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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (14): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Robleda, 2º). Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (14): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca (Robleda, 2º). Por Ángel Iglesias Ovejero
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La mayoría de los represaliados de Robleda recordados la semana pasada pertenecían a unos cuantos grupos de parentesco por consanguinidad o por afinidad (“Secuelas”, 03/08/17). Cuando se haya repasado el perfil familiar y social de todas las personas más severamente afectadas se podrá comprobar que estas relaciones de parentesco eran mucho más numerosas. También son una constante, más que las afinidades ideológicas, las relaciones laborales entre amos y criados, entre autoridades y empleados municipales, así como experiencias sindicales compartidas en la emigración francesa sobre todo. Ahora bien, la solidaridad social se rompió cuando llegó el momento de la prueba. Los represaliados o sus familiares que tenían apoyos en su entorno inmediato sobrevivieron sin dificultades materiales añadidas, quienes no los tenían quedaron en el desamparo extremo. Fue el caso de la familia de Segundo Mateos Baz (a) “el Pulgu”, perseguido porque había trabajado como criado para Fermín Mateos Carballo, el alcalde republicano que a fines de agosto de 1936 andaba huido. Segundo fue detenido el 24 de dicho mes y eliminado el mes siguiente en una saca carcelaria, quizá en el término de Sancti-Spíritus, donde apareció cadáver (05/09/36). Su esposa, Rosa Lucas Martín (a) “la Rosa del Sastri”, y sus dos hijas, Josefa e Isabel Mateos Lucas, la primera con discapacitada mental, quedaron pobres de solemnidad. Expuestas a los previsibles abusos, malvivieron prestando servicios domésticos, sobre todo como incansables aguadoras para los guardias civiles, notables locales y dueños de establecimientos, a pesar de que Rosa tenía más instrucción que muchas personas a quienes servía y era excelente calígrafa (le escribía las cartas a Mª Antonia Ovejero).

La familia próxima de José Prieto Martín (a) “el Camioneto” estaba emparentada con las de José Mateos Caballo y de su hermano Fermín, el alcalde republicano. Su esposa, Esperanza Gallego Gil, era hermana de Fructuoso, casado con Josefa Mateos Carballo y por tanto yerno de José Mateos, y de Juan o “Tito”, marido de Valentina Mateos Hernández, hija de Fermín (“Secuelas”, 03/08/217). José Prieto había dejado tres hijos de su matrimonio con Esperanza, que estaba encinta de un niño cuando fue asesinado su marido, de modo que esta viuda tendría a su cargo una numerosa fratría de huérfanos: José, Julio, Leonor y Juan Prieto Gallego. Todos ellos tuvieron el arrimo del abuelo Félix Gallego Arévalo, uno de los izquierdistas multados en julio o agosto de 1936 (“Croniquillas”, 31/07/16), en cuyo hogar creció Julio Prieto, y de los tíos que se desenvolvían económicamente con la preparación de la resina extraída en el Pinar de Descargamaría. La viuda contrajo segundas nupcias, con Estanislao Sousa, con quien tuvo un hijo (Amable). Los mencionados hijos de José Prieto Martín, después de los años de escolaridad en el pueblo, lo fueron abandonando por sus pasos contados, aunque sin desarraigarse del todo o volviendo incluso al lugar de origen. Fue el caso de los chicos mayores, José y Julio, ambos emigrantes en Francia con sus familias respectivas, de donde volvería relativamente pronto el primero para instalar una carpintería y el segundo para descansar en la residencia de mayores. Leonor, casada con un guardia civil, ha seguido los avatares de su marido. Y Juan se marchó en su adolescencia para sus estudios en una institución religiosa y se ha retirado de la docencia en Granada. Los nietos de José Prieto Martín viven dispersos por todas partes: Robleda, Salamanca, Extremadura, Andalucía, Francia.

Gracias al testimonio de una informante (A. Samaniego Calvo), librado en el marco de la presentación de las actas de las Jornadas de El Rebollar celebradas un año antes (2007), se dio con el hilo que condujo al hallazgo de los restos mortales de José Prieto Martín y de Eduardo Gutiérrez Roncero en una de las fosas de Los Romeros (Villasbuenas de Gata). Salvo error, son las dos únicas víctimas salmantinas hasta ahora identificadas mediante procedimientos científicos.

Eduardo Gutiérrez Roncero es recordado por dos sobrenombres: “de tio Pedroti” (del nombre de su padre, Pedro) y “de la Maestrina”, por la maestra de párvulos Salustiana con quien estaba casado. Es posible que hubiera emigrado a Francia y regresado antes de 1936, en cuya primavera ostentaba el cargo de presidente de la Sociedad Obrera y como tal intervino en las refriegas de los jornaleros robledanos y los labradores pudientes del lugar. No dejó descendencia de su matrimonio con Salustiana, que se casaría en segundas nupcias con Pablo Gómez, conocido y respetado sacristán de la parroquia de Robleda durante muchos años, con quien tampoco tuvo descendencia. Los sobrinos de Eduardo por parte de su hermano Cipriano fueron de los que emigraron a Asturias en los años cincuenta, uno de ellos (Ricardo) volvió y se casó en el lugar, otros dos (Ángel y Francisco) emigraron sin vuelta; y Manuela, novia oficiosa de Julián Ovejero, fue toda su vida criada en pueblos no muy alejados de Robleda (“Secuelas”, 03/08/17).
José Prieto y Eduardo Gutiérrez fueron las últimas víctimas robledanas de la represión sangrienta, contrariamente a lo que han afirmado los testimonios que generalmente asignaban esta circunstancia al alcalde republicano Fermín Mateos Carballo, asesinado el 6 de septiembre de 1936. Según las conjeturas familiares, el asesinato de José Prieto y Eduardo Gutiérrez habría tenido lugar el 28 de septiembre de aquel año.

Además de los mencionados vecinos habituales de Robleda, en su término fueron asesinados algunos residentes eventuales y forasteros llevados a su término para la ejecución extrajudicial: José Manuel Sánchez, natural de Boada y asentado en Fuenteguinaldo, que tal vez estuviera allí escondido en casa de un hermano y al ser muerto dejaba una huérfana (Manuela); el peñapardino Félix Hueso Pascual, padre de cuatro huérfanos (“Secuelas”, 04/05/17 y 27/07/17) y varios desconocidos extremeños, sobre los cuales, así como sobre sus familiares, no se tienen datos suficientes. En Robleda habrían ejecutado clandestinamente sus verdugos a Ignacio Sierra Borrego, aunque existen dudas sobre su destino fatal y enterramiento. Era vecino de Ciudad Rodrigo, trabajaba de albañil en Navasfrías y su cadáver habría aparecido cerca de la localidad de Robleda. Estaba casado con María Encarnación Sánchez Pérez, de cuyo matrimonio dejaba tres hijos, llamados Ignacio, Bienvenido y Julia (póstuma). Esta última debió de permanecer en Ciudad Rodrigo, de sus hermanos no se tienen noticias.

Un caso aparte, impregnado de ironía trágica, es el de Amable González Andrés. Este maestro, natural de Reguero (León), estaba casado con Isabel Villoria Esteban en Robleda, donde pasaba las vacaciones de aquel verano en espera de un feliz acontecimiento, pues la esposa estaba encinta. A pesar de las advertencias de sus cuñados, decidió presentarse en Écija, para la apertura de curso. Fue asesinado a la vera del cementerio local el día 1º de septiembre. Dejaba dos huérfanas: Concepción y Bernarda González Villoria, que portaban los nombres de las abuelas materna y paterna, respectivamente. El hijo póstumo (Amable Cecilio) falleció a los ocho días de su nacimiento. La viuda rumiaría su tristeza hasta la muerte. La familia política ocultó a las hijas de Amable su ejecución extrajudicial (“si os preguntan de qué murió vuestro padre decís que de pulmonía”). No tuvieron relación alguna con la familia de Reguero, cuyo ayuntamiento tampoco ha mostrado interés alguno por cultivar la memoria de dicho maestro. Concepción y Bernarda sólo de adultas se han enterado del motivo real de su orfandad. Salieron de Robleda para sus estudios y han viajado, sin desarraigarse de lugar de nacimiento. Concepción se casó y vivió en Madrid con un conocido periodista; tuvieron una hija (fallecida). Bernarda (“Nardi”) se casó con Juan Pascual, oriundo del pueblo, que se ocupó del banco creado por el abuelo Isidoro Villoria (“el Cojo”), que dio sobrenombre al clan familiar. Juan (fallecido) y Bernarda tuvieron dos hijos (Alberto, en Alemania; Enrique, en Salamanca). “Nardi” ha cumplido con creces su deber de memoria histórica.

Además de Julio del Corral, jefe de Falange pillado con las manos en la masa, denunciado y juzgado por sus propios correligionarios y mentores, la represión jurídica militar y gubernativa se cebó en dos figuras de la leyenda local: Laureano Enrique Aldehuelo (a) “Roqui” e Isabel Montero Sánchez (a) “la Pasionaria”. Hubo algunos otro depurado o encausados, pero solamente de aquellos se conocen detalles de su particular “exilio interior”, carcelario, que en el caso de Isabel se prolongaría en una casi obligada emigración en Francia, aciaga para ella y su familia.

Uno de las primeras víctimas de la represión incruenta fue Bernardo García García, brigada y jefe del puesto de Carabineros, que, después de una dudosa y laboriosa adhesión al Movimiento, participó activamente en las detenciones de republicanos. No era suficiente para los represores convencidos, cuyos jefes le incoaron una información, que se terminó con el cese en el cargo (29/08/36) y el ostracismo (Inf.R/36). Se desconocen las vicisitudes posteriores al cumplimiento de la condena a 12 años prisión y destino al Cuerpo de disciplina, impuestos a José Moreiro Acosta, hijo del carabinero Domingo Moreiro, por un supuesto saludo comunista en el obligado servicio militar (C.875/37). Sin mayores complicaciones que una pasajera detención se terminó el proceso de Emilio Mateos Mateos, por unas inoportunas expresiones en su taberna (C.2271/37). En cambio, el maestro Gabriel Zato Vicente, sospechoso de izquierdismo, a pesar de haber sido investido como jefe de Falange y de los servicios que, en su opinión, él mismo había prestado al Movimiento (“haber entregado 47 monedas que poseía la familia”, para la causa bélica; ser cabo del Somatén), sin contar los de sus tres hijos falangistas (uno de ellos muerto en el frente y homenajeado como héroe), al final de la guerra fue depurado y enviado a ejercer a otro pueblo; pero no se sintió con fuerzas para ello, por lo que pasaría el “destierro” hasta su muerte en Robleda.

Laureano Enríquez (o Enrique) Aldehuelo (a) “Roqui” era secretario del juzgado, cargo del que sus enemigos personales quisieron privarlo, sin conseguirlo más que de forma intermitente, mientras el represaliado estaba en prisión, entre 1936 y 1945, según un informe del propio juzgado elaborado este último año. En síntesis, por denuncia de Rafael Pedraza y Julio del Corral en setiembre de 1936 estuvo preso 15 ó 20 días en Ciudad Rodrigo, aunque la orden se diera en octubre del mismo año y la estancia carcelaria fuera casi de un mes (08/10/36 a 05/11/36). En 1937 fue denunciado por el cartero Nicolás del Corral y, en consecuencia, diligenciado por “manifestaciones hostiles al Movimiento Nacional”, detenido en prisión preventiva (desde 29/05/37) hasta que salió en libertad al cabo de unos 45 días. Desde octubre de 1937 Laureano Enrique estuvo 6 u 8 meses otra vez preso en Ciudad Rodrigo, de donde fue trasladado al Campo de Concentración de Santa Espina (Valladolid) hasta fines de abril de 1939. De allí volvió con una enfermedad pulmonar. En 1945 Laureano Enrique fue denunciado y detenido por supuesto delito de insultos “contra el Jefe del Estado, la Falange y el Clero” (Iglesias, La represión franquista: 517-518).
Si hubiera más espacio, valdría la pena describir con detalle la instrucción de la C.187/1945 (plaza de Valladolid, juzgado eventual, por Francisco Ávila Díaz, teniente coronel de Artillería). En ella se percibe el ambiente que por “los años del hambre” se vivía en Robleda, en cuyas tabernas afloraban las afinidades y las fobias de antaño, motivadas por las ideas antagónicas y sobre todo por los intereses encontrados de unos y otros. Borracho o no, el 26 de abril de 1945 en la taberna de José Carballo Mateos (“Atilano”), Laureano, entre otras ocurrencias, había proclamado que ya había llegado el momento oportuno de cortar los “testes” a los curas, blandiendo un cuchillo de los de partir carne, según Tomás Sánchez Mateos.

Lógicamente había una decena de testigos, por lo menos. Llamados a declarar, todos ellos estaban de acuerdo en que Laureano estaba borracho, pero ninguno le había oído los insultos (“que se cagaba en Franco y en la puta que lo había parido”) ni las amenazas verbales que, como testigo de oídas, recogía Agapito del Corral Plaza, jefe local de Falange, a quien, además de su vecino Tomás Sánchez, apoyaba su propio cuñado Desiderio Merchán, enemigo preferido y también destinatario de los insultos de Laureano en la retirada de su periplo tabernario. Agapito, que, gracias a los servicios macabros prestados en 1936, además de haber heredado de su primo Julio del Corral la jefatura de la Falange local, se beneficiaba de la prebenda que suponía el cargo de cartero, tomó la iniciativa de enviar un escrito al “Camarada Jefe Provincial” (29/04/45), pues como es sabido, la máxima autoridad civil de la provincia ostentaba dicho cargo del Movimiento. Tal escrito era un discurso pro domo y una invectiva contra Laureano Enrique, quien, según el feroz represor local, “no tenía el diablo por donde desecharlo” y sugería al gobernador civil (que por entonces sería Diego Salas Pombo) la conveniencia de que “desapareciera” del pueblo. Como primera medida el Coronel Gobernador Civil de Salamanca impuso a Laureano tres meses de arresto “por escándalo, difamación y blasfemias”. Pero la causa fu sobreseída (28/07/45).

En definitiva, los enemigos de Laureano “Roque” no pudieron con él, no sólo porque, descontadas las hazañas macabras, aquéllos tenían un pasado delictivo de trampas y fraudes, que el secretario habilitado no tenía, sino porque Laureano poseía la prueba escrita de aquellas corruptelas. En sustancia no decía otra cosa el informe del juez municipal, Bernardino Plaza, y del alcalde, Marcelino Martín, que era muy favorable para Laureano Enrique. Éste, después de este episodio, siguió en su puesto sin salir del pueblo hasta su muerte. No tenía descendencia, aunque estaba casado con Ceferina García. Su memoria, sin embargo, no desapareció con él, pues tuvo cuidado de dejar por escrito gran parte de lo mucho que sabía, aprovechando las numerosas declaraciones a que se vio obligado por la encarnizada persecución gubernativa.

La figura más señera de la persecución incruenta fue sin duda Isabel Montero Sánchez (a) “la Pasionaria de Robleda”. En La represión franquista (p. 537) se le reserva un breve apartado en el capítulo que trata de las mujeres represaliadas en el SO de Salamanca. Con anterioridad, ya se había descrito su caso en otros ensayos (Iglesias 2008a y 2010b), a los cuales se remite para los detalles. Aquí se ponen de relieve las diversas facetas de sus “destierros”: voluntarios, aunque condicionados, unos; obligados, otros. A sus 30 años, estaba de vuelta en Robleda de una emigración a Francia, adonde había acompañado a su marido, Andrés Sánchez Mateos (a) “Chaca”, con quien tuvo tres hijos: Pío, Emilio y Andrés, el del famoso “jersé encarnado” (infra). En el país vecino había afianzado sus convicciones obreristas, porque de allí “venían más espabiláus”, en términos de la informante Mª Antonia Ovejero (R 1973).

En la primavera de 1936 Isabel, no sólo reclamaba los derechos de la clase obrera con el encendido verbo que, al parecer, recordaría el de Dolores Ibárruri y motivaría su sobrenombre, sino en refriegas que saldrían a relucir en su procesamiento al año siguiente, en el cual se designa con el sobrenombre de “la Libertaria” (infra). Fue portadora el 1º de mayo (“Fiesta del Trabajo”) de la bandera sindical de la UGT, en la que estaba federado el Sindicato de Trabajadores de la Tierra y Oficios Varios, al cual estaba afiliado su marido. Por analogía con el papel de las mayordomas y madrinas en las cofradías y las fiestas religiosas, fue considerada “madrina de la bandera” (la sindical, no republicana), aunque en aquel desfile las autoridades municipales no le permitieron izarla en el balcón del ayuntamiento, como Isabel pretendía.

Por estos antecedentes, Isabel era de las personas que los facciosos querían eliminar, como hicieron con su hermano Santiago o Benito Montero Sánchez, que era empleado municipal (“Secuelas”, 03/08/17). Pero la protegieron sus cuñados (“los Chacas”), varios de ellos falangistas o allegados de las autoridades militaristas. Anduvo escondida en el Pinar, adonde le llevaba las vituallas, con un jamelgo, uno de sus cuñados, Francisco Sánchez (“Quico Chaca”), quien oportunamente la avisaba para que se alejara de donde la andaban buscando, porque le daba el soplo otro cuñado (Pablo Sánchez), que servía en casa del jefe de Falange o de su padre (clan de “los Faraones”). Los familiares no alcanzarían a librarla de las consabidas vejaciones, especialmente reservadas a las mujeres: corte de pelo al rape, administración de aceite de ricino y paseo por el pueblo.

Estos familiares tampoco podrían evitar lo que sería el específico “exilio interior”, carcelario, de Isabel Montero, que aparte de ella misma, repercutiría en unos pobres niños desvalidos, sin los cuidados de su madre. Fue consecuencia de una probable provocación, urdida a través de dos muchachos del pueblo, los flechas José Viñuela Vicente y Amador García del Corral, el domingo de Ramos, 21 de marzo de 1937. De ello se siguió una causa contra ella que terminó en un consejo de guerra (14/06/1937) que la condenó a doce años de cárcel, de los que cumplió seis en Saturrarán (Motrico, Guipúzcoa), “por el delito de vestir a un hijo suyo de corta edad con un jersey encarnado con las iniciales de la F.A.I. el domingo de Ramos [21 de marzo de 1937] para asistir a la Iglesia” (C.857/37).

Los derechistas locales más significados se sirvieron de este extraño episodio del niño vestido de rojo y con siglas emblemáticas inusuales en la localidad para ajustarle las cuentas a una mujer decididamente republicana, enseñándose contra ella en sus declaraciones Según el atestado del teniente de la Guardia Civil de Fuenteguinaldo, Alberto Navarro Garabaya, casi todos los declarantes (J. M. Villoria, jefe interino de Falange, Rafael Pedraza, alcalde, Eugenio Pedraza, concejal, Nicolás del Corral, cartero, Rogelio del Corral, secretario) manifiestan opiniones desfavorables para Isabel Montero, pero los más hostiles fueron Víctor Viñuela Herrero, médico (padre del flecha que había denunciado la existencia de las famosas siglas) y Froilán Mateos García, hombre de derechas, que había sido víctima en el tumulto de 5 de abril de 1936 (C.857/37: f. 6).

En sus propias declaraciones, Isabel Montero, sin arrugarse nunca, reconoce una serie de hechos que adornan su leyenda y constituyen indicios para la historia local. Le puso a su hijo un jersey encarnado que trajo en 1935 de Francia, donde se lo habían regalado pro le quedaba grande, para que lo estrenara el domingo de Ramos y no le puso las iniciales de la FAI para que fuera a misa a recoger el ramo de laurel (1937), insinuando una posible provocación por parte del hijo del médico [José Viñuela]. Un año antes, el 5 de abril de 1936 (también domingo de Ramos) presenció un tumulto que hubo en el pueblo, en el que resultó herido un vecino, detenido otro y desarmado un guardia civil, pero ella no intervino. El primero de mayo de ese mismo año de 1936 estuvo en una manifestación por el pueblo con una bandera de “Unión de Trabajadores de la Tierra y Oficios Varios” y al final subió al ayuntamiento con la intención de colgarla en el balcón, pero no la dejaron hacerlo. Y también reconoce que su marido, Andrés Sánchez Mateos, pertenecía a la Casa del Pueblo, “como todos los obreros [que] querían ganar su jornal” (C. 857/37: f. 6-8, f. 25-26vº).

Cumplida su condena, Isabel Montero, regresó al pueblo, fue a visitar a Mª Antonia Ovejero, compartiendo amargos recuerdos. Y en cuanto pudiera volvió a Francia, con su familia al completo. Del país vecino no quiso volver nunca al pueblo, pero tampoco tuvo suerte. Allí la esperaban nuevas amarguras en su dilatada existencia, hasta su fallecimiento en 1996. Accidentalmente murieron sus tres hijos (supra) y a su marido tuvieron que amputarle las piernas, para evitarle la gangrena. En estas condiciones, la vida para Isabel no tendría mucho aliciente, y decidió abandonarla en pareja, poniéndole un añadido al café del desayuno. Pero le parecería excesivo decidir por su marido, y solamente en su taza depósito el fatídico producto (R 2011).

Por no alargar demasiado esta entrega, se renuncia por ahora a la descripción de otros dramáticos “exilios” voluntarios de los años cuarenta, fueron precursores de las migraciones masivas de los años cincuenta y sesenta. En la travesía clandestina de la frontera francesa, que afectó a decenas de familias, hubo más de una víctima en la década de los años cuarenta, e incluso algún desgraciado que quedó atrapado en la ratonera de Robleda.

Jose Prieto Martin
José Prieto Martín, “el Camioneto”

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Pucelana
December 09, 2017 Pucelana

Buenos días, soy una mirobrigense afincada en Valladolid porque no había trabajo en mi tierra. [...]

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ladis
December 09, 2017 ladis

estos son nuestros representantes ,peloteando fuera,sin saber nada de nuestra historia ,viviendo en su mundo.Asi [...]

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Charro
December 08, 2017 Charro

Que poca seriedad en materia turística, señorita! El responsable de comunicación seria el monitor del [...]

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Pati
December 07, 2017 Pati

Esa abuela, cómo mola, se merece una olaaa!!!! La mejor abuela del mundo y la mejor [...]

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