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TURISTIZACIÓN, DECADENCIA DE LA CIUDAD. Por Fernando Domínguez Sánchez

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TURISTIZACIÓN, DECADENCIA DE LA CIUDAD. Por Fernando Domínguez Sánchez
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Leí el término turistización hace años en un artículo en El País, que con el tiempo, poco a poco, fue calando en el lenguaje y en la vida de las ciudades en relación a la tendencia de enforcar la vida de las ciudades al turista, o su exceso.

Y de ciudades y turismo como si de antónimos se tratara vemos como hay personas que tienen un concepto claro sobre lo que se debería entender por ciudad, que es donde para una parte del turismo.

Por un lado tengo en la memoria un artículo de la arquitecta Margarida Saavedra en el que la ciudad es más que el conjunto de casas y calles. Expone: “La interrelación de diferentes tejidos en la ciudad son las marcas de nuestra evolución como ciudadanos, y su especificidad nos hace sentir parte de un todo irrepetible. Porque, para bien o para mal, aquello que fuimos -o somos- quedó grabado en nuestro hábitat y por eso lo llamamos, con propiedad, nuestra ciudad, asumiendo, con toda naturalidad, que ella sea diferente de un lugar a otro”. Y en referencia a los centros históricos observa que “los cascos históricos son, por naturaleza, sitios privilegiados, escogidos con criterio por sus fundadores para edificar ahí su urbe. No tiene sentido que la ciudad, al extenderse por los alrededores, permita que la degradación o el abandono transformen estos lugares elegidos en vacíos urbanos.
Ninguna ciudad puede vivir en paz cuando sus núcleos históricos se transforman en agujeros negros”. Una opinión que comparto.

Este año, en julio, casi a la vez leo dos artículos, uno La decadencia de la ciudad, de António Guerreiro, y otro Salamanca y sus terrazas, de Virginia Carreras (publicado en CiudadRodrigo.net), que entiendo tienen un nexo común, la ciudad.

Guerreiro trata de explicar como la ciudad va perdiendo la esencia, sobre todo la ciudad histórica, degradándose y algunos creen que esa degradación es por el turismo, conclusión que no comparte. Entiende que a algunas ciudades son los acontecimientos históricos los que llevan a un cambio que algunos autores como Salvatore Serris definen como “aquella en que las ciudades pierden la memoria de sí mismas”, permitiendo ese cambio que se entiende catastrófico.
Y Guerreiro no señala la turistización como culpable de la situación de la ciudad, explicando: “Pero no podemos ignorar que transformar la ciudad en un “centro histórico” que debe servir para el consumo turístico y para la diversión de fin de semana es una manifestación de la extrema decadencia de la ciudad”.

El turismo en estos centros históricos no es más que el reflejo de que sólo el turismo parece que la puede salvar. Ocurre en grandes capitales de Europa, donde esas ciudades son salvadas por aquello que las mata.

Expone unos detalles importantes para que la ciudad esté en decadencia, con la ruptura de la relación de los ciudadanos con la ciudad en que viven, cambiando el concepto de habitarla (distinto de tener un alojamiento) y perder la vida política que en ella se hace, despolitizarla para buscar el culpable de la decadencia en la turistización, que más que causa es el efecto de ese cambio. Y para un cambio en la ciudad hay que volver a habitar y que la ciudad tenga vida política.

Al hilo de estas apreciaciones entiendo que las ciudades están conformadas por personas que no sienten el lugar en el que desarrollan su vida (también laboral o empresarial), dando lugar a esa despolitización que menciona, por una fórmula de la lectura de los números, único lenguaje que entienden algunos, léase dinero, en vez de un sentimiento que haga que la vida de las ciudades en general y de los centros históricos en particular tengan algo de cada uno de los que viven en ella que la van conformando en lo que Saavedra define como “las marcas de nuestra evolución como ciudadanos”.

En esa decadencia y desapego de la ciudad encontramos otro factor que pone sobre el tapete el artículo de Virginia Carreras, Salamanca y sus terrazas, sobre el tratamiento que debe darse a la concesión e instalación de terrazas en espacios públicos. Espacios públicos en ocasiones invadidos por mesas y sillas, limitando el paso de las personas e impidiendo la utilización del mobiliario urbano, como son los bancos. Y es cierto que el sector hostelero es importante en la economía, pero también lo es el comercio y otras actividades productivas, por lo que es conveniente encarar el asunto para conciliar la explotación de la actividad en el espacio público y que los ciudadanos puedan caminar adecuadamente y no se invadan espacios ni se utilicen más que los que están autorizados.

En ocasiones la falta del sentimiento de estar en un lugar, en una ciudad, y pensar en ella como un espacio en el que se reciben “esas marcas” y se aporta algo al desarrollo que puede perdurar en el tiempo hace que se entienda la ciudad como un lugar para expandir el negocio y no para convivir con el resto de personas.

Manuel Cruz, en otro artículo interesante, Barcelona, de modelo a marca, publicado en 2013, pone sobre la mesa la dificultad que tienen los vecinos para llevar una vida diaria normal por la influencia asfixiante del turismo sin que las autoridades velen y protejan sus derechos. Más parece que son parte de un parque temático, “Una ciudad no es un mero contenedor de vecinos”, frase muy al hilo de habitarla o entenderla como alojamiento, que decía Guerreiro. Pero Cruz pone como ejemplo esas obras que en ocasiones rompen en dos los barrios por dar paso a una nueva vía de comunicación haciendo difícil pasar de una lado al otro y cercenando la comunicación de los vecinos.

Tres articulistas que entienden la ciudad como algo en construcción, por personas que viven y quieren un lugar habitable, haciéndose poco a poco y no dejado de lado, en el caso de los centros históricos como mero plató de las representaciones turísticas urbanas dejando el papel de extras de esa representación a los vecinos, ni en manos del político de turno que busca con la gran obra dejar su huella aunque sea a costa de perjudicar a sus vecinos.
Y el otro, el que trata sobre las terrazas, extrapolable a cualquier ciudad, es la visión de la búsqueda del equilibrio y del respeto a los vecinos y al descanso con un equilibrado ocio, que si bien deja ingresos hay que buscar que ese negocio (que se hace en espacios públicos) no sea a costa del derecho al tránsito y descanso de los vecinos, y en ocasiones de la expulsión a otros lugares por llegar a ser invivible (como ejemplo hay alguna zona en Ciudad Rodrigo), degradando enormemente el barrio cuando se ha abusado del monocultivo económico, sobre todo nocturno.

Sin embargo, son pocos los ciudadanos que sienten y viven la ciudad, los que sufren cuando se hacen transformaciones que amputan no sólo físicamente algo de ella sino en la memoria de algunas personas que crecieron y vivieron ese espacio, con sus historias, con las personas anteriores a él. Son pocos lo que se fijan en el rico patrimonio que tienen alrededor y buscan para conocer más, pero abundan los que pasan por las calles sin mirar ni interesarse por lo que le rodea y por las gentes vecinas, porque van contando mentalmente los euros que van a ganar o el dinero que llevan al banco como único libro de lectura.
Y en los centros históricos son menos que nada los que lo habitan, menos los que viven y reviven y aprenden y sufren cuando se daña lo de todos, cuando se ensucia (como si ensuciar fuera un derecho de unos y obligación de los demás limpiar un espacio que le hemos dejado todos los vecinos).
En muchos centros históricos se ha expulsado a sus vecinos por la incompatibilidad de la vida vecinal con ciertos negocios, sobre todo nocturnos, convirtiendo en guetos algunos de sus espacios por el deterioro y ruina que albergan las paredes de esas casas. Y son los políticos los que deben velar por el derecho al descanso de los vecinos y buscar la fórmula de rehabilitar ese centro histórico para que la vida vuelva a él. También el turista, no como salvador, sino como parte necesaria, interesado en compartir espacio y vivencias que esos lugares transmiten.

Todos deberíamos tener la ciudad (en sentido amplio de la palabra) como objetivo, porque es en la ciudad donde se crean los espacios, donde se siente y transforman los lugares y a las personas, donde los vecinos asumen la historia y el presente, hacia un futuro que también crean. Hay personas que entran en la descripción que hacen los articulistas, como meros extras, o personas que no sienten más que la cuenta corriente sin pensar en absoluto que la ciudad les trasciende y está por encima de intereses particulares.
Es esa ciudad, la ciudad habitada, la que mantiene la política, es la que da vida y contenido más allá del número de turistas, porque si los turistas ven que la ciudad no es un decorado preparado para ellos y se mantiene ese pulso seguro que también se llevarán parte de la ciudad.

En el informe de la UNESCO sobre Cultura: Futuro urbano. Informe mundial sobre la Cultura para el desarrollo urbano sostenible, 2017, hay unas apreciaciones interesantes. Como ejemplo incluimos las siguientes:

Las cuestiones más urgentes a la hora de preservar la autenticidad de las zonas históricas siguen siendo atenuar la “museificación” y la gentrificación, mientras se promueven unos modelos de turismo sostenibles, pág. 55

El individuo nació para vivir en una organización compleja con sus semejantes, en comunidad y armonía, a través del compromiso, pero unido por un propósito común, que es vivir la vida compartida. (Aristóteles), pág. 201

El denso y elaborado sistema urbano que se observa en Europa en la actualidad se debe al legado de antiguas civilizaciones que se desarrollaron a partir del tercer milenio antes de la era cristiana. La destrucción generalizada de ciudades históricas europeas durante la Segunda Guerra Mundial dejó muchas cicatrices visibles, aunque en general, el patrimonio urbano de esta región se ha conservado bastante bien y representa en la actualidad una cultura estratégica y un bien económico. La conservación urbana como política se originó en Europa antes que en otras partes del mundo y es en esta región donde se desarrollaron sus prácticas y principios básicos. Si bien los resultados varían según el país, el patrimonio urbano es una importante cuestión en las políticas públicas a nivel nacional y local, y a menudo ha resultado ser el eje en torno al que se han desarrollado las políticas de regeneración más importantes como ha quedado demostrado en lugares como Burdeos (Francia), Barcelona (España), Praga (República Checa) y Turín (Italia). Las inversiones en iniciativas, instituciones e industrias culturales se conciben en todos los países como importantes herramientas para activar procesos de regeneración y para atraer iniciativas. Al mismo tiempo, estas transformaciones económicas en las ciudades han generado en muchos casos fenómenos de exclusión de la población de origen, y procesos de gentrificación que han cambiado el paisaje social y la naturaleza misma de las zonas históricas. (pág. 240).

 (fotografía de archivo)

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