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DEFENSA DE LA SOCIEDAD CIVIL, por Santiago Corchete Gonzalo

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DEFENSA DE LA SOCIEDAD CIVIL, por Santiago Corchete Gonzalo
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¿De qué estamos hablando cuando hablamos de “sociedad civil”? Existe a nuestro juicio mucha confusión al respecto, no siempre desinteresada ni inconsciente, para obtener beneficio en semejantes e indebidas apropiaciones del lenguaje. Veamos si somos capaces de esclarecer dicho sintagma conceptual en la brevedad de esta crónica, siquiera sea para tratar de impedir que, a río revuelto, sigan aprovechándose de la sociedad civil los pescadores de siempre.

Al comparar en su obra escrita las democracias estadounidense y francesa, el pensador galo y político liberal Alexis de Tocqueville (1805-1859) ya advirtió “la necesidad de fomentar la conciencia cívica de los ciudadanos para hacerlos amantes de la libertad y capaces de resistirse contra cualquier despotismo”. Más próximo a nuestros días, y también más alarmado ante las patologías que aquejan a las veteranas democracias instaladas en los países europeos, nuestro contemporáneo el alemán Jünger Habermas (1929) y otros filósofos y pensadores políticos afines, afirman que “en el contexto de la ciencia política, la sociedad civil abarca a los ciudadanos que actúan de manera colectiva para tomar decisiones concernientes al ámbito público, al margen de la estructura gubernamental”. Según ellos, “sin la existencia de la sociedad civil será prácticamente inviable la forma de gobierno democrático, por cuanto es inherente e indispensable para que haya y se mantenga la democracia”. De suerte que los movimientos sociales, llámense como se quiera: ONGs, asociaciones, plataformas, etcétera, deben proponer y plantear demandas, revisiones, valores, derechos, y ejercer al mismo tiempo una función de contravalor respecto del cumplimiento de los derechos conseguidos.

Pues bien, en el contexto del aquí y ahora castellano-leonés, salmantino y mirobrigense, la sociedad civil tiene muchísimo trabajo pendiente y por delante, encaminado a mejorar la calidad democrática de su gobernanza. Son tantísimos los años consecutivamente regidos por el mismo partido, el PP, que resulta insostenible pretender argumentar que ello se debe a la puesta en práctica de unas acertadas políticas. Porque vista desde afuera, la realidad sociopolítica castellanoleonesa ofrece una imagen de retraso lamentable como conjunto en muchos aspectos. Tan solo ha beneficiado a la ciudad de Valladolid y su entorno, tras la aplicación de unas políticas raquíticas de cuño neocon, que ya eran viejas desde los tiempos de Ronald Reagan, aquél pésimo actor, y de Margaret Tattcher, aquella dama de hierro que machacó el bienestar del trabajador inglés y engrosó la cuenta corriente de los ricos.

Castilla y León permanecen desestructurados y caminan a la deriva casi desde sus inicios como entidad regional autónoma. A falta de una coherente política de Ordenación del Territorio, tan tardíamente abordada y difícilmente consensuada, las cabeceras de comarca languidecen en su proceso de agonía inapelable, tal es el caso de Ciudad Rodrigo, y los pueblos más pequeños se hunden bajo las ruinas de su propia miseria, abandonados por sus afligidos residentes, que se acercan a ellos unos breves días en verano para dar rienda suelta a su nostalgia. Mientras tanto, ¿qué siente, y sobre todo, qué hace la sociedad civil castellanoleonesa para evitarlo? La fortaleza que mostró con su contundencia en Gamonal (Burgos) fue aplaudida en toda España; la marcha a Madrid que acometieron los mineros leoneses fue otro gesto valiente y reivindicativo…Pocos sucesos más han tenido repercusión nacional, pero ambos hicieron uso del derecho y el deber moral que asisten a la sociedad civil para hacer frente al despotismo emanado del poder omnímodo de las mayorías absolutas en una democracia representativa, mas no participativa, deliberativa ni auténtica.

Las personas libres e independientes de los partidos políticos, que votamos a quien mejor nos parece merecerlo para representarnos en los más diversos parlamentos: municipales, regionales, nacionales y europeos, tenemos en nuestras manos el recurso valioso de ser y pertenecer a la SOCIEDAD CIVIL para mantener en permanente estado de sospecha y alerta a los políticos corruptos, los incumplidores de promesas, los que cometan abusos de poder, y  quienes carezcan de ejemplaridad ética y cívica. La clase política está para servirnos; en tal sentido, servir sería un honor para ellos. Lo que no pueden hacer es engañarnos y servirse de nosotros.

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