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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (14): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Robleda, 1º). Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (14): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Robleda, 1º). Por Ángel Iglesias Ovejero
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La represión de Robleda es conocida por la tradición local y por la documentación procesal, conforme expusimos con cierto detalle en las “croniquillas” del año pasado (31/07/16, 24/08/16 y 06/09/16). Como en el caso de Peñaparda, el devenir de quienes no sucumbieron en las bárbaras matanzas y de las familias de las víctimas mortales o de otro tipo se vio afectado por esa realidad palpable. Sobre ésta incidió también la culpabilización perversa de los represaliados, llevada a cabo por las autoridades militaristas, que condicionó la misma percepción de la memoria histórica por parte de los grupos de parentesco: aceptación, rechazo o huida de los antecedentes familiares republicanos. Fue sin duda un fenómeno general, pero aquí se ha podido documentar y describir desde las Jornadas de El Rebollar en 2007 (Iglesias 2008a). Interesa ahora insistir en esas formas de secuelas represivas que, al menos en parte, han motivado los “exilios” y la emigración. Sus efectos llegan hasta nuestros días, pues han acompañado de por vida a sus pacientes donde quiera que hayan vivido, dentro o fuera de España. Obviamente, son experiencias personales difíciles de percibir y de valorar.

En términos generales, los padres de las víctimas mortales no quisieron o no pudieron disimular su desconsuelo y, por su edad o enfermedad, ya no tuvieron fuerzas para tratar de hallar remedio en otra parte. Algunos incluso sucumbieron a consecuencia de la tragedia familiar. Las viudas soportaron una situación análoga, aunque varias contrajeron nuevas nupcias, quizá movidas, más que nada, por la búsqueda de un arrimo para sus hijos huérfanos de padre, a los que en ocasiones trataron de proteger, ocultando la causa de su orfandad hasta que fueron adultos. Éste fue un arcano difícil de guardar en el contexto local, pero resultó útil de puertas afuera, en otros ambientes, en los estudios o la vida profesional. Los hijos de las víctimas mortales, así como las personas afectadas por otras formas represivas, buscaron alivio en la emigración exterior al filo de los años cincuenta. Hasta entonces hubo individuos y familias que emigraron a Francia de forma clandestina. Dentro del país, las jóvenes tenían a su alcance el servicio doméstico en las ciudades y los mozos la posibilidad de trabajar de criados en las labores agrícolas o ganaderas incluso en lugares extraños, antes del servicio militar, que les daría quizá la oportunidad de buscar otro tipo de trabajo.

Concretamente, en Robleda, los padres de asesinados solteros, Julio Calzada Blasco, Juan o Julián García Milán, Ángel, Juan y Julián Ovejero García, vivieron su desamparo en el lugar. Estos mozos eran muy jóvenes, pues casi ninguno había cumplido el servicio militar y, aunque se les conocen novias, no tenían hijos, a no ser Julián Ovejero, a quien la tradición familiar atribuye una hija póstuma, sin constancia de nombre, habida con Manuela Gutiérrez. Esta última había salvado la vida a Julián, antes de que fuera alcanzado en su huida por un tiro del carabinero Domingo Moreiro, siendo autorizado para disparar por el jefe de la patrulla fascista (“¿A qué hemus veníu?”, respondió a la pregunta previa del agente). Manuela Gutiérrez casi toda su vida se ocupó de labores domésticas fuera de su propio hogar, por lo que tuvo que dejar a la niña en el hospicio, aunque siguió las vicisitudes de la misma. Han resultado vanas las pesquisas efectuadas para dar con el paradero de la hospiciana que actualmente rondaría los ochenta años y, según rumores, algún tiempo habría vivido en Sancti-Spíritus, Ituero o alguna otra localidad cercana a Ciudad Rodrigo. Cabe la posibilidad de que al principio de los años sesenta se desplazara a Francia (R 2017).

Entre los cuatro primeros sacados, el día 13 de agosto de 1936, se hallaba el mencionado Julio Calzada. Fueron ejecutados clandestinamente en el término de Boadilla, en cuyo cementerio yacen sus restos. Dos de ellos eran hermanos, Esteban y Tiburcio Mateos Mateos, ambos casados, el primero con Isabel Lozano Mateos y el segundo con Rafaela Mateos Martín. Estas viudas siguieron viviendo en el pueblo, más tarde casadas ambas en segundas nupcias. Esteban era padre de tres niños: María Josefa, Domingo y Santiaga Mateos Lozano. María Josefa, de cinco años a la muerte de su padre, falleció poco después, víctima sin duda de las malas condiciones en que se criaba; Domingo fue de los que emigraron a Asturias al filo de los años cincuenta; y Santiaga se casaría con un guardia civil, con quien regresó a su lugar natal al jubilarse el cónyuge. Tiburcio dejaba una niña, de nombre Josefa, casada con uno de los numerosos vecinos apellidado Ovejero, con quien se instaló en Extremadura. Víctima mortal indirecta de la represión fue el padre de estos tres asesinados, Francisco Mateos Pascual, uno de los dos parientes llamados “tio Paco Rosu”, sobrino de su homónimo (infra), que, deprimido, se negó a alimentarse y falleció en 1937 a sus 67 años (14/05/37).

El cuarto asesinado en Boadilla, Emilio Gutiérrez Pascual (a) “Verdulero”, había vuelto de la emigración a Francia. Estaba casado con Manuela Mateos Cabezas, con quien tenía dos hijos: José y Pedro, que debieron de emigrar, sin noticias concretas.

Un tercer miembro de la misma fratría que los hermanos Esteban y Tiburcio, Sebastián Mateos Mateos, todos ellos “primos del alcalde republicano” (infra), fue hallado cadáver, junto al de otra víctima, en el término municipal de Zamarra (02/09/37). Estaba casado con Juliana González Gutiérrez (a) “Bogaja”. Tenían tres hijos (Francisco, José y Jesús) y la esposa estaba encinta de una niña (Sebastiana), nacida después del asesinato de su padre. Francisco y José Mateos González fueron de los robledanos que, siguiendo la estela de una primera tanda de vecinos en 1952, emigraron a Brasil. A su vuelta, montaron una pequeña empresa de construcción, con la que se desenvolvían bien, hasta que fueron víctimas de un calamitoso accidente en un paso a nivel de Sancti-Spíritus en 1971. Jesús vivió en el pueblo, después emigró a Francia, de donde regresó para colaborar en la empresa de sus hermanos; se casó con Cayetana Plaza, con quien tuvo dos hijas, y la familia se asentó en Ciudad Rodrigo. Y Sebastiana siguió un recorrido análogo, casándose en Robleda, donde su esposo Jesús Lozano y ella misma pusieron un criadero de pollos, que durante algún tiempo daba trabajo a otros vecinos, pero enviudó pronto y dejó el pueblo por Ciudad Rodrigo. A pesar de tantas desgracias, la madre viuda, Juliana González, alcanzó a vivir más de un siglo, casi siempre en Robleda.

Además de Juan o Julián García Milán, soltero (supra), los otros asesinados la noche del día 13 de agosto en Castillejo de Huebra (Muñoz) fueron Sebastián Bonilla (que debería haberse apellidado Sánchez Bonilla) y Santiago o Benito Montero Sánchez. Ambos habían sido emigrantes en Francia. Santiago se hallaba casado con María Lozano Sánchez, con quien tenía una hija (Teresa) que no se movería del pueblo, pero sí lo hicieron sus tres nietos: Santiaga, Consuelo y José María Ovejero Montero; la mayor para servir en Ciudad Rodrigo y Madrid, donde se asentó y tuvo familia, la segunda para un centro de niños discapacitados y el último a Francia, con su propios hijos.

Sebastián Bonilla había vuelto de su intermitente emigración en Francia, adonde había ido siguiendo las huellas de su propio padre, Marcelo Sánchez, que había iniciado estas idas y venidas al país vecino hacia 1870 cuando tenía 18 años. Se había instalado en Ligugé (Vienne, cerca de Poitiers). Sebastián, sobre todo después de la primera guerra mundial, sirvió de mediador entre los patronos franceses del Poitou y los alrededores de París (Aubervilliers) y los aspirantes a la emigración de Robleda, función que antes había asumido Jacinto Sánchez, hermano o primo de su padre, que se había casado con una francesa. Durante una de sus migraciones Sebastián había perdido a su esposa, Tomasa Ramajo en 1912, al dar a luz a una niña (Eugenia), enviada al hospicio y quizá allí muerta, de todo lo cual el esposo y padre se enteró con tres meses de retraso. Tenía otro hijo, Carlos o Emilio Bonilla Ramajo (n. 1908), que seguía sus pasos y estaba sindicado en la STT cuando se produjo la represión sangrienta de 1936 en Robleda. No siguió el mismo destino trágico que su padre, gracias al influjo de su propia esposa (Isabel Calvo), que servía en casa del párroco. Carlos (Emilio) también había estado en Francia y allá volvió en 1954, acompañado de su hijo mayor (Sebastián, 11 años), que no obtuvo el permiso de residencia, por lo que tuvieron que regresar al pueblo, hasta que en 1957 emigró la familia al completo (padres y tres niños). Allí están asentados los descendientes Sebastián Bonilla (abuelo), aunque sus nietos han vuelto con cierta regularidad a Robleda, sobre todo el mayor, Sebastián, que ha heredado su nombre.

También había estado en Francia Juan Collado Martín (a) “Chinas”, asesinado en torno al 20 de agosto de 1936. Estaba casado con María Martín, con quien tuvo un hijo en el país vecino, de nombre Pedro. Su viuda se volvió a casar, al cabo de unos años. Pedro Collado Martín fue criado de muchos amos en diversos lugares hasta que se casó en Robleda (1955) con Teodora Samaniego Ovejero, sobrina de los ejecutados extrajudiciales Ángel, Juan y Julián Ovejero García (supra). Este matrimonio y su numerosa prole emigraron a Francia en los años sesenta, haciéndolo primero Pedro Collado en difíciles condiciones y después Teodora, que, siendo analfabeta, efectuó la travesía de España y Francia en tren, llevando “de reata” cinco niños menores. La familia se asentó en Saint-Fargeau (Yonne). Poco a poco se ha desarraigado de su lugar de origen, adonde han vuelto en contadas ocasiones.

El asesinato de Ángel, Juan y Julián Ovejero García (supra) dejó en el desamparo a sus padres, Serafín Ovejero y Claudia García, ya mayores, que tuvieron que acoger en su hogar a cinco nietos, que quedaron huérfanos a consecuencia de la represión. José Mateos (Benito) García dejaba tres hijos menores (Anastasio, Josefa y Félix), habidos con su esposa, María Antonia Ovejero García, que en el momento de los hechos criminales estaba encinta de una niña (Ángela), nacida después del asesinato de su padre. Ante la imposibilidad de criarla en aquel hogar en que María Antonia debía hacerse cargo de todas las faenas del campo, fue llevada a la casa cuna de Ciudad Rodrigo, donde falleció el mes de julio de 1937. La viuda y los hijos de José Mateos (Benito) sobrevivieron en casa de los abuelos hasta que María Antonia contrajo segundas nupcias, con Juan Iglesias Muñoz, en 1941. Los tres hijos sobrevivientes, después de malvivir en el pueblo con servidumbres mal pagadas, emigraron a Asturias, empezando por Anastasio (1949), que trabajó en las minas de carbón de la cuenca de Mieres y en León, pero tuvo que renunciar a su propósito de pasar a Francia, a causa de su incipiente silicosis, Josefa (Pepa) sirvió de criada en casa de un comandante (Prendes) en Oviedo, para lo cual había recibido educación por unas monjas en Salamanca en su adolescencia; Félix también trabajó en las minas de Asturias, antes de cumplir el servicio militar, después estuvo en el País Vasco (San Sebastián) un tiempo, antes de pasar varios años en Francia, donde nacieron sus tres hijas. Debido a accidentes laborales (en la persona del esposo, en el caso de Josefa), los tres hermanos regresaron al lugar natal, volviendo a sus antiguas ocupaciones, que a veces los obligaron a nuevas salidas. (Para otros detalles, “Secuelas”, 20/01/2017 y 27/07/17).
Serafín Ovejero y su esposa también acogieron a otros dos nietos huérfanos, Pablo y Teodora Samaniego Ovejero, desamparados tras la muerte de sus padres a consecuencia de enfermedades y depresión en 1938. Un año más tarde también falleció Pablo, debido a las mismas causas. Teodora (Teora) siguió en casa de los abuelos después del segundo matrimonio de su tía Mª Antonia y de la muerte de su abuela Claudia (1941), en compañía de su prima Josefa algún tiempo, hasta que falleció el abuelo Serafín (1945). Entonces pasó a integrarse en el hogar de Mª Antonia y Juan Iglesias, cuya familia recompuesta estaba formada por seis miembros, donde permaneció hasta su matrimonio con Pedro Collado Martín (supra), con quien emigraría a Francia. (Para otros detalles sobre la familia de Serafín Ovejero, cf. Á. Iglesias Ovejero, La represión franquista: cap. 1).

La represión contra las dos ramas de la familia de “los Rosus” (descendientes de Rosa Gutiérrez, viuda de Andrés Mateos en 1889) empezó por “los primos del alcalde republicano” (supra), pero sin duda tenía a este último por principal adversario local del Alzamiento y, conforme a los objetivos de impunidad para los victimarios y sus mentores, alcanzó a los varones considerados peligrosos por y para ellos. Era el caso del antiguo alcalde y dos de sus hermanos: Fermín, Juan y José Mateos Carballo, de 50, 43 y 49 años, los tres casados y con descendencia. Eran hijos de Francisco Mateos Gutiérrez (conocido por “tio Pacu Rosu”, como un sobrino antes mencionado) y de su esposa en segundas nupcias, María Carballo. (Para detalles sobre el extenso grupo de parentesco de “los Rosus”, cf. Isabel Mateos Mateos, en farinatosporlamemoria.jimdo.com). En términos generales, la información oral permite elucidar las incidencias familiares derivadas de la represión, en forma de estragos y “exilios” más o menos voluntarios, pero no deseados en principio.

El primer ejecutado extrajudicial de esta fratría debió de ser Juan Mateos Carballo, eliminado en la misma saca que José Mateos (Benito) García (supra). Estaba casado con María Mateos Mateos, de cuyo matrimonio quedaban cuatro hijos: Josefa, Juan José, Isabel y Luisa Mateos Mateos. Josefa vivió en el pueblo, donde se casó con Eulogio Mateos “el Sordo”, con quien tuvo hija (María Jesús), también casada y con hijos, residentes en Robleda; Isabel, ligeramente discapacitada, vivió traumatizada por los amargos recuerdos de su infancia; Luisa se quedó en el pueblo, donde se casó (con Rufino Mateos, enviudó y murió prematuramente, dejando a sus dos hijos (Juan José Mateos menor, residente en Logroño, y María Isabel, casada en Robleda) una memoria que ya pertenece también a los biznietos de Juan. “José”, que fue torturado durante las pesquisas contra su padre en 1936, asumió la responsabilidad de las labores agrícolas y ganaderas en la familia, se casó en Robleda, emigró a Francia y ha regresado al pueblo, donde a sus 94 años todavía puede ejercer su función de “archivo viviente”.

José Mateos Carballo fue sacado y ejecutado en fecha y lugar inciertos, sin constancia tampoco del lugar de enterramiento. Los testimonios y conjeturas apuntan a que pudo ser a finales de agosto de 1936, quizá cerca de Ciudad Rodrigo o del Puerto de Perales, enterrado en alguna fosa. A la luz de los testimonios recogidos por Susana Luengo (“Farinatos por la memoria”), la familia le perdió el rastro en el lugar de detención en Ciudad Rodrigo, pues su hija Josefa trató de visitarlo en “la cárcel provisional”, que de hecho sería el cuartel de la Falange, instalado en el antiguo cuartel de Artillería, que por entonces ya debía de estar habilitado como Instituto. José ya hacía tiempo que era viudo de María Carballo Mateos (RCR, act. matr. 13/07/1911), con quien había tenido dos hijas (Josefa y Leonor Mateos Carballo) y un hijo (¿Joaquín?). Este hijo fallecería durante la guerra en Valladolid, en circunstancias poco claras, “de enfermedad de los bronquios”, según testimonios familiares. Las huérfanas sobrevivieron al arrimo de sus tíos en Robleda. Josefa se casó en 1933 con Fructuoso Gallego Gil, hermano de Esperanza, esposa de José Prieto Martín, que también sería asesinado (infra). El matrimonio de Fructuoso y Josefa, que enseguida tuvo descendencia, no soportó la presión local y se instaló en Corrales del Vino (Zamora) y después emprendió negocios en Ciudad Rodrigo, donde actualmente viven algunos hijos y nietos. Leonor se casó (con Juan Mateos “el Bueno”) y vivió en el pueblo, donde tuvo dos hijas (María y Pepa) y un hijo (Juan José). Este último reside en el pueblo; sus hermanas emigraron dentro de España (San Sebastián y Madrid).

Fermín Mateos Carballo trató de escapar a su trágico destino el 14 de agosto, previendo lo que iba suceder, tras la cacería de hombres del día anterior, que se llevó por delante a su primos Esteban y Tiburcio Mateos Mateos (supra). Su emboscadura duró tres semanas hasta que, literalmente, fue cazado en “el Regato de los Alisos” (06/09/36). Estaba casado con Vicenta Hernández Mateos, cuyo matrimonio tenía cuatro hijas: María-Josefa, Rafaela, Rogelia y Valentina Mateos Hernández. El devenir de estas mujeres se vería necesariamente afectado por la aparatosa detención sangrienta de Fermín, así como la conducción y vejamen de su cadáver en el atrio de la iglesia, antes de ser sepultado como “desconocido” al margen del cementerio católico. Al ser detenido, y presintiendo su muerte, había suplicado a sus verdugos que lo dejaran ver a sus hijas, pero no hubo margen para tal favor, sino que sería golpeado en la cabeza con la culata del fusil por un miliciano fascista y después rematado de un disparo por otro victimario. Su hija Rafaela, que en el tiempo de la huida de su padre le servía de enlace para el avituallamiento, se creería responsable por haber dejado señales con que lo descubrieran, a sus 18 años falleció deprimida, oficialmente de septicemia, en 1938. Las otras hijas se casaron en Robleda y después, en los años cincuenta, emigraron a Francia, donde Fermín tiene numerosa descendencia. María-Josefa se casó con Antonio Vicente (a) “Peldeldo”, en las segundas nupcias de éste, con quien tuvo hijos en Robleda y en Francia. Rogelia se casó con un sobrino de Antonio, Benedicto “Bene” Vicente. Y Valentina primero estuvo casada con Juan “Tito” Gallego Gil (otro hermano de Esperanza, esposa del citado José Prieto Martín), con quien tuvo dos niñas antes de enviudar; después contrajo segundo matrimonio con Ángel Martín, con quien tuvo en Francia tres hijos, de los que solamente sobrevivió la informante Annie Martín Mateos.

Como puede apreciarse, los primeros huérfanos emigrantes, sin duda antes de que realmente se abriera la frontera francesa, emigraron a Asturias y el País Vasco. Después se encaminaron a Francia sobe todo. La tendencia, que sería general, se podrá confirmar en otros caso de huérfanos y represaliados (entrega sobre “Secuelas del franquismo”, semana próxima).

Fermin Mateos Carballo

(fotografía: El alcalde republicano, Fermín Mateos Carballo, con sus hijas Rogelia y Valentina)

 

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