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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (7): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Casillas de Flores y pueblos de Azaba). Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (7): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Casillas de Flores y pueblos de Azaba).  Por Ángel Iglesias Ovejero
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La tradición de la represión en Casillas de Flores se mantiene viva en lo esencial, aunque solo en parte se manifiesta fuera del entorno familiar, por el motivo habitual del miedo guerracivilista del franquismo sociológico, alimentado por las autoridades locales civiles y eclesiásticas. Dentro de los grupos de parentesco también se observan filtros significativos entre los descendientes represaliados, más sensibles al recuerdo los que han emigrado que quienes han permanecido en el pueblo o regresado al mismo. La información oral y de archivo se viene analizando desde hace tiempo (Iglesias 2008a, 2016, “Croniquillas”, 16/07/16, 09/10/16). Habría que completarla con vistas a una descripción afinada de las consecuencias de la represión directa, intensa y extensa en esta localidad.

Los “exilios” a Portugal o localidades cercanas en el verano sangriento de 1936 generalmente no pasaron de conatos y tuvieron limitadas consecuencias en ciertos casos y resultaron fatales en otros. Gaspar Villaverde García, comandante de Infantería retirado, a principios de aquel agosto fue detenido por los falangistas locales cuando en compañía de su hermano Lorenzo, párroco del pueblo, se dirigía a Alberguería de Argañán. Según su versión, el viaje tenía por objeto tomar el coche de línea para incorporarse al Movimiento en Salamanca, con evidente retraso. Aquel camino también llevaba a Portugal y, de hecho, su explicación (28/08/36) no convenció a nadie, a pesar de lo saturada que ya estaba su declaración de la retórica militarista y nacional-católica:

“(…) Que cuando se inició el movimiento patriótico, convencido de que no se trataba de un hecho de política, sino de salvar la Patria y la fe contra la anti-patria y el marxismo, no podía dudar, como hombre católico y militar, de adherirse a dicho movimiento patriótico. Que hizo propósito de venir a Salamanca, cuando hubiera medio de hacerlo por ser un pueblo, el suyo, alejado y de malas comunicaciones, y de Salamanca nada supo hasta que recibió “El Adelanto” seis o siete días después. Que entonces intentó venir y vio que los falangistas le ponían dificultades por lo que mandó (…) al pueblo de Fuenteguinaldo a poner un telegrama de adhesión al Comandante Militar de Ciudad Rodrigo, que era un capitán de la Guardia Civil, siendo esto hacia fines del mes de julio pasado, y cuyo telegrama fue confirmado después por una carta, creyendo que así ya no tendría dificultades, pero se conoce que el telegrama llegó cuando había denuncias contra el declarante, el cual no recibió contestación (C.515/36: f. 10)”.

Gaspar Villaverde fue procesado y condenado a reclusión perpetua, por el delito de “rebelión militar”, aunque la sentencia fue impugnada y le sería conmutada la pena (C.515/36), seguramente gracias a la mediación de Valentín Villaverde García, comandante de Carabineros (Salamanca), su probable hermano. A pesar de ello, la familia perdió crédito. El cura Lorenzo ya no sería solicitado para los informes sobre los represaliados locales, un hijo de Gaspar, médico en la localidad, dejaría de ejercer en ella, otro probable hermano, Luis Villaverde García, industrial en Ciudad Rodrigo, sería multado con 5.000 pts. La familia era originaria de Lumbrales y quizá, al recobrar la libertad en febrero de 1937, Gaspar y algunos de los suyos regresaran a dicho pueblo.

En la primera quincena de agosto de 1936, el alcalde José María Moreiro Ríos trataría de huir a Portugal, pero no lo hizo a tiempo o en las circunstancias oportunas, a pesar de la ayuda que le prestara Ángel Montero Estévez. Éste, de resultas, tuvo también que huir al país vecino, donde consiguió esconderse, aunque sin evitar una multa de 50.000 pesetas (C.171/41). José María Moreiro estaba casado con Isabel Gómez Martín (lleva los mismos apellidos que una vecina de Ciudad Rodrigo, Mercedes Gómez Martín, viuda de Valentín Pinto Gómez [Viudas, RCCR)]), con quien tenía tres hijos. En 1979 esta familia puso una lápida en la tumba de José María Moreiro, aunque ya para entonces habría emigrado. Tiene descendientes en Madrid, que en 2016 colaboraron en la colocación de una placa conmemorativa de las víctimas mortales casillanas en una pared del cementerio local.
Del mismo modo fue eliminado en su propia casa Felipe Rastrero Antúnez, estando presentes familiares y allegados suyos, entre ellos el informante Emilio Hernández. Estaba casado con Rosalía González Alfonso, con quien tenía cinco hijos (Celia, Manuel, José, Jesús, X). Los falangistas locales también se ensañaron con dos de sus hijos, Manuel y José, aunque consiguieron huir al monte, donde se veían con otro hermano que iba con las cabras. Los dos primeros hermanos siguieron trayectorias diferentes:

“(…) José tenía que incorporarse al ejército, y el abuelo, que, a diferencia del padre, era de derechas, medió y se pudo incorporar en Salamanca, y allí se encontró con un guardia de Casillas, Severiano “Corneta”, que era un cabrón. Estuvo en la guerra y después se apuntó en la División Azul, por el miedo de que lo mataran los falangistas, aunque hubo otros 18 o 20 de Casillas que estuvieron en esa División Azul; algunos, buscando la vida, hicieron carrera militar (CdF 2008).

El mismo informante señala que más tarde José Rastrero emigró a Francia, pero no tuvo suerte, pues murió allí, no se sabe de qué. Manuel Rastrero, que antes del Movimiento estaba en el país vecino, quizá volvería a emigrar después, pero no hay noticias ciertas. La esposa de Felipe Rastrero probablemente ya habría muerto en 1981, cuando se registró el asesinato de su marido, fuera de fecha (RCCdF, 29/10/1981), por “expediente instado por Dª Celia Rastrero González”, su hija.

A consecuencia de la detención sangrienta de Felipe Rastrero fue perseguido también Francisco Hernández, su allegado y padre del informante Emilio Hernández (supra). Aquél tuvo que esconderse cerca de la frontera portuguesa con un hermano suyo, llamado Ángel, y dos primos. El niño Emilio (de ocho años entonces) les llevaba la comida, después de que gente amiga condujera a la madre y otros tres hijos (el mayor enfermo de meningitis) en un carro de vacas, a las Cuestas de Alberguería de Argañán, adonde también fueron a buscar a Francisco, “cuando estaban trillando”, pero el dueño de la finca se interpuso (CdF 2006). Esta persona perseguida acabó de pastor del conde de Montarco. Y Emilio fue de los que en los años cincuenta emigraron al Norte, de donde regresaría al jubilarse.

La tradición familiar conserva los rasgos esenciales de la “desaparición” de Antonio Francisco Álvarez Martínez (a) “Portones” la noche del 8 de octubre de 1936 en una saca carcelaria de Ciudad Rodrigo. Estaba casado con Julia Moreiro Antúnez, de cuyo matrimonio dejó tres hijos menores de edad (Isabel, José Manuel y Marina). El matrimonio había estado en Francia, posiblemente entre 1928 y 1933. La viuda de Antonio Álvarez sacó adelante a su familia con muchas dificultades en el pueblo. También ha transmitido algún detalle accesorio en relación con la detención de su marido. Según la versión de un nieto, fue un intento de intimidación contra ella y una cuñada, mujeres desvalidas:

“Una noche, fue a buscarla “el Gallina” a su casa y a su cuñada Petra (hermana de Antonio), con el pretexto de que si querían ver a su marido y hermano, que fueran con él. La madre de Petra y de Antonio se quedó en casa llorando y gritando que se quedaba sin hija y sin nuera. “El Gallina” las llevó a una casa que debía de ser la que tenían por cuartel los falangistas y al llegar se dirigió a uno que debía de ser el jefe, apellidado Montero Iglesias, gritando: “Mi jefe, mi jefe. Las he pillado hablando en contra del régimen”. Y este Montero conocía a mi abuela porque les había cuidado de pequeños, y de hecho su hermana era la madrina de bautismo de la hija de Julia (Isabel). Entonces le dijo: “Julia, ¿es eso verdad?”. A lo que ella contestó: “No. Nos ha venido a casa diciendo que si queríamos ver a Antonio, que fuéramos con él. Que él solo se bastaba para que al día siguiente volviera a casa”. Entonces el tal Montero (no recordaba el nombre), dijo al “Gallina”: “Anda. Llévalas a casa, y que no me entere yo que les tocas un pelo”. Y por el camino de regreso, “el Gallina” iba apuntando con su rifle a las ventanas, gritando: “Como se asome alguien, lo mato” (CdF 2009).

Así pues, Julia Moreiro tuvo que sacrificarse mucho para alimentar a sus hijos. Pero, cuando parecía tener alcanzado este objetivo, todavía le quedaba un mal trago que pasar, con la muerte del segundo hijo, José Manuel Álvarez Moreiro, nacido en Francia, que trabajaba para una familia pudiente en una finca del campo, cuidando de las ovejas y otros menesteres. El 29 de marzo de 1948, a sus 17 años, apareció cadáver en una majada, con un disparo de escopeta, que era propiedad del dueño de la finca. Según la primera inspección de la Guardia Civil, el arma era de muy difícil manejo para alguien que nunca la hubiera utilizado antes. Pero el juez entendió que había sido un suicidio y el cura le negó el funeral. Esta versión no convenció a los familiares y allegados, porque sabían que José Manuel estaba muy motivado para contribuir a la economía doméstica, con el fin de que su madre no tuviera que trabajar tanto y su hermana Isabel volviera al pueblo, pues, con catorce años, se había ido a Valladolid a servir en casa de un militar (CdF 2009). Con posterioridad, una parte de la familia emigró al Norte, País Vasco y Navarra, donde residen dos nietos al menos de Antonio F. Álvarez. La segunda hija de Antonio (Marina) emigró a Francia, ya casada, por los años cincuenta. Esta familia ha buscado con ahínco las huellas del abuelo asesinado y ha tenido que encajar una dolorosa frustración, al comprobar que los restos hallados en una fosa de Aldeanueva de Portanobis no correspondían a los del ser querido buscado. Los verdugos de antaño se esmeraban en la opacidad de las sucias tareas macabras.

Apenas se tienen datos sobre la familia de Antonio Cánovas Mesa, compañero de infortunio de Antonio F. Álvarez. Había sido presidente de la STT, según una declaración del comandante Gaspar Villaverde en 1936: (…) conoce (…) a uno que llamaban Canóvas, del que cree que era presidente de la Casa del Pueblo (C.515/36: f. 9). Estaba casado con Basilisa González Zamarreño y era padre de tres hijos. Su viuda se manifestó en 1981, año en que, fuera de fecha, se registró la defunción de Antonio Cánovas en Ciudad Rodrigo (RCCR, act. def. 31/01/1981). Antonio Cánovas era originario de Mazarrón, en la provincia de Murcia, adonde regresaría quizá su viuda. Allí residen algunos descendientes, hasta ahora poco implicados en la recuperación de la memoria del abuelo sindicalista. Una hija emigró a Francia y regresaría a España después (CdF 2017).
Algunos datos erróneos sobre la ejecución extrajudicial de Antonio Hernández Rastrero prueban que la tradición familiar no ha llegado a formularse de un modo claro (“Croniquillas”, 09/10/36). Estaba casado con Petra Bernal Martín, con quien tenía cuatro hijas, según testimonios orales. A instancia de esta viuda en 1980 se registró en Ciudad Rodrigo la “muerte violenta” de Antonio Hernández como sucedida el 31 de agosto de 1936 (RCCR, act. def. 29/07/1980). Pero esta fecha está en contradicción con la relación de entradas y salidas en la cárcel del partido judicial, según la cual la saca tuvo lugar el 16 de octubre de 1936. Es probable que en la tradición local exista cierta confusión debida a la homonimia parcial entre Antonio Hernández Rastrero y Felipe Rastrero Antúnez (el primero sería hermano del antes mencionado Francisco Hernández y tío del informante Emilio Hernández). De la descendencia directa de Antonio Hernández no se tienen otros indicios biográficos.

Los recuerdos sobre Quirico Bermejo Escamochero (a) “tio Clico” y su familia se pierden en la misma tragedia que afectó a dos de sus miembros, el propio Quirico y su hijo Manuel Bermejo Hernández (a) “de tio Clico”, ambos ejecutados extrajudiciales. Según testimonios (CdF 2008), primero habría sido ejecutado el hijo y los verdugos habrían hecho gala de su conocido humor macabro con el padre: “Se llevaron a su hijo Manuel, y le dijeron a su padre “¿Quieres ir a ver a tu hijo?”, a lo que respondió que claro que quería ir a verle, que esperaran a que cogiera el sombrero, y le dijeron “No hace falta”. Y allí mismo lo mataron” (CdF 2009). Quirico Bermejo estaba casado con Julia Hernández y, además de Manuel, tenía al menos otros dos hijos (Eustaquia y Francisco), de los que no se tienen noticias. Manuel Bermejo estuvo casado dos veces, primero con María Antonia Palos González (15/11/1926) y después con Manuela Álvarez Lanchas (21/11/1931) “Ventorra”, prima hermana de Antonio F. Álvarez (supra), sin que haya constancia de su descendencia.
En consecuencia, a día de hoy estos represaliados, son “desterrados de la memoria”, como sucede en parte con otros ejecutados extrajudiciales, seguramente sin descendencia: Timoteo Feliciano Mateos Ríos, sacado con los vecinos de Fuenteguinaldo (08/10/36), que había vuelto de Francia y tenía un hermano, llamado Manuel “Penche”, quien a los 35 años también regresó de Francia para luchar en el “bando rojo” en Madrid (CdF 2007). La identificación tardía de José Martín Lanchas, jornalero y soltero, que, al ser eliminado en fecha incierta, dejaría a sus padres en un desamparo más o menos marcado, ha sido posible gracias al testimonio de una de sus sobrinas (CdF 2016), que eventualmente residen en el pueblo. Tampoco han transcendido las vicisitudes personales y familiares de dos víctimas mortales “indirectas”: Tomasa Mateos Hernández, muerta en desamparo y a consecuencia de un parto (22/11/38), cuando su marido servía en el ejército “nacional” y su madre, María Hernández González, estaba en la cárcel (C.1309//38); y Manuel García Peña, probable ex soldado republicano, fallecido en el campo de concentración de Mauthausen en 1941 (MCU).

Los traslados inherentes a la depuración de funcionarios afectaron a una de las dos maestras concernidas en Casillas de Flores, Ángela Montero Hernández y Nieves Velasco Crespo. Esta última, que había sido gestora del Frente Popular y era acusada de parentesco con un dirigente “comunista”, fue enviada a Ahigal de los Aceiteros (C.2133/37). Sin duda algunas familias de procesados emigraron, como la de Clemente Videira (C.250/37), sindicalista casado con Manuela Rastrero (quizá del mismo grupo de parentesco que el citado Felipe Rastrero). Debe de tener descendientes en el País Vasco.
En suma, los “exilios” del período más represivo y la emigración posterior se conocen mal, de forma fragmentaria e incompleta, aunque hubo una treintena de personas afectadas en Casillas de Flores. Es una constatación general que, sin ir más lejos, se confirma en pueblos cercanos del Valle de Azaba, como Espeja y Campillo, donde los afectados también alcanzaron esa cifra, pero solamente constan los traslados de los maestros y algún otro funcionario, como sucede también en Carpio de Azaba, si bien aquí la represión aquí no fue tan masiva (“Croniquillas”, 17/11/16, 09/10/16, 24/10/16).
Restituto Alejano Fonseca, maestro de Espeja (nacido en Sotoserrano), fue de los primero detenidos en julio de 1936 (Inf.E/36) y después denunciado expresamente por su condición de docente (C.644/36). Estaba casado con Lorenza Alonso Moro y tenía una familia numerosa, con seis hijos, que, como explicaba su esposa en un escrito al Gobernador Militar de Salamanca (26/11/36), estando Restituto en la cárcel, vivían en la necesidad, debido a la inquina de un vecino con quien tenían cuentas pendientes:

“Ruego a V. E. se sirva esclarecer los hechos que motiven la detención de mi esposo por tratarse de una venganza personal. Referido señor [Baldomero Martín] en el mes de agosto [de 1936] hizo firmar a mi esposo un recibo de deuda (sin que existiera) por valor de 500 pts. y pico por un viaje que hizo a Ciudad-Rodrigo a buscar un médico por hallarme yo enferma de gravedad. Como la distancia es de 24 ó 25 Kms., a mi esposo le pareció excesiva la suma, le dijo: Yo le pagaré a V. lo razonable y no esa exageración, amenazándole [Baldomero] de muerte, si no se lo daba. En aquellos momentos no disponíamos de dicha suma, para lo cual hizo firmar citado recibo. Mi esposo opuso resistencia, pero [Baldomero] mandó a un criado que tiene y nos dijo: le ruego firme V. el recibo, de lo contrario dice, vendrán esta noche dos falangistas y a 2 Kms. del pueblo lo dejan tendido, hágalo V. por sus hijos. De este hecho mi esposo dio cuenta a la autoridad militar, sin que por esto dejase de firmar el recibo, por temor a las circunstancias que atravesábamos en aquel tiempo. Citado recibo obligó a mi esposo a hacerlo efectivo, con nuevas amenazas de muerte en el pasado mes de septiembre. Tenemos seis hijos y por temor a perder la vida, tanto mi esposo como yo, convinimos en buscar la cantidad que nos exigía, creyendo que nos dejaría vivir tranquilos; pero aprovechándose de estas circunstancias, dijo al entregarle la suma: De poco se queja V., he de buscar medios para que ni V. ni sus hijos coman pan ni garbanzos” (C.644/36: f. 10).

Sin que llegara a pronunciarse auto de procesamiento contra Restituto Alejano, su estancia carcelaria intermitente se prolongó hasta 1939, parte de ella en el campo de concentración de Santa Espina (Valladolid). Al fin, según el testimonio de Patrocinio Alonso, sobrino de su esposa, el matrimonio se fue a vivir a Madrid, con sus seis hijos (E 2012). De resultas de la misma denuncia sería trasladado Julián Bordallo Carrelo, cabo de Carabineros, entre otros agentes depurados. De otras migraciones más o menos obligadas se tienen escasos indicios acerca de represaliados emigrados a Cataluña. Y para lo que atañe a la familia de Martina Iglesias Molinero, natural de Espeja, se remite a los “exilios” de Ciudad Rodrigo.

La represión en Campillo de Azaba, aunque no cruenta, también fue masiva. Antes de la emigración económica a partir de los años cincuenta, solamente se tiene constancia del “exilio” forzoso de dos maestros: Arturo Holgado Flores, “desterrado” de Encinas de Abajo a Campillo, y Antolín Santos Alfonso, trasladado de Campillo a Terradillos, en el partido de Alba de Tormes. Del primero no se conocen otras vicisitudes que su detención y procesamiento en 1943 (López-Delgado 2007: 156), pero “don Antolín” dio mucho que hablar, dentro y fuera de la localidad, debido a su particular guerra civil contra el secretario Patrocinio Calvo (“Croniquillas”, 23/11/16). Este inquieto maestro fue detenido en octubre de 1937 (P.sum/37) y permaneció en la cárcel provincial hasta febrero de 1938. En 1941 debería haber sido informado o procesado de nuevo, pero se dio por desaparecido (S. López y S. Delgado (2007: 137-138). Este maestro estaba casado con Carmen González Plaza y tenía dos hijos, familia de la que no se tienen datos a partir de la fecha indicada. Según el mismo Antolín, en los primeros días del Alzamiento, el alcalde Alfonso Casado Zamarreño había estado huido y había facilitado la huida hacia Portugal de vecinos de Ciudad Rodrigo, Carpio de Azaba y El Bodón, por lo que fue “desterrado” y multado posteriormente.

En Carpio de Azaba fue depurada la maestra María Matos Maderal y procesado su marido, Emilio Hernández Hernández, antiguo oficial de prisiones, como promotor de Izquierda Republicana en esta localidad. María había sido “suspendida por tres meses” en 1937, pero no hay constancia de que fuera repuesta en el cargo ni de otras vicisitudes posteriores de la pareja. Por simpatías con el mismo partido fueron trasladados a otros destinos tres carabineros de Carpio a otros puestos: Eloy Ullán Bote a Salamanca, Valentín Vicente a Vilvestre y Juan Moreno a Fuentes de Oñoro. Para éstos el cambio no acarrearía mayores sobresaltos, pero Eloy fue procesado, condenado a treinta años de prisión y expulsado del Cuerpo (C.925/36). Se hallaba preso en el Fuerte de San Cristóbal cuando se produjo la famosa fuga (22/05/38), en la que no participó. Salió en libertad condicional en 1942 y se estableció en Monterrey (Orense). Estaba casado con María y tenía cuatro hijos. Era hermano de María Paz Ullán Bote, la esposa de Eladio Rivera Huertas, ejecutado extrajudicial en Ciudad Rodrigo.

 

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