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PRIMERAS JORNADAS IGLESIA, SOCIEDAD, CULTURA. 250 AÑOS DEL SEMINARIO DE CIUDAD RODRIGO. EXPERIENCIAS DE LOS AÑOS 1945 Y SIGUIENTES, por José Sánchez González

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PRIMERAS JORNADAS IGLESIA, SOCIEDAD, CULTURA. 250 AÑOS DEL SEMINARIO DE CIUDAD RODRIGO. EXPERIENCIAS DE LOS AÑOS 1945 Y SIGUIENTES, por José Sánchez González
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Primeras jornadas Iglesia, Sociedad, Cultura. 14 de junio de 2018. 250 años del Seminario de Ciudad Rodrigo. Experiencias de los años 1945 y siguientes

Se me pide una aportación a la celebración de los 250 años de la fundación del Seminario diocesano de Ciudad Rodrigo. Mi aportación no puede ser otra que la que se expresa en una sencilla, pero muy expresiva palabra: GRACIAS.

Gracias a Dios que en mes de febrero de 1945, por la admiración que produciría en mi abuelo Manuel el testimonio de su sobrino D. Eduardo Sánchez Herrero, concibió el proyecto de tener también un sacerdote entre sus nietos. Como mi hermano Nicolás era el mayor, al que mi padre necesitaba para la agricultura, y el más pequeño Mario Zacarías tenía sólo tres años, se centró en mí la propuesta.

Mi padre se encontró con el Párroco, D. Rafael Tapia, hablaron de la propuesta y, aquella noche, cuando vino mi padre a cenar y ya estábamos a la mesa, traía la noticia de que yo ingresaría en el Seminario en el próximo mes de septiembre y que habría de empezar como monaguillo al día siguiente. Me sentó tan mal, que tiré la cuchara empecé a llorar y ya no cené.

Pero, al día siguiente, a la hora convenida, fui a la iglesia parroquial y me quedé a la puerta. Apareció Saturnino Sánchez, monaguillo, me preguntó qué hacía a la puerta y le dije que me habían mandado a ser monaguillo, “Pues entra conmigo” – me dijo – y … hasta ahora.

Durante el recreo de un miércoles visité a D. Eduardo en casa de su hermano Ángel y me hizo la propuesta de ingresar en el Seminario de Ciudad Rodrigo, que no me acuerdo de conocer que existiera, al comenzar el curso, en septiembre. Me regaló una estampa de San Luis Gonzaga y me dijo que estaba en la capilla del Seminario. Yo pensaba que vivía aún en el Seminario. Tan cerca me lo imaginaba.

Después de una breve preparación por el sacerdote del pueblo, me presenté a examen. Me encontré en el claustro con el Sr. Rector D. Eusebio, que me hizo varias preguntas sencillas, a las que respondí, con diferente resultado.

En la fecha prevista para el comienzo del curso hice el camino con mi padre en un burro. Éste tropezó y caí sobre la carretera, no asfaltada, y quedé marcado en la cara por el pavimento de zahorra. Así entré en el Seminario.

Todo era para mí nuevo: El lugar, los compañeros, las comidas, el orden, el estudio, las clases, la piedad, los superiores y profesores… Pero, ni el frío que pasamos, ni la escasez de alimentos, ni la lejanía de padres y hermanos, que, en algunas épocas, sólo podían visitarnos una vez al mes, me quebrantaron. Cuando me preguntaban si había llorado alguna vez, por la lejanía de la familia, contestaba sinceramente que no. Me extrañaba que me hicieran esa pregunta.

Las dificultades que se derivaban del encierro, de la dureza del clima, de la escasez de la comida, no distinta de la que generalmente predominaba en aquella época, del orden, de la disciplina, de las exigencias del estudio eran superadas por el trato cordial de los superiores y profesores, por la buena relación y el trato fraterno de los compañeros, por la vida religiosa, acompañada por la Eucaristía y la práctica de la penitencia, por el buen resultado en los exámenes, aunque a veces los deseos eran menoscabados por los logros.

Con el tiempo uno evoluciona y la misma realidad es percibida de distinta forma, que también cambia. Cambiaron los formadores, los profesores o pasaron a enseñar diversas materias. Pero tengo la impresión de que todos, en general, dieron de sí mismos lo mejor que tenían y no se beneficiaron de su cargo, sino que lo ejercieron con sacrificio y generosidad.

Lo mismo puedo decir de los que ejercieron el delicado encargo de dirigirnos en los asuntos del espíritu. No sé si siempre reunían las condiciones exigidas por tan delicada tarea; pero ponían de su parte todo lo que tenían y hoy tengo la oportunidad de agradecérselo.

El ejemplo de trabajo esforzado, de generosidad y de ofrenda de sí mismos en el servicio a las personas y a los pueblos por parte de los sacerdotes fue siempre para mí un estímulo en mi camino hacia el sacerdocio, que me sirvió de aliento y de estímulo en los momentos en que me asaltó la duda o el deseo de emprender otro camino.

A medida que avanzan los años, surgen nuevas circunstancias, aparecen también nuevos planteamientos personales y la duda de si el Seminario podrá responder a las nuevas preguntas que uno se plantea. Llegado a este momento, después de ocho años en el Seminario, me encontré en esta situación. Dudé de si podía seguir en el Seminario de Ciudad Rodrigo o si había de intentar reordenar mi vida en otro lugar.

Opté por solicitar el ingreso en el Seminario interdiocesano de San Carlos de la Universidad Pontificia de Salamanca. Doy gracias a Dios por ello, sin que esto signifique una infravaloración del Seminario de Ciudad Rodrigo. Para mí fue la solución de una situación de dificultad en la que yo mismo me encontré.

Los últimos años de mi formación los pasé en el Colegio-Seminario San Carlos Borromeo de la Universidad Pontificia de Salamanca, del que guardo un agradecido y muy positivo recuerdo. Pero no quiero insistir en este punto, pues no corresponde a mi objetivo, ni quiero contraponer lo recibido en Salamanca con lo recibido en Ciudad Rodrigo. Son dos centros distintos; pero con el mismo objetivo. Preparar jóvenes para ser ordenados presbíteros. Ambos han cumplido debidamente con su objetivo. A mí me corresponde dar gracias a Dios por ello.

Esta acción de gracias lo es, muy especialmente por los compañeros que compartieron conmigo trabajo, esfuerzo, sacrificios, amistad y misión y por los sacerdotes que me acompañaron en este largo proceso de pasar de la infancia a la juventud y a la madurez. No quiero resaltar a ninguno, pues estoy seguro de que no acabaría y dejaría fuera, quizás a los mejores, a aquellos, cuyos méritos sólo Dios conoce y los humanos ignoramos.

Sólo quiero hacer mención de los Obispos diocesanos, que he conocido y tratado en este período de mi formación en el Seminario y después: Son D. Máximo Yurramendi y Alcain, D. Jesús Enciso y Viana, D. José Bascuñaña Llópez. Después han venido D. Demetrio Mansilla y Reoyo, D. Antonio Ceballos Atienza, D. Julián López Martín, D. Atilano Rodríguez Martínez y el actual D. Raúl Berzosa Martínez. A todos debo mi reconocimiento y gratitud y con los más próximos por edad y ministerio me une una estrecha amistad y fraternidad.
Mons. José Sánchez González
Obispo emérito de Sigüenza-Guadalajara

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