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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (13): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Peñaparda). Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (13): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Peñaparda). Por Ángel Iglesias Ovejero
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La represión sangrienta en Peñaparda, principalmente extrajudicial, aunque se quiera ocultar, resulta imposible ignorarla, pues los mismos represores militares la destaparon (C.728/37). Eso sí, tratando de poner los crímenes en la cuenta de falangistas advenedizos, con antecedentes izquierdistas, lo que a todos luces era una fabulación, a la que nos hemos referido en numerosas ocasiones, antes de analizarla en La represión franquista (Iglesias 2016: 287, 406). La barbarie de las ejecuciones clandestinas no impediría la de la vía jurídica militar, menos cruenta pero igual de eficaz, que se prolongaría hasta la época de los maquis. Su conocimiento se ha completado con nuevas pesquisas, recogidas en las “croniquillas” (01/09/16, 08/09/16). La circunstancia de que las víctimas (y a veces también los verdugos) pertenecieran en parte a los mismos grupos de parentesco limitó el número de descendientes cuyo devenir resultó condicionado por esos tremendos antecedentes. En cambio, el elevado número de personas afectadas por la represión gubernativa sin duda tuvo repercusiones significativas a medio plazo en el “exilio económico”, porque no hace falta insistir en que los problemas sociales, la extrema pobreza y el paro, que dimanaban del mal reparto de la propiedad en un territorio poco adecuado para el cultivo de cereales, no se resolvieron con la guerra, sino que se multiplicaron.

En esencia la persecución cruenta se centró en la figura del alcalde Vicente Torres González y su entorno familiar, pero los hechos tomaron dimensiones trágicas, al imbricarse en la motivación de los represores aquellas concupiscencias mundanas de que se habla en la Biblia: la lujuria, el dinero y el poder (“concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida”, I Jn 2:16). La conquista del poder, para seguir disfrutando de los privilegios socio-económicos, era el objetivo primordial de los reaccionarios sublevados contra el gobierno legítimo republicano, pero en todo lo demás el mayor responsable fue el cacique local, Emilio Rodríguez Mateos, que finalmente sería el causante del casi exterminio de su propia familia y de las de Juana y Vicente Torres.

Cronológicamente, Juana y sus hijos Hermenegildo y Francisco Sánchez Torres (éste después de una efímera fuga a Fuenteguinaldo) fueron de los primeros eliminados (la noche del 31 de agosto y principios de septiembre de 1936). Fueron sacados con Luis Domínguez Manso (de 65 años) y su hijo Santiago Domínguez Pascual, cuya familia era designada por el mote de “los Morodes”. La viuda de Luis permaneció en el pueblo. Tenía un hermano, de nombre Bernardo, sin noticias. Santiago, de 22 años, estaba casado, pero no se ha comprobado el nombre de su esposa y de sus eventuales hijos. Otro miembro del grupo, Domingo “Morodes” tiene descendencia, en parte en El Payo y en Francia. En general, como se acaba de apuntar, la descendencia de las víctimas resultaría truncada. Juana Torres González, viuda de Ceferino Sánchez, y su hermano Vicente Torres González, el citado alcalde, eran oriundos de Gata (Cáceres), de donde eran sus padres y la misma Juana, por consiguiente no tendrían una extensa parentela en Peñaparda. Le sobreviviría una hija, Nicolasa Sánchez Torres, que emigró a Francia; sin datos de su posible descendencia. Hermenegildo Sánchez Torres había estado en Francia y volvió a Peñaparda dos años antes de la guerra. Era socio de la Casa del Pueblo y desde 1931 estaba casado con Polonia Toribio Collado, con quien tenía tres hijos (Francisco, Ana María y Antonio). En 1942 su viuda contrajo segundas nupcias con Gregorio Sánchez Collado, “Goyo el Tamborilero” (RCP, act. matr. 19/06/1942), con quien tuvo otros dos hijos (Nicolás y Gregoria). Un hijo de Hermenegildo y Polonia, Francisco Sánchez Toribio, emigró a Francia, asentándose cerca de Dijon (Borgoña), donde falleció hace pocos años, su hermana Ana María se casó con un vecino de El Payo y el otro hermano, Antonio, falleció. También emigraron a Francia sus hermanos de madre, Nicolás y Gregoria Sánchez Sánchez, el primero con eventual residencia en Villasrubias actualmente. La fuga y asesinato de Francisco Sánchez Torres dieron motivos para una leyenda, a menudo evocada (referencias, supra). Estaba casado con Catalina Acera Fuentes, con quien tenía una hija (Julia). Esta última contrajo matrimonio con un guardia civil, a quien seguiría en sus destinos, aunque siguió vinculada a Peñaparda y Fuenteguinaldo.

La ejecución extrajudicial de Vicente Torres González fue precedida de una emboscadura en el Baldío de Peñaparda, a varios kilómetros del pueblo. Su compañera sentimental, Francisca Ramos Rodríguez, le servía de enlace. Por este hilo los victimarios locales descubrieron el escondite de Vicente. Ambos fueron abatidos en una detención sangrienta y sus cadáveres fueron llevados al cementerio local en un carro de vacas, tarea que asumió una hermana de Francisca, llamada Casilda (01/09/36). La pareja no tenía descendencia directa y Francisca tampoco la había tenido en su matrimonio con Eusebio Collado Morales.

La tragedia en la familia del cacique Emilio Rodríguez Mateos, secretario municipal, se inició con la persecución de Felipe Benito Hernández (a) “el Cubano” o “Mena”, para lo cual se sirvió de su propio hijo Félix Rodríguez Martín, jefe local de Falange. Felipe había vuelto de la emigración a Cuba, de donde su sobrenombre (en alternancia con el de “Mena”, por llamarse su madre Filomena). Se había casado en segundas nupcias con Catalina Rodríguez Martín (hermana del jefe local de Falange y jefa ella misma de la Sección Femenina). No tuvo descendencia en ninguno de sus dos matrimonios y en el momento de la represión estaba separado de Catalina Rodríguez, lo cual traduce los desencuentros familiares, que se unían a los conflictos de interés económico y las divergencias ideológicas, pues Felipe Benito era concejal socialista y no dudó en apear del cargo de secretario a su suegro. Éste se resarció con la ayuda de su hijo Félix, quien se quedó con gran parte de la hacienda de su cuñado Felipe, mediante el recurso de las multas (34.000 pts.), antes de organizar un bárbaro asesinato, ejecutado por los habituales victimarios locales y de Villasrubias (09/09/36). Un hermano de Felipe, llamado Ceferino y tres hijos de éste (mudos), además de un hospiciano adoptado, permanecieron en el pueblo.

Emilio y Félix Rodríguez causaron también la ruina del otro yerno y cuñado, respectivamente, Julián Collado Rodríguez, casado con otra hija de Emilio (que de soltero había reconocido una niña habida con Silvestra Martín, inscrita sin nombre en 1895, pero no está acreditado que fuera la esposa de Julián) y padre de tres niñas (Esperanza, Luisa y Juliana). Había sido socio del Sindicato de Trabajadores de la Tierra y Oficios Varios (STT) y obrado por la candidatura del Frente Popular en las elecciones de 1936. Por estos motivos estaba mal avenido con su propia familia política, con la que se reconciliaría después de dichas elecciones, a raíz de los malentendidos que Julián tuvo con la gestora socialista nombrada en la primavera de aquel año. Los antecedentes izquierdistas de Julián y su arrimo a los principales responsables de la represión sangrienta a nivel local resultarían fatales para él. Fue ejecutado, junto con su cuñado Félix, por sentencia de consejo de guerra, el 10 de marzo de 1938 (C.728/37). Su viuda e hijas quedarían en el desamparo, además de humilladas, sometidas al pago de una multa de 150 pts., impuesta a Julián por responsabilidad civil, pena de la que sería indultado en 1960, 22 años después de muerto. Las convicciones socialistas de Julián y su familia cercana debían de ser firmes, pues, a pesar del contexto, Julián no llegó a afiliarse a Falange y algunos familiares suyos, conocidos por el mote de “los Lobos”, también fueron represaliados durante la guerra y más tarde (infra). Sus hijas crecieron en Peñaparda, estuvieron en Francia y han tenido residencia en Salamanca, sin desarraigarse de su lugar natal.

Félix Rodríguez estaba casado con María Salud Santiago Ramos (nat. Ituero de Azaba), que era hermana de un victimario y a principios de 1937 estaba afiliada a la sección femenina local de la Falange. Este matrimonio no tenía descendencia. En 1994 declara el fallecimiento de la viuda un sobrino de ésta. A Emilio Rodríguez Mateos, mayor de 60 años, se le conmutaría la pena de muerte, que le impuso el consejo de guerra, por la de 30 años de cárcel, de los que cumplió seis (1943). Después estuvo en libertad condicional (C.728/37: f. 242), hasta que falleció en Peñaparda el 2 de mayo de 1959 (RCP, act. nac. 25/11/1876, nota al margen).

Por las mismas fechas que Felipe Benito o en días indeterminados fueron eliminados otros vecinos de Peñaparda, sobre los que la tradición y los testimonios de la época coinciden en señalar que fueron objeto de actos de barbarie, pero no se dispone de mucha información sobre la híbrida motivación de los represores (avaricia, venganza, sadismo) y las repercusiones de la represión en sus respectivos entornos familiares. Por su presunto izquierdismo, Félix Hueso Pascual fue de los multados por el jefe falangista local Félix Rodríguez. Estuvo emboscado algún tiempo en Los Bonales, hasta que uno de sus perseguidores lo denunció y los victimarios lo llevaron para su ejecución al término de Robleda, en cuyo cementerio fue enterrado como “desconocido” el día 9 de setiembre de 1936 (RCR, act. def. 12/09/36; RCP, act. def. 18/04/40). Estaba casado con Juana Gata Collado (“tia Juana de las Ligas”), de cuyo matrimonio quedaban cuatro hijos (Juan, Andrea, Fernando y Francisco, de 17, 13, 9 y 4 años respectivamente). Según declaración de un nieto, Juana Gata, viuda, murió en el pueblo, con el recuerdo permanente del marido asesinado. Los hijos y descendientes se desenvolvieron en el pueblo, donde permanece alguno, otros seguirían el camino de la emigración. Juan Hueso Gata se casó en el pueblo (con Juana “Bellota”), donde falleció; Fernando estuvo en Francia y a su vuelta se asentó en una huerta de Ciudad Rodrigo; Francisco también estuvo en el país vecino, de donde regresó a Peñaparda; y Andrea quizá seguiría un recorrido análogo.

José Chanca Sánchez (a) “Jincapié”, fue víctima de cobardes salvajadas, antes y después de muerto: sacado de su casa, obligado a cavar su tumba en el cementerio local, decapitado y mutilado su cadáver. Estaba casado y, por lo menos, tenía dos hijos. Su viuda permanecería en el lugar, así como un hijo (Félix) y una hija (María) habidos en el matrimonio. Estos hijos salieron con la emigración masiva de los años cincuenta a Francia, regresando Félix a Peñaparda, donde residen los descendientes; María, madre de un niño, apenas ha vuelto por el pueblo. Los testimonios señalan que un hermano de la víctima, enterado del horrible asesinato de José, cuando estaba cenando, quedó tan impresionado, que entró en una depresión de la que vino a fallecer. Está por concretar este dato y las consecuencias en su propio entorno. En el registro civil se comprueba la existencia de un portador de los mismos apellidos, Francisco Chanca Sánchez, pero no sería hermano de José, pues los padres del primero se llamaban Félix y Marta, y los del segundo Domingo y Sofía.
La mayoría de los victimarios, aunque algunos conocieran la emigración económica (Mariano Sánchez, “tio Julianón”, que no volvieron al pueblo), permanecieron en la localidad y se beneficiaron de sus hazañas macabras. Una observación extensiva a sus familias, que han seguido colonizando los cargos y empleos municipales. Éste no fue el caso de Bernardino Mateos Toribio, secretario del juzgado, que murió en la cárcel de Burgos y su familia emigró a Francia.

La “limpieza política”, iniciada durante la guerra, se prosiguió hasta el episodio de los maquis, de modo que el total de afectados por la represión ronda la cincuentena en Peñaparda. A veces los perseguidos por la vía jurídica militar o la gubernativa que se habían librado de la ejecución extrajudicial en 1936 eran miembros de los mismos grupos de parentesco por consanguinidad o afinidad. El caso mejor documentado es el de la familia Caneiro. Serafín Caneiro Sánchez, tejedor de oficio, que había sido secretario de la STT, compartió la emboscadura en un chozo de Los Bonales con el mencionado Félix Hueso y estuvo atado a la cola de un caballo, pero se libró de lo peor por influencia de algunos derechistas (P 2005). En 1938 fue objeto de una copiosa información, con otros 16 vecinos, principalmente acusados de la ocupación de Perosín (Inf.P/38).

Los hombres inculpados habían sido cargos o empleados municipales, responsables políticos, directivos de la STT o eran doblemente acusados en varios casos: Rafael Vallesa Morales, Martín Collado Martín (a) “Lobo”, que con la ayuda de un hijo suyo, presumiblemente el condenado a muerte y fusilado Julián Collado (supra), había facilitado un mitin de Manso antes de las elecciones de febrero de 1936, finalmente suspendido, lo que había dado lugar a un tumulto, Pedro Pascual Collado; Raimundo Amado Martín, Eustaquio Collado Hernández, inicialmente fugitivo, Bernardino Domínguez Hernández, Gonzalo Domínguez Ramos, que había estado 29 años en Argentina antes de 1934 y en 1937 la la Comisión Provincial de Incautación de Bienes por el Estado le había embargado sus bienes, estimados en 40.494 pts., Sebastián Guerr[er]o Hernández, José Mateos Hernández, José Pascual Antúnez, Fermín González Gómez; Simón García Rodríguez. Entre ellos había cuatro mujeres: Francisca Mateos Hernández, esposa de Serafín Caneiro Sánchez, prima a su vez de Antonia Mateos Hernández (“tia Antonia Jornera”) y de otro inculpado llamado José, María Mateos Martín (“tia María Serja”, por llamarse Sergia su madre) y María Domínguez Pascual, viuda, de la familia de los “Morodes”, sobrina y prima hermana de los mencionados Luis y Santiago Domínguez (supra). Estas mujeres y alguna otra (“tia Josefa”) eran de las que habían tomado parte activa en los sucesos de Perosín poco antes del Alzamiento y por ello adquirieron fama de revolucionarias. Algunas de ellas y otras más fueron vejadas en el verano sangriento. Les dieron aceite de ricino, les cortaron el pelo al rape y las hicieron desfilar “en saya blanca y descalzas”, con una escoba al hombro y cantando el “Cara al Sol”, maniobras dirigidas por Catalina [Rodríguez] “del tio Miliu”, jefa local de la Falange, y “tia Gora” (Iglesias 2008A: 163-164; Represión franquista: VIII.2.2.7).

Estas personas estuvieron en la cárcel del partido judicial casi seis meses (24/01/38 a 14/ 07/38). Después, como no había para ellas una salida digna del pueblo, siguieron sometidas a una presión permanente en el mismo, que se convertía en represión al menor indicio de contestación. Serafín Caneiro Sánchez fue procesado de nuevo en 1943 por gritos subversivos en un baile, en contra del Régimen y a favor de la República (C.27/43). El consejo de guerra (16/02/44) lo condenó a tres años de prisión menor. Estuvo en la cárcel del 15 de enero de 1943 al 7 de mayo de 1945 (ASMJ). Otros inculpados fueron enlaces de la guerrilla, lo que prueba que el republicanismo seguía activo en Peñaparda. Pero la represión también se deduce del procesamiento de Pedro Collado Mateos (P.prev.899/41), que, de resultas de un encontronazo con la Guardia Civil, cuando practicaba el contrabando de subsistencia, quedó casi inútil de una pierna. Pasó varios meses en el hospital y, siendo él la víctima, estuvo detenido a disposición del gobernador civil mientras se practicaban las averiguaciones sobre la responsabilidad del guardia que lo hirió, finalmente declarado “sin responsabilidad” (09/10/42). Mas no por ello recobraría el lisiado la libertad definitiva, pues en 1949 ingresó en la prisión de Salamanca, procedente de la de Pamplona, adonde habría sido enviado sin que haya constancia de por qué ni por quién. Fue puesto en libertad (30/03/49). Y al año siguiente se repitió la operación. Una magnífica ilustración del “exilio interior”, carcelario.

En la represión de los maquis fueron denunciados como enlaces nueve vecinos de Peñaparda y uno de Villasrubias, entre los 84 identificados a raíz de la traición del maquis Enrique Álvarez Castro en junio de 1945 (Iglesias, Represión franquista: VI.3.2). Los apellidos peñapardinos se repiten e incluso se comprueba la presencia de Raimundo Amado Martín, ya procesado en 1938, que ahora aparece en el listado con su hermana María Amado Martín, y dos parientes cercanos de otros dos represaliados entonces, Serafín Caneiro Mateos, hijo de Serafín Caneiro Sánchez, y Marcelo Collado Martín, un hermano de Martín Collado Martín (supra). Los diez fueron detenidos y procesados en circunstancias hasta ahora imprecisas en 1945 (Sum.131.547). El consejo de guerra (20/06/46) juzgó a 34 de aquellos enlaces en uno de los Juzgados Especiales de Espionaje de la 1ª Región Militar, entre ellos dos vecinos de Peñaparda y uno de Villasrubias, que ejercían profesiones especialmente sospechosas para los perseguidores de la guerrilla: Serafín Caneiro Mateos, comerciante (“industrial”), Raimundo Amado Martín, cabrero, y Emiliano Galán Hernández, guarda jurado en la dehesa de El Jaque (Villasrubias). Este último fue condenado a seis meses de prisión. Serafín Caneiro (hijo) y Raimundo Amado fueron penados con 10 años de reclusión, sin que se haya podido comprobar el dato de su posible participación en las obras del Valle de los Caídos ni la fecha de su puesta en libertad. La vida familiar resultó alterada, afectada por la emigración exterior y el éxodo rural. Serafín Caneiro Mateos tuvo dos hijos (Luis y Teresa). Sus hermanas primero se defendieron con la actividad comercial y el trapicheo ambulante, después emigraron y finalmente se instalaron en diversos lugares de España: Luisa (tres hijos, en Madrid), Soledad (dos hijos, en Valencia), Santiaga (sin hijos), Francisca (tres hijos, en Madrid). A pesar de los vaivenes, la segunda y tercera generación de esta familia han seguido vinculados con Peñaparda y Ciudad Rodrigo, donde algunos han residido o residen con frecuencia.
Sin entrar en detalles, durante los años cuarenta la represión fue un realidad permanente en Peñaparda, sin escapatoria posible. La posibilidad de exiliarse con la esperanza de librarse de aquella y del hambre se produciría en las décadas de los años cincuenta y sesenta. Una salida que estaría al alcance de la generación de los hijos y nietos de los represaliados republicanos (también salieron algunos represores). La emigración a otros países de Europa, Francia sobre todo, sería masiva, como en otros pueblos de la zona, pero en Peñaparda es una de las localidades donde quizá sea posible documentarla de un modo significativo.

 

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August 23, 2017 Claramente

Vamos a ver, cuando ya es tarde proponen cosas que desde la oposición y con [...]

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