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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (10): José Zato Benito (Fuenteguinaldo y País Vasco), por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (10): José Zato Benito (Fuenteguinaldo y País Vasco), por Ángel Iglesias Ovejero
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Jose Zato en 2005 -rr(José Zato, Fuenteguinaldo, 2005)

Al margen de mi propia familia, José Zato Benito ha sido uno de los primeros “archivos vivientes” con quien he podido contar desde que en 2002 se reanudaron las investigaciones sobre la represión franquista en El Rebollar y su entorno. Él ya estaba rodado en estos quehaceres, sin duda concienciado por los trabajos de recuperación de la memoria en el País Vasco, donde reside desde 1956. Fue a verme en mi casa en compañía de Teresa Sánchez Cepa, hija de Francisco Sánchez Álvarez, alcalde republicano de Fuenteguinaldo, procesado y condenado a prisión en1938 (C.84/38). La conversación fue grabada. Era el 28 de agosto de 2005. Desde entonces ha sido un informante fiel, constante y generoso, siempre dispuesto a compartir su experiencia y la copiosa documentación que ha ido reuniendo, utilizada en nuestras publicaciones (Iglesias, Represión franquista: III. 6.1, VIII.5.3 y apéndices: I.1; “Croniquillas”: 08/10/2016; “Secuelas franquistas”: 25/05/2017
http://www.ciudadrodrigo.net/2016/10/08/croniquilla-del-verano-y-otono-sangriento-de-1936-la-saca-del-8-de-octubre-fosa-del-camino-a-gazapos-necrologio-de-fuenteguinaldo/ y http://www.ciudadrodrigo.net/2017/05/25/secuelas-vigentes-del-franquismo-exilios-y-emigracion-9-la-memoria-de-los-desterrados-republicanos-en-el-so-de-salamanca-fuenteguinaldo/). Todo ello ha sido incrementado con nuevos datos autobiográficos (Fuenteguinaldo, 2018).

Nació en Fuenteguinaldo el 27 de febrero de 1935. Sus padres eran de origen foráneo: Alejandro Zato Salicio, natural de Ciudad Rodrigo, y Eusebia Benito Aparicio, de El Cubo de Don Sancho. Los abuelos paternos, Manuel Zato García y Encarnación Salicio García, residían en Ciudad Rodrigo, naturales de El Saúgo y El Maíllo respectivamente; la abuela materna era natural de El Cubo de Don Sancho y el abuelo desconocido. Los padres y sus respectivas familias, emigrantes o no, no debían de ser holgados propietarios y vivirían del trabajo de sus manos. Al principio el matrimonio de Alejandro y Eusebia vivía en Ciudad Rodrigo, donde tuvieron una hija (Agustina Dolores) en 1933. Después se desplazarían a Fuenteguinaldo. Allí Alejandro ejercía su oficio de hojalatero y su esposa las consabidas “labores” de las mujeres. En dicha localidad nacieron José (1935) y Alejandro (1936), fallecido un año después del asesinato del padre.

José Zato no considera pertinente extenderse en detalles sobre sus ascendentes y parientes colaterales. Prefiere centrarse en el relato que, a partir de la tradición familiar y local, así como de los documentos de archivo que se ha procurado, constituye la representación de la detención y ejecución de su padre. Éste tenía 32 años de edad cuando falleció en el término de Ciudad Rodrigo el día 8 de octubre de 1936, a consecuencia de “heridas de arma de fuego”, sin indicación del lugar donde fue enterrado (RCFG, act. def. 29/04/1944). Había ingresado en la prisión de Ciudad Rodrigo, como “detenido [por orden militar]”, el 7 de octubre de 1936 y salió al día siguiente de madrugada, víctima de una saca nocturna. Figura en la relación carcelaria de los detenidos en esa fecha del 7-8 de octubre (AMCR, Desaparecidos 1936), como “hojalatero” y con sus señas particulares. A José Zato le han contado que a su padre lo detuvieron los falangistas y la guardia civil, cuando estaba poniendo cristales en la iglesia, en presencia de su esposa y de los vecinos. Lo subieron por la fuerza para un camión, junto con otros detenidos, y ya no hubo más noticias de él por parte de quienes se lo habían llevado ni de las autoridades. Al parecer, hubo varios testigos de que a Alejandro y a otros veinte aproximadamente los fusilaron, y arrojaron sus cadáveres a una fosa próxima al monasterio de La Caridad (infra), pero lo más probable es que en tal fecha y lugar fueran ejecutados extrajudicialmente 13 guinaldeses (y el resto en otros lugares y momentos), exhumados en el otoño de 2006 (infra). Alejandro Zato no tenía actividades políticas conocidas, pero el pretexto de la detención fue que, siendo requerido para ello por su oficio de hojalatero, había fabricado un emblema del comunismo, la hoz y el martillo, sobrepuesto a las siglas de la UGT, como remate de la bandera sindical. José conserva este símbolo y ha hecho varias copias.

El necrologio de Fuenteguinaldo asciende a 17 víctimas mortales, dos de ellas indirectas, como un hijo de Alejandro Zato. Los efectos del asesinato de este padre de familia se hicieron sentir al punto sobre los supervivientes, pues quedaron en un desamparo absoluto. El huérfano más pequeño, su homónimo, de seis meses entonces, falleció al año siguiente (26/12/37), con 19 meses. El desvalimiento de estas criaturas y de su madre era parte de la situación de extrema necesidad que afectaba en Fuenteguinaldo a 13 viudas y 32 huérfanos que “no tenían ropa, ni pan ni nada”. Literalmente así se explicaban algunas de aquellas viudas en una carta que, en 1938, dirigieron al gobernador civil militarista, interesándose por el paradero de sus maridos y pidiendo “caridad y compasión”. Eusebia Benito fue una de las seis firmantes del escrito; las otras fueron Magdalena González Morán, Ascensión Carreño, Visitación Medina, Gumersinda Palos y Martina Flores.

José Zato, entonces por su corta edad y más tarde por la inaccesibilidad de los archivos, no tendría noticia de estas demandas formuladas en vano, pues no hubo pesquisa alguna sobre el paradero de los desaparecidos ni “caridad y compasión” para los desvalidos supervivientes. Al contrario, según pudo saber después, hasta 1944 no fue registrado el fallecimiento de Alejandro Zato Salicio, porque anteriormente, para ello, las autoridades locales exigían a la viuda un falso testimonio, afirmando que la muerte de su marido se había producido por una causa “natural”. Ella no accedió. Con ello le impedían contraer segundas nupcias, con Antonio Joaquín Estévez, también viudo. Sin embargo, Eusebia encontró en este hombre bueno una ayuda eficaz para criar a sus huérfanos y José guarda de él un agradecido recuerdo. Solo en los años setenta Eusebia y Antonio pudieron regularizar el matrimonio. La inquina contra la viuda de Alejandro Zato había sido pertinaz y manifiesta cuando más necesitada estaba, tanto que al solicitar en dicho año 1944 un “socorro para el huérfano de la Revolución”, los mismos responsables locales dieron malos informes sobre ella, aunque es muy probable que tampoco habría recibido respuesta positiva a su demanda en el supuesto de que los informes hubieran sido buenos, como se ha comprobado en otros casos.

La niñez de José transcurrió en este contexto de carestía de los productos más necesarios que después de la guerra se extendió a todos los españoles, acentuada en las familias de represaliados republicanos. Sin embargo, no parece que le marcaran los alardes patrioteros de himnos y banderas, habituales en la escuela franquista, a pesar de que en una ocasión en que los niños cantaban el “Cara al sol” en el patio, acertó a pasar por allí su madre, que entró y lo sacó de las filas para llevárselo, sin que hubiera reacción alguna por parte del docente que estuviera con los escolares. José conoció a tres maestros en Fuenteguinaldo, por grados: Alejandro Blázquez Polo (que sería depurado), Justo Sánchez (que también ejerció en Robleda, falangista) y José María Arias. Con ellos, además de aprender a leer y escribir, cursó los estudios básicos, hasta los 14 años, una edad en que los hijos de los campesinos, aun en el supuesto de que hubieran ido a la escuela, ya estaban iniciándose en labores agrícolas y ganaderas. Tomó la primera comunión, que iba precedida de unas dosis considerables de catecismo, y fue monaguillo, lo que en los pueblos y en aquellos tiempos, constituía una promoción escolar. Se llevaba bien con el párroco Rafael Tapia, natural de Boada, quien más tarde le allanaría el camino para irse voluntario al servicio militar (infra).

Al término de la enseñanza obligatoria (que no lo era de hecho para muchos niños del contorno mirobrigense), la perspectiva laboral de quienes no tenían padres solventes o al menos dueños de tierras suficientes, era tan cerrada como antes de la guerra. La ocupación de obreros agrícolas ofrecía escasos alicientes, con trabajos penosos, mal retribuidos, con empleos inestables o inexistentes gran parte del año, en dependencia de amos caprichosos o avaros. A los 14 años José trató de aprender el oficio de carpintero con Jesús González, alguacil y falangista, que se portó bien con el aprendiz; con 16 años también se inició en la arriesgada aventura del contrabando y trabajó en la calera del pueblo; pero soñaba con la ventolera de la emigración, interior y exterior, ya relanzada al filo de los años cincuenta. Para conseguir este objetivo (“verme libre cuanto antes y emigrar a alguna parte”) se adelantó a la llamada al servicio militar, proponiéndose como voluntario a los 18 años, porque en la España de Franco “el servicio militar cumplido” era requisito exigido en las ofertas de empleo. Accesoriamente, esta voluntariedad, si bien conllevaba seis meses añadidos al período militar, tenía la ventaja de poder elegir destino. Así que él mismo y otro compañero llamado Esteban Palos decidieron solicitar plaza en la base aérea de Cuatro Vientos, pero no la había para ellos. Entonces, casualmente encontró al antiguo párroco Rafael Tapia, que tenía buenas relaciones con los capellanes castrenses del Cuerpo de Aviación de Matacán, a las puertas de Salamanca, y sugirió a los dos amigos que se alistaran allí. José fue recomendado al “páter” jefe, que era comandante (Don Santiago), y quedó integrado de “maestro regimental”, con la misión de enseñar a los soldados analfabetos, y ascendido a cabo, relajado de otros servicios. Pero no parece que se sintiera atraído por la carrera militar, que muchos desertores del arado seguían por la vía lenta de los chusqueros.

Licenciado de la “mili”, José Zato volvió al pueblo, hasta que a sus 21 años decidió marcharse al País Vasco. Era el 3 de octubre de 1956. Allí reside, en Lasarte-Oria, localidad guipuzcoana situada a escasa distancia de San Sebastián. Su balance global sobre la tierra de acogida se resume en una frase lapidaria: “donde encontré lo que buscaba”. No insiste en lo que eventualmente encontrara sin buscarlo y fuera menos agradable, para poner de realce, como hombre agradecido y positivo, los logros alcanzados. A su llegada, empezó a trabajar en una serrería y un taller de embalaje para la empresa Michelín, en la que finalmente entraría en 1962 y permanecería hasta su jubilación en 1992, que le llegó de forma anticipada y negociada. Quizá ello se debiera en parte al declive de esta poderosa empresa, en la que al final de los años sesenta trabajaban unos 3.600 empleados, pero se vio afectada por actos de terrorismo diez años más tarde, como el secuestro del responsable de la factoría asentada en dicha localidad, Georges Roucier, que apareció herido de bala en una pierna (05/02/1979), y la quema del almacén de Oiartzun. Esto determinaría la deslocalización a Burgos y Valladolid de ciertos servicios y productos empresariales, con la consiguiente pérdida de puestos laborales. Hoy quedan unos 400 empleados.
En cualquier caso, de principio a fin, José fue sin duda un empleado cumplidor y responsable, favorecido por un carácter decidido y un físico bien proporcionado, de estatura por encima de lo que entonces era el promedio nacional. No se atribuye un compromiso político, aunque no oculta sus simpatías por el PCE. Pone de relieve su condición de sindicalista, que en el seno de la Unión Sindical Obrera (USO), apolítica y de inspiración católica surgida durante la Dictadura (h. 1950), participó en la brega por los derechos laborales de sus compañeros de clase. Durante cinco años formó parte del comité de empresa en la fábrica de Michelín en tiempos del sindicato vertical.
Allí conoció y se casó (27/07/1961) con Urbana Cecilia Bajo Cerezo, natural de Herguijuela de la Sierra, con quien ha mantenido una relación solidaria de más de medio siglo, pues ya han festejado hace tiempo las bodas de oro (2011). No tuvieron que andar mucho para encontrarse, pues la familia de Cecilia se había instalado en dicha localidad guipuzcoana. Ella misma trabajaba en la fábrica de hilaturas Brunet, de Oria, sus hermanos estaban empleados en la misma serrería que José y éste vivía de patrona en la casa de sus padres. El matrimonio ha tenido seis hijos, cinco niñas y un varón, de los que han llegado a adultos y viven cinco: Alejandra, Mª de los Ángeles, Mª José, Montserrat (I), fallecida de dos años, José Manuel y Montserrat (II) Zato Bajo. Cecilia dejaría el trabajo exterior para ocuparse de su numerosa familia. La instalación hizo necesaria la integración en una cooperativa de 110 socios con pisos de protección oficial (“con yugos y flechas”), escuelas de la empresa. José, que valora positivamente todo este espíritu solidario, fue fundador de la asociación de padres de alumnos.
El matrimonio no se ha desprendido de sus raíces guinaldesas y serranas, pues aprovechaba las vacaciones veraniegas para volver a sus lugares de origen en la provincia de Salamanca. Sus hijos seguían las pautas del modelo parental y todavía retornan con los nietos al país de los antepasados, pero, obviamente, han crecido adaptados a la peculiaridad vascongada, que es su país de nacimiento, como allí es el caso en la mayoría de las personas de su generación. La última hija nombrada (“Montse” o “Monse”) se ha implicado en algunas labores de su padre para la recuperación de la memoria del abuelo Alejandro Zato Salicio. También ha ofrecido apoyo constante Cecilia, quien, por otro lado, ha sido una eficaz informante sobre la represión de Norberto Herrera Sánchez, secretario del juzgado de Mogarraz, objeto de una saca nocturna fallida en Herguijuela (5 de agosto de 1936), en la que resultó herido por balas y hallado a la mañana siguiente por uno de los hermanos de aquélla (“Manolín”), escondido en una finca perteneciente a la familia Bajo Cerezo.

En el País Vasco José Zato ha sido portador y transmisor de la memoria histórica familiar y local guinaldesa, así como infatigable colaborador en todas las campañas en favor del legado republicano. Consiguió una forma de implícito reconocimiento de la ejecución extrajudicial de su padre cuando Eusebia Benito, ya viuda de su segundo marido, pudo beneficiarse de la pensión que el decreto 35/1978 concedía a “los familiares de los fallecidos como consecuencia de la guerra de 1936-1939”. Con la temprana jubilación en 1992 pudo dar rienda suelta al desasosiego íntimo que le corroía el alma, hasta dar con el paradero y reconocimiento como víctima franquista de su propio padre. Sus restos efectivamente se hallaron cerca del camino de Gazapos, término de Ciudad Rodrigo, y fueron exhumados con los de otras víctimas de Fuenteguinaldo en el otoño de 2006. José, asesorado y ayudado por Bonifacio Sánchez, hijo del mencionado alcalde republicano Francisco Sánchez Álvarez, fue promotor incansable de esta búsqueda, fundada en los frágiles testimonios de un carretero que, casualmente, encontró Alejandro y con quien éste habló desde el camión macabro, ya camino del matadero, y de algún pastor que oyó los tiros. Un testimonio bien transmitido, gracias al encargado de la finca de La Caridad, Alfonso Gómez.

José Zato ha sido generoso con la memoria histórica, no sólo en el esfuerzo personal, sino en el plano crematístico, costeando de su bolsillo gastos relacionados con operaciones de búsqueda y actos simbólicos de reconocimiento que no siempre han tenido eco en las autoridades de Fuenteguinaldo. Sí lo hubo en el homenaje a las víctimas en agosto de 2007, bajo los auspicios del entonces alcalde Jesús Vicente, con motivo del traslado al cementerio de los restos exhumados cerca de La Caridad el año anterior. Entonces se les dedicó una placa conmemorativa. En cambio, en 2016, cuando José Zato manifestó la intención de conmemorar el ochenta aniversario de la ejecución extrajudicial de aquellos y otros vecinos del pueblo, el Ayuntamiento, cuyo alcalde lleva la etiqueta del PSOE, dio la callada por respuesta, nada gloriosa. Mas no por ello José ha abandonado su compromiso con la memoria histórica, tanto en Salamanca como en el País Vasco. Allí sigue implicándose en las actividades de investigación de la Islada Ezkutatuak, asociación de Lasarte-Oria, para lo cual a sus 83 años los sábados recorre las laderas de los empinados montes del contorno, sin abandonar por ello sus funciones de abuelo ni faltar a las reuniones de vecinos ni, por supuesto, a los ensayos y prestaciones de la coral mixta de jubilados. También forma parte del Consejo Sectorial de Derechos Humanos del Ayuntamiento de San Sebastián, con sede en el palacio de Ayete, donde, ironiza José, pasaba sus vacaciones veraniegas el general Franco entre 1940 y 1975.

José es todavía un informante enterado y esforzado, eficaz y veraz, con quien me agradaría tener alguna afinidad moral, pues lo considero un hombre cabal y amigo fiel.

Angel Iglesias - Jose Zato y Cecilia Bajo en Herguijuela de La Sierra en junio de 2014 -rr(Ángel Iglesias, José Zato y Cecilia Bajo, Herguijuela de La Sierra, 08/06/2014)

 

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