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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (6): Juan José Mateos Mateos, por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (6): Juan José Mateos Mateos, por Ángel Iglesias Ovejero
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Jose Mateos Mateos

José Mateos Mateos (Robleda, 13/08/2017)

Colabora como informante desde 2005, aunque pertenece a la familia espiritual del encuestador desde que éste tiene uso de la memoria. Juan José siempre ha asumido su condición de “huérfano de la Revolución” y nunca ha faltado al deber de memoria. Él mismo fue represaliado. Fue entrevistado el 23 de agosto de 2005 en casa del encuestador, con su sobrina Maribel Mateos Mateos (hija de María Luisa, hermana menor de su tío, nacida en 1934). De esta fuente provienen los datos que aquí se manejan, aunque algunos se conocían de antes y otros se han completado después. Para no complicar las cosas, los rasgos de la modalidad rebollana en las eventuales citas se normalizan en castellano.

Como prescinde del primer elemento del compuesto nominal, José Mateos Mateos tiene homónimos en Robleda, con el mismo nombre y apellidos. Él es el mayor de todos ellos. Nació el 28 de noviembre de 1923. Sus padres se llamaban Juan Mateos Carballo (hijo de Francisco y María) y María Mateos Mateos (hija de Juan Francisco y María Luisa), labradores como los abuelos. Dentro de aquella economía tradicional de subsistencia no pasaban apuros con la cría de “unas pocas de vacas y una piara de ovejas”, añadida a los productos de la labor. Tenía tres hermanas: Josefa, Isabel y María Luisa. La primera mayor y las otras dos menores que él, ya fallecidas. Vivían en la parte alta de la Mata del Campo, después más abajo (¿calli de la Jontana?). Allí tenían por vecinos a la familia de tio José Pascual (“Gramejón”), que fue su padrino y de quien el ahijado guarda excelente recuerdo, porque le daba buenos consejos cuando él era aprendiz de labrador. Hay bastantes personas a las que está agradecido, a su madre por encima de todas (“era muy buena”). Cuando habla de ella le sale velada la voz. Una voz cálida, respetuosa y de amigo, en circunstancias normales, cuando no se altera por el sentimiento de injusticia y de impunidad de los represores. Es consciente del esfuerzo que supuso para su madre sacar adelante a cuatro hijos menores, aunque él mismo empezó a ser “hombre” antes de tiempo. María, además de madre, fue su compañera de trabajo.

A José le llegan los recuerdos en tropel, pero da prioridad a las fatigas que para él se siguieron del asesinato de su padre por fascistas locales.

Podría hacer un libro de las cosas que me han pasado. Empecé a trabajar de 12 años. Lo pasé muy mal. Iba a labrar, y mi madre se ponía delante de las vacas (…). Subía en el carro para cargar el heno que yo le daba desde abajo (…). Siempre he tenido poca humanidad, poca chicha, pero he tenido mucho coraje (…). Teníamos unas cuantas de vacas, teníamos unas cuantas de ovejitas y la labor, matábamos dos cerdos. Marchábamos bien, después que ya fui yo grande, ya de 14 ó 15 años. Valía más que muchos hombres.

Es el testimonio de un auténtico “archivo viviente”, que tiene en legítima propiedad el “orgullo modesto” del que trataba “Juan de Mairena”. Dicen que, con anterioridad a la fanfarria patriotera, ramplona y fascista, este sentimiento se encarnaba en las “buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan”. Si como algunos añaden, esta figura humana seria y trabajadora tenía arraigo mesetario, José debe de ser uno de los escasos supervivientes de aquella “raza”, y él lo sabe, aunque no haya podido leer a Antonio Machado ni a nadie, porque prácticamente no asistió a la escuela cuando estaba en edad de hacerlo.

No aprendí, de cuentas y de eso. Fui un poquito con la Maestrina, que vivía donde Juan el Cojo, en una casa hoy tumbada, en la calle de la Gallarda. Iba de noche. Fue donde aprendí algo, pero muy poco, poner mi nombre. La Maestrina enseñaba bien.

En la historia robledana no se puede dar un paso sin tropezar con el rimero sangriento de víctimas y verdugos. Por el hecho de que José asistiera fugazmente a las clases nocturnas, después del trabajo, se deduce que esto fue después del asesinato de su padre y, por tanto, compartió con Salustiana Cabezas Mateos la condición de víctima “colateral”, pero previsible o prevista de la represión fascista local. El sobrenombre de “Maestrina” le venía de que ejercía como maestra de párvulos. El día 26 de septiembre de 1936 se había casado con Eduardo Gutiérrez Roncero, presidente de la Casa del Pueblo, que poco después sería ejecutado extrajudicialmente, junto con José Prieto Martín. Por aquellas fechas ya hacía más de un mes que Juan Mateos Carballo, emparejado con José Mateos García “el Excusao”, había sido detenido víctima de sevicias y ejecutado en el Puerto de Perales (24/08/1936) por dos fascistas robledanos. Estos actuaron en presencia Enrique Villoria “el Veterinario”, obligado conductor del vehículo macabro. Fue enterrado con su compañero en una tumba del cementerio de Gata (Cáceres), según el testimonio de Gorgonia Mateos, natural de Robleda y vecina de Gata, que también estuvo a punto de ser eliminada. A grandes rasgos la descripción de estos hechos se ha efectuado repetidamente (Iglesias, Represión franquista: I.5, II.1.1, apéndice I; “Croniquillas del verano sangriento”, 24/08/2017; “Secuelas franquistas”, 03/08/2017). Pero no estará demás especificar la fuga y detención de Juan, en la que su hijo José fue testigo y parte, como paciente sobre todo.

A raíz de la emboscadura de su hermano Fermín (14 de agosto de 1936), alcalde republicano destituido, Juan Mateos se sintió víctima señalada, debido a un incidente en el que su hijo fue testigo, que hoy también ofrece una explicación bastante coherente de los antecedentes que lo motivaron.

No me acuerdu, no te diré. (…) Hacían como un poco de huelga (…) una vez ahí, una cosa que es lo que pasa (…), algunos se levantaron y no respetaban al alcalde [Fermín Mateos]. Y vino la Guardia Civil. Y los guardias querían tirar sobre la gente, que había mucha gente en la Plaza. Me acuerdu yo que era jovencillo. Había un guardia donde los Cojos [en las Cuatro Calles, cerca de la cárcel municipal] que quería tirar contra la gente. Y me acuerdo que mi padre, recuerdo perfectamente que le echó mano al cinturón, porque mi padre y mis tíos, no es porque fueran mis tíos, pero eran tíos de agallas. Le echó mano a un guardia y le quitó el fusil, y no le dejó tirar sobre la gente que había en la Plaza. (…) Había como revolución ahí, como la otra tarde si hizon huelga (…). Y aquello, claro, también hubo gente a quien le pareció bien, porque era en favor de que no mataran a nadie (…). Y hay gente que lo interpretó bien, y a gente que no le gustaría (…).
El pueblo estaba poco bien. Había pocos posibles. Los que tenían la labor, como nosotros, no necesitábamos ná, o sea vivíamos bien. Pero había gente muy pobre aquí, que no tenían pa comer. (…) Mi madre, que se portaba muy bien conmigo, me daba un chorizo, o a lo mejor un cachín de tocino u otra cosa (…). Y salía comiendo un cachillo y pan (…) Y me decía mi madre: -No salgas pa ahí asina, comiendo, porque hay hambre-. Y decía yo [para mí] por qué dirá esto mi madre. Y ella me dijo: -Es que hay mucha hambre en el pueblo. Nosotros no pasamos hambre, pero hay muchos pobres, y si te ven por ahí comiendo, pues les va a dar envidia (…). El hambre es muy mala.

Así pues, José estaba al corriente de aquella situación de extrema necesidad. Pero, concretamente, ignoraba que el motivo de aquel tumulto del que fue testigo en la Plaza el cinco de abril de 1936 (domingo de Ramos) se produjo a raíz de la detención del citado Eduardo Gutiérrez, presidente de la Sociedad Obrera. Y esto a su vez era consecuencia de un encontronazo entre “pobres” y “ricos” del lugar, en el que resultó herido uno de estos últimos, que hasta el cambio de gestora quince días antes había sido el encargado de la caja de caudales, la cual resultó vacía cuando se pudo abrir, después de haber estado “perdida” la llave. Según se deduce del testimonio de Isabel Montero “la Pasionaria de Robleda” (C.857/37), la revuelta se inició cerca del puente ubicado en la actual plaza del Caño. Y los guardias que condujeron al detenido por la calle de los Zapateros se encontraron con un gentío hostil que se les echaba encima, al comprobar que Eduardo era conducido a la cárcel con malos modos “y lo iban a castigar”. La fuerza de orden quiso intimidar a los manifestantes, apuntando con los fusiles (según la versión de Isabel Montero, esto sucedió a la altura del Estanco), y el remedio fue peor que la enfermedad. Quizá si entonces no hubo desgracias mayores, ello se debiera a la intervención de Juan Mateos, como afirma su hijo. Pero, sin duda, el padre sabía a ciencia cierta que aquellos “a quienes no les gustaría” su acción eran los que tenían la sartén por el mango en el verano sangriento. Y después de la caza del hombre el día 13 de dicho mes, en la que fueron asesinados dos primos de Juan, no había que esperar la más mínima comprensión por su parte.

Juan Mateos, como otros vecinos perseguidos, se emboscaba sin abandonar a su familia, que lo necesitaba para las faenas de la recolección. Se ocultaba con intermitencia cerca del pueblo y contando con la buena voluntad de algunas personas. José está orgulloso de su comportamiento de entonces, siempre a la altura del encargo de su padre, con una entereza impropia de su edad, como es sabido por la tradición local.

El me lo diju: -Nunca digas, ni aunque te veas bien obligao, nunca digas dónde está tu padre-. Y yo sabía dónde estaba, pero nunca dije ná. Los falangistas iban conmigo (…) y me empujaban. Íbamos por aquel lao del Camino de la Jurdana. Ya no me doy cuenta dónde llegamos. Me parece que llegamos a la Miñomingo. Y estábamos ya cerca de mi padre (…) Me sacaban a ver, que les dijera dónde estaba (…). En lo alto cuando se traspone para Cagalobillos, en un tapao que antiguamente llamaban la Cortina de tio Vitoriano; antes de aparcelar [concentración parcelaria] había un cacho tapao, en lo alto de la Miñomingo [a un par de kilómetros del pueblo]. Allí estaba mi padre. Y ya como vieron que no sacaban nada, me volvieron otra vez pa casa. Pero me acuerdo que me tocaban, vamos, no me hizon daño, nada más me empujaban con el fusil, con la culata del fusil me tocaban atrás pa que les dijera. Meter miedo. Pero había dicho mi padre: -Nunca digas nada.

José no se considera un héroe, ni mucho menos. Cumplir con su deber filial debe de parecerle cosa natural y más importante que nada. Casi se queda corto al describir el comportamiento de los falangistas con él, que sobre todo las mujeres que iban a por agua a la fuente de Miñomingo describen como descarado mal trato a una criatura de doce años, que se iba cayendo por el camino a causa de los empujones con los fusiles, y algunas se atrevieron a criticar a los aprendices de verdugos, lo cual tal vez influyera en la decisión de renunciar a la cruel pesquisa. Juan Mateos no consiguió escapar a la detención y la ejecución extrajudicial. Seguramente volvía a su casa por las noches, y en ella lo sorprendieron sus captores. La familia estaba acostada y los niños dormidos, incluido José, que no recuerda detalles de aquella noche. Su sobrina Maribel completa el relato con el testimonio recogido de su abuela María.

Mi abuela lo contaba. Que estaban acostados. Y los falangistas echaron de arder al pajar, donde estaba escondido mi abuelo. Iban echando de arder a la paja y mi abuela iba apagando, porque tenía a los niños en la cama y a la niña pequeña, que era mi madre, en la cuna. Quería hacer tiempo para que mi abuelo saltara para la otra casa. Y cuando los falangistas vieron que no había nadie, porque mi abuelo había saltao para la otra casa, se fueron. Y cuando volvió el abuelo, pues mi abuela le dijo: -Juan, Juan, entrégate, que lo mismo no te matan. Entrégate, que lo mismo no te hacen nada-. Y aquella noche mi abuelo se entregó, por el sacrificio de los hijos. A mi abuela la engañaron. Cuando fueron a ver mi abuela y mi tío, ya no estaba [lo habían sacado a él y al padre de Tasio]. La abuela fue a preguntarle a uno que era el Jefe: -¿Dónde has dejado a mi marido?-. Y le contestó: -A tu marido lo he dejado ya descansando.

En el tardío de aquel año, con doce años, José tuvo que ejercer de hombre de la casa, empezando por la siembra de cereales. Apenas levantaría por encima de la mancera del arado, le recuerda su sobrina, quien añade que en aquellas tareas también participaría la hermana mayor, Pepa, además de la madre, que iba delante de las vacas. Nadie estaría de más en aquella dura labor, sobre todo al final de la surcada, cuando hubiera que alzar el arado para trazar o cubrir un nuevo surco en el otro sentido. Estos esfuerzos y otros similares, con inevitables levantamientos de peso, serían los causantes de que José no desarrollara más “humanidad”, como él dice. En alguna de estas cargas y descargas, años después, se llevó un acalcón, que estuvo a punto de costarle caro. Tia Esperanza “la Curandera” le arregló la avería física, sin cobrarle, conformándose “solo con la voluntad”, como solía hacer. José, ya mozo, se creyó obligado a corresponder de acuerdo con su grandeza de corazón, llevando a tia Esperanza un carro de trozas del Colodrero. Era tiempo de lluvias, pero no quiso dejarlo para más adelante. Así que él y otras personas cargaron el carro y regresaron cuando ya bajaba crecido el río Chico (Olleros) por el Vao Muñina. Los acompañantes fueron por el puente y José, para no arriesgar la vida de nadie, decidió rodear por el Vao las Mayas, más abajo, donde el río iba igual de bravío. El carro aguantó la corriente gracias a la carga, pero las vacas se veían muy mal para avanzar y José salió del mal paso sujetándose entre el yugo, la pértiga y el pescuezo de una vaca.

Tia Esperanza le reprendería por este mal trago, que se hubiera evitado quedándose en la majada de Colodrero aquella tarde. Pronto tendría ocasión de sacarlo de otro trance no menos peligroso, ya avanzados los años cuarenta, en uno de aquellos Carnavales tan celebrados como perseguidos por los párrocos y la Guardia Civil. José ya era mozo cumplido y no se metía en líos, pero ser hijo de una víctima franquista era un sambenito que atraía la mirada de las “fuerzas de orden”. Atraídos por la taberna de tio Vito, pasaron por su puerta unos jorramaches (enmascarados), repartiendo paja entre los parroquianos y las mujeres de la solana. Los guardias civiles se presentaron como por ensalmo y decidieron que José, allí presente con otros muchos mirones, tenía que conocer la identidad de los enmascarados, que ya habían puesto pies en polvorosa, y denunciarlos. No habían elegido al mejor chivato, así que, para no volverse de vacío, se vengaron administrándole una soberana paliza con los vergajos. El propio encuestador, de unos cinco años entonces, siguió el bochornoso espectáculo desde la parte baja del frontero altozano del “Aciprés”. Hasta que varias vecinas suyas, con tia Esperanza a la cabeza, cruzaron el arroyo y, sin otras armas que la lengua y la fuerza de la razón, se interpusieron entre la víctima y sus verdugos, consiguiendo que éstos soltaran a su presa.

Con estos trabajos y sobresaltos transcurrió la mocedad de José, hasta que se casó, ya de mozo grande, con María Mateos Sánchez, un año o dos más joven, que precisamente era de las familias que se habían decantado por los fascistas y tenían excelentes relaciones con el alcalde impuesto por los militares golpistas. La esposa comulgaba con el nacional-catolicismo imperante, lo cual no dejaría de hacer mella en la sensibilidad religiosa y política de José, aunque matiza que “entiende poco de esto”. De recién casado fue uno de los beneficiarios de las parcelas que se entregaron a los vecinos que no tenían terrenos propios suficientes, como otros que habían sido instalados en los “pueblos de colonización” de Ciudad Rodrigo. Por ello es de lo que piensa que “Franco fue bueno con los pobres” (porque ignora que estas “reformas” llegaban con veinte años de retraso y después de haberlas impedido él mismo con la sublevación militar). Sin embargo, reconoce que estas presuntas larguezas no impedirían la emigración masiva, a la que se apuntaron José (de 33 años) y su esposa, dejando sembradas las parcelitas que le habían correspondido, después de haberlas roturado, y sin preguntarse quién sería el nuevo afortunado. Salieron de su lugar natal sin otra fortuna que su buena disposición para el trabajo y sin más formación que la adquirida en los trabajos manuales de siempre, con herramientas como las del tiempo de los Romanos.

El matrimonio de emigrantes permaneció en Francia 38 años, sin descendencia. Les facilitó la salida un cuñado, que ya estaba asentado en el país vecino y se encargó del inevitable papeleo. Primero estuvieron en sucesivas fermas, o granjas. con terrenos aledaños, primero cerca de Orleans, empleados en ocupaciones agrícolas, sin muchas posibilidades de mejora, debido a la falta de instrucción, que incluso dificultaba la obtención del permiso de conducir o de manejar la maquinaria. Después quedó vacante el empleo de pastor en otra finca, donde estuvieron tres años y la ocupación se prolongó con un tercer amo, sin mayores problemas, pues el cuidado de ganado era algo que los dos habían practicado en el pueblo. Con este trabajo José no tendría oportunidad de manejar demasiado el francés, aunque lo entendía; María se desenvolvía mejor, porque trabaja en el servicio doméstico y en empleos similares. Así transcurrieron siete años. Después se instalaron en Roissy-en-France (departamento de Val d’Oise, región de Isla de Francia), donde José llegó a ser un excelente albañil, aunque nunca hasta los cuarenta años había manejado una paleta y después se pasó bastante tiempo de manobra (manoeuvre), de peón. También en este caso está muy agradecido a sus jefes (“muy buenos, españoles”), que le dieron buenos consejos. No llegó a cumplir los 37 años y medio necesarios para tener derecho a pensión completa, debido a una fallita (quiebra) de la empresa. Se conformó con la pre-retreta (pre-jubilación).

En los años noventa volvieron al pueblo, donde construyeron una casa cerca de la actual Plaza del Obispo Sánchez Matas. Desde entonces José se entretiene ayudando gratuitamente a sus vecinos y familiares en tareas ornamentales o que los trabajadores autónomos no quieren asumir. Él conoce sus obligaciones y no quiere perjudicar a nadie; pero tiene mal perder cuando considera que le toman el pelo. Su esposa ingresó en la residencia de ancianos hace cuatro seis o siete años. Después de haberla cuidado en su casa durante tres años, en condiciones que le provocaban ansiedad y depresión, la acompañó solamente diez meses, pues su inquietud no encajaba con el régimen del centro. Salió y sigue con su agenda habitual, laborterapia, paseos a pie o en bicicleta. Y sobre todo acompaña y atiende a su mujer un par de horas, mañana y tarde.

José es hombre de convicciones, fiel a la moral tradicional y agradecido a su familia y a todos aquellos que se han portado bien con él. No ha participado en agrupaciones políticas o sindicales, sin que ello le haya impedido ser solidario con las víctimas de la represión, a pesar de las trabas conyugales. Siempre comprometido y bien dispuesto en los homenajes y actos reivindicativos de la memoria histórica local y comarcal.

Es un archivo viviente plenamente activo, pues, a sus casi 95 años, disfruta de envidiable salud física, con plenitud de sus facultades. Como informante es una persona ecuánime, que trata de ofrecer su información con objetividad, a su manera, sin torcerse en la expresión de sus dolorosas y peregrinas vivencias. Un informante sincero y entero, sencillo y recto.

Maribel Mateos - Angel Iglesias y Jose Mateos
Maribel Mateos, Ángel Iglesias, José Mateos (Robleda, 23/08/2005)

 

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