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LA CRISIS, por Román Durán Hernández

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LA CRISIS, por Román Durán Hernández
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Cuando todavía andábamos con la peseta y había una crisis, la peseta se devaluaba y todo quedaba arreglado. Ahora, cuando hay crisis hace que suban y bajen las primas de riesgo sin que nadie sepa qué es eso. Pero ustedes tranqui, que eso son disputaciones metafísicas que se traen los políticos y los ecónomos para tenernos en un vilo.

Si uno se atiene a las noticias, somos paupérrimos y estamos en la ruina. Ayer nos acostamos en la villa del pelotazo y hoy nos hemos levantado en la chabola del lumpen, como cuando España se acostó monárquica y se levantó republicana. Pero ya digo que todo eso son síntesis históricas, simplificaciones de los políticos y, ahora, sutilizas y manías de los economistas, que están llenos de manías.

Pero sale uno a la calle, compra el periódico, desayuna unos churritos, se corta el pelo, y todos sigue igual, los precios son los mismos, la vida no ha cambiado y el barbero sigue hablando del Atlético, que es lo bueno. Dicen que a la larga notaremos los efectos, pero cuando principian a notarse los efectos de cualquier devaluación, de cualquier crisis ya estamos en otra revaluación, de modo que todo se compensa.

La economía, que parecía la cosa más seria del mundo, ocurre que fluctúa todos los días en la Bolsa, como la febrícula de un histérico, y como eso no se corresponde con el valor sólido de las cosas. Llevamos ya mucho tiempo convencidos de que las finanzas son tan volubles y versátiles como Ana Obregón en el amor. La economía es a nuestro tiempo lo que la teología a los tiempos de Trento. Una materia maleable, incoercible, una coña. Las devaluaciones o revaluaciones son buenas o malas según quien las haba, y no hay más que leer los periódicos para verlo. Yo no creo en la economía porque no la entiendo, y ya dijo el clásico que “no entiendo nada que no se pueda dibujar”.

La peseta la dibujaban en concreto los humoristas gráficos, hecha una braga. Ahora los economistas dibujan la prima de riesgo en abstracto, en unos gráficos primorosos, con rayitas y ángulos que suben y bajan. Pero todo esto no tiene nada que ver con la calle, con la vida, con la gente.

Los taxis no han subido sus tarifas y las putas tampoco, según me dice un amigo que frecuenta el honrado gremio. Un día nos amenazaron con que venía un “viernes negro” una especie de terremoto, y ocurrió que me salió más barato que otros días, pese a cenar un restoran con invitación a una chorva. Cada vez que se devalúa algo, a mi me sale más barato el alterne y descorche, lo cual que soy un ciudadano que va en contra de la marcha económica del país, y no sólo en eso, claro. Pero pienso que eso le ocurre también al personal.

Lo de la Bolsa es dogma de fe, que la Bolsa tiene algo de catedral bizantina del dinero, que es la cosa más invisible del mundo, después del Santísimo Sacramento del Altar. En la Bolsa se celebran todos los días unas misas negras por el oro (resplandeciente simetría con los ritos de la Iglesia), pero eso sólo debe afectar a los fieles en los bueno y en lo malo, a los que cortan el cupón o invierte en el Tesoro, a los que se juegan las joyas y el anillo de la Otra en una operación bursátil. Nosotros, los peatonales debemos seguir nuestro camino, comprar un décimo, hacer la primitiva y la evolucionada, vivir al día como siempre vivieron los españoles, pues los muy listos saben que después de una “viernes negro” siempre viene un sábado con sol.

 

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