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LA MEDICINA EN LA ACTUALIDAD. Por Román Durán Hernández

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LA MEDICINA EN LA ACTUALIDAD. Por Román Durán Hernández

A mis médicos y enfermeras del Centro de Salud

Con esto de la socialización de la medicina tradicional la figura del médico rural empieza a convertirse en una pieza de museo. Claro que por encima de la socialización esa del volante y el número de la cartilla conozco todavía a muchos médicos jóvenes que con un admirable sentido de la profesión empiezan a conocer antes a la persona que al enfermo. Son de la escuela de Alfredo Encinas, aquel ejemplar humano de difícil repetición, al que deberían levantarle un monumento en Bodón con muchos más motivos que a Don Eloy Montero.

La medicina, como la vida, se ha llenado de prisas. Y las prisas le quitan gusto y sabor al oficio. Ahora los tractores remueven muchas más tierra que las yuntas, pero los tractoristas ya no canta como los gañanes. Y si cantan no se le oye por el ruido del motor. Eso de cantar sin que te oiga el campo es todavía más doloroso que no sentir ganas de cantar.

Alfredo me recordaba mucho a los socarrones gañanes del “para Majita y vuelve Molinera”, por esa sabia cazurrería con que fue echando por las calles del Bodón la jera eficaz de sus recetas. Esto de las recetas de Alfredo barrunto que andaba mucho más allá de su ciencia médica. Y eso que lo llamaban con toda justicia el “Marañón de la zona”. Pero nuestro hombre sabía mirar dentro de la gente antes de acordarse de lo que hay escrito en los libros. Alfredo, medio humanista y medio sociólogo, sabía bien que las enfermedades muchas veces no son más que desequilibrios del alma y sabía meterse en el alma ajena con ese don especia de las personas que despiertan confianza.

Son socas que no se aprenden en la Facultad, ni en las clases de prácticas. Pero es que debajo de una apariencia de sencillez y de curandero familiar había un profesional asombroso y una agudeza singular para acertar con el diagnóstico más extraño con un precisión que confirmaban luego los aparatos y los análisis de los especialistas de la gran ciudad. Cuando Alfredo decía que uno andaba mal del hígado ya podía recorrer todas las clínicas del mundo que no tenía en todo su el cuerpo otra enfermedad. Y a lo mejor el galeno ha había hecho más que mirarlo con sus ojillos de búho unamuniano y no le había hecho más pregunta que esta: “¿Te entran ganas de vomitar por las mañanas, majo?”.

Antes de morir lo visité en su piso de Salamanca, donde desde el ventanal de la camilla el médico se entretenía en buscar en su cuerpo todas las enfermedades que ha visto en los demás.

Los amigos dicen que son rarezas de viejo. Pero en el fondo le pasaba lo mismo que a los sementales, que al pasar Santiago los retiran del cercado de las vacas, los ponen a plato de rey, en un prado con buen agua y buena sombra, y al semental le entra una nostalgia tremenda y hasta le duelen los corvejones como si tuviera reuma.

Estaba en su piso de burgués, porque siempre le gustó vivir bastante mejor que a los canónigos (con la ventaja de que al secreto profesional no tenía la obligación de unir el voto de castidad).

Vivía en la calle de las “Bientocadas” y para colmo en el piso sexto. Siempre el sexto, Alfredo de mi alma Genio y Figura.
Luego con ese gracejo tan suyo me dijo que lo de las “Bientocadas” era una referencia histórica absolutamente cristiana por aquello de que a Santa Teresa le gustaba que sus hijas de religión se distinguieran por la pulcritud de sus tocados. Y de todas las formas hubo sus más y sus menos con eso de las “bien tocadas”.

Es una pena que en la estrechez de un artículo no quepa ese carro de anécdotas que salpicaron la vida de aquel genial amigo. Nunca olvidará la impresión que me causó aquella respuesta con la que el galeno solía definirse:
- Yo soy el médico de las tres “pes”. Y por eso nunca llegaré a rico.
- ¿Cómo dices?
- Está claro: soy el médico de los pobres, de los parientes y de las putas. Y ninguno de los tres paga.

Este artículo tiene como finalidad agradecer a mis médicos y enfermeras, que con su excelente trato, me han recordado a aquel personaje que fue Don Alfredo, por su sabiduría, y por su profesionalidad y dedicación en los achaques de mi vejez.

Que Dios le conserve muchos años, para que sigan tratando a los enfermos con la misma exquisitez que lo han hecho conmigo.

Siento que cuando me lleguen las horas de los sementales ya no tendré a mano un médico como Don Alfredo, para que me espante los males imaginarios del reuma.
Él se echaría a reír y me diría: Lo que a ti te para es que ya no te pica el … espinazo. Pero eso se te quitará jugando al mus.

 

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