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UNA SOMBRA. Por José Luis Sánchez-Tosal Pérez

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UNA SOMBRA. Por José Luis Sánchez-Tosal Pérez
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Murió Ferino cuya persona era toda una institución en nuestra Ciudad, y como supuse, supuse bien, que iba a tener su muerte un eco mediático tan grande no creí necesario unirme al coro de menciones hechos y alabanzas, de los cuales por cierto me gustó mucho el artículo que publicó Chema Perema en El Norte de Castilla.

Pero pasados unos días por todos los lados que ando, y ando en muchos, encuentro una ocasión para acordarme de él. La última vez que lo vi fue dos días antes de morirse, iba Colada abajo, ya pasada la calle de su casa, e iba recto y grande como era él, no hacía presagiar su estampa el rápido apagamiento de éste, y yo no pude menos de preguntarme, puesto que eran las tres del mediodía y hacía un calor de castigo, “dónde irá este tío, a estas horas, en las que solo estamos en la calle los pobres y los tontos” y está claro que él no era nada de estas dos cosas. Después, el lunes, la noticia corrió como un reguero de pólvora por todo el pueblo, “Ferino, ha muerto” y era como un hacernos a todos un sentir de que faltaba alguien de difícil sustitución.

Ya he dicho que no escribí porque sabía que todo se iba a decir, pero uno echa de menos decir aquello que personalmente le atañe, y yo recuerdo ahora que en medio de una conversación con él me señaló que había tenido tratos con mi abuelo Genaro que como él era tratante. Me dijo de él que era un hombre con muchas picardías y que en los primeros tratos que tuvo lo engañó. Yo no pude menos de responderle: “sabía de la habilidad e inteligencia de mi abuelo pero no creía que tanta como para engañarte a ti, porque tienes que reconocer, Ferino, que no es nada fácil”, a lo que me contestó: “yo era un chaval, pero me valió para aprender, por lo que a pesar de los engaños le estoy agradecido”.

Hoy, cuando ya no estás, y estando seguro, pues aún no eras muy mayor, que posiblemente te hayan pasado factura todas las muchas batallas y avatares que viviste y de las cuales te defendiste y estuviste entre ellas como si nada pasara y no te causaran ninguna mella, pero es posible que finalmente hayan pasado factura a este hombre tan intuitivo y trabajador como obstinado. Ahora yo como te recuerdo un poco por cada momento de tus haceres, algunos tan lejanos como la anécdota de mi abuelo y otros tan proyectados al futuro como que sus tataranietos aprendan a nadar en las piscinas de Interpeñas, que como tantas cosas hiciste, me hace asegurar que tu ausencia va a ser en Ciudad Rodrigo una sombra tan larga y duradera como la de los cipreses.

 

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