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LA CALLE GRANADILLA, por Román Durán Hernández

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LA CALLE GRANADILLA, por Román Durán Hernández
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A las hermanas Cencerrado de Aller

No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de piel los recuerdos de la infancia, pues sólo cuando somos niños acertamos a vivir con la limpia serenidad de los sencillos.

Así lo viví hace unos días, cuando coincidí en la cafetería Plaza con antiguas vecinas de la Calle Granadilla (las hermanas Cencerrado), pasando un rato muy agradable evocando los recuerdos de la infancia.

La gran verdad del mundo es el paso del tiempo. Y es muy posible, sin embargo, que esa realidad cuya evidencia hoy compruebo, en mi ha tenido un relieve menos acusado, pues si cuando era joven solía ser siempre el más joven de los grupos que frecuentaba (muchas veces mis amigos eran los profesores a punto de jubilarse), ahora que estoy en el declive, suelo ser ya el más viejo de los grupos que frecuento. Eso hace que mi primera etapa neutralice la segunda y así me encuentro sin diferencias muy acusadas entra aquel punto de partida y este casi punto de llegada al que me aproximo.

Sea como fuera, allí nos encontramos los antiguos amigos de una vecindad que parecía una familia, que me transmitieron un calor cordial que me reconforta en estos tiempos ya un tanto fríos para mí.

El reencuentro con mis antiguas vecinas hizo que pasara por delante de nosotros una especie de película retrospectiva, que va desde aquellos primeros juegos infantiles, pasando por tantas y tantas cosas que no no sé si fueron realidad, o son fruto de la imaginación, pero que algunas me parecen ya tan lejanas como si en tiempos de Chisdasvinto hubieran acontecido. Contra ello me rebelo muchas veces, pero siendo consciente de que para nada sirve.

El Reencuentro hizo que surgiera ante mí todo un pasado de recuerdos, con la melancolía natural de las cosas que fueron, pues es ley del espíritu que los pasajes del recuerdo estén iluminados con luces crepusculares. Sobre todo para quienes hemos entrado en el Otoño de la vida, esa etapa en la que el recuerdo ilumina con su apacible luz interior los más amables secretos de nuestra memoria. Es precisamente a través del recuerdo cuando respiramos, como por aire mágico, el perfume de nuestras antiguas rosas. Es esa etapa en la que la ilusión existe todavía, pero la sonrisa va siendo cada vez más discreta y con el tiempo va adquiriendo una cierta dulce gravedad.

En medio de este maremágnum de melancolías quisiera aprovechar para dedicar un emocionado recuerdo a todos aquellos vecinos de la Calle Granadilla que se fueron quedando en el camino. Desde el recuerdo, y sobre todo desde el sentimiento, quiero decirles:

“Ahora siento eslabones de cadena,
encadenando sueños que bendigo;
y cien mil pensamientos que revivo
en mi inútil vivencia que resuena

Remachando eslabones de mi pena,
por mi curva, la senda de un mendigo,
extendiendo la mano a algún amigo
para vivir los dos en mi verbena.

Quiero ser del camino el caminante,
de los buitres de su alma el alimento
si me prestan pedazos de su tiempo.

Mi vida no es mi vida ni un instante,
su muerte no es su muerte ni un momento,
nuestra pena sea mi pena todo el tiempo.”

Los que quedamos de la Granadilla somos unos jubilatas. Pero nadie piense que la jubilación es el final de nada. Si acaso es el final de una etapa. Pero el final de una etapa es sólo el comienzo de otra y así es como la vida adquiere sensación de continuidad.

En el jardín de dios nada tiene fin. La rosa nace y se mustia, pero florece una y otra vez. Las estaciones vienen, se marcha y vuelven, y en esa sucesión radica la verdad. La jubilación es como una nevada momentánea que sólo se derrite cuando el calor del corazón es capaz de poner en funcionamiento los motores de nuestro ímpetus y de nuestros entusiasmos.

Os deseo que continuéis manteniendo la ilusión, pues sin ilusión se vive sólo para el tiempo, y lo que vive para el tiempo y no sueña eternidades muere también con el tiempo. Y si alguna vez surgiera el desánimo, que sea pasajero. Que recuperéis el equilibrio y volváis a la brecha, haciendo vuestras las palabras de Machado: “Creí mi hogar apagado, revolví las cenizas y me quemé las manos”.

Como esto de evocar el pasado nos lleva a un sentimentalismo, tan distinto y tan distante de los verdaderos sentimientos, lo único que se me ocurre para terminar, es que cuando volvamos a encontrarnos, brindemos para que la amistad, el más noble sentimiento humano, permanezca por encima de nuestros éxitos y de nuestras contrariedades.

Un abrazo: Román Durán Hernández

1 Comentario

  1. Granadilla 10:49, may 07, 2018

    Muchas gracias Romàn,cuánto me alegro de que te decidieras a escribir sobre nuestra inolvidable calle y muchísimo más que nos lo dedicaras en recuerdo de aquel buen rato que nos hiciste pasar…ojalá podamos repetir otro ratito.

    Reply to this comment

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