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Secuelas vigentes del franquismo. Actitudes contrarias a la aplicación de la LMH (8): reducciones clasistas y fascisnantes en la prensa escrita de Salamanca sobre la retirada de la “Cruce Hispania Redempta” en El Bodón y el habla de El Rebollar. Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Actitudes contrarias a la aplicación de la LMH (8): reducciones clasistas y fascisnantes en la prensa escrita de Salamanca sobre la retirada de la “Cruce Hispania Redempta” en El Bodón y el habla de El Rebollar. Por Ángel Iglesias Ovejero
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Entre las secuelas franquistas más visibles señalábamos, en la presentación, la negación de la memoria histórica republicana o su interpretación tendenciosa y el menosprecio de las culturas y las lenguas minoritarias, manifiesto en esta Comunidad Autónoma en el abandono de las variedades de la lengua leonesa (“Secuelas”, 20/01/17). El órgano de prensa, casi oficial, de estas ideas que, por variar un poco, hemos calificado de “fascisnantes” o por lo menos clasistas, es un conocido periódico de Salamanca, sobre todo porque es el que más y mejor desinforma, cuando se ocupa de estos asuntos (“Secuelas”, 14/06/17). En la zona mirobrigense tiene un vocero (o voceras) que la semana pasada se dedicó a hacer de las suyas (28 y 29/06/17), aprovechando la retirada de “la cruz de los caídos” en El Bodón y la concesión, conocida días antes, de una ayuda de la Junta de Castilla y León para material didáctico para la promoción de las hablas “leonesas” en la provincia de Salamanca: la de La Ribera y la de El Rebollar. En los respectivos títulos, interpreta que el primer acto es un “adiós al pasado franquista de la Cruz de los Caídos” y el segundo sugiere implícitamente que la ayuda de “50.000 euros para estudiar un dialecto leonés que no interesa” constituye un derroche. Aunque parezcan temas divergentes, están estrechamente vinculados, por la motivación. Son dos regüeldos de ese franquismo del que están saturados algunos alcaldes y vecinos de otras localidades de la zona mirobrigense. Quizá resulte superfluo avanzar que el análisis de los antecedentes y consecuentes de los hechos por parte del cronista brillan principalmente por su ausencia. Nada sorprendente, dado su habitual modo de proceder.

Vaya por delante que este fiel observador (hay que suponer que se ha tomado la molestia de informarse directamente) no se ha parado a pensar si la cruz estaba dedicada al recuerdo de los muertos “caídos” en el frente o los “mártires” (víctimas de la represión republicana, inexistente en El Bodón), o si había algún listado nominal en otra parte del pueblo. Sólo se ha fijado en la “Cruce Hispania Redempta”, que permanece en pie después de retirados la leyenda latina y el símbolo. La describe como un “pequeño monumento”, aunque seguramente mide cuatro veces más que el cronista y quizá multiplique por diez el peso, por lo menos. La formulación del título periodístico, voluntariamente o no, confunde “el pasado franquista” de la cruz en cuestión, un monumento nacional-católico de exaltación triunfalista bélico-religiosa que nunca podrá dejar de haber sido, y el sentido que, una vez despojado de su leyenda y el víctor, de ahora en adelante tendrá, un símbolo cristiano, sin más, aunque un tanto innecesario y redundante, habida cuenta de su ubicación al lado de la iglesia. Lógicamente, la Cruz no era culpable de los delitos cometidos o bendecidos por los represores y responsables que decidieron su erección, los cuales vivieron y murieron impunes de los presumibles o comprobados delitos cometidos. Con su retirada no se han borrado los sufrimientos de la treintena larga de bodoneses afectados por la represión, una veintena de ellos ejecutados por vía extrajudicial y algunos muertos del desamparo en que quedaron (“Croniquillas”, 09/08/16).

Dicho de otro modo, la retirada sólo atañe a una exhibición triunfalista; un acto que tiene su mérito por comparación con otros lugares donde existen símbolos análogos en total ilegalidad, pues en sí, cumplir con las leyes no tiene nada de extraordinario, como el mismo alcalde Juan José Oreja reconoce. Tampoco ha sido una decisión espontánea del ayuntamiento socialista (con la abstención de los concejales del PP), sino a consecuencia de la campaña iniciada por la Asociación de Salamanca por la Memoria y la Justicia , que ha contado con la colaboración del abogado Eduardo Ranz y de los alumnos de la Facultad de Derecho a través de la Clínica Jurídica, según la propia ASMJ. La presencia en el acto del mencionado alcalde y del diputado socialista provincial Carlos Fernández Chanca le da cierto carácter oficial, aunque, como avanzábamos en un comentario de la semana pasada, no alcanza explícitamente a constituir un “reconocimiento” y una “reparación”, al menos moral, a los que son acreedores los represaliados y sus familias. Y sobre todo, con ello no se suprime el franquismo que subyace en la sociedad urbana y rural, que tiene una excelente ilustración en el tan traído y llevado caso de Águeda del Conocidísimo, situado a escasos kilómetros de El Bodón (“Secuelas”, 18/05/17); pero, con perdón por la reiteración, la prueba más palpable de que “el pasado franquista” sigue siendo una realidad actual es el tratamiento que en el periódico aludido se da a los hechos que nos ocupan.

Muchas de las víctimas del franquismo (muertos, exiliados o emigrados, vejados, etc.), la mayoría de los naturales de El Rebollar, hablaban ese dialecto “que no interesa”. Por supuesto, el periódico y su vocero nunca explican a quién o por qué no interesa, aunque esto último en parte se puede deducir del subtítulo del artículo: “Se trata de “la palra”, una lengua que UPL quiere enseñar en los colegios de El Rebollar y Las Arribes, aunque ningún centro en la provincia haya solicitado impartirla”. Parece una condena de sus amos ideológicos, pero quizá el articulista insinúe que este aparente despilfarro (“es una concesión de la Junta”) resulte una mera cortina de humo, una promesa sin cumplimiento, como esos señuelos que la Junta de vez en cuando utiliza con las asociaciones de Memoria Histórica para que neutralizar sus quejas (“Secuelas”, 23/02/2017). El mismo procurador socialista en las Cortes de CyL José Ignacio Martín Benito, quien, con entusiasmo y argumentos sólidos, ha defendido la causa (¿perdida?) de la lengua leonesa y sus variedades, parece reconocerlo así: “Es algo que, como en otras ocasiones, en el pasado, no se va a materializar, aunque haya intención y se apruebe una partida presupuestaria, va a pasar lo de siempre, que va a quedar en humo”. Santa Clara bendita no lo diría más claro. Así que ni los intrépidos defensores del rebollano deben entusiasmarse ni los sufridos contribuyentes preocuparse con esta “concesión”, que, como quien echa un hueso al perro ladrador, los estrategas castellanistas de la Junta han arrojado a los leonesistas de la Unión del Pueblo Leonés. Son los miembros de esta agrupación quienes deben de valorar el contenido político de esta decisión y exponer a la ciudadanía su proyecto.

La pobreza del artículo en el plano lingüístico-cultural es tal, que invita a compadecer a los lectores habituales del periódico. Para empezar, mejor será dejar de lado que la variedad lingüística rebollana en el mismo título y subtítulo se considera “dialecto”, “palra” y “lengua”, sin que en el artículo considere “de interés” alguna referencia aclaratoria. Tampoco se explica qué tipo de encuesta se ha practicado para llegar a proclamar de un modo tajante “que no interesa”, pues solo menciona las reacciones de la alcaldesa de Peñaparda (PP) y el alcalde de Robleda (PSOE). Guiados ambos sin duda por el viejo principio de nadar y guardar la ropa, tan rentable en política, han procurado no decir herejías y, en el caso del Alcalde, arrimar el ascua a su sardina. La Alcaldesa se ha contentado con decir que el dialecto es “algo tradicional”, un viaje para el que no hacían falta alforjas (todas las lenguas y variedades orales son “tradicionales”); el Alcalde se decanta por satisfacer la curiosidad del “visitante” con nombres vernáculos en el callejero y topónimos in situ (sin mucho criterio), que proyecta traducir (y por tanto ignora que ese trabajo ya está hecho y publicado dos veces por nosotros mismos, como podrá apreciarse el anejo de próxima aparición sobre las actividades de la Asociación de Documentación y Estudio de El Rebollar). Estos regidores de Peñaparda y Robleda coinciden en señalar la difícil viabilidad del proyecto (nada extraño, si no se sabe exactamente en qué consiste el “proyecto”); la opinión de otros alcaldes y hablantes rebollanos no se tiene en cuenta en el artículo.

En síntesis, las autoridades locales aludidas no son entusiastas defensoras del habla de El Rebollar, pero tampoco se atreven a compartir la afirmación de “que no interesa”. Sin duda entienden que la desaparición del “dialecto” será una pérdida del patrimonio cultural. Pero no todos sus homólogos lo entienden así. El alcalde de un pueblo aledaño de El Rebollar, con etiqueta socialista (¡ay!), no hace mucho se expresaba a este respecto en el sentido de que le parece normal que las lenguas desaparezcan en beneficio de otras más “globales”. Y se quedaba tan tranquilo, después de esta salida tan socorrida entre personas semicultas (en la terminología sociolingüística). No explicaba si con ese determinismo cultural, sin duda reflejo de lo que sucede en el reino animal, en que el pez grande se come al chico (que, por su parte, no se deja comer si puede evitarlo, ni por otro lado resulta muy sensato que esos comportamientos animales sean los modelos a seguir en la política cultural), se llegaría a la situación edénica de la lengua única, que se vino al garete con aquella confusión de la Torre de Babel, o a alguna híbrida opción como la del spanglish de los Estados Unidos. De momento, este alcalde comarcano, que no ve interés en la recuperación o mantenimiento del patrimonio inmaterial, es partidario de recuperar el patrimonio arqueológico, que, en su opinión, podría reportar intereses a través del Turismo, un mesías colectivo al que se encomienda el porvenir socio-económico de la comarca mirobrigense. En esa dinámica, el “dialecto” de El Rebollar sería interesante si produjera intereses, pues el citado alcalde de Robleda efectúa una velada llamada al mismo expediente, cuando alude a la posible “curiosidad del visitante”. Lo que ninguna autoridad señala es de dónde saldrán esos potenciales turistas seducidos por las ruinas arqueológicas o lingüísticas.

Es de agradecer que, al menos, las dos autoridades rebollanas mencionadas no hayan seguido la corriente al encuestador (¿?), ofreciendo salidas descalificadoras y despectivas contra el patrimonio cultural heredado de sus mayores, pues no otra cosa es la coletilla del “dialecto que no interesa”. De ser esto así, también sería una secuela del franquismo y de sus sucesores históricos, que han hecho todo para que se llegue a tal situación y cargan la responsabilidad sobre los hablantes, de un modo parecido a la culpabilización de las víctimas de la represión, cuyos descendientes a veces han terminado por renegar de su legado republicano. Como se explica en sociolingüística, los hablantes de lenguas minoritarias se sienten inmersos en un largo proceso de sometimiento cultural del que, paradójicamente, procuran salir simulando que ellos no hablan así y, por consiguiente, haciendo lo que los dominadores exigen de ellos: renunciar a su identidad cultural. De hecho, la pérdida de la identidad lingüística tradicional va unida a su propio desprestigio frente al prestigio de la lengua dominante, generalmente impuesta por una entidad o un estado más poderoso, incluso mediante las armas manejadas por gente inculta como, por poner un ejemplo espinoso, los soldados bárbaros al servicio del Imperio de Roma o los conquistadores analfabetos al de la Corona Española. Porque la lengua es un instrumento de poder, como recordaba Nebrija al elaborar la primera gramática (Salamanca, 1492): “Siempre la lengua fue compañera del Imperio”.

Ahora bien, hay circunstancias que pueden llevar por derroteros insospechados la deriva lingüística. En la historia del español peninsular, hubo un tiempo en que el “castellano viejo” pudo haber corrido la misma suerte que el leonés u otras variedades lingüísticas hispánicas, como el judeo-español que sobrevivió en los países en que fueron acogidos los judíos expulsados por los Reyes Católicos. Los historiadores de la lengua suelen considerar que si el castellano del norte impuso su “oficialidad académica” sobre las modalidades del “castellano nuevo”, definitivamente en el siglo XVIII, ello se debió a que, al fijar Felipe II en Madrid la capital de la Monarquía Hispánica (s. XVI), que también estuvo algún tiempo en Valladolid (s. XVII), la corte atrajo a la nobleza, que en su mayor parte procedía del norte, aportando con ello el prestigio necesario a la norma lingüística que empleaba. Remontando un poco en el tiempo, cabe también preguntarse si aquellas variedades eran compatibles con la “lengua del imperio” o si aquéllas se absorbieron en ésta, como “codialectos” (en la teoría de R. Lapesa). En todo caso, por aquella época el mismo teatro renacentista se fraguó a través de un estilo literario de la escuela salmantina (Juan del Encina y sus seguidores), conocido como “el sayagués”, que buscaba una forma de comicidad que, en definitiva, se basaba en el ruralismo (el “desprestigio”) de una modalidad leonesa, oponible a la norma culta castellana. A pesar del carácter convencional de tal estilo, con él se considera relacionado lo que queda o quedaba de peculiar en las hablas dialectales salmantinas (“el dialecto vulgar salmantino”, según J. de Lamano), incluidas las de La Ribera y El Rebollar.

Por esta razón, desde hace más de un siglo, el dialecto rebollano interesaba, y tanto, que, además de viajeros y folcloristas ilustres, lingüistas españoles y extranjeros (llegados de Alemania y más tarde del Reino Unido) visitaron los pueblos serragatinos de El Rebollar y del norte de Cáceres. Era en los años de la Monarquía y de la República, antes de que la chapa de plomo de Franco y los suyos cayera sobre la cultura española en 1936. Ramón Menéndez Pidal, fundador de la escuela lingüística española, se hospedó en El Collado de Malvarín, para observar de cerca el “dialecto” rebollano, que tuvo en cuenta para El dialecto leonés (1906), la Enciclopedia Lingüística Hispánica, etc. Sus discípulos siguieron la labor en el territorio indicado, e incluso después de aquel desastre algunos otros asumieron “el exilio interior”, para reanudar aquella labor. Nosotros mismos tomamos el relevo, tardíamente, en los años setenta, con una tesis (1976) que contribuyó a dar carta de naturaleza al topónimo, hoy divulgado y a veces mal empleado (ver referencias en El habla de El Rebollar. Descripción, Salamanca, 1982: 279-290). Después hemos seguido interesados por la situación lingüística rebollana, hasta que en 2002 se creó la Asociación de Documentación y Estudio de El Rebollar, cuya labor expondremos brevemente en anejo más adelante.

Cuando emprendimos nuestros estudios ya se había consumado el desprestigio de la variedad lingüística vernácula. Además de la circunstancia general antes evocada y del éxodo rural en España y la emigración al extranjero, tal desprestigio provino de la política lingüística iniciada con la pedagogía del terror franquista en 1936. Consistía en aniquilar la pluralidad lingüística hispánica, empezando por la persecución de los hablantes del catalán y el vascuence, desprestigiando a los hablantes del gallego, el asturleonés, etc. Al cabo de ochenta años, las consecuencias políticas a la vista están. Los maestros de la República, como en otras partes, fueron depurados y sustituidos por otros, cuya formación era tributaria de la propaganda del Régimen y, en el caso de los maestros de niños, algunos habían adquirido sus conocimientos en los frentes de guerra. Valga el ejemplo de Robleda. Desde 1936 hasta 1958, los niños robledanos tuvieron por docentes a falangistas (alguno sospechoso de socialismo anterior, depurado) y un antiguo alférez provisional. Con uno de aquéllos, hasta mis ocho o nueve años, aprendí a leer y los rudimentos de lengua, historia y aritmética; con el último, no aprendí nada, en absoluto. Pero incluso los maestros que podían emular al de Siruela (“no sabía leer y ponía escuela”) aspiraban a corregir el “castellano mal hablado” que, según ellos y sus mentores, era la variedad tradicional rebollana. No consiguieron erradicarla del todo, porque la mayoría de los niños, sin contar los que solo iban en ocasiones o nunca a la escuela, dejaban de frecuentarla a los diez o doce años, y en sus familias seguían con el habla de siempre.

En la España democrática, aparte de las comunidades autonómicas que tienen competencias adecuadas para defender su identidad lingüística, se ha proseguido aquella aniquiladora pedagogía del franquismo, castellanizante a ultranza. Eso sí, con modales menos aparatosos y ruidosos, pues ha consistido en dejar totalmente desasistida la lengua leonesa y sus variedades. El ninguneo de la Junta se ha roto ahora con una “concesión” a los leonesistas de la UPL, que tal vez no pase de una vana promesa, sin obligado cumplimiento. En este objetivo de prometer y no dar parece inscribirse la susodicha formulación de este “pelaplumas” (en expresión personal de un informante robledano), que debería explicar cómo ese “dialecto que no interesa” hoy, sí interesaba todavía hace muy poco tiempo. Su inexcusable ignorancia (ninguneo) resultaría ofensiva para quienes han colaborado en los trabajos de la Asociación de Documentación y Estudio de El Rebollar. Es cierto que “no ofende quien quiere, sino quien puede” (lo cual no es su caso). Pero aun así, para no privar de información a los posibles lectores de ese periódico que tan bien desinforma, creemos necesario publicar en los próximos días un anejo sobre las actividades de la Asociación de Documentación y Estudio de El Rebollar y del equipo de PROHEMIO sobre las formas de vida, habla y cultura de El Rebollar.

 

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