merecido, que me han hecho los miembros del Bolsín. Además me abruma el peso de la historia. Me declaro rotundamente aficionado a los toros y a España, pero soy francés – un gabacho como se dice -, y me infunde mucho respeto el heroico y doloroso momento por el que atravesaron Ciudad Rodrigo y sus habitantes durante la expedición napoleónica. Todavía quedan patentes las «gloriosas heridas» de esta contienda en las murallas de la Ciudad, en los muros de la catedral y en las mentes. Adivino que debo a una especial generosidad el hecho de que se me permita alzar la voz, representando a la afición de mi país, en un lugar que ha vivido tales acontecimientos. Menos mal que mis mentores, Miguel y José Ramón Cid Cebrián, hijos de Abraham y verdaderas enciclopedias en estos temas, aliviaron un poco ese peso asegurándome que al fin y al cabo, en 1810, el ejército francés concedió a los defensores de Ciudad Rodrigo una rendición honrosa mientras que los ingleses, en 1812, al tomarla de nuevo, cometieron lamentables atropellos.

He hablado de afición y generosidad. Éstos son obviamente los dos pilares sobre los cuales, hace exactamente 60 años, sus fundadores han dado vida en el Café Moderno a esta magnífica empresa del Bolsín Taurino Mirobrigense :

Calleja, Orencio, Casado,
Teo, Calzada y Abraham…

Las coplas siguen cantando estos seis nombres o apellidos, que todo el mundo conoce, inscribiéndolos en el mármol del recuerdo. Designan a los patronos de una tradición que sigue uniendo no sólo a los que han nacido en estas tierras dedicadas al culto del toro, sino a los que en el mundo comparten la pasión por la tauromaquia y una fascinación particular por los carnavales de Ciudad Rodrigo. 1956; eran tiempos de escasez y de dificultades, pero también de sueños e ilusiones, en esta España de blanco y negro, donde los maletillas se buscaban la vida y las oportunidades de pueblo en pueblo y de tapia en tapia, con triunfos de un momento o desgracias definitivas. Se jugaban el tipo en aquellas capeas o festejos menores cuya realidad, a veces esperpéntica en aquellos tiempos, ha sido magníficamente reflejada por la novela de Ángel María de Lera, Los Clarines del Miedo. Pues los fundadores del Bolsín tuvieron a bien enderezar esta situación precaria de los aspirantes a torero. Les echaron un capote generoso e inesperado, al crear una red de solidaridad, con los ganaderos de la zona y otros benefactores, para cobijarles, alimentarles y sobre todo brindarles una auténtica oportunidad. El espíritu del Bolsín es admirable y bien podría inspirar las reglas practicadas en el conjunto del escalafón taurino; aquí no valen recomendaciones, enchufes o disponibilidades financieras. Cada aspirante se abre paso por méritos propios en las sucesivas pruebas del campo y en las pruebas finales, bajo la mirada de un jurado exento de cualquier interés creado, que sólo se determina por el criterio de calidad torera. Muchos jóvenes desconocidos, gracias al Bolsín, han adquirido de un día para otro un nombre y un sitio señalado –como es lógico en diferentes niveles– en esta profesión tan difícil y arriesgada. Claro está, las vicisitudes de la suerte –la suerte es palabra mayor en el toreo– dejan que a veces el destino haga de las suyas, con su particular ironía. He oído hablar de un Colombiano que, después de triunfar en el Bolsín, no pudo matar al novillo. Algunos cuentan que fue porque, no llevando estoque, le prestaron una vieja espada, despojo nefasto de la francesada. También su silueta demasiada infantil, o posiblemente el exceso de comentarios que le anunciaban ya como el seguro vencedor, impidieron que Pedro Moya Niño de la Capea triunfara en 1969. Él contó después a José Ramón Cid que la caminata solitaria, al volver a Salamanca, en esa noche oscura con su fracaso a cuestas, y la recapacitación que hizo en el camino, fueron la mejor palanca para su voluntad de convertirse en una figura histórica del toreo.

Hoy en día, creo que afortunadamente, el monumento al maletilla es la imagen de un pasado heroico pero superado. Los jóvenes que compiten en el Bolsín ya no salen de la nada. Salen de las escuelas taurinas, donde reciben una formación profesional, pero sobre todo humana y ética, de la que hablan, por ejemplo, Miguel Arroyo Joselito, El Juli y muchos otros, con toda la legitimidad que les otorga la experiencia vivida. Lo que pasa es que, a veces, algunos políticos, determinados por estereotipos ideológicos, no saben escuchar. Eso les lleva a criticar o menospreciar estas escuelas. Entre nosotros, no deja de resultar extraño que espíritus que se tildan de progresistas vayan en contra de una escuela, sea la que sea. Ya lo dijo Belmonte: se torea como se es, y tal es, precisamente, el objetivo prioritario de dichos centros: enseñar a los chavales a ser y a comportarse como toreros, y en primer lugar como personas; conseguir ante un animal temible el dominio de su cuerpo y de su miedo, esforzarse, con la quietud que requiere el oficio, para ir hasta el límite de sus posibilidades, hacer coincidir la encomiable ambición personal y la obligada solidaridad con los compañeros, estando siempre al quite. Y por encima de todo esto, permítanme que les invite a cultivar –jóvenes que habéis triunfado este año en el Bolsín– esa virtud fundamental para todas las grandes figuras del toreo: la virtud de la humildad. Todos ellos tienen la convicción de que uno no para de aprender con el toro; que hay que aprovechar las lecciones de los mayores; que nunca se llega a esa faena perfecta que se lleva en las entrañas, que muy raras veces se puede esbozar en la arena, pero que hay que buscar incansablemente mientras uno se vista de torero. Otra búsqueda incansable en el curso de cualquier faena es el entendimiento con el toro; un entendimiento basado en el conocimiento, intelectual e intuitivo, en el respeto, y en el amor. Entenderse un hombre, un torero, con un animal indómito, ¡qué maravilla! También deben a la fuerza compartir esa facultad, al más alto nivel, los ganaderos de bravo. El toro es un señor de la naturaleza, preservado como tal. Pero es también una obra maestra de la ciencia y del arte, el arte de los ganaderos que han sabido perfeccionar su bravura, esculpirla, con su exigencia y su sensibilidad particulares, para que esa agresividad innata, y en gran parte salvaje, se adapte al toreo actual. Tenemos que serles doblemente agradecidos; por haberse volcado en esta magnífica iniciativa del Bolsín, seleccionando a las reses que son toreadas en las pruebas de tienta, y por seguir con sus esfuerzos e ilusiones, en un momento económico especialmente difícil para ellos, en estas hermosas tierras del campo salmantino, salpicadas de encinas.

Lo digo así de claro: no entiendo el prejuicio contra los toros de algunos autodenominados ecologista; me parece el producto de la ignorancia y de un enorme malentendido. No hay nada más ecológico que una ganadería brava, donde conviven innumerables especies de fauna y flora salvajes, cuya permanencia depende de la permanencia del toro bravo, ese animal que goza en su dehesa de unas condiciones inmejorables de libertad y tranquilidad. También es un gozo admirarlo allí, con su bravura adormecida pero pronta a despertar y a estallar a la menor llamada externa. Celebro que los jóvenes hoy en día estén muy preocupados por el medio ambiente y el bienestar animal. Precisamente por ello creo que lo primero para que estos jóvenes se conviertan en aficionados es ofrecerles la oportunidad de visitar una ganadería, para que vean como ahí se cuidan y se respetan a todos los animales, bravos y domésticos. En cuanto a los «animalistas», yo diré que es un extraño amor de los animales el querer eliminar de un plumazo, mandándola inmediatamente al matadero, toda la raza brava, desde los cuatreños hasta los sementales y las últimas becerras, que es lo que sucedería si desapareciera la Fiesta.

La compenetración armoniosa del campo y de la urbe, origen y fundamento de la fiesta taurina, hace que Ciudad Rodrigo siga siendo el crisol perfecto de ella. El campo procura que los hombres entretengan una verdadera familiaridad con los animales, considerándoles como tales, y no como mascotas o sustitutos de humanos, al estilo de Walt Disney; que experimenten además que en el reino de los hombres, como en el de los animales, la vida y la muerte conviven y se nutren, la una de la otra, de forma constante. Eso es también uno de los significados de la tauromaquia, y eso es lo que se da en los carnavales de Ciudad Rodrigo, donde el toro se hace presente de múltiples maneras, y donde el pueblo mirobrigense es plenamente actor y no simple espectador. Aquí la Fiesta alcanza su mayor intensidad con sus dos componentes antagónicos pero complementarios: la obediencia a unas reglas muy concretas que definen un ritual y, dentro de este marco, todo el espacio necesario concedido a lo espontáneo, a lo imprevisible de cuanto puede suceder. Esto vale para el Bolsín Taurino y para todo lo que va a acontecer aquí en los próximos días. Y esto demuestra que no hay dos tauromaquias, una culta donde se exhibe en plazas de primera el toreo más refinado, y otra popular, sino que sólo existe una tauromaquia única con sus diferentes matices, que se alimentan recíprocamente. Como sea y donde sea, es la fiesta luminosa de la vida y del valor, que despeja la sombra de todos los peligros.

Hablando de fiestas populares relacionadas con el toro, las hay que están siendo actualmente objeto de una intensa controversia a escala nacional, y en las que se ensañan los animalistas para prohibirlas. Quisiera al respecto, a título personal, dar una opinión que me inspira la antropología. Tres son a mi modo de ver, las condiciones que legitiman este tipo de fiesta, y que en el caso de Ciudad Rodrigo, me apresuro a decirlo, se encuentran perfectamente reunidas: que un grupo humano o un pueblo se identifique con ella, la viva de verdad y sepa transmitirla; que no se adulteren sus reglas por un exceso de masificación y de turismo incontrolado; y en cuanto al toro, que siempre se respete su condición de animal en lidia, con el consiguiente riesgo de los que se enfrentan con él; en una palabra que nunca aparezca como la víctima de una matanza.

El toro bravo. Desde la más lejana prehistoria está presente en este triángulo de tierras que dibujan Ciudad Rodrigo, Salamanca y la frontera con Portugal. Encampanado y presto a embestir nos sigue desafiando, desde hace 18000 años, en aquellas rocas de Siega Verde, en la ribera del río Águeda. El hijo del mayoral de don Argimiro Pérez-Tabernero, mi admirado amigo y gran escultor, Venancio Blanco, todavía tiene en sus oídos los cencerros de los cabestros galopando con los toros hasta la estación de tren, y dice que este sonido para él es más duradero y más intenso que el de todas las campanas de Roma. El toro salvaje ha existido en toda la cuenca mediterránea y en buena parte de Europa, prestándose a un sinfín de mitos, ritos religiosos y obras de arte en todo ese mundo, pero resulta que tan sólo ha perdurado en España, indómito y en gran parte libre. Razón de más, creo yo, para preservar a toda costa ese patrimonio genético excepcional, que está vinculado necesariamente con el patrimonio cultural inmaterial que constituye la fiesta de los toros. Ha sido demostrado –por lo menos nosotros lo hemos hecho en la argumentación presentada en 2011 para que en Francia sea reconocida como tal– que la tauromaquia cumple sobradamente con los cinco criterios estipulados por la UNESCO para definir un patrimonio cultural inmaterial: de hecho es un ritual, un arte vivo del espectáculo, promueve una artesanía tradicional, contribuye a un mejor conocimiento de la naturaleza y del universo, y provoca un enriquecimiento del lenguaje.

Es además, en mi opinión, una de las últimas ceremonias mediterráneas vigentes, tan importante como, en su momento, la tragedia griega y la ópera italiana. Reproduce el eterno mito del combate con el Minotauro, la bajada al laberinto del matador Teseo para que la vida triunfe de la muerte, del mismo modo que el torero baja la mano y se hunde con el toro en el laberinto de los pases, antes de volver con él a la luz de un remate lleno de garbo, y de romper el hilo que les ataba, un hilo en este caso más artístico y mágico que el de Ariana. Es la permanente lucha del espíritu humano con la sinrazón de la bestia, aunque, a veces, como lo dijo Luis Francisco Esplá, el torero tiene que hacerse toro, o por lo menos adentrarse en él para entenderse con su oponente. Es la inacabada contienda entre el tiempo que no perdona y el deseo de prolongar hasta lo imposible ese momento celestial de arte y felicidad; deseo materializado en el temple torero, el cual no es otra cosa que el intento para dilatar la muerte ineludible de la belleza dibujada en el ruedo, y convertirla, como lo dijo Bergamín en «muerte perezosa y larga». Toda la carga emocional de esta belleza radica, en efecto, en la consecución, frágil y peligrosa, de esa eternidad efímera en cada pase. Muerte y vida, sacrificio y resurrección entablan una oposición y al mismo tiempo una unión ritualizadas en la corrida, que es como la escenificación más clarividente de nuestro universal enfrentamiento con el destino de los seres mortales. Aquí se desarrolla a su manera un sublime auto sacramental. Lo digo apoyándome en el testimonio de Antonio Risueño, eminente bolsinista, y en el del maestro Santiago Martín El Viti, que me contó haber contestado a un sacerdote, extrañado de que torease con una cara tan seria, que en la misa y toreando se consagra algo o a alguien, y que eso requiere seriedad. También me acuerdo de las confidencias de Venancio Blanco, comparando la nobleza y la entrega hasta la muerte del toro bravo con el destino de Jesús, y la huida del toro manso con la retirada de Júdas. Muy oportunamente Alberto Estella recordó en su pregón del año pasado que otro gran salmantino, de adopción, Miguel de Unamuno, había intuido en su famoso poema una semejanza de condición entre el sacrificio del toro y el de Cristo.

Quisiera concluir con tres datos simbólicos para mí.

En primer lugar 1956. Fue el año en que Abraham Cid y sus compañeros fundaron el Bolsín Taurino en el Café Moderno, hoy en día revestido por el musgo del tiempo pero entrañable. Este 60 aniversario acrecienta el respeto que siento al hablar aquí. Lo que son las cosas, precisamente en ese mismo año mi madre llevó por primera vez a una corrida en Bayona al chaval de 12 años que yo era entonces. Quedé deslumbrado por aquella tarde en la que Aparicio, Litri y Antoñete, a los que veía como arcángeles vestidos de oro, fulminaron a sus toros de seis estocadas. Esa corrida inaugural para mí colmó los sueños de mi infancia, cuando trataba de imaginar lo que pasaba en el ruedo por lo que me contaban mi madre venezolana y una tía política, hija de ganaderos andaluces. Esa emoción recordaba lo que había leído en los cuentos de hadas, en donde la vida y la felicidad triunfan del miedo y de las amenazas, como el torero triunfa al mismo tiempo del toro y de la muerte, a sabiendas que un día será vencido por ella, y nosotros con él. Por eso creo que el mundo de los toros es muy próximo al de la infancia donde reinan las emociones primarias, no digo primitivas. Y me da risa que algunos pretendan apartar a los niños de los toros para protegerles. ¡Más valdría protegerles de la violencia cotidiana de los telediarios! Dicho sea de paso, ese entusiasmo precoz por la tauromaquia me infundió una fascinación inquebrantable por España, sus gentes y su cultura. Creo en efecto que, si bien los toros tienen una proyección universal, son el reflejo más genuino de la sensibilidad española, como muy bien lo dijeron Lorca, Ortega y Gasset y Tierno Galván, espíritus progresistas si los hay.

En segundo lugar las Tres Columnas romanas que forman el escudo heráldico de la Ciudad. Son el punto de unión de la civilización latina que compartimos, seamos de Nîmes, de Arles, de Miróbriga o de Sevilla. Y por último la lucha que planteó el pueblo de Ciudad Rodrigo ante las tropas de ocupación, desgraciadamente francesas, para defender sus libertades. Los recientes y dramáticos atentados de París recuerdan de forma muy cruel el precio de la libertad cuando se ensañan contra ella los fanatismos políticos, ideológicos o supuestamente religiosos, queriendo imponer a la fuerza sus propias normas. Pues ahora casi me atrevería a llamar a este pueblo de Ciudad Rodrigo, como a todos los pueblos de la afición en España, en Francia, en Portugal y en América, para que sepamos defender, contra todas las prohibiciones pendientes y contra todos los integrismos del exterior y del interior, la libertad de amar la Fiesta, una fiesta tan bella y clarividente; de amar el toreo que es, en su expresión suprema, como me lo dijo un día Santiago Martín El Viti, la liberación de todas las facultades intelectuales y afectivas del hombre. Entonces, ¡al grito de libertad!, podremos adoptar esta copla como himno, sobre todo por el último verso:

Entonces es el Bolsín.
Su sede está en el Moderno,
Café de rumbo y postín
Y hogar, digamos, paterno
De un arte que será eterno

Que así sea.

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