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HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE DIACONO DE D. JOSÉ EFRAÍN PEINADO HERNÁNDEZ, por Cecilio Raúl Berzosa Martínez

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HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE DIACONO DE D. JOSÉ EFRAÍN PEINADO HERNÁNDEZ, por Cecilio Raúl Berzosa Martínez
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HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE DIACONO DE D. JOSÉ EFRAÍN PEINADO HERNÁNDEZ (Catedral, 18-3-2018)

Querido D. José, hermano y amigo obispo; muy queridos miembros de este presbiterio de Ciudad Rodrigo y los llegados de otras partes; queridos diáconos y seminaristas; queridos señores rectores y formadores de nuestros seminarios; querida familia de D. José Efraín; queridas consagradas; queridos todos:

Hace unos días recibí una invitación de D. José Efraín, que, entre otras cosas, decía así: “Con gran alegría os comunico que recibiré el sagrado Orden del Diaconado… En este momento tan importante de mi camino vocacional, me gustaría contar con vuestra oración y, si es posible,también con vuestra presencia”. Querido José Efraín, aquí nos tienes, con nuestra oración y con nuestra presencia, para lo que tú nos pedías: acompañarte en esta meta importante de tu camino vocacional, si Dios quiere, hacia el presbiterado. Estamos muy contentos y nos unimos a tu canto del Magnificat.

Es Cuaresma; muy cercanos ya a la Semana Santa. Podíamos haber esperado a celebrar esta ordenación en tiempo pascual, pero el secreto y justificación de hacerlo hoy lo señalabas en tu misma invitación: la imagen de San José. Sí, queremos poner tu diaconado en manos de San José y, de alguna manera, celebrar con mayor solemnidad el Día del Seminario, siempre colocado bajo la advocación de tan entrañable y querido santo. Sabes que cuentas con su especial protección; y sé que eres muy devoto de él. No lo dejes; no te fallará nunca.

Me centro en las lecturas litúrgicas de este quinto domingo de Cuaresma. En la primera, el profeta Jeremías mira hacia el futuro y anuncia lo que se cumplirá como historia de salvación. Esta lectura forma parte del llamado “libro de la consolación de Israel”, tras la caída de Samaría y. más tarde, de Judá. El profeta anuncia que todo será reconstruido y que el Dios Vivo sellará una alianza en el interior de cada corazón. Esa misma alianza será la fuerza para cumplirla. Lo aplico, querido José Efraín, sin mayores detalles ni pretensiones a tu misma persona: para ti, este camino vocacional, no ha resultado fácil, humanamente hablando. Muchas veces, por diversas circunstancias, has estado tentado de desánimo y de cierta desesperanza y, sin embargo, en el corazón, el Señor de la llamada te ha seguido otorgando siempre consuelo y fuerza para seguir caminando.

Con el Salmo 50 todos, también tú, querido José Efraín, hemos reconocido que somos pecadores y que necesitamos ir trasformando “nuestro corazón de piedra en corazón de carne” para hacer siempre la voluntad de Dios y para una entrega sincera a los demás.

¡Qué oportuna se ha presentado también la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Hebreos! Nos habla de cómo el sacerdocio del Antiguo Testamento se caracterizaba por la separación entre lo divino y lo profano. Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote de la nueva alianza, rompe este cerco y se hace carne de nuestra carne, tiempo de nuestro tiempo, e historia de nuestra historia. Así tiene que ser tu diaconado, querido D. José Efraín: como expresa el sentido genuino de la palabra, un “servicio” cercano y comprometido con las personas, especialmente con las más necesitadas. Nos lo recuerda de otra manera el Papa Francisco, cuando subraya que, unas veces, tendrás que ir delante del rebaño; normalmente, en medio; y, en otras ocasiones, detrás del mismo, curando y animando. Esto tú lo sabes mejor que nadie por haber tenido la suerte de nacer en ámbito rural y saber de animales.

Y, finalmente, el Evangelio nos presenta a Jesús, cercado y amenazado, camino de su pasión y muerte. Porque no hay redención sin cruz. La cruz de Jesús que, “alzada sobre la tierra atraerá a todos hacia Él”, y será altura y profundidad del amor de Dios. De la cruz depende la fecundidad de su obra. No es fácil; Jesús siente el odio que le rodea y padece turbación en su alma, porque es hombre verdadero con la profundidad de nuestros sentimientos. Pero Jesús sabe dónde está su fuerza: en su Padre. Y lo invoca: “Padre, glorifica tu nombre”. Y recibe respuesta: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Y, desde aquí, Jesús en su día confirma y anima a sus discípulos. También hoy, querido D. José Efraín, el mismo Jesús te anima a ofrecer tu vida por amor; aunque aparentemente pueda parecer un fracaso y muerte. Es, por el contrario, un camino de amor y de vida. Cuanto más se renuncia a algo por amor del gran Amor, tanto más rica y grande se hace la vida. Nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI. “Quien se encuentra con Jesucristo, no sólo no pierde nada, sino que gana todo”. Es la Verdad que llena la cabeza; es la belleza que llena el corazón; es la Bondad que llena nuestras manos. Sí, José Efraín, tienes que ser trigo que muere a todo lo viejo para ser vida nueva y tener nueva vida. ¡Gracias por estar dispuesto a ello y por haber dicho “sí”! Por supuesto, no confiando en tus méritos o cualidades, sino porque eres consciente de Quién te has fiado y que nunca, ¡nunca!, te fallará!

No quiero alargarme más. Al dar gracias a Dios por este día tan bello y grande para nuestra Diócesis, y para toda la Iglesia, deseo también, y de corazón, al mismo tiempo dar gracias a tu familia, José Efraín, por haberte acompañado hasta el día de hoy. ¡No os arrepentiréis! Seguid rezando por él y ayudándole todo lo que podáis!

Gracias al Seminario Diocesano de Ciudad Rodrigo, al Teologado de Ávila, y a la Universidad Pontificia de Salamanca por haber apostado siempre por José Efraín. Estoy seguro que el Señor nos compensará con creces este esfuerzo motivado y constante.

Gracias a todos los presbíteros diocesanos y a los fieles que han visto crecer, madurar y ejercer tu ministerio de Lector y Acólito. Gracias por querer a D. José Efraín, por vuestra ayuda y por vuestras oraciones. Hay que seguir haciéndolo para que, si Dios quiere, la obra que Él ha comenzado la lleve a feliz término con la ordenación presbiteral.

En las manos y en el corazón de la Virgen María, Madre de los Seminaristas y Sacerdotes, y de su Esposo San José, nuestro custodio, y de tantos y tantas santas, ofrecemos a D. José Efraín. Que ellos le sigan acompañando, bendiciendo y donando todos los dones que necesite. Y que nos envíen nuevas y santas vocaciones. Así sea. Amén.

+ Cecilio Raúl, Obispo

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