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EL CARNAVAL DE HOY VISTO DESDE AYER. Por Román Durán Hernández

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EL CARNAVAL DE HOY VISTO DESDE AYER. Por Román Durán Hernández
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Hace ya muchos años que en un acto celebrado en el Café Moderno con motivo de la proclamación de los triunfadores en el Bolsín Taurino, el Conde de Montarlo terminaba un desdichado discurso diciendo que si en el Carnaval hubiese algún muerto, el Carnaval se prestigiaría.

Eran tiempos en los que determinados “Patriarcas” hacían de caciques, tiempos en los que todavía al jefe se le llamaba amo y no eran pocos los que se sentían halagados al verse salpicados por el barro del coche de su “amo” aunque ellos no tuvieran ni patines. Lo extraño es que pasados muchos años, determinadas actitudes y comportamientos en torno a nuestros carnavales siguen petrificados y fieles a una “tradición” a ultranza. No se conserva de esa tradición más que la hojarasca, sin ser capaces de adaptarse a la nueva sensibilidad que caracteriza a los tiempos modernos.

Y no es que queramos borrar tradiciones, sino adaptarlas, digo, a las exigencias del mundo actual. La historia tiene una entidad dinámica. Su ser radica en un devenir. Es un movimiento discontinuo en el que los hombres que la protagonizan, la escriben y la interpretan, van alcanzando grados de perfección. Quedarse petrificado en una etapa o querer quedarse es ir contra la propia naturaleza de la historia. Cada día, cada momento, va muriendo y naciendo algo en nosotros. No somos dos veces el mismo, como el río. Es fluir, cambiar; renovación permanente.

La lealtad solo puede entenderse desde el postulado de movimiento y cambio. El sosiego de la naturaleza esta centrado en el eterno movimiento. Algunos pretenden ser leales al pasado rasgándose las vestiduras por toda crítica, por toda superación y perfeccionamiento. No admiten que toda actividad, todo postulado tiene que ser renovado para que viva en él lo esencial. Y condenan a los herejes que, buscando eficacia en ese arsenal de conceptos del pasado, sacan a la luz conclusiones no dichas de premisas existentes o podan ramas superfluas para que el resto del árbol tome más vigor y fuerza. Pero están equivocados. Es la frecuente visión errónea de la que ya Maquiavelo decía: “El excesivo respeto al pasado constituye una traición para el futuro”.

Por eso, fuera de la nostalgia, debemos encontrar para nuestras fiestas la formula feliz, capaz de armonizar la tradición, acomodándola a las circunstancias históricas que exige el mundo contemporáneo, del que debemos ser, no sus esclavos, sino sus intérpretes y en lo posible sus artífices.

En mi opinión acerca de nuestras fiestas carnavaleras, creo que va siendo hora de desprenderse de gran cantidad de hojarasca que las cubre y pensar en unas fiestas más refinadas que se adaptan a la sensibilidad de todos.

Para ello quizá haya que huir de esa tentación paternalista de calificativos como “fiestas populares”, “cultura popular” etc., que no son sino expresiones ambiguas con las que no sabemos si se dice que los precios han de ser rebajados, o ha de ser rebajada la calidad. Para hacer inteligible el arte, cualquier actividad (también las fiestas) no debe rebajarse la calidad, sino aupar al auditorio.

Apoyado en estas reflexiones, siempre alentaré al nacimiento de unas fiestas o de un arte elitista, que es todo lo contrario de antipopular. Es bueno dirigirse a los oídos “minoritarios” de la más grande mayoría, transformándonos y transformando a todos en elite, no aniquilar las elites: igualar o, para ser más exactos, defender la igualdad por arriba, no por abajo; encontrándonos unidos todos en las estrellas, no en los charcos.

Sólo así se podrá salvar una época ardua para el arte, ardua para la cultura, ardua para la belleza. No hay época verdaderamente humana que trate de oponerse a lo más humano que late en el corazón del hombre. Mi infinita esperanza en él se funda en su indomable afán, su apasionada búsqueda, su anhelo inquebrantable hacia lo bello y la belleza. Por encima de la actividad utilitaria que es la política; por encima de la actividad primaria y dominante que es la vida. Por esto, invito a los que me lean a acercarse a la belleza y a mirarse en ella y a iluminar con ella sus calles y sus casas y ¿por qué no? sus corazones.

Porque la belleza -la gran diana del alma- lo mismo que el amor en el “Paraíso”, es lo que mueve al sol y a las estrellas. También al sol y a las estrellas que iluminarán los amaneceres de nuestros próximos carnavales.

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