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Presentación del libro “Toros en Ciudad Rodrigo. La plaza del Hospicio (1871–1928)”. Por Juan Tomás Muñoz

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Presentación del libro “Toros en Ciudad Rodrigo. La plaza del Hospicio (1871–1928)”. Por Juan Tomás Muñoz
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Buenas noches. Señor presidente del Centro de Estudios Mirobrigenses, señora delegada de Cultura y representante del Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo en el Centro de Estudios; señoras y señores.

Ciudad Rodrigo siempre ha manifestado su apego a los toros. La historiografía local y la documentación que se conserva dan cuenta sobrada de esta querencia. Sin embargo, esta afición ha quedado en entredicho cuando se trataba de apostar por un espacio referencial, una plaza de toros estable que diese cabida y continuidad a los espectáculos taurinos. Hubo distintos intentos, siempre desde la iniciativa privada, para levantar una plaza de toros en la ciudad rodericense. Nunca tuvieron éxito, pese a los esfuerzos y desvelos de unos cuantos emprendedores que desde el último tercio del siglo XIX pusieron todo su empeño para dotar a Ciudad Rodrigo de un coso taurino estable. Solo se consiguió que la localidad contase con distintas plazas provisionales, siempre con la utilización de la madera para su configuración, lo que suponía una apuesta por la provisionalidad, un parche para cubrir las necesidades de distintos momentos puntuales, caso de las jornadas feriadas que servían entonces como revulsivo económico para el comercio.

No cabe duda de que la Plaza Mayor de Ciudad Rodrigo ha sido el referente taurino por antonomasia, el coso oblongo en donde tradicionalmente se lidiaban las reses buscando los motivos más peregrinos. Ello no es óbice para que de forma ocasional se haya contado con cosos provisionales en distintos parajes urbanos mirobrigenses, incluso del extrarradio, pero siempre ha sido la Plaza Mayor, al menos desde el siglo XV, el enclave oficial para la celebración de festejos taurinos, muchos de ellos al socaire de determinadas celebraciones o con motivo de distintas festividades. Porque no será hasta el siglo XVIII, concretamente en 1732, cuando encontremos las primeras fuentes documentales que asimilen el Carnaval con la organización y desarrollo de festejos taurinos, prácticamente como ahora los conocemos: con sus encierros –siempre a caballo y con almuerzo para los encerradores, si viene al caso-, capeas, novilladas o la adjudicación y construcción de los distintos tramos de los tablados por particulares, contando también con la referencia del reloj suelto.

De todo ello se ha escrito a retazos. Pero ahora abrimos un apartado con la intención de recabar, moldear y exponer noticias históricas sobre otra de las facetas que ha asentado la tradición de Ciudad Rodrigo por los toros, ceñidas a las otrora relevantes y concurridas ferias de mayo y agosto –que más tarde pasarían a celebrarse en septiembre-, enmarcadas en el último tercio del siglo XIX y principios del XX, y a los avatares que conocemos para que los mirobrigenses contaran con una plaza estable, la que se levantaría en las cortinas del antiguo Hospicio, siempre de forma “provisional”, y en la que poder presenciar “medias corridas” de toros –se organizaban festejos mixtos, con toros de muerte y capeones- a veces durante los tres días feriados, sin menoscabo de aprovechar otras fechas significativas en el calendario festivo mirobrigense, como fueron las de San Isidro, Corpus Christi, San Juan, San Pedro, Santiago Apóstol, Nuestra Señora de agosto o la advocación de la Virgen de septiembre, para la celebración de distintos y variados festejos taurinos.

La empresa abanderada por el obispo Cayetano Cuadrillero para levantar la casa-cuna de los niños expósitos, vulgo hospicio, serviría a la postre y tal vez sin pretenderlo inicialmente, para configurar una nueva barriada a finales del siglo XVIII que tendría precisamente como referencias espaciales los edificios del hospicio y el conventual de San Francisco. Numerosos vecinos solicitaron terrenos próximos para levantar sus viviendas, aunque el Ayuntamiento se reservó parte del comunal en donde se erigió la casa-cuna, inaugurada el 15 de agosto de 1783 con una solemne procesión que discurrió desde la Casa Consistorial hasta el edificio que a partir de ese momento albergaría a los niños expósitos de Ciudad Rodrigo y de su Tierra, desfile que pasaría por los paseos que se acababan de construir con mano de obra de los reclusos, y que contaba con su arbolado y cañerías. El nuevo paseo partía de la puerta del Conde y llegaba hasta la extinta ermita del Santo Cristo de la Cruz Tejada, en donde concluía el vía crucis de piedra que tenía su origen en el convento de San Francisco.
Precisamente, esos terrenos próximos o vinculados con el edificio del Hospicio también servirían a la postre como escenario para levantar ocasionalmente un coso taurino, la plaza que hoy nos ocupa, tal vez por la experiencia que supuso contar en los actos de inauguración de la casa asistencial con tres corridas de novillos, como queda reflejado en el libro de acuerdos municipales de fecha del 9 de julio de 1783, en donde se habla de organizar los festejos taurinos, aunque no haya más referencias documentales sobre su desarrollo que los preparativos que se apuntan para el acopio de madera y el compromiso del obligado de la carne para facilitar los novillos de uno de los festejos.

La primera noticia referida a la construcción de este peculiar coso de madera que acabaría levantándose en los corrales de la Casa de los Niños Expósitos, la encontramos en las vísperas de la Feria de Mayo de 1871, en concreto en una carta dirigida al Consistorio y fechada el 28 de marzo, en la que se pulsa el grado de implicación de la Corporación al plantear su colaboración para lo que se define como un “ensayo”, una prueba para conocer si realmente hay necesidad de que Ciudad Rodrigo cuente con un futuro coso taurino de manera estable.

El industrial mirobrigense José Iglesias es la cabeza visible de la iniciativa para levantar una plaza de toros en Ciudad Rodrigo, “a aventurarse a hacer lo que nadie se atrevió” hasta ahora, y aunque cuenta con otras personas animadas también para favorecer y aumentar la oferta festiva en la tradicional Feria de Mayo, un tanto en declive, de momento solo él firmará la propuesta que envía al Ayuntamiento para la construcción de un coso taurino en un lugar todavía por determinar, aunque apunta el ferial de las caballerías, que se situaba a la salida de la Puerta del Sol, hacia lo que hoy es la barriada de San Pelayo. Posteriormente, se valorarían otros emplazamientos, entre ellos el corral del Hospicio, que sería el enclave elegido para esta iniciativa empresarial, todo ello con la anuencia de la Diputación de Salamanca, quien gestionaba este espacio residencial, y la colaboración del Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, que aportaría el maderamen utilizado para la construcción del coso taurino de Carnaval y favorecería con ciertas gracias la organización del festejo, aunque también impondría condiciones.

El primer festejo en la plaza del Hospicio se celebraría el 24 de mayo de 1871. Con esta partida de nacimiento, y visto el éxito alcanzado, la organización de festejos taurinos en esa plaza provisional del Hospicio continuaría en años sucesivos, casi siempre por iniciativa privada y buscando la colaboración del Ayuntamiento. Incluso, habría intentos, como se recoge en este trabajo, de construir un coso estable, una plaza de fábrica que, como la última iniciativa, abanderada por el que después sería el Buen Alcalde, fueron cayendo en saco roto, rompiéndose todas las expectativas.

El libro recoge toda una dinámica de ilusiones de emprendedores, de industriales que, como Jesús García Romero, mezclaría su pasión taurina y su visión de negocios con su responsabilidad política como concejal en distintos periodos. Un apasionamiento que llevó a serios enfrentamientos en el seno de la corporación municipal entre defensores y detractores de los festejos taurinos, entre estos últimos el republicano Domingo Martínez Cebado, un hojalatero de relevancia que vivía en la calle de Santa Clara, vía que posteriormente llevaría efímeramente del nombre del citado edil.
García Romero, que llegaría a ser alcalde de Ciudad Rodrigo durante unos meses, fue un empresario radicado en la calle del Rollo y, entre sus innumerables iniciativas está la apertura del Gran Café Modero, acto que tuvo lugar el 28 de noviembre de 1911, cuyo programa protocolario de inauguración, según recoge el semanario La Iberia, comenzaría a las ocho de la tarde: “Innumerable público acudió a dicho acto, atraído por el deseo de ver la elegancia del decorado y mobiliario, el que ha sido construido en el taller de ebanistería de don Eugenio Bellido, como también por escuchar los armoniosos acordes de la brillante banda que dirige nuestro amigo, el maestro don Mariano Santamaría”, refería el citado hebdomadario mirobrigense.

Sus iniciativas empresariales vinculadas al mundo taurino se suceden durante años, muchas de ellas recogidas en el trabajo que nos ocupa. A él le deben los mirobrigenses su implicación en la defensa del mundo de los toros como soporte de la economía local, aunque ello le acarreara más de un disgusto, como el rifirrafe que ocasionó en la corporación la solicitud del industrial Fernando Iglesias de una subvención para la celebración de un festejo taurino en la feria de mayo de 1912. Más o menos discurrió así el debate en el seno del Ayuntamiento cuando se conoce la petición de una ayuda económica para la pretendida corrida de toros: El concejal Jesús García Romero sugirió que la “petición” pasara a estudio de la correspondiente comisión para que “informara de las cantidades que se había de conceder como subvención”. La Corporación, hasta el momento, no había manifestado su interés por subvencionar los festejos taurinos; simplemente había sido una propuesta del edil García Romero, quien parecía tener un interés especial por alcanzar ese compromiso municipal. En esa línea se manifestó el concejal Ángel Montero Egido, quien arguyó que “antes era preciso que el ilustre Ayuntamiento decidiera si se había de otorgar” la subvención y, si así fuera, la propuesta debería pasar a una comisión, cuyos miembros deberían tener en consideración y “no olvidar los desengaños sufridos en casos análogos” y que, en todo caso, “la concesión de la suma pedida grava el erario municipal sin reportar beneficios positivos al vecindario”. En una postura parecida se desenvuelve la intervención de otro miembro de la Corporación, Dionisio Hernández Rodríguez, quien puso en evidencia que del “texto de la solicitud parece desprenderse el conceder la subvención pedida”, aunque, en el caso de que finalmente se valorase por parte de la comisión, habría que decidir “la suma que se ha de entregar”, pues, “indudablemente, feria sin fiesta taurina carece de atractivo”.
En este punto del debate entra en baza el edil –antitaurino, ya hemos visto, además de derrotista en algunos de sus planteamientos- Domingo Martínez Cebado, quien, argumentando que “no pudiendo destinar el Ayuntamiento al fin expuesto una cantidad regular, el espectáculo taurino no podía ser bueno, careciendo por tanto de renombre la feria, y al no poder esta entidad desprenderse de mayor suma, dada su precaria situación, sería causa de ruina material para los que fueran empresarios, siendo además poco moral y culto tales espectáculos”.
Esta afirmación hace saltar a Jesús García Romero, quien, en principio, se muestra en desacuerdo con sus compañeros Montero Egido y Martínez Cebado. En concreto, refiriéndose a la intervención de este último, García Romero afirma que, “aun cuando reconoce que en lo moral no son convenientes las corridas de toros, en lo material sí, pues atraen forasteros a la población y con ellas ganancias a la industria y comercio”, algo que también defendió el edil Miguel Sánchez-Villares Sánchez. Domingo Martínez Cebado siguió en sus trece al afirmar que “lo moral está sobre lo material”.

Adrián Vasconcellos tercia en el asunto pero derivándolo a cuestiones más prosaicas. Comprendía el mal estado en que se encontraban las arcas municipales, “pero, aún así, creía que la comisión debería de hacer algo para que hubiesen festejos en la próxima Feria de Mayo, como se hacía en otros pueblos, procurando solaz y esparcimiento al forastero”. A la postre, pide que se dispense “alguna cantidad” para subvencionar la corrida de toros, pese a que “las empresas que otros años ha habido no hayan tenido quebranto en sus negocios”.
El intercambio de pareceres se centra ahora en este extremo, ya que, dice Ángel Montero, “si las empresas no han tenido pérdida en el festejo de los toros, que lo acometan por su cuenta, pues innecesaria considero la subvención”. Además, reconociendo que el gran beneficiado con la organización de los festejos taurinos de la Feria de Mayo sería el comercio, el concejal Montero Egido critica al sector porque “el comercio es el primero que se retrae de prestar ayuda”, recordando que cuando los industriales han sido citados por el alcalde para “tal fin, no han respondido, dejando de concurrir a la reunión convocada”.
La brecha estaba abierta, y en ella volvió a meter baza el concejal Domingo Martínez al argumentar que, si finalmente el Ayuntamiento se decidiese por conceder “alguna suma para festejos, podía destinarse a fomentar el teatro, al ser más culto e ins-tructivo que las corridas de toros, que matan la parte moral”. Esta sugerencia encontró la oposición de José Pérez Solórzano, defensor, en este caso, de los espectáculos taurinos, antes de que el alcalde solicitara un informe de la situación económica del Consistorio para ver la viabilidad o no de conceder la subvención y, en su caso, en qué cuantía. Porque, en definitiva, el presidente de la Corporación tenía claro que “es un hecho cierto que las corridas atraen forasteros a las poblaciones; así sucede cuando son de nota y, cuando no, ocurre lo contrario y consumen a los municipios los fondos que podía dedicar a reformas locales”, razones que expuso al resto del Ayuntamiento para que las tuvieran en cuenta a la hora de tomar una decisión final.

El debate se retomaría una semana después. En la sesión del 13 de abril Miguel Sánchez-Villares pide un informe a la Comisión de Hacienda para conocer la situación económica del Ayuntamiento y, en su caso, afrontar o no la subvención solicitada por el empresario Fernando Iglesias para celebrar las corridas de toros en la próxima Feria de Mayo. El comisionado Manuel Gasch Carnicer responde a su interés explicando que por la “matanza de cerdos se habían recaudado seis mil pesetas de menos que en la época anterior y que, aun cuando en este ejercicio por resultas de lo anterior y lo recaudado de los depósitos existentes se había ingresado algo más, resultaba no obstante desnivelado el presupuesto”, por lo que, “en su sentir, no se debía conceder la subvención solicitada para el festejo propuesto”.

Las razones económicas priman en el parecer de la Corporación que, incluso, como apunta el concejal Domingo Martínez, si finalmente se concediera una ayuda económica “tampoco libraría de que las corridas fueran malas”, algo que avaló con el resultado conocido de otros festejos anteriores. Martínez, a la postre, manteniéndose en su decisión de que el Ayuntamiento no facilitase la ayuda económica requerida, abogó por potenciar la otra feria, la de agosto, “para que tuviera más importancia de la que en el día tiene”. El posicionamiento de los concejales continuaría hasta que el alcalde, agotado ya el debate, sometió la propuesta de subvención al voto de los miembros de la Corporación. La solicitud fue rechazada contundentemente, por 10 votos a dos, estos últimos emitidos por Jesús García Romero y Miguel Sánchez-Villares Sánchez.
Todos los aventureros, quienes pretendieron o desarrollaron iniciativas vinculadas al coso taurino de la plaza ubicada en los corrales del Hospicio, recurrirían siempre al ayuntamiento para recabar su colaboración, no siempre encontrándola de forma efectiva, al menos en la línea solicitada. Se vinculaba esa subvención al realce de la categoría de los festejos que se organizasen, ya que si había ayuda económica podría contarse con toreros de primera línea o conformarse con los de escalafón inferior.

Por esta plaza de toros pasaron toreros de postín, como Luis Mazzantini, Ángel Pastor, Rafael Gómez El Gallo, Cuatrodedos, Lagartija, los Niños Sevillanos… y aficionados locales que se encargaban de divertir al público con su gracejo habitual en las encerronas benéficas. Hay abundante documentación al respecto, especialmente con las crónicas insertadas en los periódicos locales o provinciales, muchas de ellas, por su curiosidad, transcritas en el libro. Casi siempre iban firmadas con seudónimos, entre ellos, y merece la pena su lectura, las de El Timbalero, el político y periodista José Sánchez Gómez, como la que se inserta en El Adelanto sobre la Feria de Mayo de 1908: El redactor de El Adelanto, con su estilo personal, describe el ambiente que esos días vivía la ciudad del Águeda por sus ferias y fiestas, en donde destacaba la afluencia forastera: “Estos portugueses son la mar de… originales. Esta mañana, a primera hora, cuando me eché a la calle con un sol de justicia para presenciar la llegada de los numerosos grupos de salmantinos que hoy han arribado a Miróbriga, vi a un lusitano joven, barbilampiño él, con monóculo y zapatillas, a cabeza descubierta y envuelto su cuerpo en un formidable gabán ruso… Llevaba pantalones de tela y paseaba triunfalmente la plaza de la Constitución con las manos atrás y en boca una soberbia cachimba…

“Al poco rato le vi elegantísimo: unos pantalones negros, estrechos, un chaleco blanco y un esmirriado smocking en una de cuyas combadas solapas llevaba prendida una hermosa dalia… del brazo derecho colgaba el ruso…
“Excuso decirles a ustedes que llamó la atención soberanamente, hasta el punto de que, tan a lo vivo quisieron los mirobrigenses demostrarle su admiración, especialmente los chiquillos, que el lusitano insigne tuvo que tornar a casa… entre municipales.

“La entrada de los viajeros salmantinos en Ciudad Rodrigo fue ruidosa, ruidosísima… Baste con decir que delante de la numerosa caravana iban jóvenes comerciantes de esa haciendo sonar estrepitosamente enormes cencerros, cornetas, pitos y otros ins-trumentos. Y los paisanitos estuvieron todo el santo día en la calle, en el café, en los toros y en el tren (al regreso), sin cesar un momento de agitar los cencerritos… ¡Irían a eso…!

“La afluencia de forasteros ha sido hoy grande, especialmente de Salamanca, de donde han venido infinidad de artesanos y comerciantes, cuyos nombres llenarían el periódico.

“El día, caluroso, con amagos de tormenta, pero sosteniéndose sin llover. Hubo música en la plaza y superior paseo de bonitas muchachas luciendo sus mejores galas.“Animación grandísima en el ferial de ganados, en el que se han presentado buenos ejemplares”.

Y con esta entrada, con una descripción significativa de lo que era un día feriado en Ciudad Rodrigo a principios del siglo XX, El Timbalero acomete la crónica del festejo taurino, en el que se lidiaban cuatro novillos de Carreros y con Gordito como único espada.

“Mala impresión –dice José Sánchez- había dejado Gordito entre el público que asistió a la primera corrida, en la cual estuvo el hombre desdichado. El diestro, resentido aún de su última cogida en Barcelona, no debió de haber toreado, puesto que no estaba, ni mucho menos, para ello. Pero ya que se decidió, debió de procurar salir más airoso de su cometido, alegrando aquellos toros y llegando con la muleta a la cara, que era lo que requerían, y no mostrarse apático y despegado.
“Esto se dijo anoche y se ha dicho hoy; el público, así impresionado, se retraía de ir a la segunda fiesta, pero a la crítica hora y cuando de una manera cierta se supo que Gordito, desoyendo los consejos facultativos, se disponía a torear esta tarde, se llenó la plaza y hubo la misma animación y la misma alegría que en la tarde anterior. El público iba a buscar el desquite.

“La premura de tiempo y la precipitación con que escribí la revista de ayer para que llegara al tren, no me permitió hacer resumen, que está compendiado en las anteriores impresiones del público que, por lo exactas, coinciden con las mías, añadiendo que los toros cumplieron, siendo grandes, bien criados y de excelente lámina. Y a otra cosa”.

La crónica del desarrollo del festejo taurino para los interesados, como muchas otras que se incluyen en el libro, aunque sí quisiera hacer referencia a los ripios con que muchos críticos iniciaban sus crónicas. Y seguimos con El Timbalero, describiendo en verso su salida de Salamanca y su periplo a Ciudad Rodrigo para ver una corrida de toros en la plaza del Hospicio: “Cuando apenas se veía, / y el cierzo frío soplaba, / y yo, ¡claro!, me quejaba / del relentillo que hacía, / me encaminé a la estación, / y tomando el ‘documento’, / ocupé un departamento / de tercera, en ocasión / en que el largo tren partía, / y la máquina silbaba, / y todo el mundo cantaba / y todo el mundo reía… / La luna… fascinadora / se ocultaba entre las nubes… / ¡y cantaban los… querubes / la llegada de la aurora! / El tren, en marcha veloz, / corre con su buena carga, / y a nadie el dolor le embarga / (y yo con un sueño atroz). / ¡A los toros a gozar! / (que es fiesta que yo bendigo) / vamos a Ciudad Rodrigo, / de personas un millar. / Y en todas las estaciones, / donde el tren hace paradas, / la gente sube a ‘porradas’ / inundando los vagones… / La alegría es general; / nuestro viaje es muy feliz; / no se registra un desliz… / ¡vamos, que esto no va mal! / A mi lado va dormida, / sin despertarla, las voces / y los chistes algo atroces, / de esta gente divertida, / una charrita juncal, / de un pueblecito cercano… / (¡Duerme… y reposa una mano, / encima del delantal!) / La observación es curiosa / y es digna de ser escrita… / (La locomotora pita…) / (¿Le ocurrirá alguna cosa?) / Al fin, y sin noverodad, / llegamos a la estación / de Miróbriga… Ovación / y… vamos a la ciudad.”
El Timbalero, con estos ripios nos sitúa en el espacio mirobrigense después del trasiego ferroviario: “Y a la llegada a Miróbriga, el despampane, amigos mío, en muchachas bonitas, que salen a los balcones, al paso de los coches, para enterarse de la gente forastera que llega. Luego, paseos por aquí, vueltas por allá y, a las doce, después de la procesión solemne del Santísimo Sacramento, se organiza en la plaza un animado paseo.

“El cielo nublado… se torna sereno a ratos, para volver a encapotarse después. Se teme que a media tarde nos vuelquen las nubes su mercancía haciéndonos un mal tercio… Y como ahora en las fondas hay que ir prontito, para evitar el que le sirvan a uno los desperdicios de otros, sigo el ejemplo de los que abandonan el paseo y me dedico al… clásico cocido. Total: que a las cuatro ya me encontraba en la plaza, dispuesto a anotar lo que sea digno e indigno, dicho sea para tranquilidad de Pacomio y del Copao. Y ustedes perdonen los ripios que les coloco… a ratos.”

El libro recoge también referencias sobre ilustres y no tan ilustres mirobrigenses que tenían la costumbre de acudir a las corridas de toros, de sucesos más o menos llamativos, como la intervención de la Guardia Civil para matar a tiros, en 1885, a un toro que había saltado a los tendidos; o la imagen que podría presentar el coso con media docena de caballos muertos tras la suerte de varas; o las anécdotas sobre la profesionalidad de los toreros ante astados respetables, como lo que le ocurrió a Juan Puga, Puguita, y que queda relatado así: “Pero llegó el colmo cuando salió al redondel el segundo estornino. Vista su quietud recibe una ovación general de pitos y epítetos de lo más escogido. Le dan un recadito del que manda para que cumpla su deber, al que contesta que siendo tanto el serote que tiene en toíta su persona, se ve imposibilitao de empezar la lidia.

“Le hacen subir a presencia de la autoridad y preguntado la causa de su mutismo dijo: Con este percá / sufro unos mareos / y unos cosquilleos / que ni oigo ni veo / y empiezo a tembrá. / Siento umedecía / la parte trasera / y suplico a usía dir a la perrera. / ¡Vengan los galenos!, / dice el presidente. / ¡Pues estamos buenos / con este… valiente! / Llega el médico León / con su risita zumbona, / fijándose en la persona / a que hacemos alusión. / Declara el hombre de ciencia / que padece jindamitis / aguda, y que en conciencia / también sufre timpanitis. / El primer padecimiento / no lo puede combatir / (que es del crítico momento), / pudiendo solo decir, / según dicta la razón, / que es cuestión de corazón. / Dispone para el segundo / de trementina fricciones / y el público tremebundo / le receta irrigaciones / y unos cuantos sinapismos / encima de los riñones.

“La autoridad dispone sea conducido a la perrera el célebre don Juan Puga, ordenando que antes de entrar en la prisión se le den unas friegas con un cepillo de esparto”.

En líneas generales, esto es lo que se van a encontrar en el libro, complementado con alguna documentación gráfica –no he podido localizar apenas fotografías de esta plaza o de los festejos que acogió- y unas ilustraciones de Carlos García Medina, a quien estoy sumamente agradecido por su colaboración, como también a quienes de una u otra forma me han facilitado documentación o me han abierto las puertas de los distintos archivos en donde he podido obtener información para asentar la publicación.

Con mi especial agradecimiento a los editores de este libro, al Centro de Estudios Mirobrigenses y al Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo, quiero también manifestarles mi gratitud por habernos acompañados en este acto cultural que se ha querido vincular a la antesala carnavalesca. Mis más sinceras gracias.

 

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