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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (3): Juan José Aparicio Cascón. Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (3): Juan José Aparicio Cascón. Por Ángel Iglesias Ovejero
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Juan José Aparicio Cascón (“Juanjo” para sus numerosos parientes y amigos) nació el 4 de octubre de 1930 en Ciudad Rodrigo, donde residían sus padres, Eduardo Aparicio Fernández e Isabel Cascón Briega, en la calle de La Muralla, cerca del Parador, hoy derruida. Antes habrían tenido vivienda en otra calle, donde quizá nacería la primogénita (1927), Isabel Aparicio Cascón (Leli). La ejecución extrajudicial de Eduardo impediría al matrimonio tener otros descendientes directos. Isabel Cascón aceptaría su viudedad, dedicándose en exclusiva al cuidado y la educación de sus dos hijos, con quienes establecería una estrecha relación de solidaridad permanente y durable, de varias décadas, pues alcanzó a vivir cien años (1900-2000). En esa piña unida por el afecto se integraría la esposa de Juan José (1978), Marta Restrepo Villegas, nacida en Colombia.

“Juanjo” ha sido uno de los informantes más asiduos y solidarios con nuestros trabajos (de Françoise Giraud y del encuestador) sobre la represión franquista en el SO de Salamanca desde 2007, año en que empezamos a beneficiarnos de sus testimonios y conocimientos en las Jornadas Internacionales de El Rebollar, convocadas bajo el lema “Memoria histórica – Historia oral”. Su función de “archivo viviente” se ha ido confirmando y afinando hasta el último encuentro en su domicilio (Madrid, Plaza de la República de Ecuador, 18/11/2017), cuando el informante y el informado ya habían descubierto una afinidad ideológica y consolidado una amistad cuyo fundamento es, precisamente, el interés (gratuito) por la verdad de la memoria histórica republicana. Por supuesto, no se trata de un privilegio disfrutado en exclusiva por nuestra parte, pues el compromiso de Juan José con este legado venía de antes y era conocida su colaboración con historiadores (R., Robledo, S. López y S. Delgado, 2004), asociaciones (Asociación de Salamanca por la Memoria y la Justicia, sobre todo) y familiares de víctimas, con los cuales ha participado en encuentros, homenajes y manifestaciones reivindicativas siempre que ha podido.

Su memoria histórica individual y familiar se ha construido de una forma paulatina, copiosamente nutrida en la edad adulta con la consulta de la documentación represiva de la jurisdicción militar y de la vía gubernativa. En efecto, no parece que en su entorno inmediato se cultivaran de inicio y menos se incentivaran los recuerdos dolorosos en presencia de los dos huérfanos. Él tenía seis años cuando se llevaron a su padre detenido el 15 de diciembre de 1936, para ser ejecutado clandestinamente en la madrugada del día siguiente, con otros seis vecinos mirobrigenses. Apenas vislumbra la detención realizada por “dos policías de paisano” y recuerda vagamente, con alguna anécdota irrelevante, la salida precipitada hacia la casa de la abuela paterna en Béjar, en busca del arrimo de los tíos (María, Pedro, Jerónimo y Petra Aparicio Fernández, la última casada con Daniel Arias Bustamante, que sería uno de sus reconocidos apoyos, al igual que sus tíos carnales). En Ciudad Rodrigo era impensable esperar ayuda eficaz, en un ambiente hostil, dado que los Cascón eran víctimas elegidas desde el principio. Tanto es así, que su propia abuela materna, Elvira Briega, una hija de ésta, Eloísa Cascón Briega (viuda de José Roldán, capitán de Infantería), con sus tres hijos, sintiéndose en peligro después de la saca, también tuvieron que huir, camino de Villanueva de la Serena y Campanario (Badajoz), buscando cobijo en casa de otros miembros del grupo familiar, Elvira Cascón Briega y su marido Antonio Álvarez-Cienfuegos Broncano, quien por entonces era alcalde de Campanario.

Los precipitados y no deseados trasiegos fueron el comienzo de un exilio interior, vivido durante decenas de años. Isabel Cascón no volvería a su ciudad natal hasta los años cincuenta y Juanjo hasta los sesenta. Por definición, esta situación de potenciales y a veces reales persecuciones, requería muchas cautelas, así que, por talante y estrategia, la familia bejarana, más bien “de derechas”, optó por atenuar el dolor y no dar publicidad a la tragedia, sin duda con la venia de la madre viuda. Con este escudo protector, Juan José efectuó su formación con serenidad y centrado en los estudios, primero en Béjar y después en Salamanca, adonde se trasladó con su madre y su hermana en 1939, aunque quizá por entonces tuviera atisbos de los sobresaltos que tuvo la primera, al ser expedientada por el Tribunal de Responsabilidades Políticas (infra). En la ciudad del Tormes, los dos hijos de Isabel Cascón convivieron con los tres de su hermana Eloísa, realizando casi todos ellos estudios superiores brillantes (Isabel Aparicio sería profesora de Matemáticas), gracias a la generosidad de otro miembro de la fratría, Jesús Cascón, médico en Guinea Ecuatorial.

El antiguo estudiante de Salamanca conserva un recuerdo positivo de su paso por el colegio de María Auxiliadora (Salesianos), el Instituto Fray Luis de León y la Universidad, culminando la carrera de Derecho en 1954. Opositó al cuerpo de técnico del Ministerio de Hacienda y terminó desarrollando su vida profesional como asesor jurídico de un grupo de empresas en Madrid, con despacho propio. Como hijo responsable, Juan José, procuró evitar disgustos a su madre, cuya principal estrategia política coincidía con la de las madres de entonces, durante la Dictadura, sobre todo cuando habían experimentado de cerca la represión. “No te metas en política”, decían. Pero, ¿cómo olvidarse de la política represiva cuando seguía pesando sobre sus víctimas en aquella sociedad moldeada para el castigo? Juanjo ocultó a su madre algunas travesuras políticas en su etapa estudiantil. No se afilió a ningún partido político o agrupación sindical, ni se apartó de la creencia religiosa tradicional. Sin embargo, por aquella época se fraguaría su posicionamiento crítico frente al Régimen franquista y al oportunismo de la Iglesia española, que le llevaría a compartir más bien el ideario de izquierdas. En ello han influido la observación y el análisis social del hombre que, por su profesión, conocía las leyes y su aplicación, y que al mismo tiempo sentía una gran curiosidad intelectual, satisfecha con viajes y con abundantes y selectas lecturas, sobre todo de la historia reciente de España.

Esta es una faceta sin duda desarrollada cuando, al filo del siglo XXI y estando más holgado de tiempo en razón de su jubilación, se empezó a interesar de lleno por “la recuperación de la memoria histórica”, sin que haya sido óbice para ello sus dificultades físicas para la visión, salvadas con voluntad e ingenio. Ahora bien, en esta andadura también ha pesado la imagen moral del padre sacrificado, si no reivindicada en público hasta la madurez, sí muy presente de antes en el círculo en el hogar. Prueba de ello es el mobiliario, fabricado a la medida por el ebanista y tallista portugués Guimaraes, la biblioteca y los escritos de Eduardo Aparicio, así como los documentos a él referidos, que han acompañado siempre el peregrinaje de la pequeña familia hasta el citado piso en Madrid, donde en la actualidad siguen revitalizando la memoria familiar, que Juanjo presenta con respeto y cierta distancia irónica, responsabilidad y naturalidad.

Su padre procedía de Béjar, donde los abuelos, Juan Aparicio García y María Encarnación Fernández, tenían una holgada situación económica. De ellos se podía presumir incluso un “rancio abolengo”, según la expresión tópica. Con una media sonrisa, Juan José recuerda que los Aparicio formaban parte de las “trece familias bejaranas” realmente pudientes, entre cuyos ascendientes descollaban los Zúñiga (los lectores de la 1ª parte del Quijote quizá recuerden con agradecimiento a Alfonso o Alonso López de Zúñiga, duque de Béjar y en posesión de otros numerosos títulos, a quien está dedicada la obra, aunque de su presunto mecenazgo no se sabe hasta qué punto se beneficiara Cervantes). En la época de los hechos evocados estas familias todavía se creían acreedoras a un respeto que marcaba el contraste con la clase obrera (“había que cederles el paso en la acera”), en una ciudad conocida por la calidad de sus paños, como exponente del relativo florecimiento de su industria textil.

En el pasado de la familia bejarana se cuentan personajes meritorios como Nicomedes Martín Mateos (1806-1890), un hombre polifacético, liberal y altruista, jurista, docente, empresario, filósofo espiritualista, fundador del Casino Obrero, la Casa de la Caridad y la Escuela Industrial (Béjar en Madrid, 03/11/2017). Sus miembros eran monárquicos, liberales o conservadores, cuando Eduardo Aparicio, después de formarse en la escuela del maestro Manuel Verdejo y efectuar estudios de Comercio, aceptó la propuesta de Francisco Muñoz, directivo del Banco del Oeste en Ciudad Rodrigo, para ocupar un puesto de consejero en dicha entidad, antes de conseguir su Dirección. Simultaneó esta responsabilidad bancaria con otras en el Teatro y la corresponsalía de la Compañía de Seguros Fénix. En este marco se conocieron los futuros padres de Juan José. Y Eduardo entraría a formar parte de una amplia parentela, también de condición social acomodada, pero seguramente sensible a la situación crítica de los jornaleros de Ciudad Rodrigo y su comarca, situación que empeoró con la crisis de 1929, más si cabe al incidir en ella el crecimiento demográfico, debido a la natalidad y al regreso de los numerosos emigrantes de Argentina, Francia y otros países de ambos lados del Atlántico.

  Isabel Cascon Briega

Isabel Cascón Briega

Juanjo se siente orgulloso de su grupo de parentesco mirobrigense, empezando por sus abuelos maternos, Avelino Cascón Martínez, teniente coronel de Infantería (fallecido en 1928), y Elvira Briega Martín (fallecida en Villanueva de la Serena a los a los 107 años, en 1968). Esto no le impide ironizar sobre el origen francés del apellido Cascón, quizá pensando en el abierto contraste con la galofobia que se cultiva a propósito de la Francesada, porque conoce la relación de esta forma del apellido con la repoblación de la Sierra de Francia y del llano salmantino. En ella habría un contingente gascón, aunque el apellido etnonímico, por extensión, pudiera referirse a la presencia de repobladores franceses en general, como, además del citado orónimo y sin que se deba excluir otro origen, quizá suceda con apellidos frecuentes por estos pagos: Bernal, Galache, Galán, Gardón, Garzón, Giral, Giraldo, Griñón, Luis, Martín, etc. De dicha familia, además de Isabel Cascón Briega, formaban parte sus hermanos Pedro, Manuel, y Jesús, así como sus hermanas Eloísa y Elvira (supra). Todos ellos se vieron envueltos en las diversas formas de represión a partir del Alzamiento, aunque la ojeriza por parte de los terratenientes, monárquicos y activistas de derechas, vendría de antes. Quizá reprocharan a esta familia que, perteneciendo a la clase de personas acomodadas e instruidas, no fueran “de derechas”, porque entre derechistas notorios se presumía que las ideas republicanas solamente podían encarnarse en los desharrapados y analfabetos (“las hordas marxistas”) y los adversarios de “las personas de orden” (en último término, los responsables del mítico contubernio “judeo-masónico-comunista-internacional”).

En una carta fechada el 9 de enero de 2015 en Madrid (en parte citada en “Secuelas del franquismo”, 07/09/2017), Juan José describía a un tío-abuelo de talante reformista, José Cascón Martínez, a quien admiraba y atribuía un influjo considerable en el grupo familiar, razón por la cual había sido el primer represaliado del mismo, post mortem:
“(…) aunque fallecido en 1930, sí fue represaliado en efigie. A los dos días de producirse el alzamiento militar fue arrancada la placa conmemorativa que se le había puesto en la calle que lleva su nombre y pisoteada, con saña, por un grupo de falangistas y personas adictas a la sublevación. José Cascón Martínez fue un ingeniero agrónomo de prestigio internacional. Discípulo de Costa y coetáneo de Cajal. Heredó la rebeldía de su maestro contra la situación del agro español y de su coetáneo su amor a la investigación. Fundó la Escuela Experimental Agronómica de Palencia y llevó a cabo la realización de los regadíos del Águeda, junto con otro ingeniero de caminos, D. Toribio Cáceres, encargándose este último de la obra civil y Cascón de la parte económica. Tuvo gran influencia en la formación intelectual de sus sobrinos, los hijos de su hermano Avelino y de su hermana Teresa”.

Varios miembros de este amplio grupo de parientes fueron eliminados por la vía judicial o extrajudicial, otros estuvieron a punto de correr la misma suerte o fueron castigados por la vía gubernativa. Uno de los aludidos sobrinos de José Cascón era Manuel Martín Cascón (“Manolo”), hijo de la mencionada Teresa Cascón, abogado de profesión, elegido alcalde por la corporación nombrada por el gobernador civil en febrero de 1936, poco después del triunfo del FP en las elecciones. El Alzamiento militar, no solamente le impidió contribuir a la aplicación de las reformas republicanas, sobre todo la más urgente, que era la reforma agraria, sino que, por sus casi simbólicos intentos de mantener el orden republicano, fue detenido, procesado, condenado a muerte y ejecutado (30/08/36), por “el delito de rebelión”, en aplicación de aquella “justicia al revés” que era la jurisdicción militar de los sublevados el 18 de julio. La misma condena sufrieron otros mirobrigenses, nueve de ellos ejecutados con el Alcalde y otros dos sacados de la cárcel de Salamanca en diciembre de 1936.

De su matrimonio con Ángela Risueño Angoso, Manuel Martín dejaba cuatro hijos huérfanos (José Manuel, Juan José, Ignacia y Germán). En una de sus cartas desde la cárcel, el 29 de agosto (ya en capilla) encomendaba la tutela de sus hijos a su hermano Avelino, que no podría cumplir el mandato, pues sería víctima de la saca carcelaria del 16 de diciembre de 1936 (supra). El alcalde republicano estaría lejos de imaginar que su injusto e inminente castigo repercutiría en su familia, en la cual, además de él mismo y de su hermano Avelino, también sucumbió en la matanza el mencionado Eduardo Aparicio (destinatario de otra carta de “Manolo”), marido de su prima hermana Isabel Cascón Briega (infra). Es más, según confidencias recibidas por Juan José, en el punto de mira estuvo una de las hermanas del Alcalde, Guadalupe Martín Cascón (“Upe”), porque reprochaba explícitamente a personas influyentes, tanto civiles como eclesiásticas, que, habiéndose beneficiado del apoyo de su hermano Manuel cuando ellas se creían en peligro, no hicieran nada por librarlo de aquel simulacro de justicia militar, que fue el procedimiento rematado en el fatídico consejo de guerra, ni por conseguir parar la aprobación de la condena por los mandos de la Junta de Defensa Nacional. En estas diligencias y desahogos verbales tendría la compañía y el apoyo de su prima hermana, Eloísa Cascón Briega (supra). Al parecer, Guadalupe y Eloísa tuvieron la suerte de que entre los presumibles victimarios nadie asumiera la poco lustrosa hazaña de ejecutar clandestinamente a una mujer. Pero hubo rumores de que la saca de Eduardo Aparicio habría venido a compensar, en la estrategia exterminadora de los represores, esta presumible piedad con dos mujeres de un clan afecto al “nefasto Frente Popular”.

Obviamente, Juanjo está al corriente de muchos pormenores por la consulta de la documentación procesal de la 7ª Región Militar, archivada en Ferrol, así como los expedientes tramitados en 1979 a raíz Decreto-ley 35/1978 (Exp.1979 / Desaparecidos 36, AMCR), para que los familiares de víctimas “de la guerra civil” pudieran ejercer los derechos que les correspondieran. Entre ellos se manifestó Isabel Cascón. Entonces su hijo sería beneficiario de testimonios orales que le permitirían elaborar su propia versión de la saca y completar un relato coherente y contrastado de la persecución sistemática contra sus padres y parientes cercanos. Nosotros hemos tenido en cuenta repetidamente esta información testimonial (Represión franquista, “Croniquillas”, 16/12/2016, “Secuelas”, 21/09/2017).

Eduardo Aparicio tenía 39 años cuando fue detenido y conducido por agentes de la fuerza pública a la prisión del partido judicial, con otros siete vecinos mirobrigenses, por orden de Antonio Cejudo, capitán de la Guardia Civil. Según el informe de Antonio López Ramos, jefe de la Policía Municipal de Ciudad Rodrigo en 1979, a excepción de uno de ellos, los detenidos fueron excarcelados y llevados para su ejecución extrajudicial y enterramiento en una “finca de un tal Dionisio en el Camino a Finca de Gazapos” (Pedrotoro), que sale a la izquierda de la carretera de Zamarra-Serradilla”. Añade las circunstancias de que “fueron ejecutados por un piquete que esproceso (sic) vino del puesto de Alberguería, hecha la fosa se valieron para echar tierra encima de otros señores catalogados como de izquierdas para enterrarlos”. Pero Juanjo Aparicio piensa que la denominación del lugar del asesinato y enterramiento es la dehesa de Ravida, propiedad de Cándido Casanueva, cuyo montaraz y rentero, Manuel Vicente Barrado, fue quien informó a algunos parientes de las víctimas de la ubicación exacta de la fosa (CR 2009).

La familia de Eduardo recibió autorización verbal para llevarse su cadáver a Béjar y enterrarlo en el cementerio de esta ciudad, para lo cual necesariamente debía conocer el sitio donde los victimarios lo habían dejado. Esto sucedió a los dos o tres días de la ejecución y pudo tener un efecto perverso, pues en fecha próxima al día de Navidad fueron secuestrados y ocultados o quizá destruidos los cadáveres de las otras seis víctimas: Avelino Martín Cascón, Evaristo Pino Castaño, Olegario Niño Caballero, Alfredo Miguel Plaza, Emilio Martín Donoso y José María Sevillano Piñero. No hay constancia de la autoría individual del hecho ni del destino de los restos mortales, aunque hubo rumores de que habían sido llevados al puerto de Perales y a otros lugares, sin que las pesquisas hayan permitido ninguna verificación hasta ahora.

No había dado mejor resultado un “procedimiento previo para averiguar las causas que motivaron la desaparición de don Eduardo Aparicio Fernández, de Ciudad Rodrigo” (P.prev.CR/en.37), que quizá promovieran los tíos bejaranos de Juan José, quien lo reseña a su modo:
“(…) son las diligencias previas abiertas por orden del Generalísimo para la averiguación de la desaparición de [Eduardo]. El documento no tiene desperdicio y, por supuesto, que tales diligencias no tuvieron la más mínima efectividad para condenar a los autores de su asesinato y seis personas más de las que no se habla para nada”.

Con sorpresa e indignación, el hijo huérfano comprobaría la impunidad que el método de las sacas carcelarias procuraba a los responsables y ejecutores de las eliminaciones extrajudiciales, controladas por los oficiales y agentes militares. En realidad no se pudo obtener gran cosa de las declaraciones de Marcelino Ibero, capitán de Carabineros, comandante militar de la plaza y juez instructor, los jefes de Milicias Fascistas, el director de la Prisión y otros individuos, los cuales se agarraron a la prevista fórmula de que Eduardo había sido “puesto en libertad” e ignoraban su paradero, siendo así que el motivo del procedimiento era que el cadáver del “desaparecido” estaba enterrado en Béjar y lo que se buscaba eran “las causas que motivaron la desaparición” (Iglesias, Represión: III. 6, VI: 1.3.8).

Por si todo esto fuera poco, el Tribunal de Responsabilidades Políticas se ensañó con la viuda y los huérfanos de Eduardo, e incluso con este mismo, post mortem, con un expediente (nº 1327) tramitado el año 1940 en el juzgado de instrucción de Salamanca “a virtud de denuncia del Gobierno Militar de Salamanca”. Al fin, se resolvería con una sanción de 500 pts “al caudal de D. Eduardo Aparicio” y “la absolución de Dña. Isabel Cascón” (sentencia de 30/09/40). Lacónicamente, el abogado Juan José Aparicio estima que fue una actuación judicial vergonzosa:
“Es un proceso infame y cruel, y además indigno. Infame porque se imputa a mi madre, que nunca se había metido en política. Es cruel pues se juzga a mi padre que había sido fusilado casi cuatro años antes. Es indigno porque la finalidad de tal tramoya jurídica tenía por único objeto apoderarse del pequeño patrimonio familiar perteneciente a los dos hijos menores de los procesados” (carta fechada en Madrid, 09/01/15).

Como es sabido, las actuaciones de este Tribunal se basaban en la Ley de 9 de febrero de 1939. Cuando ya se vislumbraba el triunfo “nacional” en el conflicto bélico, esta ley era un instrumento importante del objetivo franquista, que no era solamente la victoria militar, sino la erradicación del republicanismo (“liquidar las culpas de este orden [político]”), mediante tres tipos de sanciones (“restrictivas de la actividad”, “limitativas de la libertad de residencia”, o “económicas”). Los oponentes o desafectos al Movimiento eran declarados “fuera de la ley” y sus bienes pasaban “íntegramente a ser propiedad del Estado”. De hecho, en los territorios controlados u ocupados por “el bando nacional”, además de las eliminaciones físicas, los encarcelamientos y las vejaciones sin cuento, se practicaban las depuraciones y las sanciones económicas por responsabilidad civil (Comisión de Incautación de Bienes por el Estado, creada a raíz del Decreto-ley de 10 de enero de 1937). En los primero meses de 1939 se contemplaba la organización sistemática de “la limpieza política” en toda España, que debía acompañar a los terroríficos castigos contra los españoles que habían servido a la República (Iglesias, Represión: VI. 4.3.4).

Inmersos en esta dinámica, después de haber sufrido los zarpazos en la retaguardia “nacional” varios miembros de esta familia, otros hermanos de Isabel Cascón, que habían servido fielmente a la República fueron severamente perseguidos. Juan José Aparicio considera que su tío materno Manuel Cascón Briega dio una lección de valentía y de honor militar a sus jueces y verdugos, aunque seguramente en vano. Era coronel de Aviación y último jefe de las fuerzas aéreas de la República. Podía haberse dado a la fuga, como le recomendaron otros aviadores republicanos, pero decidió entregar el mando en persona al final de la guerra civil y hacer frente a sus antiguos compañeros de armas, a quienes recordó, al ser juzgado por “el delito de rebelión”, quiénes habían sido (y eran) los verdaderos traidores y rebeldes. Obviamente, no era la táctica ideal para ganarse la simpatía del consejo de guerra (20/07/39), que lo condenó a muerte, pena que sería ejecutada (03/08/39) en Paterna (Valencia).
(Una breve semblanza de Manuel Cascón puede verse en “Cántaro de palabras”, blog de Juan Tomás Muñoz Garzón, con referencias bibliográficas y citas de El desplome de la República, de Á. Viñas y F. Hernández Sánchez, y de un artículo de Antonio Montero Roncero, publicado en la revista Aeroplano, nº 17, 1999 (http://rodericense.blogspot.com.es/2014/12/galeria-de-ilustres-mirobrigenses.html).

También era militar Pedro Cascón Briega, teniente coronel de Intendencia del Ejército del Aire, que según el testimonio de su sobrino:
“(…) salvó su vida exiliándose por la frontera francesa. Una vez en Francia, fue ingresado en el campo de concentración de Saint-Cyprien [departamento de Pirineos Orientales], donde fue puesto en libertad y, gracias a la venta de unas acciones heredadas de su padre, [después de enterarse del fusilamiento de su hermano Manuel] se embarcó en Marsella para irse a refugiar al Camerún francés, que formaba frontera con la Guinea Ecuatorial Española, donde su hermano menor, Jesús, ejercía como médico colonial de la Región Ecuatorial”.

El compromiso de Juan José Aparicio con el legado republicano no se limita a la recuperación de la memoria familiar (supra). A día de hoy es un “archivo viviente” abierto a la solidaridad, en plena actividad, enriquecido por la experiencia y servido por una envidiable lucidez mental. Como informante se acerca a aquel modelo que cualquier investigador desearía encontrar siempre: bien informado y documentado, generoso y disponible, de trato llano e incluso jovial, de mesurado y acertado criterio. En suma, capaz de ofrecer una información útil y estructurada. Solo cabe esperar que siga así por mucho tiempo.

 

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