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PREGÓN DEL MARTES CHICO DE 2018, por Carlos García Medina

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PREGÓN DEL MARTES CHICO DE 2018, por Carlos García Medina
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Pregón de Martes Chico 2018
Carlos García Medina
Ciudad Rodrigo

Buenas noches, señoras y señores, autoridades, amigos.

Le doy las gracias al Ayuntamiento y a los comerciantes y hosteleros de esta zona haber contado conmigo para brindarles mi modesto pregón de esta noche.

No hace falta que les diga que me siento muy honrado, muy orgulloso de poder estar aquí esta noche como pregonero del “Martes Chico”, esa otra exaltación del comercio mirobrigense, que pese a tener pocos años de trayectoria está ya totalmente consolidado, siendo hasta ahora todo un éxito en todos los aspectos: participación, público y ventas, y confío en que mañana será igual o mejor, si cabe, que en ediciones anteriores.

Hace algunos años, en 2005, me propusieron ser el pregonero del Martes Mayor y, lógicamente, acepté y fue una experiencia muy satisfactoria, pero ser ahora pregonero del “Martes Chico” la verdad es que me toca la fibra más sensible dado que yo siempre me he identificado con esta zona y todo el Arrabal de San Francisco, no en vano nací muy cerca de aquí, en la calle Cárcavas, una lejana madrugada del año 58 y mis abuelos paternos y maternos vivían en la calle Florida y San Fernando, respectivamente, y en sus respectivas casas pasábamos las estancias vacacionales de Navidad, Carnavales, y todo el mes de agosto más alguna estancia extra que por uno otro motivo suponía una vacación más; por lo tanto, aunque vivíamos fuera, aquí pasé muchas temporadas de mi infancia y adolescencia, y como se suele decir uno pertenece “al universo de su niñez”, y este fue el mío.

Por lo tanto, todas estas calles, estos rincones, así como los jardines de La Florida y La Glorieta, o las parroquias de San Andrés y San Cristóbal, fueron el paisaje, el escenario de aquellos lejanos años de la niñez, donde los críos sólo aspirábamos a jugar de día y de noches, todas las horas posibles, muchas veces con los únicos y mejores juguetes que no son otros que la ilusión y la imaginación.

Años más tarde, y ya de adulto, durante seis años viví en la próxima calle de Lorenza Iglesias, aunque a mi me gusta más llamarla calle del Rollo, allí donde había estado ubicado el antiguo horno de la Paquilla. Pasé allí unos años bonitos y bohemios y allí tuve mi primer estudio. Eran aquellos ya lejanos años movidos años 80, donde todos y todo con la recién estrenada democracia parece como si nos hubiéramos transformado de repente, para mejor y con más alegría, y más abiertos.

Ahora, durante este tiempo actual en el que tanto se habla de recuperación y tanto han proliferado las ferias y mercadillos yo les recordaré uno muy tradicional que hubo aquí mismo, en la calle del Rollo, y que para algunos de ustedes probablemente conocieron mejor que yo, me refiero al mercado que se hacía todas las mañanas del domingo, con esa algarabía formada por vendedores y compradores, sobre todo los hortelanos de la Socampana mirobrigense, ofertando las frutas y hortalizas de las riberas del Águeda, aunque también, de vez en cuando, aparecían por aquí hurdanos con cerezas y fruta de primavera y castañas e higos pasos en el otoño; igualmente se dejaban ver algunos serranos con sus cargas de naranjas y otros frutos traídos de la Sierra de Gata, e igualmente se mercaban quesos caseros, huevos, caza y peces entre otros productos de esta tierra.

Siempre me gustó este mercadillo dominical, que yo observaba desde el balconcillo de mi casa, hasta que un domingo cualquiera el silencio se apoderó de la calle del Rollo y se dejó de hacer este mercado, ignoro los motivos pero así fue, claro que de esto hace ya cerca de 40 años, pues uno tiene mucho recorrido a sus espaldas.

Dirá alguno de ustedes que si no me voy a enredar con las antiguas leyendas y la historia de aquí. No, no se preocupen que seré breve y aunque este Barrio tiene mucha, muchísima historia, pues aquí surge el primer asentamiento humano, la primitiva cerca y la primera catedral en el siglo XII. No voy a meterme en esas profundidades, pero sí les hará una pequeña semblanza, un breve recordatorio de cómo ha cambiado, cómo ha evolucionado todo y cómo era la vida donde mi perspectiva, claro está, en estas calles, por aquellos años, para empezar más poblados, pues había muchas familias numerosas o al menos esa es la percepción que yo tenía, pues abundaba la chiquillería, y esta siempre estaba en la calle, imparable y ocupando todos los espacios, todo, y por supuesto los jardines de La Glorieta y La Florida. Por cierto, tenía el Consistorio la costumbre de candar dicho parque por la noche, pero a los críos nos daba igual pues saltábamos y allí teníamos nuestro pequeño y nocturno paraíso, y cuántos y cuántas no se darían allí los primeros y apasionados besos furtivos en aquellas adolescencias tardías de entonces.

Igualmente recuerdo que allí, en una esquina y junto a la avenida de España, hubo una pescadería, que luego se transformó en tienda de pinturas y papeles pintados y terminó siendo una casa de lenocinio, un burdel, vamos, que tenía el nombre de “La casa de la pradera”, para que luego digan que no estábamos avanzado.

Bromas aparte, recuerdo y añoro también aquellos seranos de entonces, en todas estas calles se salía en el buen tiempo, por las noches, a pasear, “bajar la cena”, o se sacaban las sillas y el botijo a la puerta, y como se decía entonces “a tomar el fresco” y de paso a comentar algún chascarrillo de las cosas frívolas o notorias ocurridas durante la jornada, y lo mismo ocurría durante el día, siempre había vecinos deambulando de acá para allá con sus quehaceres y sus rutinas, como lo era el olor penetrante del cocido en casi todas las casas, o el sonido de las campanas en los vecinos cenobios de las Claras y las Carmelitas, ese tañido por las tardes marcaban un antes y un después, pero había otros sonidos ya perdidos como el de los charlatanes, o los afiladores callejeros con sus chiflos, la churrera, los lecheros o los cisqueros.
Repito, son recuerdos inolvidables de otro tiempo, ni mejor ni peor, pero sí distinto y donde muchas cosas ya han pasado a mejor vida como los alfareros, los cacharreros tan populares que tenían su reducto junto a San Cristóbal, o los jareros que veía con admiración pasar en mi niñez, con esas recuas de burros cargados de leña menuda “la Hornija”, para alimentar los hornos de las panaderías. Y también, y por qué no decirlo, me impresionaban aquellas manadas de perros vagabundos, perros callejeros que deambulaban por las calles y donde siempre había algunos galgos. Son estampas que el tiempo no ha logrado borrar, solo les ha dado una pátina sepia, pero siguen muy vivas.

Como sigue vivo en mis recuerdos el entorno del Árbol Gordo, por aquellos años un olmo majestuoso y frontera natural de la chiquillería entre la Ciudad más solemne y hermética y el Arrabal más abierto y modesto, con las Tres Columnas, que entonces y por su ubicación a mí me parecían mucho más grandiosas y legendarias que ahora.

Recuerdo la zona de Los Tilos, donde, y como ahora, la gente buscaba el descanso bajo su sombra y allí mismo unos antiguos urinarios de ladrillo, que desaparecieron hace ya muchos años y que de existir ahora probablemente se les daría mucho mérito.

Aquella era una zona lúdica, punto de reunión y donde entre otros se instalaban el carro de Ramona con sus deliciosas chucherías, alguna chochera y el kiosko modernista del señor Felipe, kiosko de madera gris azulada y un tanto ya combado por los años, y allí entre el Sábado Gráfico, o El Alcázar, el ABC o El Caso, comprábamos Tebeos o regaliz, y cerca, muy cerquita de este, otro kiosko, el de Maura, que servía para los más mayores cambiaran novelas de Marcial Lafuente Estefanía y ellas, las chicas, soñaran románticos romances con las sobadas fotonovelas de Corín Tellado.

Sí, aquel era un muy distinto, de paella y cine los domingos en el Teatro Nuevo, el Cine Madrid y paseos medidos y rutinarios con los mayores por la muralla, alamedas o La Moretona, porque todo tenía un ritmo muy distinto y Ciudad Rodrigo, y más concretamente, estos barrios tenían su idiosincrasia propia que solo durante las festividades y el Carnaval se alteraba, con la salvedad de los martes, pues todos los comarcanos venían necesariamente a mercar y no digamos cuando llegaban alguna de las cuatro ferias anuales.

Otro recuerdo que tengo muy presente es el de aquellos inviernos tan largos de entonces, cuando se solía candar el río, y siempre se helaban las “encañerías” de la fuente de San Cristóbal y del Árbol Gordo, llenas de chupiteles colgando. También por las mañanas, y a primera hora, era frecuente ver a las amas de casa afanarse con los braseros de cisco, atareadas con los soplillos a esa temprana hora en la que pasaban los churreros pregonando su suculenta mercancía.

Como entonces las grandes superficies comerciales todavía no habían llegado hasta aquí había, lógicamente, muchos y múltiples establecimientos pequeños y servicios varios que atendían no sólo al vecindario de Ciudad Rodrigo, sino a la mucha población comarcana que tenía que venir hasta aquí para hacer sus compras.

Como esta fiesta de mañana, no es sino una exaltación del comercio y la hostelería a continuación, y aunque se me quedaron bastantes más en el tintero, citaré algunos de los establecimientos comerciales, uno que todavía afortunadamente sobreviven a día de hoy y la gran mayoría desaparecidos hace ya algunos años. Así, y a vuela pluma, entre los que recuerdo estaba en la esquina el señor Domingo, zapatero, hombre muy metódico que durante años y sistemáticamente regaba y cuidaba los plataneros de la calle del Rollo; la señora Martina o la señora María Villares, mujer muy hacendosa que tricotaba y cosía, tenido en su puerta y en su ventana multitud de muñecos y muñecas vestidas con las ropillas que ella les hacía y además muchas jaulas con canarios, que siempre, siempre, estaban cantando. También recuerdo la lechería de Orencio, algunas barberías y zapateros como Chago, y el estanco aquí próximo en la calle Laguna, allí me mandaba mi padre a comprarle los Celtas, y debían ser muy piadosos los estanqueros pues siempre había allí una capilla portátil, de esas con la Virgen o el Sagrado Corazón de Jesús que se llevaban para rezar de casa en casa.

Luego, en cuanto a comercios de ultramarinos destacaba el de “La Parra”, que te surtía de todo, era una abacería donde además de comestibles podías encontrar otros productos; estaban las tiendas de ultramarinos de Manolo y la señora Consuelo, “La Peseta”, “La Muñana”, el de Garduño, el comercio de Filo y el de la señora Águeda, ya hacia la zona de San Andrés, y luego, también el de Chuchi, haciendo esquina con la calle Cárcavas.

Igualmente, estaba la droguería de la señora Paca y Julia y la de Lobato, que también vendía pinturas y diluyentes. Luego, para ciertos días festivos estaba la pastelería – confitería La Glorieta, con sus característicos merengues y como el pan no podía faltar entre otras estaban las panaderías del rincón, de Benito o de Fausto, donde comprábamos y degustábamos aquellos apetitosos cuartales de antaño.
Tampoco puedo olvidarme de la farmacia de Solórzano, ni del comercio de tejidos “El Paraíso”, que todavía sigue activo y en la misma ubicación, al principio de la calle de Santa Clara, así como la mercería de Uribe, de obligada referencia para las muchas costureras de entonces.

Por supuesto había varias carnicerías, como la de Loreto; recuerdo que colgaban en la calle los cabritos sacrificados sin desollar, sin embargo de pescaderías no recuerdo, pero sí me acuerdo que de vez en cuando pasaba una señora con un carretillo ofertando sardinas y chicharros, y también a los pescadores de aquí, que vendía por la calle en sus cestos anguilas, barbos y bogas.

Ha pasado tanto tiempo de todo esto que a veces uno confunde la realidad con la ficción y tienes que contrastar tus dudas con otras personas, para poder reafirmarlo, pues la memoria a veces es juguetona y hace que divaguemos y sobre todo nos lima las aristas en los recuerdos más duros de la vida.

He comentado ya algunos, sólo algunos de los establecimientos comerciales, pero me falta los bares y cafés de aquel entonces, que no eran muchos y aun así se me olvidarán algunos. Por cierto, que todavía algunos siguen abiertos y ofertando sus servicios, como es el caso de “Camarosa” donde yo vi y jugué por primera vez en una de aquellas máquinas de luces y bolas, de petaco que se llamaban entonces, allí se iba a diario y los festivos la gente endomingada acudía a tomarse el vermout, y por supuesto estaba el mítico “Café Moderno”, entonces lleno de vida y epicentro social de toda esta zona, sobre todo los hombres que allí se reunían para echar la partida, leer el periódico o tomar café y donde también se celebraban banquetes de bautizos, bodas y comuniones. Allí se reunían para deliberar los miembros del Bolsín Taurino, con aquellos chavales aspirantes a la gloria, llenos de gallardía que nerviosos y hieráticos hacían el largo paseíllo hasta la Plaza. Recuerdo que toda la chiquillería íbamos detrás de aquella taurina procesión. El Café Moderno fue desde hacía muchos años el vivo corazón de todo este contorno. Parece que estoy viendo a Teo, su propietario, con los camareros siempre bien dispuestos a servir al cliente.

Pero lógicamente había otros bares y tabernas, por ejemplo “El Templete” de La Glorieta, que fue un bar que regentó algunos años el buen alfarero Nemesio, o el “Bar Tole”, donde en invierno daba Isabel patatas asadas, luego abrió el Riche, y luego estaban Las Cubas.

Estaba “La Viviana” en la calle Peramato, lugares donde sobre todo se vendía buen vino de Mogarraz, era un tinto áspero y oscuro, fuerte, y la gente le daba coba a los chatos, perros o charras, que es como se pedían entonces. En estos disfruté de buenas y desengañadas meriendas a base de productos de la tierra, y en estos igualmente se venía a comprar el vino para el gasto de casa a granel. También solíamos ir al bar de Los Camperos a tomar peces fritos. Años más tarde se abrió El Nido, El Copacabana y alguno más que no recuerdo, así como el Fanky, un bar de copas aquí mismo en la calle Laguna, donde además de tomarte un Mahatan o un Lugumba, podías escuchar la mejor música del momento, de los años 80. Y en este recordatorio tampoco puedo olvidarme del bar de Fidel, haciendo esquina con la calle San Antón y donde durante algunos años nos reuníamos un nutrido grupo, con el pretexto de una tertulia, para comernos una sustanciosa liebre o lo se terciara.
Otro buen acontecimiento comercial, y este a raíz de que se bajara para aquí el instituto Fray Diego Tadeo, fue la creación de dos librerías, primero fue la Nova-Express y luego la de Garzón, cosa que a mí, muy amigo de los libros y de los papeles, me vino de maravilla.

Podría seguir contándoles mil anécdotas, mil historias de estas calles tan arraigadas en cada uno de nosotros, en nuestra intrahistoria y en nuestro anecdotario personal, pero he preferido ser más breve y hacer referencia a algunos, sólo algunos de los muchos establecimientos comerciales y bares que había en este contorno hace unos años cuando yo vine a vivir a Ciudad Rodrigo y fui vecino de esta calle del Rollo. Antes existieron otros y ahora en el momento presente existen otros nuevos, y así secularmente gracias al esfuerzo de comerciantes y hosteleros este barrio tan nuestro, y por qué no decirlo, tan hermoso, sigue vivo, muy vivo, mirando hacia adelante.

Ahora, en estos tiempos que corren, donde existe tanta competencia desleal, tanta pseudooferta y tanta promoción vana, yo les pido que hagan un poco de reflexión y apuesten por el comercio local, gracias al cual y a su esfuerzo diario gozamos de una buena calidad de vida; compremos aquí, invirtamos en nuestra tierra, en nuestro barrio, en nuestros establecimientos vecinos. Sólo así podremos los mirobrigenses encararnos al futuro con optimismo y contribuir para que Ciudad Rodrigo, nuestra querida Ciudad, siga viva.

No quiero entretenerme más, que ahora viene el grupo Back to the Cover, la música, y está una noche muy agradable. Pero no quiero terminar este “pregón del Martes Chico” sin desearles a todos ustedes, a todos vosotros, que tengáis un buen Martes, tanto a los comerciantes y camareros como a los ciudadanos y foráneos que acudirán en buen número.

Que entre todos hagamos una jornada armónica de exaltación de nuestro comercio, y termino diciendo que VIVA ESTE BARRIO, QUE VIVA CIUDAD RODRIGO Y LARGA VIDA AL MARTES CHICO. Y muchas gracias por escucharme.

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