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LA FARSA NAVIDEÑA. Por Román Durán Hernández

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LA FARSA NAVIDEÑA. Por Román Durán Hernández
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De cuando tenemos, o podríamos tener, nada hay tan esencial como la vida. Nacer, en sí, siempre es bueno y hermoso. Es aparecer -¿desde dónde? Salir a la existencia, sumergirse en los inmensos mares de la vida, y ser a la vez un minúsculo recipiente de ella. Nacer es ingresar en la incontable hermandad de los hombre, en la impaciente y larga búsqueda del amor, en el fervoroso deseo de la verdad, a la que vemos tan turbia y tan lejana como el pez ve a la estrella. Un nacimiento había de ser siempre una ocasión de gozo; una renovación de la eterna esperanza, esa hermana siamesa de la vida. Quizá no sea otro el símbolo de la Navidad: alguien infinito que nace para compartir. Por eso nos aterra pensar en lo que la humanidad se ha convertido, y en lo injusto y atroz de sus repartos. ¿No es ya el nacer un paso -el primero hacia- la confusa Majestad de ser hombre, hacia la improbable felicidad, hacia la verde y agridulce danza de la naturaleza? El hombre es una vida consciente de sí mismo, y es lo que erige en algo superior a los demás. Y eso también es lo que lo hace responsable. El tigre es inocente; el terremoto y el volcán son inocentes. El hombre no lo es.

Cincuenta millones de personas mueren al año de hambre. Dieciocho de ellos son niños. No han cometido más falta que la de estar vivos, ¿no estremece? ¿Qué mundo ciego y sordo es este, que se dispone cada año, volviendo la cabeza, a celebrar la Navidad? ¿Qué sinceridad cabe entre los mazapanes, Papá Noel, el Belén o los Reyes Magos? Dos tercios de los hombres sufren tan solo por haber nacido. No por ambiciones fracasadas; sufren por hambre; por hambre de justicia, por hambre de esperanza, por hambre de pan. Mientras nosotros, cantando villancicos, lanzamos a Dios filiales guiños de complicidad.

Nacer no es compartir. El sufrimiento de las dos terceras partes de la humanidad no lo comparte la otra.

Con el coste de un misil intercontinental se podrían plantar doscientos millones de árboles, regar un millón de hectáreas, dar de comer a un millón de niños. Para cubrir las necesidades del tercer mundo, en cuanto a alimentos, salud, vivienda y escuela se refiere, se precisan diecisiete mil millones de dólares; la misma cifra que el mundo se gasta en armamento cada dos semanas. Y como si nada estuviera pasando, nos sentamos a cenar en Navidad, religiosos, alegres y seguros.

Somos culpables todos. Culpables esos gestos de asistencia que proporcionan una conciencia barata y que no salva a aquellos a quienes están destinados. Culpables porque no denuncia incesantemente, y como Caí, satisfechos y erguidos, poseemos la tierra sin sentir que nos llega hasta el pecho la sangre.

Para no ver todo esto, tenemos las serpentinas, los confetis, las comilonas, los amargos dulces de la Navidad. Para no verlo tenemos la política gélida y asesina, que separa y entroniza, en el corazón caliente de los hombres. La política que actúa como si ser blanco o negro, pobre o rico, capitalista o comunista, musulmán o cristiano, significase algo ante el hecho de ser sencillamente hombres. Todos iguales, todos llamados -cada uno a su hora- a la vida y la muerte.

No consintamos celebrar con tanta hipocresía, el nacimiento de un niño que sólo habló de amor. Comamos y nos emborrachemos hasta caernos por el suelo, pero sin poner como pretexto al Niño de Belén. Porque la inmensa mayoría de los niños que nazcan esa noche, tampoco encontrarán, para nacer, un sitio en la posada.

Sospecho que mientras esto ocurra, no habrá coro de ángeles cantando la gloria de Dios en los Cielos. Los ángeles no querrán comprometerse en un mundo, donde cuarenta mil niños mueran al día de hambre, mientras se fabrican armas y armas para ir matando a los que el hambre tenga a bien dejar vivos.

1 Comentario

  1. Joae Antonio Martin 17:46, dic 24, 2017

    De acuerdo,Roman.un ex alumno de la epoca de las tablas del foso Maura.

    Reply to this comment

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