última hora

Pregón del Centro Cultural y Recreativo “El Porvenir” 2017, Jesús Alfonso Sánchez, Carnaval del Toro 2017

Interlineado+- AFuente+- Imprimir el artículo
Pregón del Centro Cultural y Recreativo “El Porvenir” 2017, Jesús Alfonso Sánchez, Carnaval del Toro 2017
Noticias relacionadas

Pregón del Centro Cultural y Recreativo “El Porvenir”
Jesús Alfonso Sánchez
Carnaval del Toro 2017

Embiste toro bonito,
Embiste por cariá…
morir se me importa un pito,
pues nadie me iba a llorá.

Aquí no hay plaza, ni hombre,
ni traje tabaco y oro.
“ Aquí hay un niño muy hombre
que está delante de un toro.

En matarme no repare,
te concedo hasta el perdón…
y como no tengo mare,
la Macarena me ampare
si me cuelgas de un pitón.

Heme aquí de nuevo, ilustres damas, altos señores, dispuesto a contarles, pian pianito, el sosegado – y también tumultuario y abigarrado – cuento del nuevo carnaval, el lance que, como el amor o el mar, se sabe dónde empieza pero no, ¡qué bella incertidumbre!, dónde termina.

En esta vida todo está ligado y concatenado de forma que no queda jamás ni una sola pieza suelta; todas las cosas tienen un número – dijo, hace ya la mar de años, Filolao. El ejemplo de las cerezas es muy socorrido aunque, de paso, quizás ahora nos resulte también insuficiente: los hombres y sus acaeceres están mucho más ligados entre sí que las rabilargas y arracimadas cerezas del frutero.

A CONRADO

A las cuatro y media de la mañana – siguiendo la hora nueva –el cielo de levante, allá por donde se pega con más amor a la tierra, empieza poco a poco a clarecer. Conrado, que ha visto ya muchas amanecidas, sabe que el día canta, como una piedra de honda que volase sin voz sobre nuestras cabezas, aún escondido tras la negra noche, antes de enseñarse. La noche habla, ¡lleva toda la noche hablando!, su lenguaje de mil tímidas lenguas diferentes: el grillo negro y el buey que respira, la rana verde y el pájaro que tiembla, la rosada lombriz y la ramita que cruje, el pez que salta, el viento que vuela, la piedra que cae, el esqueje que brota, el perro que aúlla, el niño que no puede dormir, el mozo que a lo lejos canta con su vozarrón.

Conrado, acurrucado bajo su capote, lo escucha todo, lo señala todo sin errar jamás: esto es esto; esto es esto otro; esto otro es aquello de más allá; aquello de más allá, ¿ qué es aquello de más allá?. Sí; aquello de más allá es el jadeante alentar de una moza a la que están besando, a lo mejor a una legua de aquí, por vez primera.

Conrado, de repente – ¿cuánto tiempo ha pasado? – se nota estremecer. Conrado escucha y por más que afina el oído, por más que pega la oreja al tambor de la tierra, nada oye. Un silencio de muerte envuelve, con su frío, a Conrado. La moza besada, se olvidó del beso; el mozo que cantó, no canta; el niño que no podía dormir se durmió; el perro, con las orejas gachas, no aúlla a las estrellas; el esqueje detuvo su botón rompedor; la piedra se pega al suelo con sus mil patitas invisibles, más pequeñas aún que las de las enredaderas; el viento paró en seco su volar; el pez no hace ya sus gimnasias al aire; la rama amansa sus rodillas para no crujir; la lombriz no hurga en el estiércol; el pájaro ahoga en miedo su temblor; la rana enmudeció; el buey guarda el aire en los bofes, y el grillo ya no rasca su laúd.

Es el día que nace envolviendo en su canto funeral, en su silencio de muerte, a la noche que muere. Conrado, cuando más doloroso es el silencio, vuelve la cara a oriente y nada ve. Pero sabe que es cosa de contener unos breves instantes la respiración.

Por el horizonte, la negra noche es ahora más negra que en el alto cielo. El negror de la raya del mundo brilla, como el azabache, de puro negro. El negror, en su agonía, hace unos raros guiños, breves, difusos, de color verde. No; no es verde el color de la raya del mundo. Ya no es verde. Es plata de oscuro tono, plata vieja. Es verde y plata vieja. Ahora es plata casi limpia, limpia. Y plata nueva. Es verde y plata vieja, verde y plata. El gris perla tiene sus asustados rayitos de azul. En el cielo, por encima del verde y de la plata vieja y de la plata, se ve una tinta azul. Y de color de rosa desvaído…Y malva…Y amarillo de oro.

Un pájaro pía. Es la señal de la mañana que nace. Otro pájaro le contesta y cien pájaros cantan a otros mil. El mozo ronca, la moza sueña, el niño respira, el perro husmea el rastro del conejo, el esqueje busca la ayuda del calor, el viento lame la alta y verde hierba en la que aún late la gota de rocío, la ramita se empina hacia la luz, la piedra cambia de sitio y el grillo pide a la chicharra que lo releve.

El toro brama al zorro desde el prado, y el ruiseñor canta al toro, desde el rosal silvestre de la tapia, y le silba la lechuza, enamorada, desde la copa de la encina milenaria.

Este ha sido el sueño de mi noche, he soñado contigo, eterno maletilla, y te he visto entre claros y oscuros, vestido de todos los colores, y has triunfado en mi alma matador.

Está ya Conrado en el redondel, ha tirado con desgaire su rico capote de paseo a una barrera. Desde los tendidos le saludan a voces. Había hecho el paseo de un modo desgarbado. Parecía que se le desmadejaban los miembros. Pero en este momento de abrir el capote por primera vez ante el toro, Conrado era otro. Se había transformado. De desmañado y caído se había trocado en un hombre rígido, apuesto, señoril en todos sus ademanes. Despacio, con elegancia insuperable, parados los pies, Conrado, en la cabeza del toro, iba llevando a éste suavemente de un lado para otro entre los pliegues de la tela. Su primer toro lo toreó bien. Llegó el cuarto.

El toro salió lentamente del toril y se paró con la cabeza alta en medio de la plaza. Su actitud era soberbia. El magnífico animal entusiasmó a todos. La plaza entera vibraba de pasión. Y allí estaba Conrado, reposado, elegante, con un gesto de supremo estoicismo. Con ese mismo gesto lento cogió la muleta y el estoque. El momento supremo había llegado. En la plaza se produjo un profundo silencio. Arriba, el cielo purísimo esplendía en su azul. Los primeros trasteos arrancaron ovaciones entusiastas. Conrado no había toreado nunca como toreaba ahora. Dueño de sí mismo y dueño del toro, sin alegrías inoportunas, sobriamente, con elegancia austera, el gran torero jugaba con el noble animal. La muleta pasaba y repasaba y las astas del toro cruzaban bajo los brazos de Conrado. Y, de pronto sobrevino la tragedia.

Conrado estaba con la muleta desplegada a un paso del toro. Se produjo en la barrera que ocupaba su amigo del alma un ligero rumor. Los espectadores cercanos al amigo se levantaban y lo rodeaban. Conrado se apartó del toro y fue hacia la barrera. Transcurrieron unos minutos de confusión. Al fin se vio que se llevaban al amigo entre varios espectadores. Comprendió Conrado lo que había sucedido. Las voces de los circunstantes lo decían. “¿Ha muerto el amigo? – preguntó Conrado a uno de los peones-. Dime la verdad. No me engañes”. “Sí – repuso el peón-; ha muerto”. Conrado estaba inmensamente pálido. Impasible, más erguido que antes, volvió al toro y continuó la faena. El silencio en la plaza era imponente. Conrado, pálido, inmóvil, citó a recibir y consumó la suerte de un modo prodigioso. El toro se desplomó en el acto. En la plaza resonó una ovación delirante. Bajó Conrado la cabeza y levantó la muleta en señal de saludo. Lentamente se fue al estribo, se sentó, puso los codos en los muslos, escondió la cara entre las manos y rompió a llorar como un niño.

El espejito roto en mil pedazos mientras se vestía, el aullido interminable del perro encerrado en el balcón del hotelito y olvidado de sus amos, la mancha negra que se cruzó con ellos cuando iban hacia la plaza revoloteaban en su mente sin parar, la mirada a los ojos de su fiel amigo y el abrazo antes de cerrar la puerta de la habitación le quemaban las sienes, recordó fugazmente el saludo de los admiradores en los pasillos del hotel y en el recorrido hacia el redondel, y recordó que le había dicho a su amigo: hoy no quiero torear.

Le pido a Conrado que me cuente sus pensamientos, que me cuente sus sueños, y él me cuenta: Por el invierno, mientras los gatos se adiestran en derribar tejados a maullidos y la luna, esa mala mujer, se agazapa tras la negra nube que amamanta los oprobios del frío, puede que un maletilla joven, cuajadito de rosados y escocedores sabañones, llore, piadosamente y sin saber demasiado por qué no se le da una oportunidad.

El amor no es entrega, como dicen los poetas, sino toma de posesión, como discurren los subsecretarios; el amor, a veces, es fraude y atropello, yugo esclavizador y abyecta vileza. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. “Abandonado de tus padres, la caridad te recoge”, esta frase entre administrativa y cruel, rezaba encima del portón de cada orfanato, esto, en mi opinión representa un auténtica cornada psico-moral al individuo niño, el cual quedaba marcado con el hierro del desprecio.

Ver la alambrada fronteriza, que desde la lejanía semeja un cable de la luz llena de tordos gigantes, es otra cornada, pero ésta psico-socio-política. Estos tordos son ciudadanos subsaharianos huyendo del hambre y de la tiranía y aquí ¿qué hacemos?, ¿les certificamos la puntilla?

Y le pregunto que qué piensa del dinero, y me responde: el dinero pesa demasiado en el bolsillo y aún más en la conciencia, y después se enquista y pasan las cosas que pasan y se arman los líos que se arman. En el mundo hay mucho dinero, hay dinero para todos y para dar y tomar; lo que no tiene sentido común es guardarlo para mirar para él como si fuera un cuadro. El dinero es para ser gastado con alegría; si no quema y lo peor es que la quemadura del dinero acaba siempre infectándose; se conoce que es venenosa, es como la mugre que se pega a las conciencias como la humedad a las paredes, hasta que las derriba.

Cervantes dice en El Quijote que bastante desdichada es la persona que a las dos de la tarde no ha desayunado, y Séneca advierte que un pueblo hambriento no atiende a razones. Y recalca Cervantes que la verdad bien puede enfermar, pero no morir del todo, aprendamos de ellos y hagámosles caso.

Conrado ya lleva mucho camino andado, se sienta a la sombra de un carballo, a descansar y a poner los pies en alto- que es una honesta y resignada y poco comprometedora manera de echar los pies por alto-,y piensa, mientras escucha a una moza cantar al tiempo que sacha, en las golondrinas del cielo, en la Edad Media, en las serpientes de la mar y en otras vagas ideaciones que le confortan.

Sobre los montes, dos nubes que semejan dos manos fantasmales, señalan, con sus blandos y cambiantes dedos, la cabeza de Conrado. Conrado que, ¡no lo puede evitar!, más bien cree en las brujas que deja de creer en ellas, se tapa el mirar con la muleta y espera a que el viento, ese gran aliado, se encargue de pintar otras pinturas en el cielo. Y el maletilla para no albergar en su cabeza pensamientos malsanos, se tumba a dormir en un rincón, pensando en vanos y angelicales revolares, en los revolares que se irá bebiendo, con tanta ilusión como esperanza, por el prolongado cáliz de los caminos de España, de los caminos cuyos pasos, igual que las arenas de la mar son incontables. Y sueña con que prefiere apagar su sed por las tabernas, por las murmuradoras, por las rumorosas, por las vivas tabernas mirobrigenses, donde se sirve el vino con los viejos rituales, como rociándose las telas del hígado con un vino tinto de Castilla, espeso, dulzón y nutritivo como los amores de las personas mayores. Está con los amigos, que almacenan en los entresijos del alma, inmensos chorros de cautelosa paciencia y abismos insondables donde crecen, confortables y casi preocupadoras, las tímidas hierbecitas de la resignación, se sienten felices al contemplar el vuelo del cernícalo que escapa hacia la vega, o el arrear del gazapo que nació en el Teso de María de lo O y se perdió aún muy niño, o el alto revolar del alcotán que anida en la sierra, que ama en el valle y que a lo mejor ha de morir, con un plomo traidor en el corazón, en la Peña de Francia, el día exacto que está apuntado en el misterioso libro que guarda, inexorable y cruel, el extraño y zascandil diosecillo de los pájaros.

Poco más tarde está profundamente dormido. Un nido de avispas zumba en el hueco de un árbol. Una rapiña vuela con un gazapo entre las garras. Un lagarto inmenso, un lagarto verde, amarillo y rojo, sale huyendo desde los pies el novillero. Una cigüeña con una culebra al pico se dirige hacia su nido.

En sus sueños eternos, por los montes de Macarro, entre avellanos y robles, aún salta el corzo en las noches de luna llena, y canta la perdiz y huye la liebre. El conejo de monte saltó, tan libre como el novillero, por entre las retamas, y la confiada mosca del campo abierto revolaba la sangre que una espina saltara en la mano del muchacho. Una bandada de palomas cruzó por los aires y un jilguerillo cantor silbó en la zarza del camino. Escondido entre la hierba o agachado detrás del cristalito de cuarzo, un grillo afinaba su laúd.

Se va acabando una era, una época de nuestra historia reciente, un tiempo en el que he pensado muchas veces y siempre me he preguntado lo mismo: – ¿estos hombres de vocaciones tan sumamente fieles se habrán sentido desgraciados, acongojadamente desgraciados, o felices, inmensamente felices? Son esa clase de seres que siempre encuentran un zarza amiga, un sendero clemente y esos dos palmos cuadrados de tierra de nadie que un hombre necesita para descansar o si, las cosas vienen mal dadas, para morir.

Nos despedimos, paulatinamente, del gustoso vagabundeo. ¿Nos quedará alguna compensación? ¿Los libros? Hemos leído tanto – si es que hemos leído-, que ya lo sabemos todo. Sabemos algo que no dicen los libros; sabemos lo que la vida nos ha enseñado.

Hombre ejemplar que combatió contra todas las adversidades. Los caminos se abrirán, una vez más, a su libertad, y las estrellas serán, una noche más, el techo de su sueño. Un búho le silba, pesadamente, desde el bosquecillo de pinos, y los murciélagos vuelan, como atontados, a dos palmos de las cabezas de los caminantes. El sol, ese viejo y tolerante compadre de todos los peritos en duras y polvorientas veredas de secano, le escucha, desde su alto nido, casi sonriente, casi condescendiente, casi clemente.

Entre cinco hormigas afanosas, se llevaban una avispa muerta, una avispa que había envejecido de repente, como sin darse cuenta, a la media tarde, aún con el sol columpiándose en el medio del cielo.

Me engrandeció charlar, aprender y viajar con este hombre, que habla con una dignidad y una humildad propia de un catedrático. Nuevamente gracias Maestro.

A LOS CORREDORES (PICHOGA)

Y ahora vámonos de encierro.

Por el cielo del reino de España, que es un cielo musulmán poblado de bellísimas huríes, vuela la albinegra y sosegada cigüeña.

A ras de suelo un milenario enfrentamiento se prepara, la niebla ha subido río arriba, muy de mañana, con su paciente trote de bestia mitológica, y el aire se ha hecho suave, tímido, tibio, igual que un débil aliento enamorado. Llueve sobre Casasola, tiernamente, como pudiera llover sobre un corazón. Cerca, un perro vagabundo, con el rabo entre piernas, las orejas lacias, las lanas empapadas, pasa a un trotecillo aburrido, como escapando, sin demasiada ilusión ni esperanza, de su propia soledad.

Un corredor, olvidado del mundo y de sus pompas y vanidades, se sienta en el suelo, a ver pasar la gente y a tomar el sol, esa estrella que derrocha sin conocer la ruina. Está feliz, desnudo y solo, igual que el mirlo que canta en el castaño.

Un mozo de rojo pañuelo de seda al cuello va cantando, ahora que son los días de la función, preparándose para el encierro de la mañana siguiente, y un viejo, desde un poyo del camino, hace, parsimoniosamente, recuento de las tres glorias pasadas.

Un corredor bebe vino en una bodega, al lado de los amigos, y distingue la sed de los cuerpos de la de los campos, la sed de la carne de la de las tierras, la sed de vino de la sed de agua. Un airecillo suave que se cuela por una rendija de sol, para el sudor sobre la frente ardorosa o sobre la húmeda mano. Fuera, las moscas zumban en enjambre. Un perro pasa, el rabo entre piernas, la lengua seca, husmeando distraídamente sabe Dios qué suerte de rastro perdido.

El pueblo siente correr la savia por sus venas y gusta de mirarse, siempre el mismo, en el espejo abierto del campo.

Mientras tanto, el toro (Toro de amor, de llanto, de tristeza – toro inclemente en loco desvarío) espera, como un dios de la Antigüedad, pausado e incansable, la legión de artistas (corredores) que nutra, como en una llama eterna, su eterno, insaciable y perdurable amor.

Un buey rubio y viejo, de largos cuernos y cara azulada, como un caballero toledano, bebe, no más que acariciando el agua con el morro cano, en el pilón de una fuente fecunda, en el pilón que hay al mismo lado del lavadero. Cuando termina de beber levanta la cabeza y pasa, humilde y sabio, por detrás de las mujeres. Diríase un eunuco leal, aburrido y discreto, guardador de un harén bullicioso como el levantarse de la mañana. El pregonero sigue, con la mirada llena de perplejidad, el lento, resignado andar del animal. El pregonero, a veces, se queda parado ante las cosas más inexplicables.

Se presienten, en el cercano encierro, caballos enfurecidos y perfiles de jinetes, toros en reyerta subiéndose por las paredes, sangre resbalada gimiendo tristes canciones. El viento silbador se ha desatado sobre la llanura y los escasos árboles se doblegan serviles, a su paso; se oyen, entre el silbar de viento y el lamentarse del agua de las charcas, los juncos que se quiebran para que pase el hombre montado en su caballo, para recorrer de nuevo el tembloroso camino de tantos encierros. Por los ojos de las chicas galopan los caballistas. Áridos hacen los ojos, paisajes de caballista. El día se irá despacio, la tarde colgada a un hombro, dando una larga torera sobre el mar y los arroyos, mientras el cielo reluce como la grupa de un potro, cuando los erales sueñan verónicas de alhelí.

Y los martillos cantaban sobre los yunques sonámbulos, el insomnio del jinete y el insomnio del caballo. Un caballo malherido, llamaba a todas las puertas, por la calle brinca y corre caballo de larga cola; brama el toro de los yunques y el toro de Los Talayos, llenos los morros de espuma, y en el musgo de los troncos la muerte tendida canta. Los cien caballos del rey en el patio relinchaban.

Dos perros se aman a pleno sol, tercamente, violentamente, descaradamente. Una clueca pasa, rodeada de polluelos amarillos como la mies. Un macho cabrío asoma, erguida la cabeza, profundo el mirar, orgullosa y desafiadora la cuerna, por una bocacalle. El viajero mira, por última vez para las lavanderas, se levanta y se va. El viajero es un hombre con una vida llena de renunciaciones. Un niño solitario juega con unos huesos de albaricoque, mientras una moza lejana canta con una voz sonora como un cascabel el último cuplé que la radio ha dejado caer sobre Miróbriga. Una vieja muy vieja toma el sol que solo puede tomarse a su edad, y unas golondrinas pasan a media altura, persiguiendo veloces los ciegos, los sordos zigzags del aire.

Es la media tarde en el pueblo y las cigarras cantan su silencio en los árboles de la plaza. Cuando pase algún tiempo, a esta misma hora, las cigarras enmudecerán para que sobre la plaza, rodeada entonces de tablaos, flote el cálido, somnoliento olor de la sangre del toro ibérico, el homenaje a las gentes que trabajan sin fatiga durante trescientos sesenta días y una maña, para palpar sin dolor, en una tarde, el aroma violento de la sangre que brilla al sol, como una virtud, sobre las agujas del animal que muere dando la cara porque sabe que está cumpliendo con su deber.

Antes del encierro, ya nerviosos, los mozos cuentan que en la plaza de Madrid, un toro murió antes de que lo matasen, mi amigo Jesús, “Jesua”, dice que: quién sabe si de asco, quién si de glosopeda, quién si de tristeza y aburrimiento y asco. En todo caso, lo que parece fuera de duda es que el toro no murió de muerte natural – la muerte airada y el arma blanca del ganado bravo-, sino de la artificiosa y enfermiza muerte de las especies mansas no habitualmente comestibles: las cigüeñas, los gatos, los hombres. Y recalca: el resto son “ bobas”.

Da dolor imaginarse un combatiente con el escudo del ánimo destemplado, la gallardía depuesta, la ilusión derramada de su alcanía de oro. Luchar sin esperanza de victoria; luchar tristemente y sin sentirse individuo; luchar gregariamente, como lucha la tropa en la sucia guerra de las armas, aquella cuyos efectos no se ven con los ojos de la cara, esos ojos que siempre acabará comiéndose la tierra, suena dentro de nuestros oídos a maldición de Dios, a ejemplar castigo bíblico.

Como esperar dudando de que alguna vez llegue la hora; como amar a una muerta; como componer versos sobre la arena de la playa, que la mar y el viento alisan eternamente; como estar herido sin remisión y sin causa justa.

Gorjón comenta que el toro enfermo no salió de los chiqueros gallardo, desafiador, con el mirar deslumbrante, la cerviz violenta, la hermosa y negra cuerna florida. El toro enfermo salió a la plaza sin romper, salió con la conciencia embolada como la cornamenta de un toro portugués: el animal de la simulación y el fatídico destino, la bestia que sabe de todas las suertes sin que le quepa jamás el consuelo de matar sangrando o morir haciendo carne.

Otros opinan que si quitásemos a los toros bravos la ciencia cierta de acabar sus nobles, sus violentos cuatro años con tres palmos de acero cruzándoles las entrañas, los toros, como flores segadas, no serían sino el bello recuerdo de una estampa de un cimbrearse al viento, de un inconcreto aroma.

Otro piensa que la lucha es bella- la lucha, sin más- y la muerte no es otra cosa que un accidente de la misma lucha, una de las varias maneras de terminar.

Pero quienes coman la carne del toro enfermo, enfermarán del ánimo y correrán peligro de caer en los estados de abatimiento. Porque en la sangre del toro enfermo, en el desolladero, ningún monosabio mojó sus alpargatas (yo por lo menos no dice); porque las alpargatas de los monosabios, que tienen alas de golondrina, no adquirirían dureza, ni ninguna otra virtud, con la dulce sangre del toro enfermo. Y podían perder velocidad, una de las tres columnas del buen fin. Y elegancia.

Es tanto lo que pesa en el ánimo del pregonero la idea de una vida que se troncha sin gastarse, que sólo esto- y el pregonero piensa que no es poco- le encoge el ánimo cuando su afición, su real y verdadera afición, le lleva tarde tras tarde, por el camino incierto de la plaza, por el camino misterioso y lleno de sorpresas que le conduce al más sorprendente, misterioso e insólito espectáculo que hayan visto los siglos.

El encierro está a punto de empezar, es gracioso ver el avispero humano bullendo como una olla de garbanzos, latiendo como un descompasado orfeón de corazones huérfanos, viviendo a golpes y a trancas y barrancas; igual que las hormigas del hormiguero que el niño malo pisó después de que su primo, aquel ruin pelirrojo, lo había ya meado venenosamente.

Pero es gracioso verlo – y también meritorio – no desde el cómodo andamio del espectador, como los toros en la plaza de toros, sino desde dentro y fundiéndose con el mismo espectáculo: un poco al estilo del violento encierro de los sanfermines y librando, el que libre, por tablas y con la lengua fuera.

El corredor, después de su confusa y piadosa oración, sale a la calle a empaparse, avaramente, con la lluvia, que cae lenta como una bendición: igual que un viejo y complicado amor. El corredor – no es por nada- quiere coger en Valhondo su abundosa provisión de agua, quiere llenarse hasta el borde las cantimploras del alma, los mismos vasos que el sol secará sin remisión en cuanto vuelva a recorrer la heroica, la estrecha calleja.

Y los toros bravos, cuando cruzan los pinos como llevados en alas del misterio, siembran el miedo y el dolor, la galerna y la desesperación por doquier. Ese pie descuidado en las agujas es cogido por el asta embravecida, brota sangre que escita aún más al toro, se revuelve, embiste contra el público; ya se llevan al herido, cojeando. Un tropezón tardío acaba en lucha viva contra el toro, está en el suelo, el toro lo levanta por los aires, cae herido, apoya un codo roto contra el suelo, los ojos ya no ven, sangra el abdomen, lo arrastra en un desmayo casi eterno, grita el pueblo el dolor de aquel muchacho. Un empujón se escapa, un codazo se abre paso, una caída hiriente como lija, está el toro cuadrado ante sus ojos, ahí lo tiene, la muerte está presente, su respirar profundo, su cerviz doblegado, sus pitones no ceden un segundo, el sudor cae a chorro, las babas le caen sobre las manos, el costillar se marca, y en un instante crítico una voz seca, un golpe helado sobre el cuello del toro, un trapo al aire, una carrera corta atrae al toro, y el herido es llevado hacia las tablas y en volandas lo sacan del infierno.

Y es ley de la mar y artículo de fe entre marineros, que el que no cree en los navíos fantasmas con ellos habrá de cruzarse alguna vez en su vida, por castigo de Dios.

A veces el corredor discurre que los pies tienen alma, como alma tiene el corazón. En el camino, son los pies los que piensan; también los que aman y los que padecen. En el camino a los pies les nace una brújula entre los dedos, un minúsculo ingenio que sirve para aconsejar. Entonces, cuando los pies frutan, tímidos y robustos como majuelos, es cuando se camina a gusto y sin pensar.

El corredor nota latir su corazón dentro del pecho como un viejo volcán a punto de estallar, tiene frías las manos, suda en la frente, mira hacia atrás y no ve nada, anda pausado y vuelve mirar y ve a lo lejos los toros en manada que se acercan, corre y mira de nuevo y los ve cerca, a dos metros, y aprieta con fuerza los dientes y acelera el paso hasta lo máximo y nota el aliento del toro en su cogote, y el alma queda limpia y el pensamiento ausente, es el momento clave, la vida está en peligro, soy consciente y en un último impulso hacia la vida, se retira en un quiebro enloquecido y viene la sonrisa, ese placer inmenso de haberlo sentido en la epidermis, es la muerte del toro que me enhebra y en un último salto me abro paso, se me tensan los músculos y acude a mi cara una sonrisa.

Más no siempre es así, a veces un gesto improcedente, una voz a destiempo crea la alarma; es campo abierto, el toro está en su reino, se le cita bravío: ¡Je toro!, y éste orgulloso de su ser y de su historia responde, se para ante el peligro, desafía, lleva fuego en el iris des sus ojos y brama, muge como un loco, el silencio se hace, la tragedia se masca, el corredor desprotegido busca refugio en la atalaya más próxima que encuentra, la suerte ya está echada, el toro se ha fijado, se aproxima al alambre, porta dos velas cortantes como la verdad en un juicio sumarísimo y afiladas como las picas de Flandes con el miedo de la muerte.

Se asomó desde lo alto, al balcón que lucía ese toro negro, de torvo mirar, furioso, y tembló en esa alambrada fina, movediza, como tiembla el chopo cimbreado por el viento suave del atardecer.

El toro escarba, muge, embiste, y el corredor desprotegido cae el suelo como ese trapecista con el ala rota, como ese mamífero volador que no se encuentra con nada ni con nadie en su caída, con el radar oxidado, con los ojos vueltos y el aliento débil, el cuerpo cosido a cornadas y la honra arrastrada por el suelo, donde los grillo ya dejaron de cantar y corrían los ratones buscando un tranquilo agujero desde donde observar.

La cogida es enorme, quedando el mozo destrozado, agujereado, hecho un ovillo, exangüe, con las manos en el vientre, encogido; una de esas cogidas al amanecer, acaso con un cielo lívido, ceniciento, tormentoso, que pone sobre la llanura castellana, sobre el caserío mísero de tobas y pedruscos, una luz siniestra, desgarradoramente trágica.

Hay balcones muy duros y alambradas muy finas, pero sobre todo hay lecciones magistrales que nos da la vida y que nunca debemos olvidar y una de ellas es que cuanto más alto se sube más dura será la caída, sobre todo si se ha subido mal y a destiempo.

Y cierto es, y muy verdad, que no todas las cornadas son iguales, las hay más dolorosas las unas que las otras, y esas que se ciñen en el rincón del alma donde habitan el orgullo y amor propio son tremendas, dolorosas, inolvidables.

Pasado breve tiempo las aguas retornan a sus cauces, las letras a sus cajas y la paz a los corazones. Más vale así.

A los médicos quieren hoy los corredores, en mínima correspondencia, expresarles sus ilusionadas gratitudes: porque les devolvieron la salud; porque les obsequiaron con su amistad, y porque supieron despertar en sus espíritus los recónditos veneros de la alegría.

El andar tierras y comunicar con diversas gentes – nos dice Miguel de Cervantes en el Coloquio de los perros- hace a los hombres discretos. El pregonero sospecha que, al menos, desasna el sentimiento, pule la inclinación y doma y peina el hirsuto pelo de la dehesa, que es siempre el peor y el más duro y zahareño.

Cuando los guitarreros pasan, rascando las bandurrias y las guitarras, por la calle abajo, un vientecillo de siglos se estremece ligeramente sobre las altas copas de los árboles, delante de la iglesia. Se detiene en su paso la mujer que cruza, de vuelta de la fuente del pilón, el pilón de piedra más duro del mundo, el de la fuente de las tripas, el del agua buena, para verlos pasar, y la cigüeña que cuentas las horas, conforme van cayendo, desde su nido del alto reloj de la torre, mira con sus grandes ojos atónitos el mismo espectáculo que vieron las cigüeñas de cuatrocientos años atrás.

A MARI, LA CAMPANERA

En la Plaza Mayor han cercado las bocacalles con recias talanqueras; llamean los cubrecamas rojos, encendidos, en los balcones. Mari, desde su campana gorda, anuncia que se va a celebrar la capea nocturna. Todos los mozos del pueblo se hayan congregados aquí; tienen los carrillos tostados y bermejos. En las ventanas asoman las bellezas nativas: algunas redondas de faz, con las dos crenchas de pelo lucientes, achatadas; otras, de cara fina, aguileña, y ojos verdes, de un transparente maravilloso verde; mozas que, en medio de esta rudeza, de esta tosquedad ambiente, tienen – acaso rezago secular- una delicadeza y señorío de ademanes, una melancolía e idealidad en la mirada que nos hacen soñar un momento profundamente.

La capea va a comenzar, hay gran alboroto; se oyen voces de vaya y venga el toro. Todos muestran ansias por sentarse precipitadamente en los tablones. Suena de pronto un clarín. Jesús, el pregonero, se pone en medio de la plaza y principia a vocear: “Manda el alcalde…”. De pronto surge un torazo tremendo, iracundo, con los cuernos en alto. Se produce en la multitud de mozancones un movimiento de pánico; se retiran todos, corriendo, hacia las talanqueras; escalan por las mismas. Se levanta un ensordecedor clamoreo. El buey está en medio de la plaza, parado, inmóvil. Nadie se atreve a dejar las vallas; transcurren unos instantes. Vese luego adelantarse “un jaque presumido de ligero”, “zafio, torpe, soez, más traza tiene que de torero de mozo de cordel”. Poco a poco, pausadamente, con precauciones, se va acercando al toro. Súbitamente, antes de que el toreador se le aproxime, el toro parte furioso contra él. Corre despavorido el truhán; en la multitud estallan aplausos irónicos, voces, carcajadas, silbidos. “Corre que te pilla”, le grita uno. “ Detente, bárbaro” vocifera otro. El mozo, perseguido por el toro, no vuelve a salir a la plaza. Otra vez se encuentra el toro solo. Se llega luego hacia las talanqueras. Desde allí, la tímida afición, que se llena de valor estando a salvo, se ensaña con el toro, le detienen, cogiéndole por la cola. Los anchos y tristes ojos del animal miran despavoridos a todas partes.

Cuando logra desasirse de la muchedumbre, torna al centro de la plaza. Entonces sale a su encuentro “un malcarado pillo”. Tiene la “vista atravesada”; “se pone en jarras”, “ escupe por el colmillo” y exclama: “ Échenme acá ese animal”. Corre el buey hacia él; muéstrale el bergante la capa; rápidamente el toro corre por un lado con el trapo rojo entre los cuernos y el galopín (pícaro), encorvando el lomo y haciendo piruetas, por otro… Resuena otra vez el clarín: el toro va a ser muerto o va a ser encerrado de nuevo. En este último caso, salen “ el manso y el pastor de la vacada” y se llevan al animal al toril.

El sol está cayendo, ha caído ya, más allá de los montes que quedan en el lejano camino de la mar, y Mari y su perrillo fiel se quedan en silencio, como esperando a que la noche, de un momento a otro, rompa a llorar.

Es buena para el alma la dieta de silencio, de sonoro silencio, de la noche compasiva. Se hace el día con mayores fuerzas, se rompe y se rasga con mayor valor ese durísimo telón de muselina que separa los deseos inútiles de las esperanzas ya conseguidas.

No se mueve un suspiro y, sin embargo, la noche tiene todo el aspecto de un inmenso, de un amable suspiro que enamora.

Retumba por la noche el clamoroso rodar de los siglos encadenados al recuerdo, ¡ vano recuerdo y falaz memoria ¡, de los hombres, y el hombre solitario que contempla la noche aún estorbado por el latir de su triste y doliente corazón, asiste, con su corazón en un puño, al espectáculo que la noche le ofrece, esquiva e insinuante, ofrecida y negada con reiteración, coqueta y despectiva, complaciente y litúrgica como un hurí del paraíso de Mahoma, el cielo de los caminantes de la noche, de los infatigables viajeros de la noche; la noche por delante y a sus espaldas, la noche bajo sus pies y la noche, igual que una corona liviana, sobres sus cabezas, adornándoles las sienes, plateándoles la sosegada y fiera mirada.

Sin duda alguna es la noche, ese misterio por el que el pregonero se dejaría matar como por el honor de una novia joven, hermosa e injuriada.

Sí. Es la noche negra, la noche que se reitera como un beso, la noche que permanece como una bella presencia que se ata al clavo ardiendo del recuerdo.

Volvamos a escuchar el latido de la noche; su silencio, que suena como una caracola; su misterio, que sobrecoge como el vuelo pausado y helador de los fantasmas que pueblan los cementerios abandonados, los románticos cementerios de la zarza y la ortiga, la borrosa lápida y el tenue aroma del recuerdo.

Sí. Es la noche: ese misterio que el pregonero no entiende, que el pregonero ama con su mejor amor y sin saber por qué.

Parado en la más alta cumbre de la noche campesina, se hace el día ánima en suspenso, se nutre de misterio, amamanta su espíritu errabundo en la ubre fecunda de la noche.

Fuera de murallas, como vigía eterno de cientos de encierros y carreras, vivió un olmo añoso, copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizás, como la piedra más vieja de la ciudad. El olmo ya murió, fue sustituido por una encina, pero ésta no prendió, (se conoce que al viejo olmo no le gustaba que nadie le hiciera sombra ), se secó inútilmente junto a la fuente que la veía suspirar mientras moría. Los hombres no comprendemos el lenguaje de los árboles, menos aún de los viejos árboles, esos que mueren escoltados por cientos de secretos que solo sus raíces y su sabia conocen. Chillan los gorriones en el olmo de la fuente, ante el balcón abierto lleno de macetas de geranios, y un canario amarillo canta en su jaula, erizando las plumitas de la garganta, un gato duerme al sol, dentro del cuarto, y un niño pequeño mea gloriosamente, desafiadoramente desde el balcón.

Yo le estoy muy agradecido al viejo olmo y guardo de él un buen recuerdo, es lo menos que puedo hacer porque la ingratitud es un feo vicio, casi tan feo como la envidia.

El olmo se llevó, con su memoria, la declaración de amor de un gitano, amigo mío, un lunes de carnaval:

Veinticinco calabozos
tiene la cárcel de Utrera:
veinticuatro he recorrío
y el más oscuro me quea.

Y la gitana, de los ojos cautivadores, preciosos como lunas verdeazuladas, responde a su gitano malherido de amores:

¡Ay! ¿A dónde va a llegá
este queré tuyo y mío?
Tu tratas de aborrecerme,
yo ca vez te quiero más.
¡Que Dios me mande la muerte!

Y el gitano ya enhebrado, le responde a su gitana:

Dios, con ser Dios le temió
a la muerte que viniera,
y yo por ti perdería
varias vías que tuviera.

Un galgo negro ronda al árbol gordo, mientras el gitano come sus sopas de ajo y su tortilla de escabeche a su sombra; es un perro respetuoso, un perro ponderado que ni molesta ni pide, un perro que lleva su pobreza con dignidad, que come cuando le dan y, cuando no le dan, disimula. A su sombra ha entrado también en escena un perro rufo y peludo, con algo de lobo, que mira entre cariñoso y extrañado. Es un perro vulgar, sin espíritu, que gruñe y enseña los colmillos cuando no le dan. Está hambriento, y cuando el gitano le tira un pedazo de pan duro, lo coge al vuelo, se va a un rincón, se acuesta y lo devora. El galgo negro lo mira con atención y ni se mueve. El gitano se suelta las botas, pone el morral por almohada, se emboza en su manta y se echa a dormir en el suelo, en un rincón. A su lado, el galgo negro se ha echado también, como para vigilar su sueño. El perro rufo se marchó a la vega; era un perro sin carácter, un perro al que le faltaba sabiduría y que no aguantaba estar mano sobre mano, durante una hora o una hora y media, sin hacer nada.

El gitano sueña con la criada del mesón de Utrera, es hermética y displicente, no habla, ni sonríe, ni mira. Parece una doma mora. Y empieza a soñar ahora con su gitana, la de los ojos verdes, y se enamora de su tez morena y sus cabellos negros sobre los hombros, y sus brazos desnudos y su andar esbelto, la mira de reojo y se la come (son memorias de un árbol centenario, por qué no entenderemos su lenguaje, por qué no se pueden pedir peras al olmo ni vino a las fuentes de los caminos).

En la plaza del castillo, un vagabundo errante, jinete sobre un verraco ibérico, pregona, sobre sus cuatro mil años de historia, su locura (es D. Quijote disfrazado de bohemio que no quiso perderse esta ilusión).

El niño de la guardabarrera, sentado en una piedra de la vía, dibuja en su cara de lobezno la sonrisa del que se divierte viendo cómo el prójimo se desespera. El niño, como tiene el pelo colorado, no alberga muy buenas intenciones debajo del pelo de la cabeza. Después de todo, el niño tiene sus respetables y no muy claros puntos de vista. El muchacho adivina, en la mente de los que aquí llegan, que vienen buscando la caridad de una palabra de buen amor, la fe de un vaso de buen vino o la pagana esperanza de una moza de buena planta.

Shakespeare (Macbeth) viene en mi ayuda al señalar, textualmente, que la vida es como un cuento narrado por un idiota.

Amiel, en su Diario, dice que la incomprensión de quienes amamos es lo que pone en nuestra boca esa sonrisa dolorosa y melancólica, tan extraña.

Y Saramago nos alumbra cuando nos dice que del suelo sabemos que se levantan las cosechas y lo árboles, se levantan los animales que corren por los campos o vuelan sobre ellos, se levantan los hombres y sus esperanzas. También del suelo puede levantarse un libro, como una espiga de trigo o una flor brava. O un ave. O una bandera. En fin, ya estoy otra vez soñando. Como los hombres a los que me dirijo.

Simplemente añadir que conocer un pueblo significa comprender, de la manera más exacta posible, su paisaje, su cultura, sus tradiciones y los hombres y mujeres que lo habitan.

Las compañías que en estas páginas reúno, las compañías de las que hoy me acompaño, ignoro si son buenas, malas o regulares; las compañías no más que por serlo, ya son convenientes – la buenas y las malas- y, a veces, una mala compañía puede ser necesaria ya que, al decir de Séneca, ningún bien se goza en soledad. Ni ningún mal – pudiéramos seguir aquí- se conlleva si no es reclinado sobre el fragante corazón de otro.

Y una vez más ruego que nadie, absolutamente nadie, se dé por aludido (por aludida). Lo dicho no es una declaración de amor sino una declaración de principios.

Este pregón ha sido documentado en toda su extensión de los siguientes libros de CJC: Primer viaje andaluz, Viaje a la Alcarria, Tobogán de hambrientos, Garito de hospicianos, Del Miño al Bidasoa, Nuevo Retablo de Don Cristobita, Memorias, entendimientos y voluntades, Las compañías convenientes y otros fingimientos y cegueras; un rasguño del libro de José Saramago: Levantado del suelo; una pincelada “Del Romancero gitano”, de F. García Lorca; y una ilusión de las “Obras selectas” de Azorín, con su albero. Lo que no es de estos autores es mío de mi corazón, de mi alma y de mi voz.

Queridos amigos, levanto de nuevo mi copa a vuestra salud, deseándoos un feliz carnaval y hasta la próxima, que ya se sabe que no hoy dos sin tres, ni regla sin excepción y a veces a la tercera va la vencida. Espero que el tópico de que segundas partes nunca fueron buenas se haya roto en esta ocasión.

FELIZ CARNAVAL

 

0 Comentarios

Sin comentarios Este artículo no tiene todavía comentarios

Lo sentimos!

Pero puedes ser el primero Deja un comentario !

Deja tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados con *

  Acepto la política de privacidad

Información sobre protección de datos

  • Responsable: MASHFE, C.B.
  • La finalidad de la recogida y tratamiento de los datos personales que le solicito es para gestionar tu solicitud en este formulario de comentarios.
  • Legitimación: Tu consentimiento.
  • Comunicación de los datos: No se comunicarán los datos a terceros salvo por obligación legal.
  • Podrás ejercer tus derechos de acceso, rectificación, limitación y suprimir los datos escribiendo a redaccion@ciudadrodrigo.net así como el derecho a presentar una reclamación ante una autoridad de control.
  • Contacto: redaccion@ciudadrodrigo.net.
  • Información adicional: Más información en nuestra política de privacidad.

 

Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Banner
Booking.com

últimos comentarios

ESTORZAHUERTOS
February 25, 2020 ESTORZAHUERTOS

Tanta gente descontrolada bebidas y de mas sobra y tan poca seguridad [...]

ver artículo
JUAN
February 25, 2020 JUAN

Las carrozas que le busque el Ayto otra hora para desfilar no puede ser tan [...]

ver artículo
Picador
February 24, 2020 Picador

Que sectaria es la gente, en España existe libertad de movimiento, nadi puede impedir a [...]

ver artículo
Nick
February 24, 2020 Nick

Tienes parte de razón, Vecino; no solo la suciedad viene de los de fuera, pero [...]

ver artículo