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LEER… ¿HAY QUE LEER? Por Santiago Malmierca Hernández

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LEER… ¿HAY QUE LEER? Por Santiago Malmierca Hernández
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Ahora que hemos dejado atrás, por este año, el día del libro y la subsiguiente feria, también del libro, sería pertinente abordar la cuestión de la lectura y su necesidad para mantener personas informadas, críticas libres y demás exageraciones al uso…

Para empezar la pregunta que habría que hacerse sería la que da título a este artículo: Leer…, ¿hay que leer?; y si hubiera que leer, ¿qué es lo que habría que leer? La lectura, su ejercicio, el porcentaje de su ejercicio con respecto a la población adulta, es un asunto que en este país viene de largo. En las imágenes del glorioso NO-DO de la segunda mitad de los setenta, se podrían rastrear lamentos del locutor acerca de la baja afición que el español tenía hacia la lectura; es decir que la obsesión actual y recurrente que se detecta en los medios por el bajo nivel de lectura que se aprecia en el país, no es muy novedosa. Por supuesto no hace falta aclarar que cuando hablan de lectura, se refieren a la lectura de obras literarias de ficción; están pensando en la novela sobretodo; la historia, el ensayo, el ensayo científico, la derrotada poesía (¡malos tiempos, para la líricaaa…!, era una canción de principios de los 80) parece como si sólo pudieran formar parte de este ámbito de cuando en cuando. En un país donde se publican cerca de 80.000 títulos al año y con una industria editorial que compite con las mejores del continente, no es extraño que el llamamiento continuado a la lectura tenga bastante que ver con una necesaria campaña de marketing para mantener el estatus internacional conseguido y para que el volumen de negocio no decrezca demasiado.

Hecho este preámbulo y volviendo a la pregunta que da título al artículo… ¿de verdad es necesario leer?; y si hay que leer, ¿por qué conviene leer? No hay duda de que en este país hoy se lee algo más que hace 40 años, en todos los ámbitos de la sociedad: los funcionarios de la administración leen a barullo cada día; los forzados de la administración de justicia, ni te cuento; los opositores leen y han leído en este país sin piedad; los universitarios resmas de apuntes, otra cosa es el para qué; los empleados en el sector servicios, orgullo del país, pegados al ordenador en la oficina; en la sala de espera del dentista, de la peluquería, revistas atrasadas; cuando circulamos por la calle vamos leyendo sin querer: rótulos de tiendas, carteles pegados a la pared, pintadas, anuncios de venta y alquiler de pisos, reclamos publicitarios; el aspecto, la figura, la información que nos transmiten al instante los transeúntes con quienes nos cruzamos; el móvil, ése best seller planetario… ¿Entonces? ¿a qué viene estos toques de atención que de tanto en tanto aparecen en los medios? ¿nos estamos perdiendo algo? ¿acaso estemos adocenándonos? Bien, para templar la discusión si de verdad hay que leer tendrá que hacerlo quien sienta inclinación, con todas las consecuencias; dedicar 4 ó 5 horas a un libro cualquier tarde no tiene nada que ver con sentarse en el sofá, el mismo tiempo, delante del televisor; son dos actividades que requieren un compromiso diferente; después, si aceptamos que hay que leer, aunque sea de vez en cuando, cabe preguntarse qué es lo que conviene leer; en este aspecto los consejos sobran, que cada cuál se deje llevar sus gustos; uno puede caer rendido con “Cincuenta sombras de Grey”, otra con “La Filosofía en el Tocador” del Marqués de Sade, otro con las novelas de Raymond Chandler y otra con las novelas de Jane Austen; también puede haber quien cierre la noche leyendo unos versículos del “Libro de los Proverbios de Salomón” y quien lo haga comprobando el Whatsap; una vez asumido que conviene leer de vez en cuando, también cabe preguntarse ¿y para qué conviene leer?; en este aspecto de la cuestión he de decir que estoy completamente perdido, in albis…; soy un lector tardío, desde que empecé no lo he dejado y debo confesar que aparte de manejar cierta información de segunda mano, los resultados han sido bastante pobres; no soy más rico, ni más listo, no tengo menos miedo, no tengo más firmeza, no poseo más claridad… La historia está salpicada de gente leída, culta, que con sus decisiones han desencadenado grandes desgracias; también está llena de gente llamada inculta, analfabeta, que ante un feo pensamiento no pudo hacer otra cosa que recular estremecida; los libros no son garantía para que una población sea más cauta, más sabia, más dichosa… No obstante, los libros, los buenos libros, como toda gran experiencia estética lo hace, sí dan una cosa: es esa sensación envolvente, que por momentos consigue que te olvides del entorno y de ti mismo y que desearías que durase pero que se esfuma sin remedio… “La verdad es fea…, pero tenemos el arte a fin de no sucumbir ante la verdad”, escribía Nietzsche.

 

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