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Pregón de la Asociación del Carnavaldeltoro.es, Ángel López Manzano, Carnaval del Toro 2017

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Pregón de la Asociación del Carnavaldeltoro.es, Ángel López Manzano, Carnaval del Toro 2017

Pregón la Asociación del Carnavaldeltoro.es
Ángel López Manzano
Carnaval del Toro 2017

Autoridades, miembros de la Asociación Cultural CarnavaldelToro.es, Maestro Conrado, señoras, señores, amigos todos, buenas noches y muchas gracias por estar aquí.

Ya hace algún tiempo, en una agradable tarde de otoño, cuando me dirigía disfrutando del paseo hasta mi casa, en el bolsillo del pantalón, mi teléfono móvil recibía una llamada. Al otro lado, sonaba una voz que resultó ser la de Emilio, para decirme, que quería hablar personalmente conmigo.

La verdad, por mucho que lo hubiera pensado, jamás podría imaginar que el tema a tratar, fuera el ofrecimiento por parte de la Asociación Cultural CarnavaldelToro, a la cual él representaba, para que hoy fuera su pregonero.

Después de un primer momento en el que me quede un tanto despistado, sin saber por dónde me venían los tiros, reaccioné y le comenté a mi compañero de conversación, que me diera unos días para pensarlo, pues la oferta venía cargada a partes iguales, de ilusión y de responsabilidad, aunque todo sea dicho, no los necesité, ya que apenas unos minutos más tarde mi respuesta era afirmativa y le dije que sí, que hoy sería su pregonero.

Y aquí estamos, ya un tiempo después de aquella otoñal tarde, en este incomparable marco de nuestro Teatro Nuevo, para abrir el telón en cuanto a pregones se refiere, del pre Carnaval 2017.

Pre Carnaval que arranca de la mano de la Asociación Cultural Carnavaldel Toro. Una Asociación compuesta por 16 entusiastas aficionados, amantes y defensores de nuestras carnavalescas fiestas.

Desde su creación, de su mano hemos vivido las aportaciones más importantes que se han llevado a cabo, para mejorar las fiestas grandes de Miróbriga.

Gracias a su trabajo y esfuerzo, ha sido posible llenar la vacía mañana del sábado de Carnaval, con la celebración del Toro del Antruejo, un toro donado por esta Asociación, la cual nos permite a través de una votación popular, participar en la elección entre tres animales finalistas de una esmerada selección.

También son responsables, de que nuestro Carnaval empiece dos horas antes, con esa quedada el viernes en el entorno del árbol gordo, para subir desde allí, al ritmo de la música de las charangas (a ellos nunca les ha faltado su colaboración) dirección a la Plaza. En el camino, decenas de voluntarios entregarán de forma totalmente gratuita, varios miles de pañuelos identificativos de este acto multitudinario y tan bonito, que es el Campanazo.

Nuestra emblemática Plaza, se vestirá de gala y de naranja y sus ocupantes, con las fuerzas intactas del primer día, esperarán ansiosos a que Rebeca Jerez, dé la orden de descubrir la mágica campana del Ayuntamiento, para a ritmo de toques de reloj suelto, anunciar el inicio de las mejores fiestas del mundo.

Aún reconociendo el Campanazo y el Toro del Antruejo, como las dos actividades más importantes que esta Asociación aporta al Carnaval, no son las únicas y a ellas tenemos que añadir, por ejemplo, ese encierro infantil con carretones o esas tertulias sobre el Carnaval, donde se tratan todos los temas de actualidad referidos a nuestras fiestas y que vienen a recoger el testigo de aquellos coloquios pre y post Carnaval, que se celebraban en el Porvenir y que tanta aceptación tenían entre los mirobrigenses.

Tertulias que se pueden ver y participar en directo desde la Bodega, o seguir a través de las retransmisiones de su página web, Carnavaldeltoro.es. Desde ella, podremos disfrutar también, nuestros encierros y capeas, además de encontrar la mejor y más completa información, referida a nuestro Carnaval.

Por todo vuestro trabajo, por vuestro esfuerzo, por vuestro buen hacer en pro del Carnaval, quiero pedir amablemente a todas las personas que hoy nos acompañan, que se unan a mi aplauso para agradeceros todo lo que hacéis que es mucho, por nuestro Carnaval.

Además, como siempre he oído que es de bien nacidos ser agradecidos, ahora soy yo, a título personal, el que os quiere dar las gracias y lo hago de corazón, por haber pensado en mi humilde persona, para ser hoy pregonero, en este vuestro pregón del 2017. Por lo tanto, muchísimas gracias a todos y cada uno de vosotros.

Estoy seguro y convencido que, desde esta Asociación, hubieran podido encontrar muchas personas más formadas y preparadas que yo, para dirigirse hoy a ustedes desde este micrófono, así que, para compensar estas carencias, intentaré escribir este pregón desde dentro, sintiéndolo desde esa sangre farinata que late en mi corazón.

Posiblemente pueda tener fallos o errores en lo que les diga o en su redacción, aunque espero de ustedes paciencia conmigo y por supuesto, su comprensión. De sobra sé, que al terminar la faena esta no será de puerta grande, pero me conformaré con no recibir ningún aviso, además de evitar el lanzamiento de alguna almohadilla.

Cuando me puse delante de unos folios en blanco, para escribir este pregón, reconozco que tuve alguna duda de hacia dónde enfocarlo ya que fueron varias las ideas que me vinieron a la cabeza, decidiendo finalmente, espero que acertadamente también, por hablarles de lo que a todos los que estamos hoy en este Teatro Nuevo, nos une y tenemos en común, como es el amor y la pasión que sentimos por el Toro, por Ciudad Rodrigo y por su Carnaval.

Todos los que hemos tenido la suerte de nacer o pacer en esta Ciudad, entiendo y creo firmemente que somos unos privilegiados, no en vano vivimos en un municipio reconocido recientemente, como uno de los pueblos más bonitos de España, aunque en mi opinión seguramente interesada, se hayan quedado cortos por entender, que no es uno de los más bonitos, sino el más bonito de todos.

Aun reconociendo que estamos pasando una “mala racha”, sigo pensando que es un lugar ideal para ir pasando y disfrutando de la vida.

En una primera parte de este pregón, intentaré, dentro de mis posibilidades, establecer un nexo de unión entre nuestra Ciudad, sus moradores y las fiestas con toros.

Gracias al trabajo de profesionales de la historia o de simples y entusiastas aficionados que han dedicado su tiempo y esfuerzo, a investigar y descubrir información sobre la vida de los mirobrigenses, tenemos datos de sobra para llegar a la conclusión, de que la cultura del toro no es una modernidad para nosotros, sino que es una tradición popular muy arraigada y relacionada con Ciudad Rodrigo, desde hace siglos. Tradición que nos lleva a vivir y a sentir el mundo del toro, con una vehemencia y una pasión, solo propia de quien tiene la enorme fortuna de vivir en una zona privilegiada, para la cría y selección de este único y bello animal que es el toro bravo, auténtico rey y señor de las dehesas del Campo Charro.

“EL TORO “

Nace, torito, nace
en campos de Salamanca,
donde abriste los ojos al mundo
una noche fría y estrellada.

Los que templaron tu bravura
entre encinas milenarias,
los que al llegar la primavera
te echaron cuatro hierbas a la panza.

Los que te vieron embestir
sombras que la luna proyectaba,
los que peinaron los rizos de tu frente
como una adolescente enamorada.

Ya te retiró el vaquero
del caliente ubre de la vaca,
ahora pastas en un cercado
como el rey de la camada.

Ya han pasado cuatro inviernos
ya crecieron tus pitones,
eres el rey de la dehesa
esperando un destino de emociones.

Ya se va acercando el momento
para ver el temple de tu bravura,
esa que forjaste en años,
entre encinas de hermosura.

Miróbriga te espera ilusionada
correrás poderoso por sus calles,
un día frío de invierno
entre agujas y disfraces.

Serás el rey de la fiesta
lucirás tus puñales de oro,
mira si eres importante
que, a nuestro Carnaval, lo llamamos “Del TORO”

Si esta zona adehesada de pastos, encinas y robles, es un hábitat natural para la cría del toro, el entorno de nuestra Ciudad, no lo es menos para la vida de las personas, algo que explica que ya desde al menos la edad de bronce, existiera un asentamiento poblacional en nuestros alrededores.

A partir de aquí, han tenido que pasar muchos años, siglos, para que Miróbriga se haya convertido en esa Ciudad abierta y hospitalaria que conocemos hoy, y que recibe a todo aquel que se acerca hasta ella, con el monumento de las tres columnas, convertido en escudo heráldico de nuestra Ciudad.

“Ciudad Rodrigo en señal
de sus honrosas fortunas
se cifra en tres columnas
de antigua, noble y leal “

Tuvo que seguir transcurriendo el tiempo, para que Ciudad Rodrigo adquiriera ese “poso” de monumentalidad que hoy atesora. La construcción de nuestro Castillo, Catedral de Santa María y murallas, le darían ese empaque que hoy mantiene. Aunque ni las mismísimas murallas fueron capaces de impedir una pérdida paulatina de población, que hizo necesario acometer varias repoblaciones, la primera llevada a cabo en 1.136, por el Conde Rodrigo de Girón, al cual debemos nuestro nombre y la segunda poco tiempo más tarde, en el año 1.161 por Fernando II de León. A partir de aquí Ciudad Rodrigo, sufriría un importante aumento demográfico y el mayor esplendor artístico de su historia, gracias a la construcción de gran número de palacios y casas señoriales, necesarios para albergar a un importante número de familias de la nobleza, que se asentarían en nuestra Ciudad, por aquellos años.

En esta época de la Edad Media, principalmente durante los siglos XIV, XV Y XVI, era muy común y frecuente entre la nobleza, mostrarse al pueblo y lucir sus habilidades a caballo, alanceando animales salvajes, como osos, jabalíes o toros. Teniendo en cuenta que Ciudad Rodrigo estaba ocupada, por una gran cantidad de familias nobles, no es de extrañar, que estas compartieran gustos y aficiones con el resto de la nobleza que ocupaba la península ibérica.

Muchos han sido los Tratados de Caballería, donde se recogen datos sobre la existencia de este toreo caballeresco en la península, alguno de los cuales lo remontan al siglo IX, haciéndolo coincidir con el uso del estribo en la equitación, aunque seguramente fuera a partir del siglo XIII,gracias a la disposición legal del Rey Alfonso X, adoptada en el “ Código de las Siete Partidas “ cuando el toreo ecuestre quede oficialmente aceptado, como manifestación festiva que permitía a la nobleza, mostrarse al pueblo en los eventos celebrativos de la Corte.

A partir de aquí, esta práctica del toreo se extendería por toda España, al considerarse útil como entrenamiento militar.

Actas XLV (AEPE).

Ante este tipo de espectáculos que eran muy del agrado, tanto de la nobleza, como de la plebe, la Iglesia, una vez más, no pudo permanecer impasible y fueron muchos los pontífices (Inocencio III, Eugenio II, Alejandro III…) que emitieron bulas y encíclicas en contra de estos Torneos de Caballería y de las fiestas con toros al considerarla una práctica cruel y sangrienta.

Pero nuestros antepasados españoles no estaban dispuestos a renunciar a una tradición que consideraban tan suya y una y otra vez, desobedecían las ordenes que llegaban desde Roma. Tiempo después, la insistencia por prohibir, motivarían una protesta del claustro en pleno de la Universidad de Salamanca, escrita y redactada por el mismísimo Fray Luís de León, en contra de esta bula.

El paso de los años, acompañados de una falta de habilidad y de valor por parte de los caballeros nobles para alancear toros, hará que sea la gente del pueblo llano a pie, la que vaya adquiriendo protagonismo en esta suerte de lidiar toros.

Al mismo tiempo, emergerá desde el campo para llegar a la fiesta, la figura del garrochista, jinete de gran habilidad y saber hacer a caballo, fruto del trabajo y la brega diaria con el ganado. Así, con el paso del tiempo y gracias a una gran evolución, iremos desembocando en el toreo a pie moderno y en el arte de torear a caballo, conocido actualmente como rejoneo.

Si tuviéramos que ponerle fecha de manera documentada, a la afición de los mirobrigenses a celebrar fiestas con toros, tendríamos que retrotraernos como mínimo al año 1418, año en el cual, según un documento fechado en esa época y que se encuentra en el Archivo Histórico Municipal de Miróbriga, del cual tenemos conocimiento, como de otros muchos, gracias al responsable de dicho archivo, Tomás Domínguez, según el cual se trata del tema de las rentas del concejo y se habla por primera vez del uso y colocación de talanqueras, para cuando “ Hubiere que correr toros “.

La afición de los farinatos a las fiestas de toros, no debía de ser chica, sino todo lo contrario, grande y desmedida, para despertar la atención de los mismísimos Reyes Católicos, que en varias ocasiones trataron de poner orden y cordura en los excesivos gastos que, de las escasas arcas municipales, se destinaba a la compra de toros.

De todo ello queda constancia, en un documento fechado en 1493 y que se encuentra en el Archivo Municipal de Simancas, donde queda perfectamente clara la reprimenda de los Reyes a las autoridades locales, por el excesivo gasto en toros que se lleva a cabo en nuestra Ciudad “…Parece ser, que, en esa dicha Ciudad, se corren muchas veces toros, e en ellos se facen gastos demasiados. Non se pague en esa dicha Ciudad, más de fasta 6 toros cada año, repartidos por las fiestas que a vosotros pareciere bien visto…”

Algunos años más tarde ordenarían de nuevo, que “…Las rentas de los propios, sean pagadas en dinero y no en toros (Algo que parece ser ocurría con bastante frecuencia) así como también ordenan que los toros para los festejos fueran sufragados por los carniceros de la Ciudad, al quedarse ellos con la carne y con la piel para su venta.

Como vemos que ni los propios Reyes Católicos eran capaces de evitar la enorme afición del pueblo español en general y del mirobrigense en particular a festejar con toros, la Iglesia volvería a la carga de la mano del Papa Pio V, que en el año de 1567 emitiría la bula “De Salutatis Gregis Domicis“ mediante la cual, se prohíben bajo pena de excomunión las corridas de toros, al entender que estas fiestas “…Estaban alejadas del sentimiento cristiano, considerándolas más propias del demonio, por la enorme cantidad de muertos que causaba, muertos a los cuales se le negaba sepultura en el Campo Santo “.

Ante la imposibilidad de acabar de una vez por todas con estas fiestas de toros, desde el papado llega un nuevo intento para impedir este tipo de celebraciones, esta vez, prohibiendo también bajo pena de excomunión los festejos taurinos en plazas cerradas. Según podemos saber por nuestra historia local, a los ingeniosos mirobrigenses, se les ocurrió la brillante idea de hacer caso, por una vez, a las órdenes que llegaban desde Roma y como solo prohibía celebrar corridas de toros en plazas cerradas, decidieron abrir las puertas de la plaza y cerrar las de la muralla, convirtiendo todo el recinto amurallado en un enorme coso taurino.

Como es de suponer, esta ocurrente solución solo fue algo temporal, ya que fue finalmente prohibida después de los graves incidentes ocurridos en esta “ingeniosa” celebración, entre los que cabe destacar a modo de anécdota, el año que uno de los toros que se corrían por las calles intramuros, se coló dentro de la Plaza de Armas del Castillo, por aquel entonces zona militar, siendo detenido y retenido por las autoridades militares, negándose el máximo responsable de la misma a devolver el toro a la muchedumbre que alborotada en la puerta reclamaban y exigían, que les fuera devuelto el toro.

Finalmente, se alcanzaría por fin la calma con la llegada del Papa Gregorio XIII, al parecer más taurino que su antecesor, que anulaba esta bula y volvía a permitir las fiestas con toros.

Como podemos ver, los enfrentamientos entre taurinos y antitaurinos por intentar impedir las fiestas con toros y que está tan en auge ahora, no es algo nuevo, sino que como hemos podido comprobar, ya existe desde hace siglos en la llamada “Piel de Toro “, aunque en estos momentos se muestre con especial virulencia y también, por qué no decirlo, en muchos casos por las formas, perdiendo la razón.

Yo entiendo y respeto que haya personas que estén en contra de las fiestas con toros, repito, entiendo y respeto que así sea, pero lo que nunca podré llegar a comprender es que algunos de estos que se erigen como abanderados en la defensa de los derechos de los animales, se salten “a la torera “los derechos de sus semejantes, que para defender que no se mate a un animal, deseen, pidan y se alegren de la muerte de un ser humano. Resultaría paradójico que los que quieren acabar con las fiestas de toros, en realidad con lo que acaben de salirse con la suya, sea con el propio toro bravo. Pero en fín, esta sería una interminable discusión, donde ninguna de las partes logrará convencer a la otra, por lo tanto, sigamos con lo nuestro…

Si hasta el momento, el mayor impedimento para la celebración de festejos taurinos, habían venido de la mano de la Iglesia y la Corona, ahora es la profunda crisis en la que se ve envuelta nuestra Ciudad, debido a las continuas guerras y saqueos a los que se vio sometida y que afectaron, como no podía ser menos, a las fiestas con toros.

Pero como siempre hemos oído, que nunca ha llovido que no haya escampado, ni hay mal que cien años dure, nuestra Ciudad fue recuperando poco a poco el ritmo de vida normal y por supuesto volviendo a recuperar, los festejos taurinos.

Gracias a un trabajo publicado por el ahora alcalde de nuestra Ciudad, Juan Tomás Muñoz, está demostrado y comprobado que no es hasta el año 1732, cuando se puede empezar a relacionar las fiestas de toros, con el Carnaval, que seguramente nace como una celebración pagana, que busca una forma de transgresión y una necesidad de protestar y manifestarse, contra la sociedad profundamente religiosa y católica de la época. Donde el pueblo ocultándose detrás de máscaras y disfraces da rienda suelta a sus necesidades más primitivas.

Es cierto que hay quien pone en duda esta fecha, por entender que la relación entre el toro y la máscara es muy anterior y lo hace basándose principalmente, en el Acuerdo del Cabildo Catedralicio del año 1525, donde se habla y mezcla claramente el uso de máscaras en los Juegos de Cañas. Estos juegos de cañas, están perfectamente descritos en la obra de Pedro Aguilar “Tratado de Caballería a la Gineta”. En dicho Tratado, se define claramente en qué consistía el juego de cañas, a la vez que se explica, como una vez finalizados se soltaba un toro para la diversión y disfrute de todos los asistentes, que participaban en su lidia provistos de máscaras, antes de que se le diera muerte alanceándolo desde un caballo. De ahí, que haya quien opine que ya desde entonces pudiera establecerse, una relación entre el toro y Don Carnal. Si bien es cierto, que también parece estar demostrado que, en esa época, los festejos taurinos no se celebraban en la antesala de la cuaresma, sino que eran más propios de celebrarse, coincidiendo con las festividades de San Juán y de Santiago.

Sea de una o de otra forma, en lo que sí parece coincidir todo el mundo es en la seguridad de que, desde entonces, no hayan dejado de celebrarse nunca, aunque en algún periodo de la pasada dictadura, pasaran a celebrarse bajo el nombre de “Fiestas Tradicionales” y como digo, se han celebrado siempre, incluso en años difíciles o complicados, como por ejemplo aquel de 1911, cuando el rio Águeda se desbordaba, causando grandes pérdidas y daños en unas terribles inundaciones. Desde el Ayuntamiento, posiblemente con buen criterio, se acordó la suspensión de los festejos taurinos en señal de duelo con los afectados, pero los mirobrigenses a pesar de los momentos difíciles, querían celebrar el Carnaval, haciendo que la Corporación Municipal cambiara de parecer, naciendo así la célebre coplilla que todos conocemos:

“Nuestro ilustre Ayuntamiento
el Carnaval suspendió,
en señal de sentimiento
que causó la inundación.
Pero el pueblo sobrepuesto,
con mucha resignación,
ha pedido que haya toros, embolados
rojos, blancos o nevados
aunque sean de cartón.

O también, cuando en 1929, una Real Orden emitida por el consejo de ministros presidido por el General Primo de Rivera, prohibía la celebración de capeas en las corridas de toros, lo que motivó una visita de nuestro “Buen Alcalde “Manuel Sánchez Arjona a Madrid, para intentar encontrar alguna forma de burlar esta Real Orden, que suponía la ausencia de capeas en nuestro Carnaval. Fruto de estas negociaciones se consiguieron salvar, quedando constancia en la correspondiente copla del Carnaval.

Toreros de postín
nos trajo Don Manolo
cuando se fue a Madrid
a gestionar los toros.
Gracias debemos darle
pues si no es su gestión
nos quedamos sin toros
en esta población.

Con estos antecedentes, creo que a nadie debe de extrañar que los farinatos llevemos en nuestro ADN, el ser carnavaleros. Nuestra genética particular nos aporta además del ser altos, bajos, rubios, morenos, guapos o feos, el sentir esa pasión por nuestro Carnaval. Que a todos se nos acelere el corazón y se nos disparen las pulsaciones, cuando vemos unas manos aferrarse a la soga que mueve el badajo de la campana del Ayuntamiento, para empezar a golpearla al ritmo de toques del reloj suelto. Con su sonido llega esa explosión de alegría de un pueblo, que lleva todo el año contando los días para que llegue este momento. El instante que el característico y embriagador sonido, nos anuncie que por fin empieza el Carnaval. Un Carnaval que simple y llanamente, es la obra de todo un pueblo que a lo largo de los siglos ha sabido crearlo, conservarlo, vivirlo y disfrutarlo para que futuras generaciones, con ese mismo ADN, aprendan a amarlo y conservarlo, como hemos hecho los mirobrigenses hasta ahora.

Y si estas generaciones venideras vivirán y disfrutarán a tope del Carnaval, mi generación, esa que ya peinamos canas o directamente no tenemos pelo para peinar, los vivíamos desde niños con especial intensidad.

Eran otros tiempos distintos, completamente diferentes a los que vivimos hoy. Los críos jugábamos en la calle, disfrutábamos de lo poco que teníamos, éramos felices sin conocer, ni siquiera imaginar que algún día llegaría a nuestras vidas internet, las redes sociales, Facebook, WhatsApp…. En fin, todas estas cosas que nos unen al mundo, que nos acercan a personas que no hemos visto nunca, que están a muchos kilómetros de distancia y desgraciadamente nos alejan y separan del vecino o del amigo que vive en la puerta de enfrente.

Los críos de mi generación no contábamos con todas estas novedades tecnológicas, pero ni falta que nos hacían. No necesitábamos mandar un WhatsApp para quedar con los amigos, bastaba con salir a la calle y encontrarnos, o simplemente llamar a la puerta de su casa y hacer la clásica pregunta ¿Sales?

Además, teníamos juegos de sobra para disfrutar de su compañía, el hinque, el aro, la “trompa” o peonza, ese juego en el que, si tenías una de corazón de encina y herrón de aletas, eras capitán general. También teníamos juegos más colectivos, en equipo, como pico, zorro de zaina, la luz, el “dao” o el “cogido”, o aquel otro de complicadas instrucciones, que conocíamos como “los pelotazos”, que consistía en tirar una pelota por alto y el que la cogiera, arrearle un pelotazo con ella al que más cerca tuviera. También teníamos juegos más civilizados, como el escondite o la modernidad del escondite, pero inglés. Por supuesto, no podía faltar alguno más burlón como era el “ir a niarros” con alguno que viniera un tanto despistado de la “Capi”, al que teníamos varias horas agarrado al saco esperando que entrara alguno.

También jugábamos al fútbol en los muchos campos que existían en nuestra Ciudad, los campos del seminario, la chopera, la cañada, el campo “Pulga” o el “Zoquete”, donde jugábamos aquellos partidos interminables, que duraban hasta que quería el dueño del balón. Aquellos balones que entonces llamábamos de “funda” y que cuando se mojaban absorbían el agua, como las magdalenas el café y darle de cabeza suponía, estar de 5 a 10 minutos en un estado de semi-inconsciencía. Eran años en que los niños soñaban más con ser “El Viti “o “El Cordobés “, que Pirri, Amancio o Johan Cruyff.

Así, entre juegos y días de escuela, iba pasando tranquila nuestra niñez. Días de calma sin muchas preocupaciones, ni cosas que destacar que alteraran la paz y el sosiego de nuestra Ciudad.

En las tardes de otoño, esa estación puente entre el caluroso verano y el frío invierno mirobrigense, tan dada a refranes, ya saben… ”Otoño presente, invierno en la acera de enfrente” o también “Cuando meto las castañas en el horno, es que llegó el Otoño”, los críos de Miróbriga ya empezábamos a “atisbar “en el horizonte la próxima llegada del Carnaval, ya empezábamos a contar desde entonces los días, pues en esos años para nosotros, el Carnaval empezaba mucho antes.

Hoy recuerdo con cierta nostalgia, pensando en lo rápido que se pasa la vida, en lo deprisa que ha pasado el tiempo, cuando cualquiera de aquellas tardes me dirigía con mis amigos al parque de La Florida, cuando los últimos rayos del sol todavía llegaban a través del campo de “las reses”, justo cuando los castaños abrían y dejaban caer sus erizos de castañas “Pilongas“. Aquellas que con mucha imaginación convertíamos en toros y bueyes, las más menudas para toros y las más grandes y gordas para bueyes.

Con alguna ramita de búnimo del mismo parque, fabricábamos los cuernos, que, por supuesto clavábamos en las castañas, incluso alguna vez, el día que estábamos inspirados, dibujábamos con una punta o un clavo en la misma castaña, el hierro de alguna ganadería de relumbrón, Atanasios, APs, o de aquellos míticos Gracilianos de los que tantas cosas habíamos oído contar. Ahora que ya teníamos el ganado para el encierro, nos faltaba el recorrido, que hacíamos en el suelo con la tierra de la calle, antes de que el moderno asfalto apareciera en nuestras vidas. Teníamos los toros, los bueyes, el recorrido, pero efectivamente nos faltaban los caballos, pues nada, aquellos caballos de plástico que comprábamos en sobres de a peseta en el carro de Ramona, con los que jugábamos a indios y vaqueros, los transformábamos en las mejores jacas camperas, para encerrar la corrida. Alguna vez me he preguntado, si no nacería aquí mi afición al toro y al caballo.

Así, poco a poco, con el Carnaval ya en el horizonte íbamos pasando los días. Con el otoño llegaban a Miróbriga los primeros fríos, que volvían a dejar oír algún acertado refrán de la gente mayor “En otoño, la mano al moño “. En esta época del año, el campo se cubría de un manto dorado de hojas secas, que caían lentamente y daban una tonalidad ocre a la tranquilidad del campo, que solo se veía interrumpida, cuando salpicaban el paisaje, toros, vacas, caballos, ovejas merinas o castellanas y también cerdos ibéricos, que deambulaban despacio a la espera de la cercana montanera, que le echara arrobas de calidad a sus carnes, para la venidera matanza tradicional que tanta hambre ha quitado en nuestra tierra, porque si del cerdo nos gustan hasta los andares, del cerdo también se aprovechaba todo. Recuerdo con emoción, aquellas matanzas familiares en casa de mis abuelos, Pepe y Estefa “Los Jareros “, rodeado de mis tíos y de mis primos, donde la matanza era toda una fiesta que duraba casi tres días, convirtiéndose en todo un acontecimiento.

Hay tres días en el año
que se llena bien la panza,
en los Santos, Nochebuena
y el día de la matanza.

Días de matanzas familiares, que describe perfectamente José Antonio Martín Sánchez.

Madrugadas del crudo mes de enero
crepitar de leños en el hogar,
aguardiente y perrunillas primero
sin olvidar el banco de matar.
Artesas, barreños y otros aperos
pan, cebollas y el porro de enfusar,
pimiento y condimentos con esmero
ha llegado el momento de matar.
Hora cumbre apunta la mañana
los gruñidos estremecen el corral,
la roja sangre a borbotones mana
como símbolo de un rito ancestral,
que, con el fuego, inmolación pagana
y el agua purificador natural,
carnes, grasas y huesos se rebanan
para dar fiel cumplimiento al ritual.
Puerco, marrano, cochino, cebón
sinonimia de la marranada,
pero una buena tapa de jamón
el sabor de un torrezno de barbada,
aromas de chorizo y salchichón,
el lomo y las costillas adobadas,
morcilla y farinato ¡¡¡Placer son!!!
como el tocino en patatas meneadas.

Después de tan completa descripción, solo se le olvidó a nuestro paisano mencionar el “Acalcador de los farinatos “, ese que antes o después, a todos nos tocó “acarrear “desde la casa de algún vecino o familiar.

Así, entre matanzas, juegos y bromas, lentamente íbamos tachando fechas en el calendario, a la espera del ansiado Carnaval. Fiestas, que como anteriormente comentaba, tengo la sensación de que antes se disfrutaba la espera de una manera distinta, más intensa que ahora. La proximidad del Carnaval embullía y transformaba por completo, a Miróbriga y a los mirobrigenses.

Para hacer más llevadero el tiempo que faltaba hasta las carnestolendas, Ciudad Rodrigo, a partir de superar las señaladas fiestas navideñas, cuenta con una serie de días festivos todos con un marcado carácter religioso. Celebraciones, que de alguna manera eran consideradas la antesala del Antruejo, o mejor dicho casi parte de él.

San Antón, San Sebastián, las Candelas, San Blas… Mis recuerdos me transportan ahora hasta aquellos días de San Antón, (festividad considerada con cierta socarronería por algunos mirobrigenses, como la primera de abono) y

me llevan a mi arrabal de San Andrés, donde ahora veo y escucho con mis ojos y oídos de niño, aquellas rifas de los aguinaldos el día del patrón de los animales.

Veo aquellas ruedas de madera numeradas del 0 al 9, con la aguja de lata para señalar el número premiado. Puedo oír el mágico sonido al girar la rueda sobre el eje. Después, mientras el olor de los lotes con los aguinaldos colgados en la pared de la iglesia y el sabor de los panecillos en la boca nos hacían caer en un deleite casi divino, alguien con una tiza en la mano, iba anotando con grandes cifras en la pared, los distintos números premiados.

Sin apenas tiempo para que las familias premiadas, pudieran probar las viandas matanceras, estábamos envueltos tres días después en honrar a nuestro patrón San Sebastián. Festividad, que actualmente no está sabiendo enganchar a nuestros jóvenes y no tan jóvenes a su celebración y prefieren cambiar la patronal fiesta, por las tradicionales rebajas en la capital charra.

Quizá haya llegado el momento de adaptarse a los nuevos tiempos y respetando la raigambre religiosa y tradicional de la misma, dotarla de algún tipo de actividad que la haga más atractiva para las nuevas generaciones y así evitar, que la autovía hasta Salamanca se llene de mirobrigenses abandonando la Ciudad ese día.

Antes comentaba que estas fiestas eran la antesala del Carnaval, que ya casi formaban parte de él y el ejemplo más claro es este día de San Sebastián. Primero, porque se oye el sonido del reloj suelto al procesionar la imagen del Santo y después, porque al bajar la procesión por la calle Madrid, camino de San Cristóbal, muchos años ya están colocadas las agujas y muchas son las cabezas que piensan ya, en los encierros y en el Carnaval. Como mejor ejemplo de ello, podemos recordar los célebres gritos en tono jocoso, que casi siempre se oían ¡¡¡ Ya me lo suben!!! ¡¡¡ Ya me lo bajan !!!, que no hacían más que demostrar la cercanía del próximo Carnaval.

Antes, las Candelas y el Santo Patrón de las gargantas, merecerán nuestra atención. En la víspera los mirobrigenses nos dirigiremos hasta el ahora cinematográfico monasterio de la Caridad, para disfrutar de la hoguera y de una pinta de vino, acompañada de los típicos y tradicionales chochos (entremozos o altramuces). Al día siguiente en romería, cada vez menos a pie y más en coche, disfrutaremos de la festividad de San Blas, compraremos la tradicional y bendecida gargantilla, que anudaremos al cuello hasta el próximo miércoles de ceniza, que como es costumbre, la quitaremos para quemarla.

Ya solo nos queda, o mejor dicho les queda a las mujeres farinatas, celebrar y disfrutar del día de las Aguedas, día en el cual, según afirman les toca mandar a ellas, al igual que en los otros 364, añado yo.

Creo que todos deberíamos apostar por no perder nuestras tradicionales fiestas, ni podemos, ni debemos permitirlo. Que está muy bien vestirse de bruja o de calabaza la noche de Halloween y exigir el truco o trato, pero es mucho más bonito armados de panderetas, pedir licencia para cantar el pujo el día de Nochebuena.

Y ahora ya sí, una vez dada buena cuenta de nuestras fiestas religiosas, nos veíamos inmersos en la espera de celebrar la fiesta mirobrigense por excelencia, la fiesta del Carnaval. Por fin estábamos en la recta final, que nos llevaría a esas fechas señaladas desde hacía un año en nuestros calendarios y en nuestras cabezas. Los bares, tabernas y mentideros de Miróbriga, se llenaban de ambiente carnavalero, dimes y diretes empezaban a aflorar, que si los toros son chicos, que se los han comprado a fulano porque es amigo del Alcalde o del Concejal, que el encierro a caballo este año no entra, en fin, las eternas polémicas del Carnaval, pero ¿Que sería un Carnaval sin polémica?

Al margen de los mayores, los críos también empezábamos a dar rienda suelta a todas esas ganas de Carnaval contenidas durante todo un año. Era el momento de aparcar y dejar de lado todos aquellos juegos tradicionales que ocupaban el resto del año y volcarse de lleno, en cuerpo y alma, en el que llenaba todo nuestro tiempo de ocio en las fechas previas al Carnaval.

Era el momento de olvidarse del balón de fútbol y el álbum de cromos con los futbolistas de la época y rescatar aquellos cuernos de morucha o de toro bravo, que alguien con cierto enchufe había conseguido en el matadero, que una vez limpios de tétanos y unidos por un palo, se convertían en la única herramienta necesaria para el antiguo juego de los toros.

Como me acuerdo ahora de aquellos años cuando íbamos a la escuela, si, a la escuela, lo de ir al colegio o a clase todavía no había llegado, repito, como me acuerdo de aquellos recorridos hasta San Francisco, llenos de niños con aquellas carteras de asa cogidas de la mano, que en su interior transportaban aquel pizarrín con tiza, o después ya, el clásico plumier con los escasos útiles de escritura, acompañando a la tradicional Enciclopedia que valía para todo. Con que ilusión esperábamos la hora del recreo para correr delante, o, mejor dicho, escapar de aquel muchacho ligero de piernas, al que se le concedía el honor de hacer de toro y que en algunos casos tenía más peligro, que muchos de los toros que se corrían en Carnaval.

Que alegría producía en nosotros ver que empezaban a colocar aquellas agujas de madera, de la que quien más y quien menos, guardaba algún recuerdo en forma de siete, con alguna punta mal clavada, en nuestros pantalones de “tergal”. Cuando empezaban a colocarse en la zona de los pinos y en los glacis de los fosos (Aunque hay que decir que, en el lado de este, no se colocaban y la barrera para delimitar el recorrido era el propio foso) entonces ya, antes y después del horario escolar, nos animábamos a subir a jugar a los toros, hasta esa zona tan próxima al colegio de San Francisco.

Ahora recuerdo con cierta tristeza y mucho cariño, aquellas imágenes imborrables de las maletillas entrenando y toreando de salón en el foso. Esos maletillas que llegaban a Ciudad Rodrigo antes del Carnaval, al igual que la cigüeña por San Blas. Pero ellos no llegaban volando, ellos lo hacían en tren, andando por la carretera o haciendo “dedo” como decíamos antes. Por equipaje, solo traían el “maco” al hombro, cargado con alguna ropa para mudarse y sobre todo lleno de esperanzas e ilusiones de que, en alguna capea, saliera algún toro por el callejón de los toriles, a nuestra rectangular Plaza, convertida en coso taurino, que les permitiera hacerles esa faena que por las noches soñaban, mientras dormían en el pajar de cualquier ganadero o labrador mirobrigense, entre los que alcanzó cierta fama el del señor Alipio.

Como me acuerdo de aquellos maletillas, en algunos casos jovenzuelos, casi niños, poco más mayores que nosotros. Todavía hoy veo y recuerdo, como desataban el atillo y desplegaban sus capotes y muletas, sucios y llenos de costuras, cicatrices de guerra, recuerdos de las mil batallas libradas por las capeas de los pueblos, intentando torear aquellos toros o vacas amoruchados, que en muchos de los casos tenían más capeas en los lomos, que los propios maletillas a la espalda.

En la mayoría de los casos, justo es reconocerlo también, estos aspirantes a torero carecían de la técnica, clase o arte suficiente para llegar a alcanzar el sueño de ser figura del toreo, pero, aun así, eran expertos ya en toda clase de artimañas y triquiñuelas, para lidiar todo aquel tipo de toro que se encontraban por las capeas. También eran auténticos maestros de la supervivencia, como nos contaban cuando relataban ante nuestros ojos de admiración, sus aventuras y desventuras para poder subsistir, de cómo tenían que tirar de picaresca para poder comer algo todos los días. En fin, eran otros tiempos, años de necesidades y en algunos casos de hambre, tiempos de romanticismo donde todavía era posible en las estrelladas noches del Campo Charro, poder ver a algún maletilla haciendo la luna….

“EL MALETILLA Y LA LUNA “

(Juan Arias)

La luna va paseando
por la inmensidad del cielo,
seguida por un cortejo
de estrellas y de luceros,
sobre las nubes de nácar
pasó la luna corriendo
engalanando su cara
con el vaporoso velo.

Los toros de la dehesa
parece que están inquietos,
porque han visto a la luna
correr por el arroyuelo,
y a uno de esos chavales
con ilusión de torero,
que acosan a los erales
y también a los utreros.

Garrochistas y gañanes
alrededor del brasero,
están hablando de toros
de vacas y de becerros,
y del torero valiente
que mató el último encierro,
mientras beben aguardiente
de Zalamea y de Hierro.

Están tranquilos los campos
los toros están paciendo,
y al chaval con su muleta
la sangre le está hirviendo.

Muletilla de franela
bajo la luna de enero,
salta el barandal de espuelas
que es la frontera de los cuernos,
y decidido camina
a citar al toro negro,
que está debajo la encina
con los pitones del miedo.

La luna asombrada mira
desde lo alto del cielo,
y pinta el campo de plata
para no perderse el duelo,
que van a tener un toro
y un aprendiz de torero,
que sueña vestir de oro
por amarillos alberos….

¡¡¡ Hehe toro!!! ¡¡¡ Toro hehe!!!
el toro se arranca fiero,
le adelanta el pie derecho
y quedándose muy quieto,
lo embarca en la muleta
en derechazos de ensueño,
y sigue con naturales
que liga con el de pecho,
y ni la Luna se cree
lo que ella misma está viendo.

El campo puesto de pie
al chaval está aplaudiendo,
y el toro sigue embrujado
de su muletilla el vuelo.

Tres sublimes molinetes
dos rodillas en el suelo,
y el toro ya no acomete
se va por el campo suelto,
y el chaval se compromete
con que quiere ser torero.

La Luna apagó el blancor
del azogue de su espejo,
para ocultar su emoción
detrás de los pinos viejos.

Ciudad Rodrigo y su Carnaval, siempre fueron respetuosos con las capas que se acercaban desde todos los rincones de España, a matar el hambre de toro hasta nuestro Carnaval. Así en Miróbriga, en el año 1956 nacería el primer Bolsín Taurino de la historia, creado única y exclusivamente para echar una mano a estos desvalidos aspirantes a torero.

Calleja, Orencio,
Casado, Teo,
Calzada y Abrahán,
al Bolsín Taurino
animan
con entusiasmo sin par….

También podemos presumir de ser seguramente, la única localidad donde se ha levantado un monumento a la figura del maletilla. Por estos motivos cuesta un poco entender, lo tremendamente injustos que hemos sido con este personaje tan tradicional en el Carnaval mirobrigense, cuando estos años de atrás, sin saber muy bien por qué, silbábamos y abroncábamos desde los “tablaos “a esta figura legendaria cuando pisaba la arena de nuestra emblemática Plaza Mayor, con la única intención de pegarle al toro, esa tanda de muletazos con la que había soñado tantas noches.

Afortunadamente, esos silbidos se convertían milagrosamente en aplausos, cuando una figura menuda, de blanca cabellera y la piel curtida y ennegrecida por el sol del verano y el cierzo del invierno aparecía en la Plaza.

Esa figura querida, admirada y respetada por todos los mirobrigenses, con la que hoy tengo el placer y el honor de compartir protagonismo. Como todos ustedes bien saben, me estoy refiriendo al MAESTRO Conrado.

Si ustedes pudieran leer lo que tengo delante escrito, comprobarían que tengo la palabra MAESTRO en mayúsculas, porque sinceramente creo que así lo merece. Pienso, que estamos ante una de las figuras indiscutibles del Carnaval, que durante décadas hubiera sido impensable una capea en nuestra Plaza, sin la presencia de Conrado.

Conrado es reconocido por todos como una persona muy singular, de la historia taurina de Ciudad Rodrigo, donde podemos verlo caminar por cualquiera de sus calles, o paseando por los caminos de los alrededores con su andar lento y torero, acompañado de su inseparable Tello.

Los mirobrigenses siempre lo recordaremos con su “maco “al hombro, recorriendo las capeas de los pueblos o también yendo y viniendo a la vecina Portugal, para traer unos kilos de café Montenegro o unos cartones de tabaco Winston americano, que le reportaran unas pesetas, para poder ir tirando, cuando la ausencia de capeas le impedían “pasar el guante “.

Conrado es una persona sencilla, que ha vivido su vida con esa misma sencillez, sin necesidad de ningún tipo de lujo y que ha conseguido que varias generaciones hayamos podido disfrutar, del que posiblemente sea el último maletilla, en el sentido más amplio de la palabra.

Es de admirar, que en estos tiempos donde desgraciadamente tanto tienes, tanto vales, queden algunas personas capaces de dar la espalda a todas esas normas establecidas, para el común de los mortales y dedicar su vida, única y exclusivamente a perseguir un sueño, en este caso, el de ser torero.

Esta peculiar y singular forma de entender la vida, le llevó a ser protagonista de la serie de Canal + “Héroes anónimos“. Acertadamente también, desde el Ayuntamiento el pasado mes de julio, se rindió homenaje a la figura del maletilla en los festejos populares, homenaje personalizado en el Maestro Conrado.

Todavía tengo el vello de punta, recordando las palabras que pronunció en su intervención. Con esa sencillez, humildad y tranquilidad que le caracteriza, Conrado afirmó entre otras muchas cosas, que con el paso de los años había llegado a querer mucho a su madre, pero que tanto o más si cabe, había querido y quería a Ciudad Rodrigo.

También dejó en nuestros oídos la reflexión en voz alta, de llegar a pedir y desear que algún día, en una plaza de toros donde se había sentido tan querido, por ejemplo, aquí en Ciudad Rodrigo, un toro le quitara la vida para hacerse inmortal en el mundo del toreo.

Ya en el momento de agradecer el merecido reconocimiento que se le había otorgado, Conrado explicó que no era muy amigo de pedir cosas a las esferas de lo divino, pero que si le había pedido muchas veces a Dios, que le concediera la capacidad de poder llorar al emocionarse, virtud que no le había otorgado, para en momentos como aquel día e imagino que también como hoy, poder llorar de alegría ante el justo reconocimiento que le concede la “Asociación Cultural CarnavaldelToro“, en forma de reloj suelto.

Pero amigo Conrado, las personas que hoy estamos en este Teatro, no queremos verte llorar ni siquiera de alegría, sino todo lo contrario, queremos verte sonreír y disfrutar de este merecido galardón y de nuestro reconocimiento en forma de aplauso.

Si nuestras fiestas de Carnaval son únicas y diferentes, a cualquier otra fiesta de Carnaval en el mundo, ha sido gracias al toro y a esa combinación de máscaras y disfraces con el protagonista de la fiesta. Pero también lo ha sido gracias a la aportación de todos los mirobrigenses en general y de algunos en particular, que con su impronta carnavalera así lo han conseguido. Personas de todos los ámbitos de la vida y de diferente condición social, que han aportado todo lo que estaba en sus manos, para que nuestras Carnestolendas sean lo que hoy son.

Personajes que, con su sentido del humor, socarronería y participación en el Antruejo, han conseguido que este ya, fuera un Carnaval universal.

Nuestro Carnaval es toro, pero también es alegría, juerga, colorido, música en las calles, peñas, charangas, rondalla, murgas… Para reconocimiento de todos podemos nombrar a algunos de ellos: Eustaquio “Trejo“, Agustín “Triguito“, los legendarios “Pocapena“, charangas familiares, todas las actuales, aquellos míticos “Payasos “, con “Visín “padre con sus zapatones a la cabeza, corredores, constructores de “tablaos “, Interpeñas, personas anónimas con aquellos disfraces rebuscados en el baúl, que con sus ganas de divertirse y divertir a los demás, hicieron tan grande al Antruejo mirobrigense.

Recuerdo ahora especialmente, aquella inolvidable pareja que durante tantos años formaron “Carolina “y “Cascarilla “con sus uniformes. “Carolina “con sus correajes y aquel enorme trabuco de rama de encina y “Cascarilla “también perfectamente uniformado, gorra de plato incluida y aquella enorme espada, que dejaba pequeña a la del propio Rey Arturo, en la cual podía leerse un texto, que mi cabeza y el paso de los años no me permiten recordar.

Todas y cada una de estas personas, merecerían no un pregón, sino un libro entero para hablar de ellas y agradecerles todo lo que hicieron por el Carnaval, pero permítanme que me centre, en otros personajes que tanto aportaron y tuvieron que ver en el desarrollo de nuestras fiestas. Me estoy refiriendo a todos esos lígrimos labradores y ganaderos de la socampana mirobrigense, grandes jinetes y expertos caballistas en las faenas del campo con el ganado, que con su altruismo y buen hacer, pusieron los encierros de Ciudad Rodrigo en los más alto del panorama taurino de las fiestas populares.

Unas fiestas populares, que ya desde el inicio del siglo pasado, sus festejos taurinos eran considerados de suma importancia en el devenir de nuestra Ciudad. Tan importantes que siempre estuvieron regulados por ordenanzas municipales redactadas a tal efecto.

Alguna de ellas, hace referencia a como el Ayuntamiento, se las ingeniaba para sufragar el coste de los toros o también, para conseguir la colaboración de los labradores y ganaderos antes mencionados. Una de ellas, simple y llanamente, consistía en que en el momento de adjudicar por parte del Ayuntamiento algún servicio público a algún particular, al precio de la puja, se le incrementaba la donación de un toro para las fiestas o en su defecto, el importe necesario para su compra. “…El que tomare esta renta, además de lo que diere por ella, pagará la puja y un toro o 900 maravedís, lo que quiera “.

De entre todas estas ordenanzas reguladoras del Carnaval, cabe destacar las redactadas por el consistorio en el año 1864, donde se habla y tiene en cuenta todo lo referido al Antruejo Mirobrigense, desde la construcción de la Plaza, hasta el desarrollo de los festejos taurinos. Cabe destacar por curiosas y por venir muy a cuento, de lo que estamos tratando en relación con lo que aportaban labradores y ganaderos a la organización del Carnaval, las que recogen los artículos 40 y 41 del título sexto.

[[ “Artículo 40. Los labradores de la Ciudad y socampana, que fueran requeridos por el Ayuntamiento para traer carros, al fin de formar alar según costumbre antigua, o para colocarlos en algún paraje que se estimare oportuno, a la pública seguridad en las funciones con novillos, no podrán negarse a este servicio, ni eximirse de él, sino por justa causa que estimare suficiente el Alcalde”]].

El siguiente artículo, el 41, hace referencia al desarrollo del encierro a caballo y en él puede leerse:

[[ “Artículo 41. Se procurará encerrar el ganado al amanecer, para evitar el peligro que produce la concurrencia a cualquier hora del día y no pudiéndose verificar, los alguaciles y demás dependientes del Ayuntamiento, harán retirar a las mujeres y niños, de la carrera que ha de traer el encierro y de la Plaza, al oír la señal del reloj suelto del Ayuntamiento “]].

Creo que todos tenemos claro, la enorme diferencia en la forma de organizar y sufragar, aquellas nuestras fiestas de antes, con la forma de hacerlo actualmente. Para bien o para mal, los tiempos van cambiando y nuestro Carnaval con él.

Por lo que sabemos y nos han contado nuestros mayores, los encierros de Miróbriga se fraguaban en la mayoría de los casos, en el emblemático “Café Moderno “, lugar de encuentro de los labradores y ganaderos antes mencionados. Eran momentos de café, tabaco de liar o de faria, para acompañar aquellas partidas de mus, subasta, incluso alguna de dominó, en aquellas mesas de mármol, con patas de hierro. Sentados en las sillas, en los “escaños” o de pie, se originaban animadas tertulias, con el Carnaval como protagonista. En el café se encontraban Aparicios, Alaejos, Castaños, De Elias, Manzanos o “Gorreros “, Sevillanos, Paniaguas, Perchas, Ramajos, Risueños y tantos y tantos otros. Gente sencilla del campo, que igual vendían unas tierras, que compraban unas vacas, con un simple apretón de manos.

Con anterioridad al Carnaval, una representación de la Corporación Municipal, se dejaba caer por el mencionado café, para ir tomando el pulso a los presentes y de una manera u otra, provocar a todo aquel que pudiera aportar de forma completamente desinteresada, algún animal, si podían ser varios mejor, para correr en los encierros. Todo el mundo coincide al afirmar, que los propios ganaderos se picaban entre ellos, para traer el mejor toro a “su “Carnaval.

Es cierto que se trataba de otro tipo de toros, en algunas ocasiones con mucho cruce de morucho, pero que daban bastante juego en encierros y capeas.

Muchas veces me contaba mi padre, cuando me hablaba de los encierros de “antaño “, como él decía, que estos mismos toros, antes y después del Carnaval se uncían o “uñian”, como siempre se ha dicho en la socampana mirobrigense, con las engrasadas coyundas, a la gamella del yugo, para realizar las distintas labores, necesarias en el campo.

Como me hubiera gustado a mí, participar en alguno de aquellos encierros a la antigua usanza. Aquellos encierros y encerradores que se reunían al apuntar el alba, en las inmediaciones de la Caridad o en el alto de las pólvoras, para empezar a descender, buscando el regato de San Agustín o de San Giraldo, y una vez allí, comenzar la subida por Torroba, hasta ir ganando poco a poco la Plaza Mayor. Encierros a primera hora de la mañana, protegidos con pellizas, capotes, tapabocas y pantalones de pana, que ocultaban aquellos calzoncillos “pulgueros “que llegaban a los tobillos, para combatir el intenso frío. No puedo menos, para hablar del frío que soportaban, que contar una anécdota, que espero que a nadie moleste y que sé, gracias a un viaje en mi coche hasta Valladolid, para ver una yegua de José Antonio de Elías, para su posible compra, al haberse muerto recientemente la yegua alazana que yo tenía. En el viaje, me acompañaban, su padre y el mío. Entenderán que, con estos viajeros, la conversación girara en torno al Carnaval y, sobre todo, a los encierros a caballo. Aunque hace ya de 27 a 28 años, espero acordarme lo suficientemente bien.

Hablaba Ángel de Elías, de aquellas mañanas heladoras de invierno, montados a caballo y para explicar de forma gráfica y que nos hiciéramos una idea, nos contó esta “batalla “. Una mañana de invierno, salieron de la finca de Valverde, para dirigirse al encierro, el señor Aurelio Alaejos, persona recia y de fuerte temperamento, además de “buen saque “a la hora de comer y un amigo que lo acompañaba. El frio era tan fuerte, que al poco de salir, tuvieron que parar en una de las casas de algún empleado de las fincas, para darse un calentón a la lumbre y tomar algo caliente. Parece ser que el amigo, entre el frio y posiblemente los nervios, tenía unas ganas terribles de orinar y salió fuera, pero los dedos de sus manos estaban tan congelados, que era incapaz de desabrochar los botones de la bragueta, por lo que se vieron en la necesidad, de pedir ayuda a la señora que amablemente les estaba atendiendo. La buena mujer, parece que accedió. Después de desabrochar los botones que daban paso a la jaula, donde se encontraba el pájaro, exclamó: ¡¡¡ Pero si aquí no hay nada !!! a lo que siguió una estruendosa carcajada del señor Aurelio y una frase muy seria de su amigo diciendo: ¡¡¡Pues ahí estaba esta mañana !!!

Bromas aparte, era una época donde el caballo era protagonista necesario para realizar los encierros y también eran tiempos, donde el noble bruto dividía a la población, en dos clases sociales, los de a pie y los de “a caballo”. Años en los que la figura del espantador cobró un gran protagonismo. Cisqueros, jareros, jornaleros, pastores, gañanes, peones farinatos a pie, se empleaban a fondo contra los de “a caballo”, intentando impedir como fuera el normal desarrollo del encierro. Parece ser, según afirman algunos, que siempre hubo un motivo que lo justificara, aunque es opinión de otros, que no hacía falta ninguna razón para provocar el espanto y que los toros no entraran, aunque todos coinciden que una vez que la cosa se ponía fea, eran los propios espantadores los que se encargaban de “cargar “los toros a mano y recuperarlos para la fiesta.

Ahora que poco a poco van desapareciendo desgraciadamente aquellos protagonistas de entre nosotros, seguramente se vayan juntando en esa pradera eterna de los románticos carnavaleros, para galopar por los recuerdos de los encierros y del Carnaval. Allí estarán Ángel de Elías, Antonio y Joaquín “Patato”, Miguel Bayamo, Aurelio “el de Valverde “, Eugenio “de Serranos “, Leandro “el de Conejera”, Antonio “de Cantarinas “, Dionisio “el de San Giraldo “, Narciso “el de Capilla “, Salustiano “de la Chamorrilla “, Linos “el de la Sierra “, Los de San Agustín, Manolo Santos, Leoncio Macotera, Manolo “el Maestro “, Tiquio y tantos y tantos otros que tan grandes hicieron nuestros encierros.

Alguna vez he pensado, quizá sea una tontería, si el Ayuntamiento algún día no podría hacer frente a la compra del edificio del “Café Moderno “, donde tantos carnavales se fraguaron, para instalar en él un museo permanente del Carnaval.

Después de esta época dorada, en la década de los 70, desgraciadamente nuestros encierros empezarán a perder fuerza. Son muchas las causas que se esgrimen para justificarlo: El crecimiento urbanístico de la Ciudad, que hace cada vez más largo y complicado el recorrido, la ausencia de encerradores en la socampana mirobrigenses y seguramente una falta de interés de los que “mandaban”, para conservar nuestros tradicionales encierros, desembocó en una serie de “experimentos” que finalizarían con la arraigada costumbre de siglos, encerrando toros a caballo, desde el campo, hasta la Plaza. Empezando a soltar los toros desde unos corrales, a un recorrido ya cerrado, perdiendo toda su esencia.

En primer lugar, se soltarían desde el corral de Vicente Sevillano, en la parte baja del barrio de Santa Ana. Después, otro despropósito más, desde el campo de fútbol, para acabar finalmente soltándolos desde unos corrales provisionales en el barrio de San Pelayo, que a la postre se convertirían en los corrales definitivos que todos conocemos. Pero como era de esperar, todos estos intentos por mantener los encierros a la antigua usanza, con la presencia de caballos fracasó.

A partir de este punto, nuestros encierros entran en un periodo de decadencia en cuanto a tradición se refiere. La figura del encerrador, pieza clave de nuestras fiestas, pierde su sitio y su protagonismo y con él, aquellos encierros tradicionales donde los toros se encerraban desde el campo abierto hasta la Plaza, dando paso así, a un periodo de años sin encierros a caballo en nuestra Ciudad.

Afortunadamente, en el año de 1984, tres familias farinatas, hasta ahora más en el lado de los de “a pie “, que en el de los de “a caballo “, deciden cambiar de bando. Se juntan, hablan y empiezan a tramar y dar los primeros pasos, a esa idea que lleva años dando vueltas en la cabeza de Manolo “Perita “, que era recuperar el encierro a caballo en Miróbriga.

Sevillanos, Blancos y Monteros, empiezan a darle forma a la idea de volver a recuperar esa esencia que se perdió en nuestros encierros. Una vez puestos de acuerdo entre ellos, hablan con el Ayuntamiento y con Ceferino Santos, entonces presidente de Interpeñas, contando con el respaldo de esta y de la Corporación Municipal, con Miguel Cid a la cabeza.

Compran una corrida de toros, que ya se empieza a llamar la de las tres “P “, al coincidir curiosamente que los apodos o los motes de estas tres familias, empiezan por esa letra P. Así, “Peritas“, “Panzas“ y “Pichoga “se convierten ese año en ganaderos, para regalar la corrida que llegará a las viejas calles de Miróbriga a caballo, como tradicionalmente se hizo toda la vida.

Se dirigen a la vecina localidad de Fuenteguinaldo, para comprarle los toros a otro fenómeno de los encierros a caballo, Emiliano Carreño, posiblemente la persona con más valor que yo haya visto encima de un caballo encerrando toros y que desgraciadamente nos dejó para siempre la primavera pasada. Para que no faltara de nada, los toros se traen andando desde “El Villar de Flores” hasta Ciudad Rodrigo, en varias jornadas a caballo, descansando ya el viernes de Carnaval, en un cercado de Casablanca, hasta la mañana del domingo.

A las 6 de la mañana, los encerradores se reúnen en la portera del cercado. Es una mañana de intenso frio, con una impresionante helada y un aire cierzo que sacaba sabañones en las orejas, pero había que seguir como fuera, era un momento histórico, se estaba recuperando algo que nunca se debió perder.

El encierro salió andando dirección a la Cañada, para vadear el rio, en el vado de las vacas. Antes de cruzarlo, un frio helador ya hacía estragos entre los caballistas, obligando por ejemplo a los “Peritas “, que habían salido de casa con dos pares de calcetines en los pies para evitar el frio, a quitarse uno y colocárselo en las manos a modo de manoplas, para intentar sentir los congelados dedos de las manos.

El encierro subió Cañada arriba, para dar un giro de prácticamente de 360º y volver dirección a Ciudad Rodrigo. Los toros y bueyes al volverle la cara a favor de querencia, se aprietan más y alegran el paso. Desde el alto de Valhondo, se ve el impresionante aspecto que presenta la carretera de Sanjuanejo y la Puentecilla, completamente abarrotada de gente. El encierro se aprieta en la bajada de la ladera hasta alcanzar la Puentecilla, donde un grupo de espantadores, para que todo fuera según costumbre, intenta impedir el paso de los toros, lanzando todo lo que tenían a mano, terminando por arrojar, rodando contra el encierro unos bidones de 200 litros de alquitrán, que allí se encontraban, provocando que algún encerrador diera con sus huesos en la cuneta. Pero el encierro iba lanzado y no había quien lo parase, a menos que se le cruzara un tren por delante. Al galope, toros y caballos van ganando metros, haciendo posible que los miles de personas que están a lo largo del recorrido, puedan disfrutar de esta imagen única, de esta esencia de campo traída a la Ciudad y así, poco a poco se llega a la estrecha calle Madrid, donde la mayoría de encerradores y corredores viven por primera vez una experiencia única e inolvidable. El encierro entra en la Plaza y para añadir otra anécdota más al recuerdo de este día, entran todos juntos encerradores y encierro, en el callejón de los toriles, donde los caballistas, todos menos unos consiguen meterse en los chiqueros de los bajos del Ayuntamiento y cerrar la puerta. En el callejón, queda una yegua castaña y colina, de nombre “Estampa “y su jinete, José Ramón Cid, impecablemente vestido de charro. Después de unos momentos de apretones, la yegua es levantada por alto derribando a su jinete, entre las patas de toros y bueyes. Cuando consigue ponerse en pie, el ajustado calzón del traje de charro, le impide “gatear “por los tablones para salir del apuro. En estos momentos de cierta angustia, acuden en su auxilio varios miembros de la Cruz Roja, que consiguen sacarlo en volandas del callejón. Mientras la yegua se defiende repartiendo coces a diestro y siniestro, hasta que, con buen criterio, se decide abrir la puerta del callejón, para que el encierro vuelva de nuevo a la plaza. Afortunadamente, la yegua no ha sufrido ninguna cornada y su historia, podemos decir que queda en el recuerdo y que sirvió para poner el punto y final a este histórico domingo de Carnaval de 1984, donde felizmente se recuperaba el encierro a caballo en Ciudad Rodrigo.

La verdad, los que somos caballistas y además aficionados al mundo del toro, nunca podremos agradecer lo suficiente, a todas las personas que hicieron lo posible o tuvieron algo que ver en la recuperación del encierro a caballo tradicional en Ciudad Rodrigo, ya que, gracias a ellos, somos muchos los que hemos tenido la oportunidad de participar o de ver, esta tradición centenaria de encerrar toros a caballo en las fiestas de nuestra Ciudad.

Antes recordaba hablando del Maestro Conrado, como él, muchas veces le había pedido a Dios que le concediera la posibilidad de llorar de emoción, ahora les digo que soy yo, al que le hubiera gustado que la naturaleza o la genética me hubiera dado la virtud o el don, de saber transmitirles a todos ustedes con palabras, todos esos sentimientos, nervios, emociones, responsabilidad que se sienten un domingo de Carnaval, cuando te montas a caballo.

“MAÑANA DE ENCIERRO “

Mañana de encierro en Miróbriga
caballos nerviosos al paso,
jinete charro en la montura
garrochas firmes en lo alto.

Es la mañana del domingo
domingo de Carnaval,
como explicar lo que sentimos
cuando vamos a encerrar.

Hierro vaquero en las bocas
espuela vaquera en los botos,
en una mano las dos riendas
y el corazón lleno de gozo.

Encerradores de la socampana
centauros charros a caballo,
esperando ver los toros
subir por San Pelayo.

La obligación de hacerlo bien
para que las palmas echen humo,
y de los toros que traemos
no se quede atrás ninguno.

Es la ilusión de todo aquel
que el domingo se sube a caballo,
que entre completo el encierro
para disfrute de sus paisanos.

Que Ciudad Rodrigo espera impaciente
como ocurre cada año,
no dejemos que se pierdan nunca,
nuestros encierros a caballo

Teniendo muy claro, que mis recuerdos más intensos y bonitos del

Carnaval, están relacionados o tienen que ver, con el toro y el caballo,

reconozco, que no son los únicos, ya que son muchos, los que llenan la

maleta de mis viajes por el Carnaval.

Aquellos “ejércitos” de personas detrás de las charangas, cuando se

movían por las calles de nuestra Ciudad o se paraban en cualquier

rincón de la misma, para improvisar un concurrido y animado baile,

al ritmo de sus notas musicales. ¡¡¡Como se vivía entonces !!!.

Aquel caminar lento por el Registro y la calle Madrid, cuando se

cubrían de arena, para facilitar el paso del ganado.

Aquellas filas indias que se formaban a la puerta del callejón de los

toriles, saltando, para ver por encima de la cabeza del que estaba

delante, si aparecía el toro, por la puerta de los chiqueros del bajo del

Ayuntamiento. Como recuerdo también, los martes por la tarde,

toda la Plaza manifestándose al grito de ¡¡¡Queremos Cenizos!!!,

intentando paliar la tristeza de algo que se acababa, con la esperanza

de alargarlo un día más.

Recuerdo también, tengo que decir con añoranza, aquellas mañanas esperando

el encierro en la zona de los pinos, donde se vivía un ambiente de auténtico

Carnaval, donde nunca faltaba algún voluntario, para hacer la fiesta y

entretener la espera. Ambiente y recorrido, que desgraciadamente hemos

perdido y que yo, personalmente, hecho mucho de menos. Recuerdo los

“chocones” al lado del Palacio de Montarco. Las atracciones en la Plaza del

Buen Alcalde, el vaivén al lado de la fuente, las casetas de tiro a peseta, con

aquellas bolas de madera, que el tirarlas suponían el conseguir un chicle de

premio. Aquellos palillos previamente humedecidos en el agua de la fuente, para

hacer casi imposibles de romper de un balinazo y de los que colgaban con una

goma, aquellos mecheros de mecha tan socorridos y que a más de uno le

agujerearon el bolsillo del pantalón.

También recuerdo las agujas de madera, la churreria del Registro, los

merengues

de los “tablaos”, la barbaridad de los polvos de talco o de harina que se

lanzaban, las sesiones de baile en el Club Juvenil, el ambiente nocturno del

Carnaval, con la Colada a tope de gente.

Amayuelas, Oxibisa, donde aguantábamos hasta prácticamente la hora del

encierro. Los almuerzos de encerradores en el Café Moderno. Aquellos primeros

años vividos en la “Peña el Caballo” y los 26 maravillosos que han venido

después, viviendo y disfrutando del pre Carnaval y del Carnaval, desde la

“Asociación Charra del Caballo”. Y recuerdo, como no, aquellos primeros

Carnavales de mi vida, que veía pasar subido a los hombros de mi padre o

agarrado de la mano de mi madre y de mi hermana. Como le hubiera gustado a

ellos estar hoy entre ustedes, pero desgraciadamente, su salud se lo impide y su

consciencia, ni siquiera les permitirá saber, que hoy mientras pronunciaba este

pregón, han estado continuamente a mi lado.

También me acuerdo, como no, de aquellos traslados de los toros en el ya

conocido como jueves de casetas. Con que ilusión aparejabamos los caballos a

primera hora de la mañana, para desplazarnos al paso, hasta los Talayos o Los

Vallicos. Antes, parada obligada en el bar de “Riche” a tomar un café y los más

valientes una copita de aguardiente, para empezar bien el día. Como llegábamos

con el encierro, cruzando por el campo de la socampana mirobrigense, entre

encinas, con el acompasado sonido del zumbo de los bueyes, que en el silencio

sonaban, como la mejor orquesta filarmónica, hasta alcanzar el prado de

bloques de Gazapos o algún año, otro de San Miguel.

Como disfrutaba todo el pueblo, acompañando el encierro, desde que salía de la

finca hasta que llegaba a su destino. Que días tan bonitos, que esencia de otros

tiempos. Como después de dejar los toros y bueyes en el cercado, donde

descansarían y esperarían hasta el domingo de Carnaval, los mirobrigenses, se

reunían en los alrededores de la ermita, de Nuestra Señora de la Peña de

Francia, a cambiar impresiones sobre el ganado que protagonizaría el encierro a

caballo del domingo y a dar buena cuenta de algún manjar guardado en tripa

de la reciente matanza casera. Que ambiente tan bonito, aquellos almuerzos en

buena camaradería, espectadores y encerradores, farinatos todos y apasionados

del Carnaval.

Que pena que dejáramos perder, por un año que salió menos bien, lo que ya era

prácticamente un día más de Carnaval, a coste cero.

Lástima de todos los jóvenes tan aficionados que hay ahora y que

desgraciadamente, no pudieron vivir y disfrutar de aquellas mañanas del jueves,

trasladando los toros andando, como se hizo durante siglos en nuestro Carnaval.

Ya solo me queda añadir, que está muy bien conservar las raíces de nuestras fiestas de Carnaval, pero quizá, tan importante o más sea saberlo mejorar, saber adaptarlo a los tiempos, al futuro que nos atropella y nos lleva por delante. Un futuro que posiblemente sea complicado para las fiestas populares con toros, por ello ahora más que nunca, debemos ser un ejemplo en el cuidado y respeto al auténtico protagonista de nuestras fiestas: EL TORO.

Siempre he oído que una de las cosas más tristes que hay en la vida, son las despedidas, ese momento difícil de decir adiós. Ahora que va llegando el momento de ir rematando este pregón, seguramente esté ante el momento más complicado de la noche. La necesidad de buscar las palabras adecuadas, lo hacen ciertamente difícil, pero la premura del tiempo lo hace inevitable y necesario.

En mi cabeza ahora, revolotean todas esas cosas que me hubiera gustado decir y no he dicho, todo lo que me hubiera gustado contarles y no he sabido.

Mi voz se va tornando triste, ante el momento final de una ilusión. Mis palabras se acompasan a ese triste y lánguido sonido de los toques del reloj suelto, en las tardes del martes de Carnaval. Lo que empezó con la alegría de una experiencia maravillosa, se convierte en tristeza, como el sonido de la campana anunciando que todo se acaba. Aunque siempre es necesario despedirse, para volver a encontrarse, para que esa tristeza por la despedida, se convierta en alegría por el reencuentro.

Y como no me gusta decir adiós, voy a decir hola…¡¡¡ Hola al Carnaval!!! ¡¡¡ Fuera la tristeza!!! ¡¡¡ Que el Carnaval no se ha ido!!! ¡¡¡ Que el Carnaval está por llegar!!! Y antes de marcharme, quiero hacer uso del cargo de pregonero que por hoy se me ha otorgado y pregonar, en nombre de la Asociación Cultural CarnavaldelToro, que, en la antigua, noble y leal Ciudad Rodrigo, se celebrará durante los días comprendidos entre el 24 y el 28 de este mes de febrero, una fiesta única en el mundo ¡¡¡ El Carnaval del toro!!!! Que no habrá lugar para la tristeza ni el desánimo, que solo tendrá cabida el jolgorio, la fiesta y la ilusión ¡¡¡ Anímense a desmadrarse!!! ¡¡¡ Que por Carnaval todo pasa!!! ¡¡¡Que por Carnaval todo vale!!!. Que tendremos toros en las calles, capeas en la Plaza, encierros a caballo, charangas, alegría y mucha diversión.

¡¡¡ Que nadie se lo pierda!!! Ciudad Rodrigo y el Carnaval os esperan…

¡¡¡ VIVA CIUDAD RODRIGO!!!

¡¡¡ VIVA EL CARNAVAL!!!

 

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