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Pregón de la Peña Puerta del Desencierro, Nicolás de Elías Vegas, Carnaval del Toro 2017

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Pregón de la Peña Puerta del Desencierro, Nicolás de Elías Vegas, Carnaval del Toro 2017
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Pregón de la Peña Puerta del Desencierro
Nicolás de Elías Vegas
Carnaval del Toro 2017

[CANCIÓN DE ENTRADA: CANTA UNA COPLA]

Querido Julete, después de lo expuesto y a pesar de las inmerecidas alabanzas que no hacen sino constatar el cariño que nos profesamos, incluso desde antes que invadiera vuestra familia, espero salir airoso del embolado en el que me has metido y desde luego no defraudarte, ni a ti ni a los miembros de la Peña Puerta del Desencierro, ejemplo de saber hacer, agradeciendo y confiando en la labor realizada por los veteranos y mostrando el camino a los jóvenes pensando en el futuro, así de sencilla es la fórmula y a la vista está que funciona, son ya años los que la contemplan y puedo dejar constancia de que goza de una inmejorable salud. A todos, gracias por vuestra confianza.

Y por supuesto me siento muy honrado y agradecido con la presencia de todos ustedes, autoridades, público en general, mis compañeras de la Diputación, todo un detalle el vuestro y mi querida Rondalla en esta noche tan especial para mí, cargada de miedos e ilusión.

Lo cierto es que lo que me precede en la envidiable historia de los pregoneros de esta peña hasta este momento, al margen de mis añorados tíos Santiago y Adolfo, magos en el manejo de la palabra, han sido un auténtico elenco de eruditos de la misma, como quedó constancia en el magnífico pregón de Pepita Zafra el pasado año. Y por supuesto, que decir de mi querido abuelo Santiago Vegas Arranz, cronista oficial de Ciudad Rodrigo al que nuestra ciudad supo valorar en su justa medida dedicándole una calle que adorna orgulloso con su nombre, como otros tantos farinatos de pro. Y que en uno de sus cientos de artículos periodísticos decía de nuestras fiestas “por eso en estos días, Ciudad Rodrigo, austera, conventual y bella, ceñida con el cinturón de su muralla, en estas fechas de sus fiestas, se despereza, sale de sí misma se da un baño de alegría y como corresponde a un sano pueblo castellano sabe divertirse. Porque divertirse es también necesario”. Y añadía “lo que si podemos asegurar es que jamás, ha habido un forastero que participando de estas fiestas haya quedado decepcionado”.

Pues bien, no creáis mis queridos amigos que uno va a poder llegar a tan altas cotas, lo mío será un pregón de mucho menor calado, pero desde luego os aseguro que está preñado de todo el cariño que uno puede poner desde lo más profundo del amor que siento por la tierra que me vio nacer y a la que entrego, con la inestimable colaboración de la mujer de mi vida, Paloma, dos farinatas: Marta y Lucía, que desde muy temprana edad han apuntado maneras que aseguran la defensa y el futuro de nuestro inigualable Carnaval. Cierto es, que han tenido magníficos maestros en sus abuelos Pilar Vegas, Julio Moriche y Nicolás de Elías que junto al Todopoderoso nos protegen y a los que con justo merecimiento mantendremos siempre con profundo cariño en el mejor lugar de nuestro corazón, con amor y sencillez, porque así fueron. Y por supuesto Dori, un ejemplo de que la edad no tiene límites para disfrutar cada momento del Carnaval, incluso criando nietas, aunque un ratito en casa para descansar Dori, tampoco está de más.

Pero el punto de referencia del carnaval en nuestra familia y muchos amigos, es el balcón de mi querida tía Conchita Vegas en la plaza mayor, donde vino al mundo un servidor, en el balcón no, en la habitación de enfrente, que superando con creces los noventa carnavales, sigue siendo nuestro Ángel de la Guarda. Gracias por tus desvelos, Concha. Bueno, por los desvelos, el caldito calentito, el hornazo… en fin, esos detalles milagrosos impagables a ciertas horas en esos días.

Un carnaval sin amigos, desde luego que resultaría, cuando menos, aburrido y me gustaría destacar la maestría en el manejo del fin de semana de mi grupo de amigos carnavaleros, que desde hace muchos años es una ginecocracia.

Unos auténticos maestros administrando el buen comer y el buen beber, marcando perfectamente los tiempos. No hay ningún tipo de privación, nada está previsto, pero todo se cumple como un ritual cada año. Muchos de ellos llegan de fuera con el cuerpo ya programado, se entregan en cuerpo y alma y se marchan con la misma naturalidad con la que llegaron… y aquí nos quedamos los de siempre rematando la faena. Es una suerte teneros, aunque este año algunos no podáis estar por motivos más que justificados e incluso necesarios para el futuro de esta ciudad.

Madrinas y porteros de la Peña de la Puerta del Desencierro del Carnaval 2017, es para mi un placer y una suerte teneros aquí arropándome en este pregón. Vosotros sí que lleváis el ADN de farinatos a flor de piel, en gente de vuestra estirpe se apoya una ciudad que a lo largo de su historia ha ido viendo como cada uno de sus hijos se ha entregado con valentía y señorío para forjar un futuro mejor a los suyos. Por ello quiero dedicaros este pregón y reconocer así que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita y además sabe disfrutarlo.

Antonio García Velasco, nació en Medina del Campo hace 77 años. Ha trabajado toda su vida en la hostelería entre fogones entre Medina y Valladolid, comenzando de pinche. Además trabajó con el carnet de primera en Aguilar de Campoo, Plasencia, Madrid y Logroño hasta el año 1960, que recaló en Ciudad Rodrigo con motivo de las fiestas de agosto de ese año, incorporándose al Hotel El Cruce por recomendación de unos amigos como cocinero. A partir de ese momento no se movería de nuestra ciudad, fundando Casa Antonio en el año 1974, donde ha estado hasta su jubilación en el año 2004.

Antonio asegura que se siente muy agradecido con nuestra ciudad, pero lo cierto es que siempre ha colaborado de manera desinteresada en grandes eventos de la misma como en los primeros años organizando la cocina del Domingo de Piñata junto al entonces presidente Ceferino Santos y toda su junta directiva, para el que siempre tiene palabras cariñosas por aquellos magníficos años vividos. Además, estuvo presente en la cocina en los homenajes de los ilustres y recordados farinatos: Alipio, Alfonso Ortíz, Manolo Marta y Paulino entre otros.

Se casó, y bendita la hora en que lo hice, asegura, en el año 1972 con Ángela de la Iglesia de Castro en la iglesia de San Andrés, celebrando el gasto, que se decía en aquellos tiempos, en el Hotel El Cruce, donde trabajaba, siendo el encargado de elaborar el menú para 200 personas en el que por supuesto no faltó su magnífica merluza rellena, además de los consabidos entremeses y un lechazo asado, eso eran bodas. Toda una noche de trabajo con Pedro Cazás de pinche y una reconfortante botella de Lepanto.

Ángela de la Iglesia nació en Ciudad Rodrigo en el año 1945. Y digo Ángela porque en realidad ese es el nombre que aparece oficialmente en el juzgado y no Joaquina como todos la conocemos. Trabajó en el Parador durante cuatro años hasta que se casó con Antonio con el que ha permanecido toda su vida compartiendo el magnífico trabajo realizado en el Restaurante Casa Antonio durante 30 años.

El estar situado al lado del Teatro Nuevo ha supuesto que las visitas de importantes y variopintos personajes hayan sido una constante. Por decir algunos, la emérita Reina de España, Amparo Baró, Farina, Fernando Arrabal, Juan José Lucas, Solana, Benet, Miguel Delibes y el Cónsul de Japón, entre otros.

Serían interminables las anécdotas, que darían para escribir un libro, pero el tiempo nos apremia.

Manuel Sánchez Cepa nació hace 70 años en Fuenteguinaldo, localidad con la que nunca ha perdido el contacto a pesar de haber vivido durante algunos años fuera de su querido pueblo.

Comenzó sus estudios en el Seminario de Ciudad Rodrigo y a los 19 años empezó a trabajar en lo que entonces se denominaba Compañía Telefónica Nacional de España donde ha permanecido toda su vida laboral, jubilándose en el año 1999, tras 35 años de servicio.

Su trabajo se desarrolló los primeros dos años de manera itinerante por toda España instalando las líneas de telefónica, posteriormente estuvo en Olot diez años y finalmente recaló en nuestra ciudad donde ha estado más de veinte años viviendo y trabajando.

Se casó en el año 1967 con María Dolores Santos Morejón, a la que conoció en tierras catalanas, aunque nació en Villanueva de Algaida (Málaga), con la que tuvo tres hijos.

La relación de Manolo con nuestra ciudad no solo ha sido profesional, sino que es la calle Madrid durante el carnaval, la que de manera ineludible sale a relucir cuando se le nombra, ya que han sido muchos los kilómetros recorridos de arriba abajo y de abajo arriba siempre con el peligro acechándole, con los cuernos de un toro pegados en el culo. Rara es la fotografía de los encierros de nuestra ciudad en los últimos cuarenta años, en las que no aparece este amante de las carreras taurinas, pero no solo en la calle Madrid, sino también en la salida de los toriles. Precisamente a cien metros de los toriles tuvo el único percance de gravedad delante de un toro. Fue aquí donde un morlaco en el año 1988, tras hacerle un quite, se revolvió y tras no poder subir a la aguja debidamente por la cantidad de gente que se agolpaba en ella, le propinó una cornada de mucha gravedad desde el ano hasta la femoral, aunque con la suerte de no tocar órganos vitales, así y todo, le tuvieron 14 días hospitalizado en Salamanca, tras ser intervenido por el doctor Ortega en el quirófano de la plaza mayor. “Lo peor de todo es que fue sábado y me estropeó el resto del carnaval, comenta Manolo”.

La afición por los toros siempre ha podido con él y se ha recorrido prácticamente la mayoría de los encierros de Portugal, de la Comunidad de Madrid, Cuéllar, Medina del Campo, Coria, Soria y por supuesto los Sanfermines. En Pamplona, comenta “corres si te dejan y en unas condiciones muy complicadas, en Ciudad Rodrigo lo haces disfrutando y cuando quieres”.

Ha estado corriendo hasta hace seis años y ahora mata el gusanillo encima del caballo, otra de sus pasiones, midiendo muy bien las distancias, con el que ha realizado tres tramos del Camino de Santiago, teniendo programado otro viaje para este verano, además de la Ruta de las Fortificaciones que viene realizándola desde que se creó, siendo el único que no ha fallado ningún año.

Su pericia y agilidad le han salvado de caídas y cogidas en multitud de ocasiones, aunque la gabardina de José Ramón Cid en la subida al registro le libró de una cogida segura.

Las anécdotas se pueden imaginar que han sido muchas y variadas, si bien, cabe destacar la que protagonizó en un encierro en El Bodón donde llamó a una vaca que le gustó y se fue a por él, que puso pies en polvorosa y se refugió en una cuadra después de atravesar un corral, sin saber que nada más pasar la puerta de la cuadra estaba el cura del pueblo que recibió una soberana paliza del cabreado astado, gracias a Dios todo quedó en un susto con unos cuantos moratones.

Sustos ha tenido muchos, pero afortunadamente una sola cogida de gravedad, si bien asegura que “no me arrepiento, si volviera a nacer volvería a repetir cada encierro. “Fíjate cual es mi afición, me dice, que hace cuatro años en las fiestas de El Bodón estando en una aguja, vi un novillo y no pude menos de saltar al recorrido a citarlo y hacerle un quite nada más salir”.

Manolo viene acompañado por la mirobrigense María Carmen Alaejos Fernández del Campo, íntima amiga de la que fue esposa de Manolo y que está casada con Antonio Sánchez, compañero de telefónica y amigo.

Mari Carmen, como su apellido lo atestigua, es farinata de pura cepa, nació en nuestra ciudad en el año 1947, viviendo toda su juventud en Miróbriga, hasta que se casó con Antonio en el año 1970, trasladándose a vivir a Salamanca, lo que le ha permitido poder estar siempre en contacto con nuestra ciudad, sintiéndose una farinata convencida, viviendo cada uno de sus momentos, buenos y malos, y siempre fiel al Carnaval al que tan solo ha faltado un año con motivo del fallecimiento de su padre, Julio Alaejos.

Y que deciros a vosotras, queridas charras, vuestra singular simpatía será la que pueda mitigar estos momentos en los que espero no aburriros mucho, si es así, fijar vuestras miradas en ellas, damas de la charrería, derroche de cultura, belleza y elegancia, esencia de nuestra tierra charra, culta y serena, mujeres que durante siglos han sabido mantener su orgullo y el de sus hijos con la cabeza bien alta, abonando cariño por todos y cada uno de los caminos que han pisado. Por ello y por un sin fin de virtudes más, pueden y deben estar presentes en todos y cada uno de los momentos importantes de nuestra ciudad y hoy quiero agradeceros sinceramente que nos acompañéis portando esos trajes de los que nos sentimos orgullosos. Muchas gracias.

Miróbriga y la mujer en general y la farinata en particular, a las que queremos dedicar esta canción , han sido algunas de las pasiones de mi vida, y por ello he querido este año dejarlo plasmado en la letra de la canción que a continuación vamos a interpretar con la rondalla.

[CANCIÓN: MIRÓBRIGA Y MUJER]

El Diccionario de la Real Academia Española define pregonar como “Publicar, hacer notorio en voz alta algo para que llegue a conocimiento de todos” aunque habría que añadir que un pregón también anuncia y conmueve y no debe ser solo literatura. En este sentido, es fácil pregonar el Carnaval a quien nunca lo ha visto ni ha tenido la dicha de sentirlo, sería sencillo hacerles llegar la emoción de los encierros, la animación de las calles o el colorido de los tablaos. Probablemente con unos cuantos datos extractados de cualquiera de los libros del Carnaval un público desconocedor quedaría plenamente satisfecho, y deseoso de que llegasen los últimos días de febrero (en el caso de este año) para acercarse a nuestra ciudad a disfrutar de las maravillas narradas por el pregonero en cuestión. Pero es mucho más difícil cantar las excelencias de nuestras fiestas cuando quien recibe el mensaje es mucho más docto en la materia que el emisor; cuando quien canta dichas excelencias ha visto menos carnavales que el público a quien se dirige.

Siempre se ha dicho que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aunque habría mucho que hablar sobre esto y el refrán no sea necesariamente infalible, lo que si es verdad es que cualquier tiempo pasado fue, lógicamente, diferente. Y por ello resulta difícil explicar a la gente que lleva ya muchos viviéndolos, por ejemplo la espectacularidad de los encierros y desencierros. En los tiempos que corren, en los que la preparación de estos festejos se ha vuelto poco más que un mero trámite administrativo en el que el Ayuntamiento adjudica a una empresa todo lo relativo a la compra de las reses, el papeleo sanitario de los animales y otras zarandajas, siempre podrían sacarnos los colores aquellos que, quizás, aún recuerden de sus tiempos mozos los años en los que los ganaderos de la socampana cedían, gratis et amore, el ganado que hiciera falta y en los que muchos pequeños ganaderos y agricultores trasladaban hasta la ciudad sus carros, para conformar con ellos el recorrido de los encierros, una preciosa estampa que, desafortunadamente, solo podemos ver ya en las viejas fotografías en blanco y negro. Yo no digo que desde entonces no se haya ganado en vistosidad y, probablemente, los toros actuales presenten mejores hechuras que los de entonces. También puede ser que, en esta sociedad en la que nos toca vivir y en la que el mercantilismo asoma por los más insólitos rincones, sea justo que las diversiones haya que pagarlas, ya se sabe: “Si quieres que te cante, la pasta por delante”, pero lo cierto es que se echa en falta aquella generosidad y espíritu de colaboración que hacía que todo fuera tan sencillo como una visita de los concejales, en representación del Ayuntamiento, al bar Moderno, sede de los ganaderos. Allí, de manera relajada, delante de unos vinos, todo quedaba resuelto: quien podía daba dos toros, quien podía daba uno y quien no podía, colaboraba de cualquier otra forma, pero el Carnaval tenía que salir adelante. Como bien lo expresó el periódico El Eco del Águeda en 1925:

Mas ¿Qué cobarde dudó
que hubiera en Ciudad Rodrigo
toros en los carnavales
como siempre los ha habido
estando vivos y sanos
los Pachecos y Aparicios?

O como cantaba El Doctorado en el año 1926:

Aquí falta siempre el agua
siempre leche y siempre vino
pero no faltan jamás
toros de Don Severino

Por eso resulta complicado pregonar las excelencias de nuestros festejos taurinos a quienes, seguramente, nos podrían dar lecciones acerca de cómo celebrarlos en condiciones mucho más adversas que las actuales. Puede ser que bastante hayamos conseguido simplemente conservando los encierros y desencierros en estos tiempos en los que todo lo relacionado con lo taurino se mira con cierto recelo. También es verdad que las aportaciones recientes como las capeas nocturnas, el toro del aguardiente o el toro del antruejo añaden nuevos ingredientes al espectáculo, pero es innegable que siempre se añorarán muchos aspectos de aquellos vetustos festejos.

Y lo mismo que hemos dicho de la vistosidad de los encierros, vale también para el otro gran elemento de los mismos: la emoción. No sé si son imaginaciones de quien les habla o es que de verdad algo hay, pero muchas veces creo que en los encierros actuales todos los protagonistas, tanto los toros como los corredores, parecen funcionarios. Salen, cumplen con su trabajo, eso sí, muy dignamente, y una vez acabada la jornada, se retiran. Ya digo que pueden ser imaginaciones, pero se echa en falta algo más de frescura. Los toros, eso si, las más de las veces presentan una figura esplendida, incluso para este pregonero, cuyos conocimientos taurinos no llegan ni mucho menos a la media, parecen eso: animales bonitos. Pero da cierta envidia cuando oyes hablar a la gente mayor de aquellos años de verdaderas multitudes en la zona de los pinos y el registro; de aglomeraciones humanas a la entrada en la plaza por la puerta de la Calle Madrid; de toros feotes de cara amoruchada, que probablemente nunca habrían sido admitidos en Las Ventas, pero que parecían tener en Los Pinos su hábitat natural. Animales cuya falta de trapío era compensada por su carácter anárquico e imprevisible, que no serían muy adecuados para la lidia, pero que en las carreras de los encierros tenían su verdadera especialidad.

Si hablamos de encierros no podemos dejar de hablar de los caballistas. Y, si hacemos caso a quienes lo vivieron, es aquí donde los modernos carnavales salen peor parados, pues según cuentan, las virtudes de aquellos centauros aún no han sido igualadas, aunque puede que en este caso la razón no sea dejadez por parte de nadie, sino el simple hecho de que la mecanización de las labores del campo haya acabado con la perfecta simbiosis entre hombre y caballo que demostraran, años atrás, Miguel Bernaldo de Quirós, Ivan de Texadillo, Ángel de Elías y otros tantos, sobre todo y sobre todos muchos anónimos trabajadores del campo que parecían haber nacido con la garrocha en las manos y cuyo trabajo, como en el caso que antes mencionamos de las carretas, solamente podemos admirar ya en el blanco y negro de algunas fotografías que los muestran, orgullosos y perfectos, desarrollando su labor.

Pero no solo de toros vive el hombre en Carnaval, y aunque éstos ocupen gran parte de nuestras horas, desvelos y quehaceres en esos días, también hay parcelas que escapan a la tiranía de los cuernos. Y es en esas horas cuando empieza el otro carnaval. El de la diversión, los bailes, el vino, el disfraz. En suma, el carnaval ortodoxo, el que más se ajusta a la definición que nos ofrece la Real Academia: “Fiesta popular que se celebra en tales días, y consiste en mascaradas, comparsas, bailes y otros regocijos bulliciosos”. Y en este aspecto es donde quizás se puedan notar más cambios entre unas épocas y otras. Si hace sesenta años el personal gustaba de tomar unos vinos entre festejo y festejo del que por cierto decía José Ortega y Gasset: da brillantez a las campiñas, exalta los corazones, enciende las pupilas y enseña a los pies la danza, hoy sucede exactamente lo mismo, pero donde antes existía tan solo el vino de la frasca y el pellejo, ahora la gente se reparte entre el vino con denominación de origen, la cerveza, los refrescos o el glamuroso vermouth. Y donde en los años cincuenta había tan solo coñac y anís, ahora se amontonan otras doscientas bebidas distintas, ya sean solas o en compañía. Y, sobre todo, donde hace sesenta años había diez bares, hoy, y si la crisis que nos oprime no lo estropea, el número de éstos se ha multiplicado por diez. Se trata de lo mismo, salir a tomar algo, pero la manera y las posibilidades de hacerlo han cambiado radicalmente. Como decía uno de los genios más destacados e incomprendidos del siglo XX, el viejo Príncipe de Lampedusa : “que todo cambie para que todo siga igual”.

Otro de los elementos tradicionales de este Carnaval de la diversión: el baile. Y aquí si que se puede decir que el carnaval actual pierde por goleada frente a los de antaño. El mismo concepto de Baile parece haber desparecido de la escena. Hoy no se va al Baile a bailar, y valga la redundancia. Se va a tomar una copa a un local con música, ya sea enlatada o en directo. Pasaron los felices tiempos en que varios locales se disputaban la clientela en Ciudad Rodrigo; al menos en teoría, porque en realidad todo funcionaba un poco al estilo “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Así, la clase alta tenía su sitio, la clase media el suyo y los menos favorecidos por la fortuna también tenían su propio espacio. Militares a un lado y civiles a otro. Labradores por aquí y artesanos por allá. No puede decirse que fuese un sistema muy democrático, sin duda, pero tampoco lo eran los tiempos que corrían. Y, ciertamente, eran los felices tiempos del baile, tanto en cantidad como en calidad. En cuanto a la cantidad, no hay más que recordar los bailes de la Sociedad, Bomberos, El Paraíso, El Moderno, La Perla, El Porvenir o el Casino. En cuanto a la calidad, temo que la música de hoy incita al baile mucho menos que aquellas orquestas de entonces, que, con mejor o peor tino, pasaban del charlestón al chotis, de la polka al pasodoble y del foxtrot al swing.

Donde no parece que hayan transcurrido los años, donde se aprecian menos cambios es en la otra música: la de la calle. Podríamos intercambiar a “Triguito y sus muchachos” o a “Aris y los Pocapena” por cualquiera de las actuales charangas, o viceversa, y el resultado sería el mismo, una multitud saltando, siguiendo el compás y cantando las canciones de casi siempre. Con la murga pasa exactamente lo mismo, la Rondalla Tres Columnas no hace sino ocupar el hueco de otras muchas que la precedieron. Cambian las caras, cambian los nombres, pero la murga siempre es la misma. Y siempre es la misma la respuesta de los mirobrigenses al oírla, siempre son los mismos los aplausos y el cariño. Y si hablamos de repertorio, aparte de algunas novedades puntuales, también siguen siendo las mismas esas tres o cuatro canciones que levantan el alma farinata en estas fechas, “La Campana Gorda”, “Forastero”, “A la caridad, señores”. Todas ellas son anteriores al año ´34. Ya ha llovido…

Precisamente, de este cambio de caras y de nombres en la Murga nos hablaba la Rondalla Tres Columnas en el año 1944;

Al correr de los años resucita
la alegría que en tiempos presidió
esta fiesta simpática y bonita
que a Miróbriga fama siempre dio.

Aunque Trejo sucumbió y no está Triguito
cuya fama es celebrada por igual
con sus canas viene hoy el gran Perico
a hacer la Murga inmortal.

Pero me gustaría que la rondalla interpretara la que fue según Joaquín Fiz “Tato”, la primera canción que cantó una murga en Ciudad Rodrigo y que se titula “Por primera vez” y que cantaron los Becuadros en el año 1890.

[CANCIÓN: POR PRIMERA VEZ]

Pero, hablando de cambios, puede ser que lo que más haya cambiado en estos años sea, simplemente, el estado de ánimo de los mirobrigenses, o de la mayoría de los mirobrigenses, ante el carnaval. Y hasta puede ser que ésta sea la razón del resto de los cambios. Y es que lo que haya podido cambiar nuestra fiesta en estos últimos sesenta años es directamente proporcional a los cambios que en ese mismo tiempo ha sufrido la sociedad española, y por lo tanto, las gentes de Ciudad Rodrigo. Antaño el Carnaval era La Fiesta, con todas las mayúsculas que le quieran poner. En un mundo en el que la Navidad era una fiesta estrictamente religiosa, sin excesos de ningún tipo; en el que los fines de semana no eran lo que hoy son, entre otras cosas porque se reducían al Domingo y se trataba de un descanso dominical de fuerte sentido religioso. En aquellos tiempos en que la Semana Santa era aún eso: santa, y la cuaresma unos días en los que lo que no estaba prohibido, estaba mal visto. Tiempos de carencias en los que el trabajo, el esfuerzo y la austeridad lo significaban todo. Entonces, digo, el Carnaval era algo especial. Era lo que históricamente siempre fue, un tiempo de subversión de valores, tiempo de quitarse las caretas espirituales y ponerse otro tipo de disfraces. La libertad de esas fechas se apreciaba en todo su valor. Incluso con las coplas se tocaban temas o se vertían críticas que no se veían durante el resto del año. Y se buscaba la diversión con especial ahínco, antes de que doña Cuaresma viniese de nuevo imponiendo sus severas normas.

Hoy en cambio, en este siglo XXI que nos toca vivir, la diversión se busca a cualquier hora y con cualquier pretexto. Los fines de semana están impregnados de fiesta. La nochebuena, en la que hace años no encontrabas un bar abierto, se ha llenado también de fiesta en las calles. Hasta de la Semana Santa hemos hecho un pequeño carnaval en el que, dicho sea con todo el respeto, lo único que cambia para muchos es que en nuestras calles, en vez de ver pasar los toros, ves pasar a los penitentes y qué decir del Martes Mayor, cuatro días de carnaval condensados en unas horas con todos sus excesos, una maravilla. Exceptuando el tema taurino, el bullicio del carnaval hoy día ya no significa nada diferente del bullicio de otras fechas. Y, por eso precisamente, el significado que para nosotros pueda tener el carnaval ha quedado disminuido respecto del que tuvo para nuestros abuelos. Mucha gente, y casi todos lo hemos hecho, en vez de vivir el Carnaval de día, el verdadero, apura tanto las noches que al día siguiente no es capaz de amanecer antes de las dos de la tarde, para empezar de nuevo exactamente donde lo dejó la noche anterior. Repito, casi todos lo hemos hecho y solo con los años nos hemos dado cuenta de nuestro error, si bien no sé si esa “conversión” se debe a un verdadero convencimiento o a que a determinada edad el cuerpo ya no está para tantos trotes. Pero bueno, ya está bien de críticas. Cualquier extraño que me estuviera oyendo abandonaría sus deseos de conocer nuestras fiestas, pensando que las hemos echado completamente a perder y adoptaría la postura de ese Viejo Momo, al que cantaba la Rondalla Tres Columnas:

-Adiós viejo Momo,
dime ¿Dónde vas?
- Me voy de este pueblo
ya no aguanto más
-¿Por qué estás tan triste
y te quieres ir?
-No sois ni la sombra (bis)
de aquello que vi,
-Adiós viejo Momo,
dime ¿Dónde vas?
- Me voy de este pueblo
ya no aguanto más
-¿Por qué estás tan triste
y te quieres ir?
-No sois ni la sombra (bis)
de aquello que vi,

Y tampoco es eso. Como ya dije antes, cualquier tiempo pasado es, simplemente, diferente. Y me da la impresión de que lo esencial en los Carnavales no es el baile, ni las copas, ni los disfraces y, si me apuran, ni siquiera los toros. Lo esencial, como en cualquier otro aspecto de la vida, es el espíritu y el ánimo con que afrontamos y vivimos esa multitud de momentos individuales que conforman, todos juntos, nuestras fiestas.

El Carnaval es la risa floja, propia del cansancio de sostener con ahínco la cerveza o el wiski, depende del momento, compartiéndola con los amigos y los amigos de los amigos, esos que parece que llevan con nosotros toda una vida y que se creen que esto es así todo el año y que cuando prueban el elixir son como los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber y luego ríen y ríen y vuelven a reír y todo ello el primer día para acabar durmiendo, durmiendo y volviendo a dormir la resaca, y así, se le pasan los cuatro días en uno, eso sí, al año siguiente ya han aprendido a marcar los tiempos.

El Carnaval son también los días previos a la fiesta y sobre todo para los que tenemos el privilegio de vivirlos entre las notas de la música de la Rondalla descubriendo la magia que encierra la noche mirobrigense, rompiendo los sueños de seda debajo de una ventana de una farinata, antes de regresar a casa horadando la noche embozado entre los vuelos de una mágica capa, recordando siempre el principio innegociable que nos dejó uno de los grandes de la historia de la Murga, Joaquín Fiz “Tato”: “pase lo que pase, la Rondalla siempre estará en contra”.

El Carnaval es el descubrimiento del primer amor de unos adolescentes que buscan un rincón al resguardo de las casonas acariciadas por el sol, para robar un beso interminable que quedará grabado a fuego en sus corazones para siempre.

El Carnaval es despertar ante un día que se presenta como un libro en blanco en el cual el llenar esas hojas es algo que no depende de ti. Se irán llenando solas y, por muchos esfuerzos que hagas, el guión nunca será tal y como tu lo habías pensado. Saldrás de casa con la intención de ver el encierro tranquilamente y puede que acabes desayunando huevos fritos con farinato junto a ese amigo al que hacía cinco años que no veías. Y si te habías propuesto no andar mucho y esperar el encierro a caballo en el Árbol Gordo, te encontrarás con alguien que te convencerá de acercarte dando un paseo hasta la puentecilla. Total, son diez minutos. El Carnaval es ese cosquilleo que sientes en el estómago cuando oyes los golpes del reloj suelto, una sensación que llevas ya arrastrando desde que en la festividad de San Sebastián oíste los primeros badajazos al pasar el Santo por la Plaza Mayor y que se acrecentó con los sones del “Forastero”, al despedirse la Banda Municipal. El mismo cosquilleo que te invade al empezar a oír los primeros golpes de martillo de los constructores de los tablaos, unos días antes del comienzo de los festejos.

El Carnaval es, sobre todo, la gente que lo vive y lo siente como suyo. Es la sonrisa de los niños al vestir su primer disfraz. Su ilusión cuando, subidos en los cochecitos, ponen cara de Fernando Alonso. Es la emoción de los corredores, cuando esperan la llegada de los toros en cualquier parte del recorrido. La hospitalidad de las peñas al abrir sus puertas. Es la modorra que te invade cuando, bajo el agradable sol de los últimos días de febrero, esperas en un tablao la llegada del encierro a la plaza. Las risas de los amigos que comparten una ronda mientras suena la charanga. Los abrazos a los conocidos. Los saludos a tantos desconocidos. Todo eso y mucho más es el carnaval. Y lo único que tenemos que hacer para que no se pierda es considerarlo como nuestro. No convertirlo en un fin de semana más o en un festivo cualquiera. Es Nuestra Fiesta y, por lo tanto, es única e inimitable. En estos tiempos en que nos invade la manía de copiar de otros sitios lo que creemos siempre mejor que lo propio, solamente espero no tener que ver nunca en Ciudad Rodrigo a los corredores uniformados de blanco y con un pañuelo a la cintura, me da igual que sea rojo o farinato. No podría concebir un carnaval con normas que impusiesen esa uniformidad y que impidiesen la espontaneidad, la sana anarquía que nos invade durante estos días. Y si los toros no salen buenos, ya llegaran toros mejores. Si llueve, ya escampará. Si el baile no va bien, habrá que cambiar de son, tamborilero. Si el dinero no llega para todo, habrá que estirarlo lo que se pueda. Pero mientras podamos ver la sonrisa de esos niños, la emoción de los corredores, las risas y los abrazos de los amigos; mientras esto subsista, el Carnaval vivirá.

Muchas gracias por su atención y ¡Feliz Carnaval!

[CANCIÓN DE SALIDA: FORASTERO]

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