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Actitudes contrarias a la aplicación de la Ley de Memoria Histórica (10): Unamuno y los árboles que impiden ver el bosque de las víctimas franquistas, por Ángel Iglesias Ovejero

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Actitudes contrarias a la aplicación de la Ley de Memoria Histórica (10): Unamuno y los árboles que impiden ver el bosque de las víctimas franquistas, por Ángel Iglesias Ovejero
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La prensa de Madrid, y en concreto El País (07/05/18 y 10/05/18), se ha venido interesando estos días por el famoso acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, con el enfrentamiento de Unamuno y Millán-Astray en el contexto de la celebración del día de la Raza. Nosotros lo habíamos evocado de pasada en nuestras “croniquillas del verano sangriento” (12/10/2016), por la relación que pudiera tener con la memoria histórica. Ahora resulta que, como era de temer, aquel hermoso discurso de D. Miguel y los gritos salvajes de aquel general, al menos en la forma, serían “historia decorada” sobre un encontronazo básicamente cierto. Severiano Delgado habla de “mito” en un opúsculo (“Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca”, Academia.edu), siguiendo en parte (“hacia la leyenda y el mito”) y alejándose a la vez en la valoración que Jean Claude y Colette Rabaté conceden al hecho (En el torbellino: Unamuno en la guerra civil, 2018).

En sustancia, Delgado considera que es imposible reconstruir la literalidad del discurso de Unamuno en aquella ocasión, silenciado por la prensa franquista y aireado por la prensa de la zona republicana a partir de las noticias y crónicas publicadas en Francia por enero de 1937. Con esta información Luis Portillo Pérez, profesor suspendido de Derecho en la universidad salmantina y funcionario de la República, habría construido un relato titulado Unmuno´s Last Lecture, publicado en diciembre de 1941 (Horizon, revista literaria, pp. 394-400). Para Delgado, el texto está pensado como una representación teatral que debía escenificar la lucha entre el Bien y el Mal, después el historiador Hugh Thomas lo utilizó y otros lo imitaron, a raíz de lo cual, concluye: “todavía en nuestros días se si[gue] considerando el discurso de Unamuno escrito por Luis Portillo como palabras textuales del rector de Salamanca”. Luis Castro, por su parte, en un trabajo inédito propone una versión de los hechos, sin reconstrucción de la oralidad, lo cual obviamente no es lo mismo que con ella.

Según la crónica de El País, en el coloquio sobre “Unamuno en la guerra civil: entre historia y mito”, que incluía la presentación del libro de J. C. Rabaté y su esposa el día 9 de mayo en el Instituto de Cervantes (Madrid), salió a relucir esta exhumación del discurso de Unamuno, escrito por otro cinco años después de su muerte. Los autores insistieron en la transcendencia del acontecimiento, estimando que la prestación del Rector era una especie de “Yo acuso” contra Franco, análogo al alegato de Émile Zola, en forma de carta abierta dirigida a Félix Faure, presidente de la República Francesa (publicada en L’Aurore el 13 de enero de 1898), para denunciar el caso del capitán Alfred Dreyfus, de origen judío, acusado de alta traición en favor de Alemania y por ello condenado a cadena perpetua, sin que hubiera revisión del juicio, a pesar de que se probara su inocencia. Para dichos autores en aquel acto de Salamanca, Unamuno dio pruebas de verdadera “resistencia”. El periódico menciona a otros tres participantes en el coloquio: el escritor Andrés Trapiello, que citándose a sí mismo recordó que con aquel episodio Franco “perdió la segunda batalla propagandística”; el director de cine Manuel Menchón, que en La isla (2015) había tratado del destierro de Unamuno en Fuerteventura (1924), por obra de la dictadura de Primo de Rivera; y Octavio Ruiz-Manjón, especialista de la historia republicana, quien, refiriéndose al estudio de S. Delgado, sentenció: “no cambia nada de lo sabido”.
Miguel de Unamuno fue un gran escritor polifacético y un gran maestro, incluso para quienes no asistieron a sus clases. Nadie lo niega. Por ello tampoco necesita ser adornado con plumas ajenas ni aureolas de mártir o atributos de héroe. Para esto último habría que remitirse a los hechos y dichos de condena, conocidos, explícitos y realizados en tiempo oportuno, lo cual no es el caso. La ocasión ideal para una acusación de tal calibre contra Franco y sus compinches hubiera sido el 19 de julio, cuando se proclamó en la plaza mayor de Salamanca el estado de guerra y (por algún grito y un disparo) un pelotón de soldados disparó contra la población civil, causando once víctimas mortales. Don Miguel no se dio por enterado y prefirió callar, a sabiendas de que el que calla otorga (como se pone en su boca en la susodicha versión del discurso). Incluso el silencio en aquel momento hubiera sido un mal menor, pero caucionó explícitamente la rebelión militar. Aceptó el acta de concejal militarista y el nombramiento de rector, cuando en vista de su adhesión al Movimiento, Azaña se lo retiró, mientras que las autoridades republicanas, provinciales y municipales, así como los responsables de partidos políticos y agrupaciones sindicales fueron destituidos, detenidos, procesados y, más o menos pronto, ejecutados o presos en cumplimiento de sentencias de infames consejos de guerra, o eliminados en sacas extrajudiciales.

Nos repetimos, para recordar que cuesta trabajo creer que el sabio rector, poeta y filósofo, pudiera haber tomado a aquellos esperpénticos militares por los representantes y salvadores de “la civilización occidental”, según sus declaraciones y discursos. Cuando se celebraba “el Día de la Raza” en la universidad de Salamanca, ya habían sido eliminados por sentencia de consejo de guerra las autoridades y líderes políticos de Ciudad Rodrigo (que estaban lejos de ser todos personas incultas y, lo que es más importante, no tenían antecedentes penales), entre otros, cuya ejecución no podía pasar desapercibida, porque se efectuaba cerca del cementerio salmantino, con estruendosas descargas en la madrugada. En cuanto a las ejecuciones extrajudiciales y los hallazgos de centenas de cadáveres, eran del dominio público. Don Miguel no había condenado, públicamente al menos, a los responsables y ejecutores de la represión, ni a los mentores eclesiásticos y civiles del nacional-catolicismo que se fraguaba en la ciudad del Tormes. Y tampoco después (y esto ya era cantar mal y porfiar), a juzgar por su manifiesto de finales de 1936, parece que renunciara a la idea de que la salvación de España estaba en manos de los militares (“el movimiento salvador que acaudilla el general Franco”, “hay que salvar la civilización occidental cristiana [contra] las inauditas salvajadas de las hordas marxistas”, etc.). Probablemente murió sin percatarse de que Franco y Millán-Astray eran lobos de la misma manada.

Es posible que las palabras de Unamuno en el acto de marras, con discurso canónico o apócrifo, permitieran a los republicanos ganar una batalla propagandística, después de muerto el héroe. Pero esto no devolvió la vida o la libertad a las víctimas (incluidos los pobres, analfabetos e ignorantes, que no lo eran por elección propia ni por ello eran forzosamente unos bárbaros asesinos, como sí lo eran sus ejecutores y los mandatarios de éstos, en la provincia de Salamanca) ni permitió al ejército de la República ganar la guerra (y con ello evitar la multiplicación de los crímenes franquistas). Para la valoración del hecho hubiera sido conveniente la presencia de S. Delgado en el coloquio, pues como antiguo presidente de la Asociación de Salamanca por la Memoria y la Justicia, sabe a qué atenerse en lo tocante a víctimas y a la recuperación de la memoria histórica republicana, en la que ha sido casi pionero en la provincia de Salamanca, en colaboración con Santiago López (Historia de Salamanca. 5: Siglo XX, Centro de Estudios Salmantinos, 2001, 219-234). Él es de las personas que han vivido para eso, a diferencia de determinados opinantes, escritores y estudiosos que, eventualmente, viven de eso.

No resulta nada anodino dar por sabido que en la historiografía guerracivilista se mezclen la literatura, que es un arte, y la historia, que, según ilustres colegas es o aspira a ser una ciencia. Pero, a mayores, sorprende que esta largueza solo se aplique a la información oral sobre personajes ilustres y no a los testimonios de los pobres campesinos y personas sin renombre (sospechosos de fabulación, aunque fueran parientes cercanos o vecinos de las víctimas), sin los cuales no se puede ir muy lejos en la identificación de las personas represaliadas. Esto es materia narrativa para algunos novelistas, como es su derecho. Y por tratarse de obras de ficción (aunque escasamente elaborada), no hay en ellas verdad ni mentira más allá del universo de representación que ellas mismas establecen, pero sí hay aspiración a la verosimilitud. Y por esta vía, de un modo inocuo en apariencia, se las arreglan para que, en sus ficciones, sean pintados como traidores o desaparecidos los presuntos héroes republicanos y como fanáticos y egocéntricos quienes se ocupan de la memoria histórica, intransigentes con los colegas de ascendencia fascista. En lo cual tampoco muestran una buena fe a toda prueba, porque los historiadores académicos no se han interesado mucho por la represión franquista y los mismos escritores tienen facilidades para publicar y promocionar obras exculpatorias de sus abuelos cuando fueron adictos al Movimiento y se adaptaron a los métodos del terror de estado.

Se tiene la impresión de que con motivo del libro del matrimonio Rabaté, cuyo mérito en modo alguno se pone en duda, han aflorado actitudes arraigadas en la política de la memoria consensuada en la Transición, cuyo principal efecto fue la negación y el olvido de las víctimas de la represión franquista, que en su inmensa mayoría siguen sin reconocimiento alguno hasta el día de hoy. El sabio D. Miguel, en cierto modo, viene a ser considerado un precursor de la teoría de la “equiviolencia” (término que R. Robledo emplea para referirse a la teoría del reparto de responsabilidad de los hechos en 1936 entre “los dos bandos” por igual), cifrada en una de sus habituales piruetas verbales (“los hunos y los hotros”), como si con esto ya estuviera todo explicado, pero dejando de lado la evidencia de quiénes fueron los que declararon la guerra.

En este caso, como en otros, el aparente ecumenismo en el reconocimiento de algunas figuras señeras del legado republicano sirve para tapar las vergüenzas en la aplicación de la ley de memoria histórica. Se instrumentalizan y agrandan los símbolos humanos para que, como árboles frondosos, impidan ver el bosque del que ellos mismos forman parte, pero masivamente constituido por individuos sin renombre e incluso sin nombre conocido.

 

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