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PREGÓN DEL CENTRO DE DÍA DE PERSONAS MAYORES, Lauren Risueño, Carnaval del Toro 2017

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PREGÓN DEL CENTRO DE DÍA DE PERSONAS MAYORES, Lauren Risueño, Carnaval del Toro 2017
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Pregón del Centro de Día de Personas Mayores
Lauren Risueño
Carnaval del Toro 2017

Señoras, señores, mirobrigenses y forasteros. Buenas tardes.

Es un honor ser invitado a pregonar el Carnaval en este Centro de Día de Mayores. Sin duda, un lugar donde se reúne tanta sabiduría y tanta experiencia, que no deja de imponer y responsabilizar ante tal tarea a este entusiasta pregonero.

La transformación tan galopante que ha experimentado el mundo en el transcurrir de nuestra vida, las nuevas tecnologías, las ciencias aplicadas, el desarrollo en general, nos han permitido ver cómo muchas cosas han cambiado para bien de la humanidad. Sin embargo, esta vorágine también nos ha permitido ver cómo muchas costumbres, muchas tradiciones, muchas formas de vivir y de hacer, se han tambaleado o incluso desaparecido. Se trataba muchas veces de cosas sencillas que amábamos porque venían formando parte de nuestras vidas y con ellas éramos felices.

Yo no soy muy mayor. O tal vez no quiero verme muy mayor. Pero en estos setenta y cuatro años vividos y recién cumplidos, he podido observar la transformación gigantesca que ha sufrido nuestra sociedad y, sinceramente, asimilar todo esto cuesta un poco. A nuestra generación nos educaron para respetar, para obedecer, para acatar lo constituido…; para ser solidarios, para cultivar la amistad, para proteger y amar a la familia…; para respetar y vivir nuestras tradiciones, y, además, sentirnos orgullosos de ser mirobrigenses.

Los valores humanos son necesarios para disfrutar de la mejor convivencia. Los carnavales no iban a ser una excepción, a pesar de haberse visto también sacudidos por los rigores de los nuevos tiempos. Pero no por ello, los mirobrigenses de antaño hemos dejado de esperarlos con muchísima ilusión.

Desde mi niñez y juventud he podido contemplar y vivir la ilusión y la emoción de todos los mirobrigenses al ver acercarse las fechas de esta fiesta.

Desde la desesperada petición de cenizos el martes de carnaval hasta la espera paciente del año siguiente, mientras se preparaban las estrategias necesarias para conseguir el remanente económico que sustentara el carnaval venidero.

La colocación de las agujas, de las barreras, de los tablaos…; la llegada de las primeras atracciones; también la llegada de los mirobrigenses que vivían lejos de Ciudad Rodrigo… La música de las rondallas llenando nuestras calles de fiesta y de humor, de coplas e ironía: una forma benevolente de ponerle el punto crítico a todo lo acontecido en la ciudad durante el año.

Y llegado a este punto, quede aquí mi abrazo y recuerdo para los letristas: Don José Casillas y Don Alfonso Ortiz. Mi abrazo y recuerdo también para el músico Don Agustín González Chico, creadores de esta bella canción.

  • HOMENAJE A LA MUJER FARINATA

Estas vísperas, este precarnaval de sensaciones ponía a los mozos y mozas en la mejor disposición para integrarse en el jolgorio y la algarabía de cada día, de forma inmediata, sin reservas, y junto a los forasteros que llegaban para disfrutar con nosotros.

No sé si recuerdan aquellas “congas de Jalisco”, culebrillas de amigos en fiesta que salían de El Porvenir hasta el final de la plaza; los unos bien atados a los hombros de los otros, al son de la charanga del gran Triguito. O cómo bailábamos la raspa, los brazos en jarras, invitando a participar a cuanta gente desconocida había a nuestro alrededor porque así era el carácter hospitalario de nuestra fiesta.

Vuelvo con la memoria a la ilusión de aquellos niños por disfrutar de las atracciones: las casetas de tiro, los carruseles, los coches eléctricos, las tómbolas, los puestos de golosinas con sus bastones de caramelo y aquellos algodones dulces que se hilaban rosados en el palo, ante nuestra mirada embelesada. ¡Sin duda, un paraíso de ilusión inimaginable!

El carnaval, que en la actualidad disfrutamos, está perfectamente configurado para vivir plenamente todos los aspectos festivos que ofrece. Somos nosotros los ciudadanos y todos los que vengan a disfrutar junto a nosotros, los que tenemos que darle vida, incorporándonos a la fiesta, tratando de ser actores principales, aportando alegría y humor, e incluso algo valor y atrevimiento taurino, aunque esto ya les corresponda a los profesionales del toro y del toreo. ¡Cuánta emoción tiene el toro en nuestro Carnaval!

Aquel que decide hacer un tramo del encierro y correrlo, siente una emoción grande, muy grande. Y el resto del día fluye como si algo importante le hubiera sucedido, porque efectivamente, ha conseguido ser actor en la fiesta.

Y luego llegan los comentarios y las preguntas de los que lo han visto: ¿Cómo has elegido un tramo tan largo? ¡Anda que si resbalas! ¿Sabías que estos toros eran enormes? ¡Esta ganadería tiene fama de ser muy brava!

Esta participación en el mundo del toro te hace sentir más carnavalero y feliz. Se come, se bebe, se canta, se baila, se amiga… todo se hace, con la misma disposición y habilidad, porque si algo distingue a los farinatos a lo largo de su extensa historia, ha sido su espíritu de hospitalidad y de fiesta.

Sin duda los encierros de tiempos pasados eran acaso más emocionantes que ahora y contaban con gran participación ciudadana. También las capeas, pues a Ciudad Rodrigo llegaban innumerables maletillas y los toros, al ser de media casta, permitían tener más confianza. En los encierros, los sentimientos se desbordaban pues no se sabía cuándo llegaban ya que los espantaban y entraban de varias veces. Ya desde la muralla, de lejos se veían venir, pues no había nada construido en el trayecto y los caballistas andaban a gusto con los toros. El espantarlos entonces, llevaba emoción y alargaba la duración del encierro.

En la actualidad, se sigue con la tradición de los espantos; sin embargo ahora esto supone una temeridad e incluso falta de responsabilidad, pues el toro es de casta y el hecho de espantarlo por el campo, puede tener consecuencias impredecibles. Personalmente creo que eso debe cambiar.

El humor del carnaval lo pone el disfraz que decimos “bien llevao”. Porque hay que saber mover el disfraz, integrarlo de forma divertida y con personalidad en la fiesta.

Yo recuerdo a aquellos carnavaleros que cada año sacaban de su baúl todos aquellos antruejos que nuestras abuelas y nuestras madres guardaban para alguna ocasión propicia. Atavíos y ajuares que venían poniéndole vestido a todo tipo de épocas, personajes históricos, y hasta cuentos. Como aquel de Caperucita Roja para el que se vistieron Titi, Julio Alonso, Mariano Vegas, Choche, Julito y Luis (Cuéllar). También Carolina y Cascarilla, Tirichi, Guta, Tito Gervasio y Anselmo Lucas, entre otros.

Me emociona recordar las grandes faenas toreras de Cholas con su gabardina; eran un gran clamor en toda la plaza. Cortés, Cahoba, las carreras de Chan Florindo, cortando los toros y tantos otros que bajaban a la arena de las capeas para hacer las más valientes exhibiciones del arte de Cúchares.

Los tiempos modernos han traído a la vida del Carnaval otros disfraces más sofisticados, más modernos y la fiesta tiene también un colorido y humor admirables. Ahora el antruejo ya no se lleva pero, por el contrario, se pueden ver grandes pandillas de chicos y chicas dando color y alegría a la fiesta con preciosos disfraces llenos de imaginación.

A mí, como es natural, me cogieron las dos épocas: por una parte, cuando mi madre me vestía con el antruejo (con las ropas que había en casa). Ella sabía que me encantaba disfrazarme y que aquello me inyectaba una alegría muy especial, porque yo me sentía parte activa del teatro de la fiesta.

Después, seguí disfrazándome con trajes que me los hacían. Lo importante era conseguir parecerme lo más posible al personaje que yo quería representar: fuese un personaje típico, de humor o alguien conocido en la actualidad de aquel momento.

La verdad es que esta faceta del disfraz la viví intensamente en el transcurrir de los años. Así pues, me disfracé de Pierrot, de moro, de Yo Claudio, de bailarina de ballet, de sevillana, de damo del Carnaval, de Doña Croqueta, de Mago Merlín, de Popeye, de Inspector Gachet, de encerrador, de José Luis Moreno, de charlatán, de Ronald Reagan, de encantador de serpientes, de Bigote Arrocet, de Tirichi, de Plácido Domingo, de Jorge Negrete y hasta de antiguo empleado de banca.

Me disfracé en compañía, siempre, de amigos (especialmente con Julete Moriche, gran compañero de viaje y buen carnavalero). Fueron tantos años vestido de carnaval y tantas las anécdotas, que podría escribir otro pregón para contarlas.

Además de pasarlo bien, nos alegra el haber aportado al Carnaval humor y simpatía. Porque para que haya realmente Carnaval, es preciso que haya muchos actores que representen algo o a alguien, que recorran Miróbriga y sus rincones, que se integren en la fiesta.

No podemos dejar de disfrutar, a pesar de la edad, de los achaques, de los nuevos tiempos, de estas fiestas tan bonitas que hemos heredado de nuestros antepasados. Cada uno con las facultades que tenga, hay espacio para todos.

Además es un buen momento para recordar con alegría aquellos años mozos, la juventud corriéndonos por las venas, el canto en la garganta, la emoción y el riesgo delante del toro, el baile y la chica o el chico de fuera… Sí, éramos nosotros, queridos amigos. Y esto quiero decirlo con un poco de nostalgia pero sin pena. Porque ya trae el horizonte la música del Carnaval y en el aire vienen colgándose los farolillos y los confetis; y por los caminos ya llegan los forasteros a disfrutar con todos los mirobrigenses, niños, jóvenes y mayores, sin excepción.

Y para terminar, y antes de gritar ¡Viva el Carnaval de Ciudad Rodrigo!, quiero cantaros

“Ciudad Rodrigo en Fiestas” (canción)

¡Viva el Carnaval de Ciudad Rodrigo!

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