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MUJERES DE NEGRO, por Abel Atalanta

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MUJERES DE NEGRO, por Abel Atalanta
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No soy yo de poner muchas pegas cuando me piden colaboración para cualquier tipo de iniciativa cultural. Suelo asentir, agradecer y pedir condiciones, tema y plazo. Me lo tomo como las redacciones del colegio, implicando a veces un reto el hecho de que se trate de temáticas o formatos que no suelo manejar. Sin embargo reconozco que hay un encargo que suele llegar siempre a finales de año en forma de correo de mi amigo Javi que me hace especial ilusión, el aportar algún escrito a “La Jañona”, revista cultural de Peñaparda. Y es que aunque especialmente en época de exámenes apenas tenga tiempo, cómo negarme a colaborar con este reconfortante milagro, cómo no contribuir y arrojar un pequeña bola de papel entintada al fuego para que siga ardiendo la precaria llama en que se han convertido hoy nuestros pueblos.

Mi pequeña contribución de este año, un pequeño relato escrito a la carrera durante el amanecer de un sábado, revisado a la misma hora del día siguiente. Un personaje con posibilidades que no tengo tiempo de desarrollar en algo más extenso; tal vez el próximo año.

MUJERES DE NEGRO
Si la historia fuera la que diera sentido a la existencia, si fuera una línea de sucesos que condujera hasta un fin que la justificara, a partir del cual se hiciera balance, puede que fuera difícil explicar la vida de todas esas mujeres que fueron algo más que mujeres que cumplieron con su papel con una abnegación y dedicación implacables.

Al menos en una suerte de justicia poética, mucho de lo que son los pueblos, de su imagen, de cómo se perciben nuestros pueblos para bien y para mal, para reivindicación costumbrista, para burla también, para desprecio de lo que no se entiende, está encarnado en mujeres de negro cuyas estampas cambiaron muy poco durante décadas.

Ahora ya casi nadie recuerda su nombre pero ella fue una más, una que vivió como debía desde niña hasta anciana, como le enseñó su madre, y si todo hubiera marchado como debiera haber sido, como había sido siempre, también debería haber aguardado la muerte serena, como su madre y su abuela.

Mas algo cambió, y en una vida en la que no había nada que contar para el que no sabe ver, al final hubo que contar más de la cuenta, contar que tuvo que salir de un mundo delimitado por unas pocas, claras y acogedoras líneas.

Línea era la frontera con Portugal, una raya invisible en el suelo que separaba a las gentes de un lado y otro, que ahí tenía que estar aunque no se entendiera muy bien para qué demonios servía. En otros lugares lejanos, las fronteras eran grandes montañas o ríos; pero aquí la larga frontera con Portugal no era más que una absurda e invisible raya en el suelo, pintada por grandes señores con fusiles en las manos.

Línea era la caída al sur, a Extremadura, a tierra caliente, la que se adivinaba tan extensa, la que había visto aparecer infinita algún amanecer incomparablemente hermoso admirado junto al Jálama. No necesitaba ver más mundo ni conocer más, allí estaba todo lo que buscaba cualquiera para ser feliz, todo lo que se hallaba en ese balcón sobre el que se asentaba su hogar, y lo que se adivinaba más allá, lo que se intuía como todo lo demás, todo lo que no le concernía.

Alrededor del Jálama se encontraba lo que venía de mucho tiempo antes, que se escondía en su propio nombre pronunciado en una lengua perdida, como todos los nombres, de significado olvidado. Escuchándose desde el inicio de la Historia, refiriéndose a lo que siempre había estado allí, al agua, a los ríos; ríos que eran más líneas, para los que elegimos otros nombres como rivera de Gata, Eljas o Águeda; nombres refiriéndose a la montaña misma, nombres otorgados a un verdadero dios en forma de agua y montaña, a su residencia, casa del mismo Dios.

Por qué buscar más allá si aquí estaba todo, si hay que saber mirar en otros ojos que el secreto de la vida no es ir a buscar lo que ya se tiene alrededor. Siempre hay más de lo que se ve, eso lo supo desde niña. El espíritu de un lugar así, de una montaña como esa pirámide se sentía con fuerza en todo momento. Esas pirámides que construyeron en el Egipto antiguo que eran puentes, cuyo vértice era escalera hacia la luz de otro mundo; aquí no fue necesario construir nada porque la pirámide perfecta siempre estuvo ahí.

Y aquellos hombres y mujeres se sirvieron de la montaña, de sus pastos, de su madera, de sus entrañas con las minas, de sus huecos oscuros para engañar a la naturaleza y atesorar hielo en verano. De las fuentes que manaban eternas, antes y después de escucharlas nosotros, marcando el ritmo de los acontecimientos, de la vida imparable, finita e infinita a la vez.

Y las ermitas para rezar a dioses de los que ella había sido siempre devota, pero que ahora, a pesar de ser los mismos, no visitaba en aquella iglesia moderna y sin gracia que no parecía una iglesia y a la que alguna vez la llevaba su hijo, pero donde ella no escuchaba la voz del aquel dios lejano que se había quedado en una oscura iglesia del Rebollar.

Porque un día maldito ella tuvo que marchar con su hijo a una tierra lejana; y aunque él insistía en que ahora ya no estaba tan lejos como antaño, ella añoraba con la misma intensidad. Una tierra donde su mundo se contrajo de una forma algo misteriosa, reducido casi completamente a las habitaciones de un quinto piso de una gran ciudad y a un balcón que daba a otro gran edificio que parecía espejo del suyo, donde también había una mujer de negro a la que seguro también su nuera sacaba para que le diera el aire.

Incluso un día vio el pueblo por la tele en un programa de tarde, pero todo lo que a ella le parecía normal cuando vivía allí, era presentado por una chica muy simpática como una cosa rarísima, exótica, digna de ver; hasta bailar hicieron a los vecinos, convirtiéndolos en una especie de payasos de circo para regocijo de la audiencia, aunque ella no acabara de verle la gracia a nada de lo contaban y sobre todo a cómo lo contaban.

Hasta el final le estuvieron preguntando por qué no salía, recriminándole que no se integrara, y así fueron pasando los últimos años, años que se podrían recordar como siempre el mismo, con una niebla gris que la fue asfixiando de una extraña forma hasta que casi dejó de hablar.

Hasta que un día, como todos, se murió. Y entonces sí, entonces le hicieron caso y la devolvieron a su tierra, al Rebollar, para enterrarla en el cementerio donde siempre quiso descansar de afanes, pesares y dolores, donde fue feliz, para ser acogida por la misma entraña de la montaña, uniéndose a ella. Y ser una, ser de nuevo, ser todo, ser para siempre.

 

 

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