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PASEAR POR CIUDAD RODRIGO. Por Román Durán Hernández

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PASEAR POR CIUDAD RODRIGO. Por Román Durán Hernández
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A mi amigo Lauren Risueño

En estos tiempos en los que el mundo se rige por la velocidad, y los hombres quieren ir más deprisa para llegar antes a donde nada tienen que hacer, es un lujo vivir en una ciudad en la que se puede ir soñando por la calle sin temor de que te despierten del sueño. Es un lujo vivir en una ciudad en la que los hombre nunca llevan prisa, las mujeres no envejecen nunca y hasta la luna camina más despacio contagiada de pereza.

Ya es un lujo especial comenzar la mañana en la Cafetería Plaza, con un cafetito con churros, en torno a una tertulia de amigos, en la que repasamos la vida política, la deportiva, etc., y, sobre todo, analizamos la vida de nuestra Ciudad, saliendo después a dar un paseo con Lauren, para comprobar los diferentes avances que han realizado los diferentes Ayuntamientos, así como las deficiencias que todavía encontramos.

No puede faltar el paseo por nuestra muralla, donde nos llevamos una gran alegría al comprobar que se está enlosando el paso que va desde el Castillo hasta el Hospital, y enterarnos que está previsto hacerlo en el tramo que va desde la Puerta del Conde hasta la Catedral, con lo que ya quedaría arreglado la mayor parte del paseo.

Pero también nos encontramos cosas negativas, un suponer la fuente de la Plaza del Buen Alcalde, donde a pesar del dinero gastado en su restauración, la susodicha Fuente no echa agua. También nos fijamos en la Oficina de Turismo de madera que hay en los glacis, que desentona de manera escandalosa. Eso se podría evitar volviendo a la Oficina de Turismo de siempre. Si se quiere hacer fuera del recinto amurallado podría hacerse en los aledaños del Mercado de Abastos. Cuando la muralla esté terminada y los glacis limpios y regados, podremos presumir de tener uno de los baluartes defensivos más hermosos. Entonces podríamos solicitar que nos incluyan en las ciudades Patrimonio de la Humanidad, con cuyas sabrosas subvenciones se podrían mantener.

También es un lujo contemplar desde lejos la Ciudad. En estos tiempos, en los que tanto se habla de Europa, como concepto, pero que en el fondo está perdiendo mucho de lo que ha ganado en vulgarización, merece la pena aproximarse a las cercanías del Conde Rodrigo II, para contemplar esa Ciudad que recorta el horizonte con sus torres, esa Ciudad, rodeada de piedras por todas partes menos por una, que la une verticalmente a las estrellas, para poder exclamar con sencillez: “Este sí que es un verdadero trozo de Europa”.

No puede faltar el paseo por la muralla donde tantas veces soñé en la Miróbriga Inmortal. Nunca olvidará una tarde, hace muchos años, que paseando con mi amigo Enrique Taravilla, yo le explicaba emocionado el magnífico paisaje que se divisaba desde el Callejón (sin darme cuenta, por la emoción, que él era ciego). Él, con asombrosa serenidad y amparado en su fe, me dijo: “No es más que uno de los infinitos modelos que eligió Dios para mostrarnos su grandeza”.

Otro día, paseando por el Callejón, me llegó, desde una casa adosada a la muralla, una música que me hizo estremecer. Ce trataba de Beethoven. Era su último cuarteto, aquel en que sentado al piano y sintiéndose morir escribió al borde de la partitura esta pregunta terrible: “¿Es preciso morir?” y más abajo escribió: “Sí, es preciso”. Era preciso morir, cuando aún llevaba en la cabeza tantas sublimidades. Y entonces escribió ese lamento, esa despedida de la vida, cuya grandeza no puede ser igualada con ningún otro canto, por ninguna palabra de la religión.

El milagro de la música consiste en transmitirnos la más honda verdad y la más honda esencia de la vida. Desde una nana hasta una marcha guerrera; desde una sinfonía hasta un himno religioso. Por el luminoso camino de la música, quizá un día comprendamos que todos somos de verdad hermanos, que todos somos un eco de la inaudible voz del Cosmos, y en esa melodía universal, cada uno de nosotros seamos sólo un compás, una estrofa, acaso un silencio de la armonía eterna.

Al despertar de mis reflexiones hacía mucho rato que el sol se había escondido en el horizonte, los pájaros habían desparecido y comenzábamos a tener por techo las estrellas. Yo deseaba volar, deslizarme suavemente hacia el Picón de Las Pesquera para tumbarme sobre el césped y, pensando serenamente en Dios, reírme de los que corren detrás de un autobús, de una Jefatura de Negociado o de una Cartera de Ministro.

 

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