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Secuelas vigentes del franquismo. Actitudes contrarias a la aplicación de la LMH (3): los tópicos más extendidos y el silencio más estridente de la “historia nacional”. Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Actitudes contrarias a la aplicación de la LMH (3): los tópicos más extendidos y el silencio más estridente de la “historia nacional”. Por Ángel Iglesias Ovejero
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Desde que nos ocupamos del deber de memoria republicana, sobre todo de un año para acá (ver día 20/01/2017), venimos repitiendo que la oposición a su recuperación remite siempre a un franquismo recalcitrante apenas soterrado, que se viste con el ropaje de un generoso olvido sobre un pasado no lejano todavía y le sale muy barato a quienes lo promueven, porque no regalan nada de lo suyo. Mirada de cerca, esta propuesta de amnesia colectiva de cara al futuro, que tiene un arraigado antecedente en la política del silencio oficial sobre las responsabilidades de la Guerra Civil y la Represión, fomentado en los años posteriores a la Transición, solo atañe a “la memoria republicana” y nunca a “la memoria nacional-católica” (Espinosa 2015). Esta última se construyó como historia oficial sobre la base propagandística del Régimen franquista hasta el fin de la Dictadura, según la cual, no solo se santificaron los presuntos valores “nacionales”, sino que se demonizó la República (haciéndola responsable de la guerra civil) e incluso se culpabilizó a las víctimas de la represión, como en parte sucede todavía. Es este pertinaz nacional-catolicismo lo que, tras el “pacto de silencio” o “pacto del olvido” durante la Transición, trataron de regenerar J. M. Aznar y sus gobiernos, según J. Aranzadi (2005: 5). Entonces los derechistas renunciaron al “mito de la reconciliación” y esto provocó una reacción en favor de la memoria republicana, tanto en los estudios históricos como en los familiares de víctimas de la represión franquista, que hasta cierto punto se reflejó en la LMH (2007) durante el gobierno de J. L. Rodríguez Zapatero.

El nacional-catolicismo, a vista de pájaro, parece una extraña amalgama que, para empezar, se basaba en el antagonismo de las “dos Españas”, según el debate surgido a finales del siglo XIX sobre la esencia de España entre los intelectuales del regeneracionismo (se le ha encontrado un antecedente icónico en el “Duelo a garrotazos” de Goya, como alusión a las luchas fratricidas de liberales y absolutistas), entre la última guerra carlista (1876) y la pérdida de la colonias (1898). Fue un período en que aparecieron los nacionalismos periféricos en los territorios del carlismo. El debate después se prolongó entre los autores de las generaciones literarias de 1898 y l914. Con el método expeditivo que lo caracterizaba, Franco consiguió la unión de elementos tan heterogéneos como podían ser el ideario de los carlistas (tradicionalismo, absolutismo, catolicismo reaccionario, foralismo) y de los fascistas (totalitarismo unitario, ultra-catolicismo, corporativismo), para derrocar la República. Logrado el triunfo bélico, la versión nacional-católica de la guerra civil se ofrecía como una lucha entre una España “verdadera” (castiza y conservadora), integrada por monárquicos carlistas y alfonsinos, ultracatólicos, militares africanistas y falangistas; y una “Anti-España” (internacionalista y revolucionaria), integrada por republicanos y obreristas, comunistas, anarquistas, judíos, masones y ateos. Esta última había ido derrotada en “la Cruzada”. En la primera se encarnaban todas las esencias patrias, que tenían su modelo en “la España imperial”. Pero la esencia de lo español (estoicismo, valentía, ingenio) daba incluso para soportar la hambruna de la obligada autarquía y abrirse una vía económica entre el comunismo y el liberalismo, atraerse el turismo gracias precisamente a su singularidad (“España es diferente”, “como en España no hay nada”). Con este andamiaje la Dictadura aguantó casi hasta los cuarenta años, a base de silenciar lo que el Régimen llevaba dentro: falta de libertad, de democracia, de solidaridad, y con sostén de la represión, las ejecuciones, los exilios, la emigración.

Hecha abstracción de los “valores” de estas singulares señas de identidad, el proceso de manipulación (de apropiación y de exclusión) de la historia española por el “nacional-catolicismo” no difiere de las “historias nacionales” de otros países, en las cuales se advierte siempre un contenido ideológico, según J. Aranzadi (2005: 3): “La Historia es siempre ideología, y lo es especialmente cuando se disfraza de ciencia y relato ´objetivo´ del pasado”. Porque los nacionalismos políticos, sean grandes o pequeños, más allá de las posibles leyes por las que se rigen, se nutren de la adhesión emocional de los individuos a una serie de valores culturales (nacionalismo cultural). El sentimiento de pertenencia a una comunidad incluye signos de diferenciación frente a otros nacionalismos, con los que no se excluye la solidaridad, pero el contraste también puede generar relaciones conflictivas. De hecho, en la raíz de los nacionalismos, más allá de los valores “positivos” programados (P. Ibarra 2005), frente a los individuos y colectivos “no nacionales” (otros nacionalismos o minorías étnicas) se perciben comportamientos racistas, xenófobos, integristas, clasistas, que son ingredientes más o menos presentes en las historias oficiales de los respectivos países, que los grupos dominantes imponen y en los estados modernos se transmiten en la enseñanza, para lo cual previamente se somete la visión del pasado a un proceso de modelización. Sin ir más lejos, en Francia, que para bien o para mal aparece como una referencia en España, se levantó un gran revuelo a mediados del pasado mes de febrero (2016), porque en el período preelectoral de las elecciones presidenciales uno de los candidatos se atrevió a decir que la colonización de Argelia (1830-1962) había sido “un crimen de guerra”. Todos los otros candidatos se le echaron encima, porque, con independencia de la propiedad o impropiedad de tal calificación en este caso, son partidarios (sobre todo en período electoral) de que en la “Histoire de France” que se enseñe a los escolares solo se cuenten los hechos de tal manera que se pongan de relieve las grandezas de Francia, desde el tiempo de los Galos hasta De Gaulle por lo menos, quedándose con “lo positivo” y dejando de lado “lo negativo”.

En el mejor de los casos, esta manera de contar el pasado más parece poética lección, análoga a una leyenda dorada o heroica, que un reflejo creíble de los sucesos buenos o malos, reconocibles como tales por sus causas y efectos, lo cual sería de esperar de una “historia verdadera”. Lógicamente, los contenidos de las “historias nacionales” chocan con los de otras naciones. Por lo visto, en Europa nadie quiere cargar con el mochuelo de las responsabilidades que “la civilización occidental” ha causado en otras civilizaciones (invasiones, exterminios, genocidios, enfermedades mortíferas, comercio de esclavos, expolios económicos y culturales, etc.) o los estragos causados en otros países del mosaico europeo. Es de suponer que serán los agredidos y perjudicados o sus herederos quienes restituyan el complemento de información que falta en aquellos relatos históricos edulcorados para que se parezcan a la verdad, sin que alcance a desmentirlo la asignación de lo negativo a una presunta “leyenda negra”, como se hace en España, porque esto ya no es de recibo (“la leyenda negra no existe”). Y lo mismo sucede con la versión nacional-católica de los hechos acaecidos en España de 1936 a 1975 (e incluso algo después), que se repite como verdad inmutable: la “Historia Nacional”, convertida en dogma. Falta el complemento republicano que la Memoria Histórica tiene el deber de aportar, recordando que la invención franquista consistió en violentar y pervertir los valores generalmente admitidos, el respeto a la vida, la libertad, la democracia, la justicia, la cohesión social.

Hoy día, para combatir la recuperación de la memoria republicana, el argumento más socorrido del dogmatismo histórico nacional-católico es el paso del tiempo, en el que se funda la terapéutica del olvido (“el tiempo todo lo cura”) y la banalidad de las responsabilidades criminales, borradas con el tiempo (“aquello ya pasó hace tiempo”). La distancia temporal favorece las mitificaciones y mixtificaciones que llevan a la aceptación ciega de la explicación de la guerra, presentada por los historiadores francófilos de hace más de medio siglo como consecuencia fatal de una situación convulsa (“la guerra era inevitable”), una medida preventiva para evitar males mayores (“fue un mal necesario”) e incluso misteriosamente prevista en los designios de la Providencia (“Dios lo quiere” fue el grito de guerra, como en las Cruzadas), cuyo resultado sería un premio para unos o un castigo para otros. Cualquier intento de modificación de la simplificación tendenciosa será recibido como algo anacrónico y de sospechosas intenciones (“¿Qué queremos eso ahora?”), con lo cual se entra en un círculo vicioso en el que el olvido de ahora se justifica por el olvido anterior (“no hay que revolver la mierda que ya estaba asentada”).

Estos contenidos tópicos, que, siendo sofismas, se repiten como axiomas, se han revitalizado con el revisionismo histórico y político, auspiciado en la época de Aznar (supra), también se deben a una forma de credulidad, propia de gente semiculta (como sucede en los fenómenos de lengua), que confunde los relatos o las vagas referencias a los hechos con la realidad misma de éstos. Sus transmisores han sido, de grado o por fuerza, los destinatarios de aquel lavado de cerebro que la propaganda nacional-católica denominaba “formación del espíritu nacional” o bien personas educadas en la amnesia del pasado con el argumento del miedo “guerracivilista”, ya evocado (01/02/2017). De modo que consideran que lo que no está referido en los libros académicos (franquistas) no ha existido, como si la ignorancia fuera patrimonio exclusivo de los analfabetos y no también, descontada la mala fe, de los historiadores que no han querido o sabido encontrar los horrores de la guerra y la represión en la retaguardia franquista o en la posguerra. Y al contrario, las invenciones que se cuentan en la escritura oficial, a fuerza de repetirse, se toman por realidades en la opinión colectiva, debido a la falta de elementos de contraste.Como si la repetición de mentiras, errores e invenciones convirtiera éstos en verdades, aciertos y realidades concretas; o si los comportamientos delictivos no hubieran existido o dejado de serlo por tener un largo recorrido y amplio calado en la sociedad (el machismo tradicional en España, la misoginia, la incivilidad, la corrupción política, el fraude fiscal, etc.). Así que, sin más explicación, habría que tolerar y dar por buenas las exaltaciones de la guerra y las exhibiciones de impunidad en monumentos y símbolos, a pesar de que las leyes las prohíban, porque, según esas opiniones, el triunfo bélico las justifica (“para eso ganamos la guerra, o perdisteis la guerra”) y forman parte de la historia (“son historia”, “no borrar la historia”) y, por añadidura, se apuntalan con la coartada cultural (“el patrimonio nacional”).

Una coartada análoga es la del humanitarismo ecuménico, que se combina con el miedo a ese pasado mal conocido, que en gran medida se ha ocultado y cuyo olvido se fomenta oficialmente. No se puede hablar de las víctimas de la represión franquista, todavía desconocidas muchas y sin reconocimiento en su mayoría (a no ser que se le dé ese significado al Valle de los Caídos, donde sus cadáveres sirven más de trofeo que de otra cosa), sin que salga alguien a recordar que también hubo víctimas de la represión republicana, siendo así que la historia nacional-católica lo lleva pregonando desde 1936 (“los mártires de la Cruzada” y “los caídos por Dios y por España”). Siempre hay algún familiar biológico o ideológico que, cuando se escribe de republicanos asesinados o se les rinde homenaje, reclama que se haga con “todos”, aludiendo a los de su “bando” (“los de Paracuellos” o donde sea), pero no porque en general estén dispuestos a compadecerse de los sufrimientos de los otros, sino de ellos mismos sobre todo, aunque no puede excluirse que en algún caso sea un sentimiento sincero. En este caso merece un respeto, pero a veces este comportamiento revela un componente de hipocresía redomada, dado que, además de pretender estorbar el reconocimiento y reparación de las víctimas del “otro bando”, aprovechan para recordar que sus familiares eran buenas personas (creyentes, religiosos, etc.), dando a entender implícitamente que los republicanos no lo eran. Y hablan sin saber o simulan ignorar que muchos presos de Salamanca y Ciudad Rodrigo, como prueban las cartas desde la cárcel y los testimonios, eran creyentes vilmente asesinados, pero ni la Iglesia ni nadie los ha calificado de “mártires” o pedido su canonización.

Más extendida si cabe es la opinión que acepta la dejadez gubernamental y de las autoridades democráticas con respecto a LMH (ver día 16/02/2017), también motivada con análogos e hipócritas reclamos humanitarios (“no abrir heridas”), llamadas a la paz social (“no agitar viejos rencores”) e incluso el piadoso recuerdo de los muertos (“dejar en paz a los muertos”). De un modo apenas velado consideran “agitadores” a los miembros y simpatizantes de las asociaciones de la memoria republicana, porque atribuyen al “odio” la indignación que sienten y denuncian los demócratas ante la impunidad de los crímenes franquistas. Ninguno de esos presuntos “agitadores”, que moralmente resultan condenados, echa de menos la guerra, pero el reclamo de la paz está muy desarrollado entre quienes se beneficiaron de aquélla, empezando por los mismos franquistas. Quizá los lectores mayores recuerden la campaña de M. Fraga con motivo de “los 25 años de paz” en 1964 (que los antifranquistas llamaban “de tranquilidad”, por su equívoca relación con la tranca), poniendo la tardía y limitada prosperidad económica en el haber de Franco, cuya efigie aparecía en una serie de monedas. Es posible que en el franquismo social todavía se cultive la complaciente nostalgia de aquel orden represivo (“con Franco no pasaban estas cosas”, a veces en son de amenaza: “si Franco levantara la cabeza”) y de aquel bienestar (“con Franco vivíamos mejor”) que hacía abstracción de la penosa emigración masiva en los años sesenta. Lo que no ofrece dudas es que todavía se consideran adecuadas al caso aquellas frases consensuales (“lo que hace falta es que no vuelva a pasar, o que no veamos aquello otra vez”), como si el remedio estuviera en el buen deseo, pero olvidando que la mejor manera de que “vuelva a suceder aquello” es no tratar de los motivos y las responsabilidades en aquellos graves sucesos, así como la indiferencia en el reconocimiento de las víctimas.

Precisamente esta ceguera retrospectiva se relaciona con otro contenido tópico que, una vez más, parece una propuesta altruista, pero encierra una profunda injusticia. Se trata de la teoría del reparto de responsabilidades en la guerra (“todos fueron culpables”) y de sus efectos (“todos perdimos la guerra”), conocida como equidistancia y equiparación, e irónicamente “equiviolencia” (Robledo). Esto supone hacer abstracción de las causas reales de la guerra a consecuencia de una sublevación militar, la represión y la violencia como principal soporte de la Dictadura, así como, por supuesto, dar por hecho que los herederos de los verdugos y de las víctimas sufrieron por igual. Concretamente, esto se comprueba a nivel local, donde las autoridades municipales sucumben a esta singular manera de ver el lejano conflicto y la represión, cuando se niegan a asistir a los homenajes a republicanos asesinados por milicianos fascistas o ejecutados por sentencia de consejos de guerra, porque prefieren permanecer “neutrales” (nótese el implícito posicionamiento pacifista en un imaginario conflicto bélico), equiparando en el recuerdo a las víctimas y a los victimarios. No lo haría mejor Pilatos cuando dejó castigar al Justo, lavándose las manos (“soy inocente de la sangre de este justo”, Mt. 27: 24). Son actitudes inhibitorias y timoratas que alientan los desplantes de resabiados franquistas que llegan a amenazar impunemente con romper las placas recordatorias o las lápidas nominales de víctimas, si las autoridades retiran los símbolos de exaltación bélica y los nombres de represores en el callejero.

También un amplio sector de la opinión pública comparte la señalada excusa del actual Gobierno para no aplicar LMH: la falta de “recursos”. Es un tema en que, por haberse tratado (23/02/2017), no se insiste aquí. Se relaciona con las reiteradas carencias democráticas y de justicia, que nunca han sido asunto de urgente solución en la España monárquica. Y a este propósito, quizá no esté demás recordar que, por principio, el sistema monárquico hereditario es el menos democrático, aun en el supuesto de que sea constitucional, una característica que no se dio de inicio en el caso de la restauración de los Borbones, pues Juan Carlos I fue nombrado sucesor por Franco, aunque en modo alguno se pueda poner en duda el proceso de su legitimación. Recordarlo no es una injuria y, por otro lado, es indudable que, a largo plazo, la Monarquía fue beneficiaria colateral de la destrucción de la República. Por ello se entiende que los Reyes (el que está en funciones y el jubilado) no hayan dado señales de ser fervientes defensores de la memoria republicana (“no hay que pedir peras al olmo”). Con guardar un discreto silencio y olvido (solo alterado con alguna inoportuna insinuación) les ha bastado para seguir donde están. Pero no hay que olvidar que la monarquía hereditaria, aparte de la persona que asume la jefatura del Estado, incluye al colectivo de la familia real, cuyo mantenimiento requiere también “recursos”. Se cifran en varios millones de euros, que, comparados con los presupuestos generales, no abultan mucho, pero los encuentran excesivos quienes no perciben más que una función decorativa por parte de esa familia e incluso llegan a considerarlos escandalosos cuando se fijan en la conducta poco o nada ejemplar de algunos de sus miembros, sin que les alcance el rasero de la justicia que, en principio, debería ser igual para todos los españoles.

En suma, los tópicos contrarios a la aplicación de la LMH son emanaciones de la “Historia Nacional-Católica”, que, sin el necesario complemento de la tradición republicana, se queda en una mitificación ideológica: una historia falaz y no veraz. Y sobre este falso cimiento no se puede edificar un proyecto sólido de “reconciliación”, que no atañe a los agentes y pacientes del pasado (es imposible reconciliar a los muertos que no lo hicieron en vida), sino a la sociedad española actual, a la que se supone sensible a los valores de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

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