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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (2): Victoria Viñuela Valiente (in memoriam). Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (2): Victoria Viñuela Valiente (in memoriam). Por Ángel Iglesias Ovejero
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Victoria Viñuela_1944

Victoria Viñuela a sus 22 años (1944). Foto: cortesía de V. V. V.

Ayer, día 4 de octubre, se cumplieron dos años del fallecimiento de Victoria, una vecina de Robleda, muy conocida y apreciada de todos sus paisanos. Aquí, además de su amistad, recordamos su generosidad y su fidelidad en el compromiso con la verdad de la memoria histórica robledana. Su testimonio se registró el 20 de agosto de 2002, en una grabación espontánea, pero el respeto y el reconocimiento hacia su persona por parte del encuestador venían de mucho antes. Victoria tenía entonces 80 años y disfrutaba de una lucidez mental que la acompañó casi hasta su fallecimiento en Salamanca.

Victoria María Rosa Viñuela Valiente nació el 11 de septiembre de 1922 en el hogar de sus progenitores (Calle Larga, nº 12). Su padre, Víctor Viñuela Herrero, era natural de Descargamaría (Cáceres), y su madre, Fidela Valiente ¿Macías?, natural y vecina del lugar. Esta última ejercía “las labores” propias de las mujeres casadas, sin otras faenas añadidas, gracias a la profesión de su marido. “Don Víctor” antes de ser médico titular de Robleda había ejercido en Villar de la Yegua. En cierto modo, además del nombre y la profesión, también heredó el puesto de su padre, Víctor Viñuela Cristóbal, después de que previamente éste ejerciera en el citado pueblo cacereño, sito en la hondonada de Valdárrago. Victoria estaba al corriente de los orígenes foráneos de su familia paterna, oriunda de Zamora. Un antepasado se había instalado en Lumbrales, como contratista para la construcción de una carretera. A Víctor (padre) no le acompañó la suerte en Robleda, pues fue el primero en morir a consecuencia de “la peste” en 1918, o más bien una de gripe que causó una mortandad que se cerró con el fallecimiento del párroco (Amador García Vaquero). Quizá el traslado de los padres de Villar de la Yegua se diera a la muerte de una tía materna que se ocupaba de la abuela robledana, Ana María Valiente Macías (nombre de pila ilegible en el acta de nacimiento de la nieta), hija de Agustín (hermano de “tio Paco Valiente”), labrador. Cuando Victoria nació, la abuela paterna, Isabel Herrero Martín, residía en Salamanca.

Victor Viñuela y Fidela Valiente_1914

Víctor Viñuela y Fidela Valiente (1914). Foto: cortesía de V. V. V.

Victoria formaba parte de una fratría de cinco miembros, cuatro de ellos llegados a la edad adulta (María Antonia, Victoria, José y Fidela) y un muchacho (sin identificar) fallecido de tuberculosis a los 16 años, recién terminado el quinto curso de bachillerato. La madre murió al nacer su hija homónima, Fidela (1928). A pesar de este golpe, que la experiencia médica del padre no pudo parar, los cuatro huérfanos supervivientes tendrían un nivel de vida muy por encima de los niños de su edad en Robleda. Así lo revela el archivo fotográfico familiar que conservaba y dejaba consultar Victoria: el mobiliario doméstico, la vestimenta y el porte personal. El trato con los vecinos, aparte de los familiares, se limitaba al de otros notables locales, de modo que tendría relaciones de amistad sobre todo con los hijos del maestro Gabriel Zato Vicente, las nietas del antiguo secretario Eduardo Villoria García (fundador del clan de “los Cojos”), también huérfanas (Concepción y Bernarda González) y algunas primas lejanas por el lado de su madre (Marcela, Francisca, etc.). Su padre se volvería a casar, con María Rosa (sin constancia de apellidos), quizá madrina de Victoria María Rosa, y por ello designada como “Madrina” por todos sus entenados.

Los niños recibieron la instrucción primaria en la escuela local (los niños por un lado, las niñas por otro, en el edificio que albergaba en el piso superior el ayuntamiento y la cárcel en el subsuelo. Con el tiempo, José Viñuela siguió la tradición paterna y terminó de médico en Zafra (Badajoz). Allí falleció en 1997, dejando a sus hermanas cuatro sobrinos, repartidos por toda la geografía española. Fidela se licenció en Filosofía y Letras, de interna con las Siervas de San José, congregación religiosa en la cual ella misma ingresó a sus 27 años (“sabiendo lo que hacía”). María Antonia se casó con un militar robledano a quien siguió en sus avatares castrenses. Falleció en Madrid (1977). Y Victoria, por talante o circunstancias de la vida, solamente a los 16 años salió para un colegio de Salamanca, donde cursó estudios equivalentes al bachillerato elemental. Hasta los 14 años asistió a la susodicha escuela de niñas, donde se estudiaba de todo (“elementalísimo, pero de todo”). La maestra más estable fue Concepción Esteban Esteban (“Doña Concha”), esposa del citado secretario Eduardo Villoria, matrimonio que también tuvo una hija maestra, Isabel Villoria Esteban, esposa del maestro Amable González, asesinado en Écija (Sevilla), padre de las antedichas amigas Concepción y Bernarda.

Hacia 1940 Victoria regresó al pueblo, donde pasó prácticamente el resto de su vida, menos los últimos años en una residencia para personas mayores de Salamanca. Ella misma lo había anticipado con cierto fatalismo, no desprovisto de humor: “Después vine. Ya he echado raíces. Ya hasta que me vaya a la residencia o al cementerio, una cosa de las dos. Una cosa de las dos tiene que ser”. Así que Victoria vivió cerca de setenta años seguidos en su lugar de nacimiento, asumiendo con resignación, pero sin tristeza, un celibato que ella no había elegido ni rechazado: “No me dio por ahí (el matrimonio). Cuando éramos chavales fui novia de Pepe Zato, el pequeño de don Gabriel [Zato Vicente], pero ya después lo dejamos. Él se casó con otra señora y yo me quedé soltera. Y ya, tan a gusto”. En efecto, José Zato del Corral durante la guerra prosiguió sus estudios en Salamanca, junto a su hermano Ángel, con los Salesianos; después le dio la ventolera de enrolarse en la División Azul; y, a la vuelta de esta expedición, siguió otros derroteros, para ejercer la docencia en la Universidad Laboral de Gijón.

La soltería de Victoria sería casi una bendición para la cultura local, pues ella, por su formación y carácter abierto, se convirtió en un referente en aquellos aspectos más acordes con sus ideas y en los que invirtió más esfuerzos (infra, algunos detalles). En el plano religioso, llegó a ser un pilar en las actividades de la parroquia, auxiliar indispensable de los sucesivos “sacerdotes” (párrocos), como catequista (entre otras “Hijas de María”), sacristana oficiosa (sobre todo al fallecer “tio Pablo”), directora del coro, guardiana, clavera y guía de la iglesia, por la que se movía con garbo y recato. Con los años, casi parecía una imagen viviente, pero por su trato llano, civismo y comprensión en modo alguno se confundía con el estereotipo de la desabrida beata. Predicaba con el ejemplo en las campañas de solidaridad con los necesitados de dentro y fuera del país. Y no aburría con sermones a quienes la rodeaban.
Como otras personas de su familia, se interesó por el saber tradicional. El folclore robledano, que por diversas razones estuvo a punto de perderse en los años setenta, le debe en parte la conservación de algunos bailes, el traje charro, el bordado. Sabía estimar la narrativa y la lírica tradicional, cantada o no, y, contrariamente a otros vecinos presuntamente cultos, conocía y valoraba la modalidad lingüística rebollana, que a veces afloraba en su estilo personal (cierre de las vocales finales, léxico). Por personas allegadas, estaba al corriente de la tradición histórica (relatos no escritos) del pueblo, que remontaba más allá de “la Francesada”, con los míticos viajes a Sevilla y las salinas de Cádiz. Este respeto por la historia explica sin duda su colaboración con nuestro empeño por recuperar la llamada “memoria histórica”. En este sentido sus vivencias personales se desarrollaron en la segunda infancia, coincidiendo con el cambio político de la Monarquía en

República. Con “Doña Concha” se manifestaron en el horizonte escolar los primeros cambios relacionados con la II República: “(…) quitaron el crucifijo, la inmaculada y ya no se rezaba”. Hasta entonces en la escuela, un crucifijo colgado en la pared frontera del local presidía las clases y antes de iniciarse éstas se rezaba alguna oración. Un buen día la Maestra anunció que ya no se rezaba nada (“hoy no se reza porque ha venido la República”). Algunas niñas, por su cuenta, dedujeron que ya no se rezaba en ningún sitio. En casa de los Viñuela, y en otras, al regreso de la escuela, se rezaba “el bendito”, y Fidela, la hermana pequeña, se dispensó de hacerlo (“eso ya no se dice”) y le costó un rapapolvos verbal. Victoria recuerda con cierto humor estas y otras anécdotas escolares, así como las opiniones políticas del vecindario, y hasta practica una forma de distanciamiento con unas risitas moderadas que marcan el ritmo de sus testimonios. Pero se refiere con cierta seriedad al credo político de su padre: “Era conservador, de don Antonio Maura, no era de don Miguel”. Implícitamente, se entiende que no era afecto de la República.

Esta hija del Médico no sabe, o se calla, que en el pueblo era considerado “de izquierdas”, al contrario de su segunda esposa, que era “de derechas” (“las verdaderas derechas”, en el discurso militarista). Bastantes vecinos incluso acusaban a los consortes de hacer campañas complementarias por distintas candidaturas, guiados por un oportunismo que los ponía al abrigo de cualquier contingencia. Fruto de estos rumores sería la multa de 3.000 pesetas impuesta a Víctor Viñuela en agosto de 1936, por su presunto izquierdismo, como sucedió a una treintena larga de robledanos. De hecho se trataba de medias verdades, porque D. Víctor, según la documentación procesal, se declaraba monárquico, y por ello antirrepublicano, pero podía compartir algunas ideas de Filiberto Villalobos e incluso sentir por éste un respeto que procuraba hacer pasar por cortesía entre colegas, siendo ambos compañeros de estudios y médicos. Su posición moderada podía perfectamente pasar por un centrismo complaciente con el izquierdismo tibio del maestro Gabriel Zato, si se comparaba con el extremismo de la Acción Popular, cuya rama femenina, la Asociación Femenina de Educación Ciudadana (creada en 1931) a nivel local presidía la citada “doña María Rosa” (Iglesias, Represión franquista, IV.1.2: 191-197).

A pesar de las novedades laicistas, Victoria considera que el período republicano se vivió de una manera “completamente normal”, hasta que en 1936 sucedieron “aquellas cosas tan tristes”. Por la proximidad de su domicilio con el ayuntamiento, ella fue testigo presencial de algunos hechos, como el tumulto en la Plaza cuando “llamaron a tres quintas”, porque unos querían ir y otros no. Entonces oyó decir a uno de los implicados en la protesta: “Si hubiéramus jechu lo que teníamus que habel jechu, no había pasáu estu”. Sobre las ejecuciones extrajudiciales que tuvieron lugar después del 10 de agosto, en un contexto de miedo, transmite opiniones ajenas: “La gente así, un poco revolucionaria, estaba acojonada, aunque algunos no tuvieran culpa de nada, que, Dios mío, yo en eso no me meto, ni mucho menos”. Apenas conocía a los jornaleros que fueron eliminados (“a otros le dieron aceite de ricino”) a partir del día 13 de agosto. No tenía trato alguno con ellos, porque en su mayor parte vivían lejos del barrio de la Plaza, donde se hallaba su domicilio. En cambio, ofrece un hilo conductor, desconocido hasta este testimonio de 2002 y librado porque “es historia”, sobre la implicación de los mandos militares rebeldes y los milicianos fascistas de Ciudad Rodrigo en la caza de hombres en Robleda:
“Vino el comandante Goded en busca de uno de los [Rebulles], de uno de los vuestros. Y dijo: –Si no aparece el Rebulle -me parece que era Julián- arde Robleda. Eso lo ha dicho en la Calle Larga (…). El comandante Goded ha estao en la Calle Larga. Vino a Robleda (…). Y venían falangistas de Ciudad Rodrigo, y tenía que aparecer la gente, y eso”.

Victoria oía mentar los nombres de los represores locales, con Julio del Corral a la cabeza (asoma en alguna fotografía), y estaba al corriente del proceso y condena de este victimario y de su compinche de Peñaparda, Félix Rodríguez. Pero rechaza la opinión de que entre los ejecutores de faenas macabras hubiera ultracatólicos salidos del seminario de Ciudad Rodrigo, aunque admite el paso de algunos de ellos por dicho centro: “Tio Matías [Lozano]”, un año; “el Pintol”, ocho años. A pesar de la condena casi general de la vox populi, niega de plano la implicación del párroco José María Martín: “Don José era contrario a eso, lo que pasa es que no tenía la valentía de D. Joaquín [Santos], el párroco de Villasrubias (…) que dijo que de allí no salía nadie”. El párroco de Robleda tenía por grandes adversarios a los socios de la Casa del Pueblo, porque “lo habían comprometido (…) y una noche lo estaban esperando”, según le transmitieron dos vecinos, “tio Domingo [Mateos]” y “tio Froilán [Mateos]”, que habían estado previamente en una reunión sindical. La información ofrecida no es muy fiable, por incoherente. No debe excluirse una manipulación entonces y un malentendido en la transmisión posterior, porque dicha reunión no podía ser la de los sindicados de la UGT (o Casa del Pueblo), donde no habrían sido admitidos los citados labradores, sino la de los Agrarios derechistas (afines del Bloque Agrario, 1931, y Partido Agrario Español, 1934), que, si desde antes del triunfo electoral del Frente Popular se caracterizaban por su oposición contra las sociedades obreras, en 1936 conspiraban contra la República, de lo cual se quejaban en concreto los sindicalistas de Robleda (varios asesinados).

El párroco estaba particularmente dolido por una entrada en la iglesia en marzo de 1936. De acuerdo con los derechistas locales, pondría la responsabilidad en la cuenta del alcalde nombrado por el Frente Popular, Fermín Mateos. Pero también esto resulta falso o, por lo menos, inexacto, porque el cambio de gestora (21 de marzo) se produjo una semana larga después del allanamiento de la iglesia (13 de marzo), y el alcalde en funciones entonces era todavía Juan Manuel Villoria Esteban. Tampoco tiene mucho fundamento querer apuntalar la responsabilidad con un dicho blasfematorio y truculento atribuido a una de las hijas de Fermín en la escuela: “Ya no hay Dios, porque se lo ha comido mi padre”. Lo cierto es que el citado eclesiástico, José Mª Martín, no asumió la habitual función informativa que los párrocos prestaban a la jurisdicción militar, labor a la que se prestó Víctor Viñuela. En esto influiría la circunstancia de que el Médico fue de los arrestados en los dos primeros días del Movimiento, probablemente por el derechismo extremo de la agrupación que presidía su esposa y las presuntas reuniones en su casa de los derechistas que conspiraban contra el gobierno republicano (supra). La hija no habla de esta colaboración ni del papel sospechoso de su hermano Pepe en la denuncia de Isabel Montero (“La Pasionaria), porque el domingo de Ramos un hijo suyo pequeño fue a misa con un “jersey encarnado” y a la salida apareció con un burdo cosido en una manga con las iniciales de la FAI. Isabel fue procesada y condenada a 12 años de cárcel (C.857/37).

En el entorno familiar de Victoria, por lo general, el Movimiento fue bien recibido (“cuando vinieron los nacionales, encantaos con ellos”), aunque personalmente tiene un recuerdo piadoso para “las otras familias”. En octubre de 1936, ella tomó parte en el sonado (y fotografiado) homenaje a un cadete que estaba en el alcázar de Toledo durante el asedio por los republicanos: Alejandro Mateos del Corral (capitán de artillería en la División Azul, 1942). Casualmente era sobrino del “señor Rogelio [del Corral Lozano]” (secretario y cacique mayor) y “doña Narcisa”, la esposa del maestro Gabriel Zato (supra). La “liberación” por el ejército de África (27 de septiembre) ya se había festejado con descargas de fusiles y bailes de tamboril. Entre los participantes también estuvo el entonces canónigo Serafín Tella, robledano de nacimiento, hijo de un guardia civil (también aparece en otra fotografía, junto a las autoridades locales y las Milicias Fascistas).

Seguramente las familias pudientes lo pasaron mejor durante la guerra que después. Victoria ironiza sobre los “años del hambre”, porque si bien esta era principalmente patrimonio de los pobres, el racionamiento y la fiscalía molestaba incluso a los ricos: “(…) había 300 fanegas de trigo en casa, y no se podía ni vender, había que llevarlo a la fiscalía. En casa se hizo un horno, y era un pan malísimo, integral, que había que cernir con las cernieras y el cedazo”. Doña Felisa Peláez, la maestra titular en 1936, a quien había sorprendido la guerra de vacaciones en Madrid y tuvo que vivir en zona republicana durante el conflicto, consolaba a sus jóvenes vecinas contándoles que los madrileños y sus huéspedes lo habían pasado fatal (“comían las cáscaras de las patatas”). Sin embargo, la Maestra se libró de la hambruna, gracias a un destino en Valencia con una colonia de niños. De vuelta al pueblo y sin duda saturada del “espíritu nacional”, cantaba con sus alumnas “Montañas nevadas” y otras “canciones del patriotismo”. Victoria ya no iba a la escuela, pero, casi entre risas, recuerda que desde su casa oía esas canciones (incluida la de “Soy valiente y leal legionario”, que, al parecer, no era acervo exclusivo de los alumnos).

Ya en plena juventud, por los años cuarenta se hablaba mucho de los maquis, aunque no llegaron a tener enlaces entre vecinos del pueblo. Tenían muy mala fama entre la gente de orden: “[Decían que] los maquis eran terribles. Robaban y hacían picias, en la Sierra”. Y transmite la versión errónea de que habrían matado a un campesino: “A un hombre lo mataron, de los Cabezas. No era maqui, no. Lo mataron los maquis. Estaba en el campo, qué si yo”. Pero Agapito Cabezas no fue muerto por los guerrilleros antifranquistas, según consta por documentos y testigos presenciales (seis carboneros robledanos, ente ellos José Sánchez, cuñado del encuestador). Fue tiroteado por un guardia civil, cuando hacía carbón de brezo, presumiblemente al ser confundido con un maqui por la patrulla compuesta por dos guardias civiles y dos guardias municipales, que el día 14 de agosto de 1945, efectuaban el “servicio de correrías” en una paraje aledaño de la Sierra de Villasrubias (Iglesias, Represión franquista, VI.3.3: 340-341).

Por entonces o poco después empezó el éxodo rural y la emigración exterior principalmente a Francia, que después fue masiva, pero se inició entre gente muy pobre; después se añadieron otros muchos vecinos. A veces volvían, tan ignorantes como habían salido, aunque algunos fueron muy avispados para los negocios: “Eran pobres, pero pobres, al principio. Es que aquí no dejaban nada (…). Volvían con la mentalidad por el estilo de la que llevaron (…). Por ejemplo, los de tia Antonia. Jesús no sabe hacer la O con un canuto. Pero, para la vida, espabilaos. Yo no he visto una cosa semejante. No sabe lo que tiene (…), qué si yo”. Casi a continuación, al filo de los años cincuenta, vecinos bien conocidos emigraron a Brasil: Antonio, el de la fábrica, hijo de Desiderio Merchán, casado con “la Paca”, una hija de Elvira del Corral; Pedro de tia Tiburcia, casado con Juliana de tia Luisa; los hermanos Mateos, José y Paco; Quico “Moro”, Nicolás del Corral y algún otro, todos ellos casados.

Fue también a mediados de los años cuarenta cuando Victoria asumió plenamente la soltería (supra). Entonces consolidó saberes, adquiridos en parte de niña, y trasmitidos hasta los años setenta y ochenta. Fue catequista: “Treinta años. Lo digo tranquilamente, muchísima gente, niños y niñas, han pasado por mi catequesis”. Pero además de ocuparse en la iglesia, enseñó a bailar: “A la Cata [Catalina Sánchez] la enseñé a bailar. Y le he enseñado a bailar en la calle el ofertorio, cuando cosía”. Impartió clases de baile tradicional en el Centro de Cultura Tradicional de Salamanca (en la época de Ángel Carril). Desde muy pequeña ella observaba los bailes en la Plaza y después en su casa, “delante de un espejo grandísimo”, imitaba a las mujeres que sabían bailar. Su maestra y hasta cierto punto su modelo, para muchas cosas, fue tia Vicenta Valiente Lozano (“tia Vici”, n. 1889), que ella conoció mucho tiempo viuda: “Tia Vicenta era vecina. [En invierno] a todas horas estaba en casa. Como en nuestra casa había buen brasero, todo el día estaba allí (…). Tuvo un niño, pero se murió cuando tenía cuarenta días, y ya”. Las grandes bailadoras eran otras mujeres: “tia Rosinda era el número uno, madre de la Pepa, de la Eulogia, de Jesús y de Rufino, que está en Barcelona”, “la agüela María”, a la que no llegó a ver bailar, “tia Cándida, la de tio Antonio”, la suegra de Matías, y “tia Caitana, la de tio Domingo [Prieto]”. Entre hombres: “tio Pío “Chaca”, tio Félix de tia Juliana, algo pariente de tu madre, tio Felipe de tia Cencia, tio Agustín el Vaquero, el número uno también”.
Hablando de sí misma, sin falsa modestia, recuerda que los folcloristas que llegaban al pueblo terminaban por preguntar por ella: “Y la Victoria tenía que ir allá. El grupo de Cipri y esos no sabían bailar el son, ni poco ni nada. Se perdió totalmente”. Hasta los mismos trajes ya no se estimaban y había que exhumar nombres de piezas e instrumentos: “[Los hombres], en vez de chaquetilla, llevaban camisón y chaleco, calzones y medias negras; las mujeres, blancas. [Aquellos] tenían unos palos ataos a las muñecas y las castañuelas a las manos. Jesús de tio Ricardo ha danzao. Estos de ahora, no sé. José María [Mateos Valiente] sabe de todo”.

Las labores de bordado se aprendían en la escuela: “Entonces en la escuela las niñas aprendían a bordar. Mi hermana Fidela, en verano, como no tenía que estudiar, se leía una novela y se hacía una abainica al día. Leyendo, una ametralladora, (…). [Yo] no he enseñado bordado, pero lo he hecho. Todavía hay gente que borda, pero yo, para hacer realce, por ejemplo, ya no veo, pero sí cadeneta, que es mucho más sencillo. [Otros puntos]: filtiré [< fr. fil tiré]), estalado, richilié [< fr. Richelieu])”.
En la memoria de Victoria tenían cabida otras muchas manifestaciones de las tradiciones culturales, tanto religiosas como mundanas, que se imbricaban en el ciclo anual de fiestas rituales y trabajos estacionales: los capazos y las corridas de gallos (“qué barbaridad”) por San Sebastián; la ofrenda de palomas en las Candelas; los jorramachonis (llamados blanquillos, porque el disfraz consistía en ponerse el camisón y los calzoncillos encima de la ropa, con una gorra de las mujeres, vieja, por montera), tirando paja y haciendo “picias” y la vaca pendona de los Carnavales, que ya se anunciaban desde san Antón con un cuerno y, llegado el momento, las pandillas de mozos (“toa la noche con la sartén dale que te pego”); los días de los casaos y de los mozos en Navidad, que, cuando se picaban daban lugar a alguna “mojaína”; las enramadas de álamos ofrecidas a las mozas las vísperas del Corpus y de San Juan. Al margen del ciclo, las cencerradas en las bodas de los viudos, con los cencerronis y el paseo en carreta hasta la laguna (“qué barbaridades”); así como los cortejos de las mozas, con riñas entre pretendientes, que a veces terminaron en muertes de personas conocidas (un hermano de tio Miguel Manchao y otro hermano de tia Ambrosia, la mujer de tio Juan Valiente), algo que también sucedía con los jijíes de las pandillas callejeras.

Obviamente no todo lo que observó hasta comienzos de siglo XXI merecía su aprobación estética o moral. No entendía los arreglos (o mejor, desarreglos) practicados en la iglesia por los años setenta, sobre todo la retirada de las losas sepulcrales por unos baldosines que recuerdan los suelos de las cocinas y cuartos de baño de aquel tiempo: “Un desastre. Yo ya no lo miro. Pero, yo, lo que me choca es, que don Rafael no entendiera lo paso, pero que el canónigo de Arte le permitiera semejante cosa es que no lo comprendo. Todavía no me entra en la cabeza”.

En general, la evolución de las costumbres no la aprueba, entre risas: “Las costumbres de ahora, depravadísimas. Las niñas vienen a las siete de la mañana o las ocho, ¡qué horror! Yo lo veo fatal, pero, bueno, como no tengo niñas…”.

Victoria Viñuela fue una informante modélica, instruida, sensible, atenta. Tenía el arte de contar los hechos sin hablar mal de las personas (“¿quién soy yo para juzgar a nadie?”). Fue una mujer religiosa, tolerante, generosa, alegre y servicial. Y por todo ello es merecedora de nuestro agradecido recuerdo.

Angel Iglesias_ Victoria Viñuela_20_08_2002
Ángel Iglesias y Victoria Viñuela (Robleda, 20 de agosto de 2002). Foto F. Giraud

 

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sus escrofa
October 17, 2017 sus escrofa

Ojala fueras media sombra. [...]

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Escoly Criado
October 17, 2017 Escoly Criado

Comparto vuestra solicitud a la Junta de Castilla León y tenemos que"" estar muy alertas [...]

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sus escrofa
October 16, 2017 sus escrofa

Pero no podeis seguir tan sectarios . Estos titulares podemitas asustan a la gente y a [...]

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sus escrofa
October 15, 2017 sus escrofa

Es de agradecer que recapituleis y reconozcais el esfuerzo y el trabajo de gente que [...]

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