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CANDELARIO. Por Román Durán Hernández

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CANDELARIO. Por Román Durán Hernández

A mi amiga Florsan

Huyendo de las aglomeraciones del mes de agosto en Ciudad Rodrigo, marché a la villa serrana de Candelario, donde tantos veranos felices pasé y de la que guardo unos muy gratos recuerdos.

La primera vez que visité Candelario (con 10 años) fue por mi asistencia al Albergue, donde aprendí, entre otras cosas, a valerme por mí mismo sin tener el amparo de mis padres. Allí aprendí muchas cosas que me hacían feliz, hasta el punto que con el tiempo fui varios veranos el jefe de los cursos veraniegos que allí se impartían.

De mayor, pasé muchas vacaciones veraneando en lo que para mí, Candelario, fue una ciudad mágica. ¡Qué sabrosas tertulias en la terraza del Café El Dólar, con el sacerdote del pueblo, con el médico y con don Valentín, el Director de la Escuela de Ingenieros de Béjar!

En las grandes ciudades se puede hablar de negocios, de política candentes, pero ¿de las cosas eternas? En estos tiempos en los que el mundo se rige por la velocidad, y los hombres van cada vez más deprisa, para llegar antes a donde nada tienen que hacer, es un lujo vivir en ciudades donde se puede soñar por la calle, sin que te interrumpan el sueño.

¡Qué diferencia con el mundo actual, en el que la palabra ha caído en desuso, y con los móviles, internet, ordenadores y toda esa ferralla, la palabra nos la ofrecen prefabricada en latas de conserva, y preferimos que nos hablen a hablar, en este mundo que se nos escapa precisamente por no hablar!

Tengo que investigar en la historia de Candelario, como cuando hace años hice mis primeros pinitos en los Archivos del Palacio del Duque de Béjar.

Si la temática candelariense no es muy copiosa, sí lo es su prolífica repetición y su tono apologético, a veces matizado de elegíaco. Fue achaque de los eruditos ochocentistas el fundamentar la gloria de los lugares objeto de su estudio asignándoles una antigüedad lo más remota posible sin para ello pararse en barras ni escrúpulos históricos, sacrificados, por otra parte, en aras de indudable y pueril buena fe.

Eruditos a la violeta, que me son desconocidos, lo identifican con una tal Lusonía, que, según ellos, fue cuarte general de Viriato. Esto podría fundarse en que Viriato, perseguido por Fabio Máximo Emiliano, se retiró a una ciudad que Alpiano llamaba Vécor, la cual según algunos eruditos, es la Béjar actual. Pero resulta que según otros, no menos eruditos que los anteriores y que dicen interpretar mejor el texto de Alpiano, la tal Vécor andaba nada menos que por las serranías de Valencia.

Claro que, siendo Viriato el guerrillero prototipo de todos los tiempos, es muy posible que alguno de sus múltiples y efímeros cuarteles generales, se asentase por estas tierras, pobladas por la fracción lusitana de los Vettones, donde Candelario hoy está asentada. Si así no fue, bien pudo ser. Y eso es suficiente.

En cuanto a la Edad Media, todo cuanto se diga de Candelario, es poco más seguro que lo anterior. De la propia Béjar poco se sabe; son débiles reflejos de otros reflejos débiles de lo poco que de Béjar se entresaca en la Historia del Padre Mariana (gran recopilador de cuentos y fábulas) que dicho sea de paso, de Candelario no sé que diga nada.

Pero… como en definitiva los mitos son necesarios, y la leyenda es más verdad que la Historia (de cuya elegante inutilidad como “Maestra de la vida” nazca acaso, su profundo, extraño, y hasta peligroso atractivo), aceptemos como bueno cuanto nos agrade y… ¡todos tan contentos!

Y vamos a lo nuestro. Dejando a un lado los gallegos, con los que Fernando II de León repobló el Campo de Argañán, por Tierras de Ciudad Rodrigo, es más verosímil que el Candelario actual deba su origen a los pastores del Duque de Béjar, cuya insistencia en fijar sus majadas en la falda de la Sierra, abundante en agua y pastos, acabó por constituir un pueblo. Hay que admitir que ese núcleo primordial se reforzó con colonos trashumantes astures que, al encontrarse con otra Asturias, pero con cielo azul, se hicieron sedentarios y de ahí en adelante…

Damos un salto hasta el siglo XVIII, en el que ya termina dudas y divergencias. Ahora, en el 700, Candelario es ya mayor de edad. Bajo sus tejados sin chimeneas se curan al humo los mejores chorizos del mundo. Caminos de herradura se animan con los esquilones de las recuas de los goyescos Tíos Ricos, van a surtir de sus productos al territorio nacional tras haber conquistado sus suculencias al propio Carlos IV que se despepita por ellas.

Durante el 800 Candelario es un sólido núcleo tentacular de productos porcinos; especie de metrópoli poderosa con consulados comerciales en todos los puntos de España. Por los años cuarenta del siglo XIX, mata una media de 15.000 cerdos y 8.000 reses (las batipuertas cumplen su cometido de burladero doméstico). Todo va in crescendo hasta la última década del siglo XIX: En el libraco de Hacienda es Candelario excepcional contribuyente y pesa su nombre en los destinos de la Nación.

En el invierno se trabaja mucho, pero el verano es pura diversión. La vida es fácil, el espíritu abierto y progresivo: reses en las praderas; es pueblo alegre, un tanto tocado de vocación taurina (en es época actúa Julio Casas, “El Salamanquino”, torero que alternó con los famosos de entonces.

Pero las siguientes generaciones ya no estarán a la altura de las circunstancias. Con cobardía de rico, estuvieron imbuidas en un mezquino y burgués conservadurismo que las fosiliza. Se cultiva el supuesto “buen sentido” que dará al traste con el sólido tinglado que sus mayores erigieron. El pueblo decae y allá, hacia la primera guerra mundial es ya la antítesis de lo que fue medio siglo antes.

Pero en definitiva, Candelario es naturaleza, y en ella se está apoyando su renacimiento. Filiberto Villalobos (quintaesencia de salmantinismo), instalado estivalmente en la Casa del Cantón, sacó al pueblo del ostracismo al convertirlo en estación veraniega. Y así nace una época nueva que, si bien al principio es recibida a regañadientes (el forastero encarece la vida) sitúa al pueblo en el mundo al ponerlo en camino que, con altos y bajos, sigue recorriendo hoy.

Pero hay que seguir. La vida actual, de ritmo acelerado no admite detenciones. Y detenerse sería, además de mejorar lo veraniego, no hacer, como se ha hecho con La Covatilla una estación de invierno. El acceso a la Sierra se impone.

La labor de continuar corresponde ahora a los jóvenes. Yo sé muy bien que bajo frívola apariencia, guardáis más fondo que los Zoilos que se dedican a criticaros. El ayer no ha podido ni siquiera quitaros el ritmo que buscáis. Al no echar de menos el pasado estáis ya actuando en el futuro. De aquí en adelante, todo va siendo cosa vuestra.

Y de allí subí a la Sierra, que conozco como la palma de mi mano. Las Lagunas del Trampal, la Laguna del Duque, Hoya Moros, donde nace el río Cuerpo de hombre que tan buenos tientes proporcionó a los paños de Béjar, los mejores de España. De allí, a la cima del Calviero, desde donde yo muchas veces intenté encontrar explicaciones convincentes a mis creencias, de lo que he hecho casi un breviario.

Me acordaba de mi Obermann, de ese libro formidable, casi único en la literatura francesa, que fue el alimento de las profundas nostalgias de mi juventud y aún de mi edad madura; de ese Obermann, de aquel desdichado y oscuro Senancour, aquel en que, en la paz de la montaña y en la cima, interrogaba a su destino, a su corazón agitado y a esta naturaleza incierta, que conteniéndolo todo, parece no contener, sin embargo, lo que nuestros deseos busca. “Qué soy, pues?, se preguntaba Obermann y se decía: “¡Qué triste mezcla de afecto universal y de indiferencia hacia todos los objetos de la vida positiva. Luego me enteré que mi amigo Mariano Anaya, que hizo la ascensión conmigo, hizo su tesis doctoral sobre El Obermann.

¡Oh felices días! ¿Dónde nos volveremos a encontrar sino en el nativo campo?

 

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