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Secuelas vigentes del franquismo. Nombres y símbolos de exaltación (7): los mensajes conmemorativos de los “mártires” y la memoria republicana. Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Nombres y símbolos de exaltación (7): los mensajes conmemorativos de los “mártires” y la memoria republicana. Por Ángel Iglesias Ovejero
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Los soldados “nacionales” muertos en el frente también merecen ser recordados, pero su memoria no debe convertirse en instrumento de la exaltación nacionalcatólica, pues tanto ellos como sus oponentes republicanos fueron víctimas de la guerra declarada y ganada por Franco y los suyos (“Secuelas”, 26/10/2017). Esto mismo cabe decir de las personas que, por razones ideológicas, convicciones religiosas o contrastes sociales de todo tipo, fueron asesinadas en la zona republicana. A veces se nos critica que no tratemos aquí de ellas. La razón se cae por su peso. En el S0 de Salamanca no hubo (no se conocen) personas eliminadas físicamente durante la II República por dichos motivos. Si algún lector las conoce y tiene datos fiables, a tiempo está de hacerlo saber, en vez de recurrir a los manidos tópicos contrarios a la memoria histórica republicana (“Secuelas”, 02/03/2017). En la reciente visita a los pueblos del contorno de Ciudad Rodrigo y la Sierra no se han encontrado monumentos dedicados a los naturales considerados “mártires”, fuera de la iglesia o el cementerio. Si los hubiera, deberían evitar (o haber evitado) que los mensajes hagiográficos se conviertan en exaltaciones franquistas o veladas comparaciones tendenciosas con otros injustamente ejecutados (republicanos). Con la misma salvedad, en este territorio habría que poner de relieve el comportamiento ejemplar de algunos vecinos en la represión cruenta a raíz de los bandos de guerra de 1936.

En relación con los sucesos de aquel verano sangriento, se conocen algunos velados y, sin duda, merecidos homenajes a párrocos que, según la tradición local, evitaron sacas domiciliarias por parte de los milicianos fascistas. En una placa ubicada a uno de los lados de la puerta de entrada en la iglesia de Espeja, debajo del monograma JHS, inscrito en una cruz, se lee: “A la memoria del Rvdo. Párroco D. Joaquín Hernández Ramajo / que durante 43 años / rigió nuestros destinos espirituales / le dedica este humilde tributo de / amor, gratitud y veneración / el pueblo de Espeja / 8-XI-1906 + 18-V-1950 / D. O. M. [Para Dios el mejor y más grande (< lat. Deo optimo maximo]”. Y en el cementerio adjunto a la iglesia de Abusejo, de un modo más lacónico, un rótulo fijado en la pared medianera recuerda al cura del pueblo por la misma época: “Aquí yace / D. Pascasio González / Trinchet / Párroco de Abusejo / + 5-10-1953 / R. I. P.”. Llama la atención el discreto laconismo de ambas dedicatorias (la memoria local desarrolla el motivo). Sin duda otros eclesiásticos, mencionados en La represión franquista en el SO de Salamanca (Iglesias 2016: 446-448) merecerían agradecidos homenajes: los párrocos de La Encina (Andrés Carpio), Morasverdes, El Payo (Samuel Sousa Bustillo), Villasrubias (Joaquín Santos); quizá los de Cabrillas (Manuel Sendín López), Campillo de Azaba (Wenceslao Casanueva Vicente), Casillas de Flores (Lorenzo Villaverde García), el canónigo Serafín Tella, etc. Pero no consta que existan tales recordatorios ni se puede afirmar lo contrario, pues no se han visitado por dentro todos los cementerios e iglesias.

En Monsagro, que es uno de los pueblos sin aparente cruz de los caídos, existe una placa adosada a la pared de la entrada en la iglesia (parroquia de S. Julián), donde el ayuntamiento rinde homenaje a dos hijos de pueblo. Se trata de religiosos dominicos asesinados en Paracuellos de Jarama, que, según la terminología de la historia revisionista de la guerra civil, fueron víctimas “de la persecución religiosa en España entre 1934 y 1937, beatificados con otros 497 mártires el 28 de octubre de 2007” (http:/www.santopedia/). Obviamente, estos extremos no se mencionan explícitamente en el texto conmemorativo:
“Bto. Fr. Vidal Luis Gómara, mártir / Bto. Fr. Pedro Luis Luis, mártir / Alguien camina por delante / mostrando lo mejor de nuestra tierra: / trabajo, amor, perdón, entendimiento. / Son ésos que supieron morir / sin proferir lamentos, / sin maldecir desesperados al verdugo. / Ofrecieron su vida por la fe: / en silencio marcharon. / Monsagro testimonia su recuerdo. Ayuntamiento de Monsagro, 2009.”

Con todo el respeto que se merecen estos mártires (que por parte de los católicos alcanza hasta el culto religioso), el Ayuntamiento deja traslucir un espíritu de campanario que no encaja muy bien a la puerta de la iglesia. Pero dejado aparte el chovinismo, tan propio también de “nuestra tierra” (donde faltaba precisamente tierra y trabajo para todos y sobraba odio, intolerancia y analfabetismo), también se podría haber ahorrado la mención de que “supieron morir sin proferir lamentos, sin maldecir desesperados al verdugo”. Dicho así (y dando por hecho que los “verdugos” transmitieran fielmente la versión de sus propias fechorías y la mansedumbre silenciosa de sus víctimas, pues presumiblemente no quedarían otros testigos), más que alabanza hagiográfica, parece un cargo contra quienes no obran u obraron como los citados “mártires”. Éstos, como creyentes convencidos, esperarían la muerte con ansia y bendecirían incluso al “verdugo” que les abría la puerta del Paraíso. Pero, dado que otras víctimas elegidas no sean creyentes ni pretendan ser héroes y solo aspiren a ejercer el derecho a la vida, ¿qué tiene de malo “proferir lamentos” si perciben la inminencia de su injusta ejecución y, siendo esto así y puesto que no pueden evitar la muerte, por qué deberían privarse de “maldecir al verdugo”? Sin duda es más cristiano el perdón y la caridad. Pero como no todo el mundo es cristiano, sería preferible y más sano para los ciudadanos de este mundo, creyentes o no, que hubiera más justicia.
La justicia debería aplicarse incluso al reconocimiento (la calificación) de los “mártires” que no fueron monárquicos ni caudillistas. Nadie ha promovido la beatificación de los creyentes republicanos de “nuestra tierra” que tuvieron un comportamiento ejemplar y heroico, recibieron los sacramentos cuando les dieron oportunidad de hacerlo antes de la saca carcelaria en Ciudad Rodrigo (Iglesias 2016: 172) y hasta escribieron cartas conmovedoras a sus familias desde la cárcel, sabiéndose condenados a muerte injustamente (Daniel Sánchez, “Escrito en capilla”, inédito [2016]). Algunos se acordarían de Jesucristo en la cruz, que perdonó a quienes lo habían condenado y llevado hasta el calvario “porque no sabían lo que hacían” (Lc. 23.24). Nada dijo el Maestro de los verdugos y mandatarios que “sí sabían lo que hacían”. Pero los mismos exégetas ortodoxos entienden que la lección del pasaje evangélico es el perdón de los enemigos (incluidos los victimarios) que no son conscientes de la maldad de sus actos, pero en caso contrario el perdón debería estar supeditado al reconocimiento y arrepentimiento (¿qué sentido tiene perdonar a quien no desea o nunca deseó ser perdonado?). De hecho el nacionalcatolicismo no ha perdonado a nadie, ni la jurisdicción militar, con la que colaboró la Iglesia, consideró circunstancia atenuante la comprobada ignorancia de los presuntos culpables republicanos, condenados y castigados. Esto por no hablar de las ejecuciones extrajudiciales, expeditivas, también efectuadas a veces con la venia de determinados párrocos.

En consecuencia, las susodichas alusiones a “no proferir lamentos” ni “maldecir al verdugo” sólo pueden ser llamadas implícitas a los legatarios republicanos, que deberían renunciar al reconocimiento de sus víctimas a cambio de nada (a diferencia de los herederos del nacionalcatolicismo, cuyos “mártires” han sido canonizados) y perdonar a quienes organizaron y contribuyeron a la represión en la retaguardia franquista y en la dictadura, mentores, victimarios y ultracatólicos, que nunca han reconocido sus culpas ni solicitado perdón alguno (la amnistía y el fomento de la amnesia les ha dispensado de ello). Por esta razón el paradigma del sufrimiento callado (“en silencio marcharon”) quedaría mejor si los promotores de esta senda (ayuntamientos, congregaciones u otras entidades) hubieran predicado con el ejemplo de la discreción, pero desde hace ochenta años han hecho exactamente lo contrario: abusar de la retórica del victimismo y, no ya maldecir o decir mal de los presuntos “perseguidores” de sus correligionarios, que serían todos los republicanos, indiscriminadamente, sino dar por buenos las parodias de juicios, los injustos castigos y la represión permanente contra muchos de ellos.

El colmo sería que estos mensajes, como el de las cruces caídos, sirvieran de coartada para culpabilizar a las víctimas republicanas, para negar su reconocimiento y, al contrario, para la exculpación y la impunidad de los crímenes del franquismo, que en la Comunidad de Castilla y León solamente desde hace algunos años se han “descubierto”, raramente denunciado y nunca condenado.

Placa de recuerdo a dos martires en Monsagro

 

 

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