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Pregón de la Asociación Amigos del Alguacilillo, Fernando Mirat Arellano. Carnaval del Toro 2017

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Pregón de la Asociación Amigos del Alguacilillo, Fernando Mirat Arellano. Carnaval del Toro 2017
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Pregón de la Asociación Amigos del Alguacilillo
Fernando Mirat Arellano
Carnaval del Toro 2017

Hola amigos: Gracias por estar ahí, es muy reconfortante para mi sentir el calor de vuestra presencia.

Gracias Lauren por esas palabras tuyas como siempre tan cariñosas como corresponde a tu condición de Mirobrigense polifacético y sobre todo por tu amabilidad, buen hacer, tu buen humor del que has hecho gala durante toda tu vida y por ser un hombre autentico del carnaval.

Gracias también amigo “Tato”; aunque tú eres el culpable de que hoy esté aquí con todos vosotros; espero que me transmitas toda la felicidad que llevas allá por donde vas, y como no, también tu buen humor que siempre te acompaña y que es digno de encomio.

Ser pregonero nuevamente aquí en el pueblo que me vio crecer es para mi una gran satisfacción, bueno, siempre digo que soy mirobrigense aunque cuando nací yo no estaba aquí, por circunstancias del destino mi madre estaba en Ávila y, claro, no tuve más remedio que estar con ella.

A pesar de haber tomado la alternativa en estas lides del pregón, todavía me considero un maletilla, eso si, en el hato mis trastos son unos cuantos folios y mucha ilusión.

Espero no aburriros mucho y sobre todo me perdonéis las deficiencias porque esto de estar en el estrado me pone algo nervioso.
¡¡Va por ustedes!! Y por nuestra protagonista hoy alguacila, o mejor, mas cariñosamente “Alguacililla”.
Y como no; un recuerdo a “Pirolito” el primer alguacilillo.

Como en los espectáculos taurinos comencemos por hacer el “despejo de plaza”

DESPEJO DE PLAZA

Desde muy antiguo en los festejos de los pueblos, antes de empezar una corrida se hacía el despejo, pues era común que en la misma plaza se celebrasen otras actividades, como: mercados, bailes y entre otras la de no hacer nada. Tenía su importancia el despejo para cuando salieran los toros no hubiese nada ni nadie en el ruedo.

El acto de “despejo de plaza” practicado por los alguacilillos, actualmente es un puro formulismo que ha quedado como una costumbre secular practicada en todas las plazas, para que las personas que invadían y paseaban por el ruedo, antes de comenzar la corrida, lo despejasen y ocupasen sus localidades.
Antiguamente esa labor la realizaba la compañía de tropas encargada de prestar seguridad a las Autoridades que presenciaban la corrida, que, además se empleaban a fondo ante la desobediencia de la plebe que deambulaba por el ruedo.

Cuando una corrida extraordinaria era presidida por el Rey, el despejo lo realizaban los alabarderos. Se daba el caso que a veces había un enfrentamiento con el público que invadía el ruedo.

En ocasiones la fórmula era mas contundente si cabe y lo hacían sacando un toro al ruedo, hecho que se anunciaba al público en los respectivos carteles de toros.
La costumbre de pasear por el ruedo no solo estuvo consentida sino que se recogió en algunos Reglamentos taurinos: “Desde media hora antes de la corrida se permitirá al público pasear por el redondel hasta la señal de comienzo de la función”.

Como anécdota de esta tradición, en la plaza de las Ventas de Madrid con  motivo de celebrarse la corrida goyesca del 2 de mayo, se permite que el púbico y carruajes paseen por el ruedo.

El cometido de “despejo de plaza” modernamente lo realizan los alguacilillos también llamados golillas, suelen ser dos, aunque a veces es una como es nuestro caso. Cruzan el ruedo a caballo hacia la presidencia, a quien simulan pedir permiso para que empiece el espectáculo y, tras obtenerlo recorren el perímetro del ruedo en direcciones opuestas cuando corridas de toros, y juntos a la par cuando novilladas. Van hacia la puerta de cuadrillas para iniciar el paseíllo.

En él se integran a modo de solemne procesión  una serie de personajes de variado rango, diferentes profesiones y peculiares cometidos, que realizan una labor necesaria para el buen desarrollo de la “corrida de toros”.

Si hacemos una visión retrospectiva, el orden que debían ocupar los diferentes componentes de las cuadrillas los versifica Salvador Rueda:

Ya va a salir la cuadrilla;
la puerta gira: ¡silencio!
De tres en tres colocados
En los capotes envueltos,
De los pliegues oprimidos,
Libres los brazos derechos;

Las monteras en las sienes
Y los pies en movimiento,
Detrás de los alguaciles
Que comienzan el despejo,

Primero van los espadas
Después, los banderilleros,
Siguiendo los picadores
Sobre caballos entecos,
Y mozos, tiros y mulas
Ponen remate al festejo.

Cuando llegan a la talanquera bajo el palco real o presidente de la corrida, todos saludan reverencialmente:

Junto al estribo parados
Al Rey saludan los diestros;

Truecan las capas brillantes
Por los capotes de juego…

Pide un alguacil la llave,
A escape atraviesa el ruedo,

Y, tras sonar de clarines
Delante del cornúpeto,
Que bufa, extiende la cola,
¡y arranca cortando el viento!

Otras veces formaban parte del paseíllo dos perreros con perros alanos cada uno, el chulo con la media luna para desjarretar, y otro con las banderillas de fuego. La salida de los perros se producía cuando el público protestaba porque el toro huía y no embestía por ser manso de solemnidad. El cometido de estos perros era el sujetar al toro para que pudiera ser desjarretado. También salía el pregonero de la villa, montado en burro, que era el encargado de leer las advertencias y sanciones para aquellos que arrojasen piedras, palos, animales muertos, provocaran reyertas etc.

De este hecho no podía faltar la glosa con unos versos de algún poeta como la de Luis de Quiñones

Manda el amor que despejen
los soldados de su guardia
y que un pregonero avise
antes que es toril se abra.

Tiene miga lo del pregonero: Dos alguaciles ujieres provistos de sus varas de justicia, salían a caballo ataviados con negros trajes y un sombrero con grandes plumas. Entran por una de las puertas y se sitúan en el ruedo bajo  el palco del Corregidor quien le da las ordenes.

Una vez dadas las órdenes, descabalgaban los alguaciles e iban en busca del verdugo, el cual salía acompañado del pregonero público y de un criado que llevaba por el ronzal un pollino, sobre la albarda iban atados los utensilios utilizados para amarrar a los malhechores (grilletes) cuando eran azotados. Los alguaciles precedían al cortejo, después marchaba el pregonero, a continuación, el criado del verdugo con el borrico y el ejecutor que empuñaba una especie de azote, quien cerraba la pequeña comitiva. Así formada el pregonero empezaba a hacer público: “cualquiera que provoque alboroto, pendencia, origine desordenes, o hiera el toro desde la talanquera, será amarrado sobre el borrico y azotado de inmediato”.

Tal era la pasión y la afición que en el Reglamento de 1661, se tuvo que reflejar castigos durísimos que debían aplicarse a los espectadores que bajasen al ruedo, debiendo ser castigados hasta con doscientos azotes y seis años en galeras.
Podemos recordar que aquí en Ciudad Rodrigo el despejo de plaza lo solían hacer los municipales, con sus abrigos azules de paño descolorido por el uso. Llevaban a un lado de la cintura el “Vergajo” y al otro la funda con la pistola, que decía Josema Perema que en vez de balas llevaban “Restralletes”. El personal se resistía todo lo que podía con tal de escamotearse por el ruedo y los burladeros que circundan las talanqueras.

En aquella época el pueblo aborrecía mucho a los alguaciles. Eran, empleados, bien de la autoridad judicial, bien de las administrativas, y han tenido siempre a su cargo, misiones subalternas, con frecuencia antipáticas y enojosas. Ello les ha acarreado legendaria mala fama y ser blanco fácil de los satíricos de todos los tiempos.

Nada le divertía mas al público que verles en aprietos; en ocasiones el Corregidor sabedor de ello daba la orden para que saliera el toro antes de que el alguacil entregara la llave al torilero, lo que obligaba al alguacil a poner pies en polvorosa, para regocijo y divertimento del pueblo que acudía al festejo. No ignoraban esto en absoluto los alguaciles, por lo que se proveían de buenos corceles y en vez de entregar la llave al torilero, se la tiraban a los pies para poder escapar con mayor facilidad.

No hay apenas citas literarias de los alguaciles como figura encargada del despejo. No obstante Luis del Campo se refiere a un “Alguacil de Corte” en la Villa y Corte llamado Pedro Vergel, el cual, por varias circunstancias fue famoso en época de Felipe IV.

Demostró ampliamente que toreaba bien, pues estando obligado por su cargo a permanecer en el ruedo durante la lidia, para transmitir los recados reales a los lidiadores y hacer cumplir las ordenanzas, Vergel nunca estuvo huidizo y alejado del lugar de la lidia, como solían hacer sus compañeros, al contrario, participaba en ella cuando tenía ocasión, y fue muy diestro en alancear toros, y así ganó varias veces premios concedidos por el Rey.

En una corrida con caballeros de plaza, celebrada en la plaza Mayor de Madrid ante el Rey D. Felipe IV y su corte, corrida en la cual salvó la vida de D. Cristóbal de Gaviria, quien derribado por el toro de su caballo, nadie auxilió, sino Vergel, que le prestó su caballo quedando el a pie, consiguiendo citar al toro, se fue corriendo hacia él dándole muerte con su espada. Tal hazaña mereció felicitaciones de los nobles y de los espectadores.

Unos versos la inmortalizaron:
Fiestas de toros y cañas
Hizo Madrid a su Rey,
Y por justísima ley
Llenas de ilustres hazañas,

La suma de todas ellas,
con ardimiento gentil,
Engrandeció un Alguacil
Con mil circunstancias bellas.
 
El caballero novel,
Valiente, bravo y furioso
Se ha presentado en el coso
Florido como un vergel.

Pedro Vergel ensalzado por Lope de Vega en una de sus obras, motejándole de “El mejor mozo de España”, fue continuamente mofado por Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana, dedicándole una serie de versos jocosos que mas adelante veremos.

Uno de los personajes mas interesantes que vivió en Madrid de los reyes Felipe III y Felipe IV  fue el II conde de Villamediana, del que se puede decir que fue un poco de todo: Poeta satírico, escritor de obras de teatro, magnifico jinete, jugador empedernido y tramposo, mujeriego, gran espadachín, torero famoso y temerario, amante de lujo y muchas cosas mas.

Unos versos del poeta Antonio Hurtado de Mendoza a su muerte lo refleja a las mil maravillas:

Ya sabes que era Don Juan
Dado al juego y los placeres;
Amábanle las mujeres
Por discreto y por galán.

Valiente como Roldan
Y mas mordaz que valiente…
Mas pulido que Medoro
Y en el vestir sin segundo
Causaba asombro al mundo
Sus trajes bordados en oro.
 
Muy diestro en Rejonear
Muy amigo de reñir
Muy ganoso de servir
Muy desprendido en dar,
 
Tal fama llegó a alcanzar
En todo la corte entera
Que no hubo dentro ni fuera
Grande que le contrastara
Mujer que no le adorara
Hombre que no le temiera,

Villamediana era un asiduo de la Corte aunque por sus continuos problemas y sus lances fue desterrado en tres o cuatro ocasiones.

No dejaba títere con cabeza; con sus sátiras se metía con los personajes mas importantes de la época. Una mordaz sátira es la que dedica al Duque de Lerma (el que fuera valido de Felipe III) por sus continuos abusos y su enriquecimiento desmesurado. Aun así, consiguió que el Papa Pablo V le concediese el capelo cardenalicio cuando no era ni siquiera sacerdote. Nuestro buen conde le dedicó una mordaz sátira:

El mayor ladrón de España
Que por no morir ahorcado
Se vistió de colorado.

Al principio del reinado de Felipe IV y su valido el Conde Duque de Olivares favorecieron a Villamediana divirtiéndose con sus versos satíricos hasta que surgió la enemistad y que posiblemente los reiterados motivos fueran la causa de su muerte.

Se trata de los supuestos y nunca comprobados amores con la reina Isabel de Borbón que tan solo contaba con 18 años.

Durante la celebración de una corrida de toros en la Plaza Mayor de Madrid, en la que los participantes portaban una divisa en clave y que eran parecidas a las que llevaban en los torneos medievales. La de Villamediana  llevaba una curiosa leyenda: “Son mis amores” y a continuación iban cosidas unas monedas de real.

El malintencionado bufón del rey llamado “Velazquillo” se acercó al Rey para dar con el verdadero significado del acertijo: “Son mis amores reales”, entonces la cuestión estaba clara ya que el único amor “real” posible era la Reina. Esto mosqueó al Rey que exclamó: “Pues si son reales yo los haré cuartos”; la expresión de hacer cuartos se refería a dividir en cuatro partes los cuerpos de los ajusticiados por delitos graves contra el estado o la religión.

En otra corrida de toros estando la Corte presente, Villamediana puso un rejón con gran habilidad, la entusiasmada Reina exclamó:

¡¡Que bien pica el Conde!!

A lo que el malhumorado Rey contestó:

¡¡Pica bien pero muy alto!!

Volviendo a nuestro buen alguacil Vergel, quizás fue el personaje mas perseguido, que además de hacerle la competencia por ser destacado torero estaba casado con una actriz que era famosa tanto por su belleza como por el número de amantes que coleccionaba.

Por ello y como mayor insulto, Villamediana no paraba de hacer versos en los que hacía alusión tanto a la cornamenta de los toros como a la “alegórica” de Vergel.

En una de las muchas ocasiones que satirizo contra Vergel utilizó la elegancia de Vergel que había acudido a una corrida:

Muy galán entró Vergel
Con cintillo de diamantes
Diamantes que fueron antes
De amantes de su mujer

Entre otros Villamediana le dedicó este soneto:

La llave del toril, por  ser mas diestro,
dieron al buen Vergel y por cercano
deudo de los que tienen en su mano
pues le tiene esta Villa por cabestro.

Aunque en esto de cuernos es maestro
y de la facultad es el decano,
un torillo, enemigo de su hermano,
al suelo le arrojó con fin siniestro.

Pero como jamás hombre han visto
un cuerno de otro cuerno horadado,
y Vergel con los toros es bienquisto.

Aunque esta vez le vieron apretado
sano y salvo salió, gracias a Cristo;
que Vergel contra cuernos es hadado.

El Conde de Villamediana , fue muerto en la calle Mayor de Madrid por un hombre que con “arma terrible de cuchilla”, según la herida, le pasó del costado izquierdo al molledo del brazo derecho, vamos que le asestó una estocada. Ni sus contemporáneos ni la posteridad han podido averiguar si el asesino nunca hallado, obraba por cuenta del Rey, celoso de sus galanterías con la Reina o por los muchos que satirizó.

Lo cierto es que en el “mentidero de la Villa” que eran las escaleras que subían a la Iglesia del Convento San Felipe, se colocaron unos pasquines con los versos atribuidos a Góngora:

Mentidero de Madrid:
Decidnos ¿Quien mató al Conde?
Ni se sabe, ni se esconde,
Sin discurso discurrid:
Dicen que lo mató el Cid,
Pues era el conde Lozano.
¡Disparate chabacano!
La verdad del caso ha sido
Que el matador fue Bellido
Y el impulso soberano

Clara alusión que involucraba al monarca.

Una vez hecho el despejo de plaza cambiemos de tercio: adentrémonos en la TRADICIÓN Y PROGRESO

La Tauromaquia es como un árbol; como un viejo Olmo seña de identidad de muchos pueblos de España, o como la encina que cobija la dehesa y al toro que se incardina en su entorno.

Nace de la tierra, del pueblo, echa raíces que se alimentan y se funden en el tronco que fuerte y vigoroso sustenta las ramas que cuando sanas avanzan erguidas y vigorosas hacia el cielo.

Las raíces se hunden en la tierra madre que genera y regenera. Es como la intrahistoria, el núcleo donde se funde el pasado, la tradición, las costumbres. El tronco es el corazón que con sus latidos distribuye la savia, quien mantiene la vida. Representa los pilares de la tauromaquia: toro, torero y toreo. Las ramas encierran todo el acervo cultural, sociológico y humano; son la belleza, el arte, la emoción, el progreso la renovación.

No debemos olvidar, que los pueblos todos sin excepción, son depositarios de una herencia secular que está siempre en las mejores manos para que no se pierda, las de la tradición, que es trasunto del alma popular, fiel a un pasado que le pertenece y al que no quiere renunciar, porque la simple renuncia significaría tanto como perder las propias señas de identidad.

La tradición y los valores que representa la tauromaquia no se deben perder, pero tampoco se puede convertir en el principio del fin. No se debe dejar todo a la tradición, pues llega un momento que no da para mas y acaba cediendo a su propia inercia; se entra en un proceso degenerativo que se llama decadencia. El progreso económico, cultural y sociológico parece haberse detenido, y a la tradición sin progreso le sigue la involución. Cuando ya no hay progreso, cuando solo se tienen costumbres, decía Ugarte que el hombre ha llegado al máximo de su crecimiento y ya no se puede esperar de él mas que repeticiones. Cuando solo mandan las tradiciones, un pueblo ya ha dado de sí todo lo que podía y entra en un periodo de descenso. La tauromaquia tiene muchas tradiciones, demasiado plomo en las alas.

En tauromaquia, ha habido épocas en las que se ha asistido a una brillante trayectoria histórica, pero el envejecimiento de una población que las ha vivido, seguramente ha propiciado la decadencia por querer mantener a toda costa costumbres y gustos de antaño, que no son bien entendidas por el relevo generacional que debe existir en todo proceso. Da la sensación de que los espectáculos taurinos fuera de los aires folclóricos, se han convertido en una actividad marginal que convoca asiduamente solo a unos pocos, y que han dejado de ser atractivos para el gran público.

La tradición implica necesariamente mirar hacia atrás y ver el camino recorrido, hay que aprender del pasado, pero mirando al futuro. Es cierto que la tauromaquia ha evolucionado pero no ha progresado, para ello hay que renovar: “Renovarse o morir”, hay que plantearse nuevos retos, nuevas iniciativas, nuevos enfoques para hacerla mas atractiva, en fin, cambios para mejorar, para rebuscar  valores positivos asociados a la modernización. Debemos pues ser padres de nuestro porvenir, y no hijos de nuestro pasado.

Nuestro inolvidable “Árbol gordo”, el viejo olmo centenario que antaño majestuoso, esbelto, con ramas fuertes y poderosas, enfermó y acabó muriendo. En un afán por conservarlo durante unos años yació inerte apuntalado para que no se cayera. Las raíces hundidas sin vida propia, el tronco inanimado como un corazón que ya no palpitaba y unas ramas desmochadas que no volvieron a crecer. Le  plantaron una enredadera que frondosa crecía a su derredor, le dio verdor pero ocultaba sus miserias. Al final, cayó abatido por las motosierras.
A la tauromaquia le está pasando lo que al Olmo, tiene enfermedades que le son propias, si bien, se aplican remedios paliativos que mejor cuadran en cada momento, pero no hay programas definidos para curar y prevenir. Hay demasiada dispersión de intereses y una falta de objetivos que debieran ser comunes. Hay unos pocos que mandan y, que cada uno por su lado intenta imponer sus normas, sin pensar en las repercusiones negativas hacia los demás: el gran público que alimenta las taquillas, y sobre todo, en la generación para el renuevo. Toro, torero y taurinos, no acaban de encontrar puntos comunes que sirvan de apoyo al progreso. Le falta lo esencial, la voluntad, la aptitud para la acción organizada y persistente, la imaginación. Demasiadas ambiciones egoístas, y “reinos de Taifas” que concluyen en guerras internas que parecen ir de victoria en victoria hasta la derrota final. Demasiadas intervenciones ahogan la creatividad. Todo ello ha ido desarrollando una tauromaquia plana, carente de intensidad, de creatividad, de aquello mágico y misterioso que en los toros debe conmover, sin alicientes y sobre todo sin emociones. Juan Mora dice que el toreo debe ser imperfecto, como el toro; debe haber magia, improvisación, ahora parece todo mas estereotipado.

Se ha seguido una evolución sin progreso, y eso la está matando. Si volvemos la vista atrás, veremos que muchas cosas se hacen como hace ciento cincuenta años o más.

Una parte del progreso es la enseñanza basada en la tradición. Hay que enseñar la tauromaquia para que pueda ser entendida en su gran dimensión; desde el aire de fiesta popular y folclórico hasta la solemnidad de los grandes acontecimientos.
Enrique Tierno Galván dijo sencillamente: “Son los toros un acontecimiento que, en cuanto tal, lleva implícita la exigencia de definirnos ante él”.

Ahora bien, para ello es necesario el saber, y esto llega con la ilustración. Todo se remite, pues a un conocimiento de la tauromaquia.

La tauromaquia abarca todo una serie de valores existenciales dignos de sentir y analizar, dignos de vivir en la intimidad de cada persona.

En una palabra, la ilustración, o la inquietud sobre las cosas todas, que puntualizara Pemán.

Mal puede enseñar algo alguien, o que no sabe, o que convierte el arte de enseñar en cantos monótonos, lejos de la variedad de expresión y análisis crítico que debe imperar para que sea atractiva y demandada. Francis Wolf ha dicho que el filósofo (el pensamiento) siempre tuvo el deber de analizar la realidad en todo su complejidad y de luchar contra las ideas dominantes. Cuando algo nos incita a pensar nos indica que debemos hundirnos en sus raíces; ahí es donde tenemos que bucear y buscar el porqué.

El periodismo taurino que impera hoy, mas laxo que nunca, parece que responde a unos intereses económicos que nadie se atreve a ultrajar por si las moscas, por si nos quitan las fuentes anunciantes que generan los ingresos. No hay nadie que imprima carácter, que polemice, que mantenga la tauromaquia viva.

Es innegable que la tauromaquia posee un conjunto de bienes culturales muy importantes acumulados por tradición, si bien, ahora parece que se han tomado al asalto, se utiliza con demasiada profusión y ligereza el término como si fuese la panacea, incluso del arte, de lo bello, de la esencia estética, pero todo ello precisa demostrarlo con hechos, de lo contrario no es mas que demagogia que se pierde en el vacío, en la nada.

El toreo es un arte en movimiento, efímero en su creación. Es la continuidad de pasajes estéticos que se captan. No queda constancia mas que en el recuerdo del momento, pues no se traduce en un objeto material que pervive en el tiempo como una obra de arte: pintura o escultura…

Por eso y para rematar la faena me vais a permitir que vivamos un momento de “EL ARTE MÁGICO AL VIENTO” de un torero con duende.

Decía Rafael de Paula: “Solamente estás tú con el toro, y esa es tu obra”.

Solos los dos en el ruedo, Morante frente al toro; el diestro es la vertical y el toro la horizontal que diría “Zorrilla”. Hay misterio entre ambos, nada se puede predecir, todo está por llegar.

Corrochano en cierta ocasión le preguntó a Rafael “El Gallo”: ¿Cuándo diría usted que un torero es artista y torea con arte?, a lo que contestó: “Cuando tiene un misterio que decir y lo dice”.

El capote asido fuertemente con la esclavina al viento, los brazos por delante como cuando “La Verónica” secó el rostro de Jesús con el pañuelo. Arte y ritual se entremezclan, bien colocado, erguido, con el pecho por delante cita, y el toro se arranca a la par que se inicia el lance. Con la barbilla pegada al esternón Morante se “embragueta”, el toro embebido se desplaza al ritmo de la capa que acaricia la arena. Lo manda lejos, parece escribir sobre el albero los versos de Rafael Alberti:

El torero acompaña
con el capote al viento
el raudo movimiento
del toro fiel que pasa.

Morante vuelve a citar, ahora carga la suerte, baja las manos, se ciñe, verónica con lentitud y cadencia, muy torero; figura y capote hacen surgir el arte, ese arte irrepetible efímero que nunca es igual, aquí no hay copia, el artista que es capaz de crear fruto de su imaginación, y como no, de su miedo frente a la fuerza avasalladora del animal irracional que no es domesticado, que es salvaje y símbolo de fuerza y fiereza. “Tú que das ritmo y medida al impulso salvaje del instinto y de la fuerza”, que diría Agustín de Foxá.
Ahora las verónicas son como los versos de Gerardo Diego:

Lenta, olorosa, reducida
La flor de la maravilla
se abre cada vez mas honda
y se encierra en su semilla.
Como huele a Abril y a Mayo
en barrido desmayo,
esa playa de desgana,
ese gozo, esa tristeza,
esa rítmica pureza,
Campana del Sur, Campana

Aquí la Taurokatapsia, los juegos ancestrales con el toro y la burla sin estética se han convertido en ritmo que Morante lo repite una y otra vez, como un ballet escénico que embruja al espectador, que despierta pasiones y hace surgir el delirio, eso sí, efímero.

A veces en el toreo todo lo bello tiene su momento que pasa, y da paso a otro instante, si cabe mas bello, un remate, y Morante hoy es poeta y remata otra vez por Gerardo Diego:

…Y la torera cintura
flor de elegancia, clausura
pura, la media verónica.

¿nos ha dicho el misterio?, o lo sigue habiendo  como nos indican los versos de Claudio Rodríguez:

Esta sinfonía
del capote que suena,
¿a qué? He aquí el misterio

Fernando Arrabal, dramaturgo escritor y poeta, hijo adoptivo de Ciudad Rodrigo, se salió del burladero que ocupaba en el callejón de las Ventas y subiéndose en el estribo exclamó: ¡¡Morante eres el Neptuno de la tauromaquia!! En ese momento lo elevó a la categoría de los dioses del Olimpo. ¿Es este el misterio?, o como también dijo: “Morante torea su existencia con su esencia”, ¿O es su  esencia?

Morante es un gran torero que practica el arte de dominar el toro, que es en suma el toreo, que es vida y es muerte. Morante opta por la vida, su vida expuesta al servicio del arte y con él,   la creación, sus movimientos acompasados dan vida a un capote que se mece sobre la arena.

Federico García Lorca decía que: “El torero mordido por el duende da una lección de mística pitagórica y hace olvidar que tira constantemente el corazón sobre los cuernos”.

“Se torea a compás, como se baila y se canta, a compás, pero también como se vive, o ha de vivirse, a compás”. Que diría otro gran referente de la verónica, quizás el mejor, seguro, Rafael Soto Moreno: “Rafael de Paula”.

“Todo lo que tiene arte tiene duende y todo lo que tiene duende tiene arte”, como los versos de Alberti

“Un prodigioso mágico sentido,
un recordar callado en el oído
y un sentir que en mis ojos sin voz veo.
Una sonora soledad lejana,
fuente sin fin de la que insomne mana
la música callada del toreo”.

Va a empezar el Carnaval del Toro. Deseo que todos los mirobrigenses y las gentes venidas de todas partes nos divirtamos en buena armonía.
Disfrutemos cada instante, porque son pasajes de la vida que no volverán. Aunque vendrán otros.

Hoy comamos y bebamos
y cantemos y folguemos
que mañana ayunaremos

Muchas gracias.

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