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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (11): Julio Prieto Gallego (in memoriam), por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (11): Julio Prieto Gallego (in memoriam), por Ángel Iglesias Ovejero
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Familia Prieto ante el monolito a las víctimas franquistas en Robleda (2007)

La participación de Julio Prieto como “archivo viviente” se realizó en sus estancias estivales en Robleda, cuando ya era emigrante de largo recorrido en Francia, así como a su vuelta definitiva al pueblo, para su ingreso en la residencia local de personas mayores (2015). Por entonces estaba avanzada la descripción de la violencia franquista en El Rebollar y su entorno, pero su información fue muy útil para el conocimiento del contexto local y de los efectos de la represión en los familiares de las víctimas mortales. En este sentido, es de agradecer la reciente colaboración de Julio Prieto Mateos, no solo para completar datos circunstanciales de la vida de su padre, sino para esbozar la semblanza moral de éste, con lo cual aspiramos a rendir un modesto homenaje a la memoria de un colaborador estimable. El agradecimiento, por la ayuda prestada, se extiende a otros familiares cercanos: Juan Francisco Mateos y María Sánchez, cuñados de Julio (padre), y Esther Prieto Gómez, sobrina, que, además de información, ha aportado una copiosa documentación fotográfica.

Julio Prieto Gallego nació en Robleda el 11 de abril de 1933 y falleció en el mimo lugar el 27 de febrero de 2018. Fueron sus padres José Prieto Martín, natural y vecino de Robleda, y Esperanza Gallego Gil, nacida en Navas de Oro (Segovia) y vecina de Robleda, donde habían contraído matrimonio en 1931. Los abuelos paternos, Juan Benito Prieto Sánchez y Juana Martín Hernández, debían de pertenecer a la categoría de labradores medianos, sobre los cuales no se tiene mucha información específica. En cambio, los padres de Esperanza, Félix Gallego Arévalo y Leonor Gil Gallego, como ella misma, procedían de la citada localidad, situada en la comarca de Tierra de Pinares, en el NO de la provincia de Segovia, y probablemente se asentarían en Robleda atraídos por las posibilidades de explotación forestal, cortas en el monte, serrería y extracción de resina de pino, aunque Félix empezaría por regentar un molino en Villasrubias.

Julio fue el segundo miembro de una fratría de tres varones y una mujer, cuyos nacimientos se escalonaron con una periodicidad anual los tres primeros: José (1932), Julio (1933), Leonor (1934); el cuarto, Juan (1937), llegó algo más tarde, póstumo, al año siguiente del asesinato del padre. A ellos se añadió Amable Sousa Gallego (1942), nacido del segundo matrimonio de Esperanza Gallego, con Estanislao Sousa Sánchez (1940), quien fallecería al poco tiempo, dejándola viuda por segunda vez.

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Leonor Prieto, Carmen y Mercedes (primas), Juan, Julio, José Prieto y (en el árbol) Amable Sousa

La familia de los Gallego tenía un espíritu emprendedor poco común entre los robledanos, pero al parecer también lo compartía el yerno José Prieto, que había adquirido conocimientos de mecánico en Ciudad Rodrigo. Por los años de la República era dueño de una camioneta, con la que se dedicaba al transporte en tierras de Salamanca y de Cáceres. En cierto modo este vehículo de cuatro ruedas, en una época en que aún sería visto como un objeto casi mágico, vendría a ser un laudatorio blasón de identidad, que motivaba el sobrenombre de “Camioneto” para su propietario y conductor. Pero es muy probable que, no por ironía del destino, sino porque los antecedentes y consecuentes de la rebelión militar contra el gobierno republicano introdujeron una deriva nefasta, la camioneta, lejos de obrar como talismán, se convirtiera en objeto de deseo para los adversarios o competidores de José Prieto. Los denunciantes derechistas y los responsables fascistas lo acusaron de haber colaborado en los desplazamientos de los obreros de la Casa del Pueblo en la primavera de 1936 y en el conato de oposición al Movimiento mediante un corte de carretera en el puente de Vadocarros (19/07/36). La camioneta fue requisada y su dueño desapareció del pueblo en agosto de aquel verano sangriento. Recientemente se ha sabido que, después de una probable detención en algún local carcelario, fue ejecutado extrajudicialmente y enterrado en una de las fosas de Los Romeros, a las afueras de Villasbuenas de Gata (Cáceres), donde sus restos, junto con los de Eduardo Gutiérrez Roncero (presidente de la Sociedad Obrera), fueron exhumados (2009), y los suyos, enterrados en el panteón familiar del cementerio de Robleda (2014).

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Froilán Mateos y Julio Prieto, Fosa de los Romeros, Villasbuenas de Gata (2009)

Sin duda esto fue una satisfacción enorme para Julio, porque, si bien este hallazgo se hizo esperar mucho tiempo, constituyó un lenitivo para su inquieto ánimo, que, como el de otros huérfanos, acertó a combinar alegrías y tristezas en su vida. En efecto, recuerda Julio Prieto Mateos que, paradójicamente, su padre “siempre afirmó que tuvo una infancia feliz” y “se crió en casa de los abuelos maternos, rodeado de tíos y primos”. Sin duda esta felicidad estaba condicionada por circunstancias familiares, empezando por la relativa holgura económica de dichos abuelos. Por otro lado, Julio Prieto (mayor), por su corta edad, no sería plenamente consciente de su orfandad paterna, con sus causas y efectos, sino años más tarde, cuando empezara a ir a la escuela y todavía atronaran los ecos de la guerra, con la exaltación de la victoria franquista y su ostensible parafernalia.

Hasta bien entrados los años cuarenta en su familia se le ocultaría parte de la cruda realidad, como pedía el instinto de supervivencia. Pero al mismo tiempo, aunque no fuera partidaria de exhibir el pasado republicano de sus miembros, no estaba en su mano ocultarlo del todo. Los detalles, deformados y exagerados en la crónica oral, sobre la barbarie practicada en la persona del primer marido de Esperanza Gallego circulaban por el pueblo y el izquierdismo real o supuesto de su propio padre era bien conocido de los derechistas locales. Félix Gallego fue de los multados (800 pts.) en los primeros compases de la rebelión militar a finales de julio de 1936, como lo fueron otros miembros de su círculo de parentesco cercano: su citado yerno José Prieto (200 pts.) y su hijo Fructuoso Gallego Gil, que, a través de su matrimonio con Josefa Mateos Carballo, a su vez estaba emparentado con José Mateos Carballo y sus hermanos Fermín (el alcalde republicano) y Juan, los tres asesinados y previamente también multados. Otro hijo de Félix, Juan (“Tito”) Gallego Gil, fue marido de Valentina Mateos Hernández, hija del citado Fermín.

La toma de conciencia de la tragedia familiar por parte de Julio, en efecto, se produce en el contexto de la escuela, según Julio Prieto Mateos, cuando se refiere a la formación de su padre, en el período escolar y posteriormente. No sin legítimo orgullo filial, recuerda lo que, por otro lado, se deduce de las conversaciones habidas con el protagonista y confirman los testimonios de otras personas:

“En la escuela fue un alumno aventajado. El maestro le encargaba frecuentemente que se hiciera cargo de otros alumnos más pequeños (masificación escolar). Pese a ello, tenía frecuentes enfrentamientos con el maestro, ya que siempre se negó a cantar el “Cara al Sol” antes de entrar a clase. Asistió a la escuela hasta los 13 años, cuando tuvo que comenzar a trabajar para la casa. A pesar de esto, tenía una cultura bastante amplía, ya que en el hogar eran todos muy aficionados a la lectura. En casa del abuelo Félix había una considerable biblioteca de los clásicos españoles. Además, estaba suscrito al periódico El Adelanto, que intercambiaban, después de leerlo, con el ABC que recibían en casa de los Villoria (“Cojos”). Aparte de esto, también tenían un aparato de radio que escuchaban todas las noches en familia”.

En una conversación espontánea el propio Julio (padre) se refirió a los protocolos escolares de inspiración fascista, en los cuales, los niños formados en fila, al modo castrense, extendían el brazo izquierdo y apoyaban la mano sobre el hombro del compañero que los precedía, para cantar la marcha real con la letra de J. M. Pemán (modificando el 2º verso, “alzad la frente”, por “alzad los brazos”); o bien levantando el brazo derecho extendido hacia adelante con la palma abierta, como hacían los falangistas, para entonar el “Cara al Sol”. A sus diez o doce años, sin duda, Julio sabía lo que esto significaba y lo que había sucedido con su padre, y se negaba a seguir el ritual patriotero, por lo que fue castigado por el maestro (probablemente Justo García Gómez o Justo Sánchez Sánchez). Entonces intervino el abuelo Félix, quien afeó su comportamiento y quizá llegaría a amenazar al docente, recordándole la causa de tal orfandad de su nieto. El destinatario entendió el mensaje y ya no volvió a importunar demasiado al escolar, que, en cambio, no tuvo problemas con los curas robledanos, ni siquiera con el primero que conoció (José María Martín), a pesar de su fama de fascista en la opinión pública local, que lo acusaba de haber participado con los milicianos derechistas en la caza de hombres. Con él aprendería la inevitable doctrina cristiana que, a pesar de su posterior ateísmo, recordaba hasta los últimos años: “(…) “era capaz de recitar todas las oraciones así como el catecismo” (J. Prieto, hijo).

Años más tarde, el informante Juan F. Mateos Vicente, siendo adolescente (y todavía no cuñado de Julio), asistió en el establecimiento de su padre a un encontronazo entre los hijos mayores de José Prieto Martín (José y Julio) y el que ordenó su ejecución extrajudicial, el jefe local de Falange en 1936, Julio del Corral Mateos. Este mismo reconoció dicho extremo en el procedimiento sumarísimo que, más por ladrón que por victimario, se le instruyó en 1937 (C.728/1937). Después de que el fiscal solicitara contra él la pena capital en las conclusiones de su informe, fue condenado por el consejo de guerra a cadena perpetua, treinta años, aunque cumpliría apenas media docena. Una vez excarcelado, se atrevió a volver al pueblo, dándose de manos a boca con los mencionados hijos de José Prieto, que le echaron en cara las fechorías cometidas por él y sus compinches. El personaje, que iba acompañado, en lugar de achantarse, se defendió inculpando a otros implicados y, de paso, vertiendo conceptos y expresiones injuriosas contra Esperanza Gallego y su familia. Quizá para no mancharse las manos, José y Julio Prieto Gallego salieron del bar para armase de una horca y una estaca en el corral del vecino Joaquín “Chano”, pero cuando quisieron emplearlos, ya Julio del Corral había puesto pies en polvorosa por la calle de los Zapateros arriba, con tal celeridad, que no lo alcanzara un galgo. No reincidió en sus visitas a Robleda, porque, al parecer, de nuevo intervino el Abuelo, para recordar a las autoridades que, por sus antecedentes criminales y su condena, el ex presidiario no debía presentarse en el pueblo.

Esto sucedería ya entrada la década de los años cincuenta. Para entonces hacía tiempo que Julio se ganaba el pan como un hombre hecho y derecho. Desde que dejó la escuela, con 13 años (1946), contribuyó a la economía del grupo familiar que giraba en torno a Félix Gallego. En ella participaban los hijos y nietos de éste, además de algún empleado. Julio (hijo) describe dicha contribución de forma lapidaria: “Iba a Ciudad Rodrigo andando con un carro tirado por mulos a llevar las cubas de resina a la estación del tren. Este trabajo lo alternaba con su hermano José. Los días que no iba a Ciudad Rodrigo, trabajaba en la sierra del abuelo Félix y en la fábrica de resina”. El cronista, por su parte, recuerda que la elaboración de dicho producto, que estos resineros extraían en el Pinar de Descargamaría (y quizás no siempre en el de Robleda), se efectuaba en un horno fuera del pueblo. Precisamente por aquellos años, antes de 1955, debido a “la explosión de un bidón de 200 litros de aguarrás”, se produjo un incendio que destruyó las instalaciones, cuyas ruinas se perciben todavía a la izquierda de la carretera en dirección a Villasrubias, cerca de la fuente de Juan Diego y casi a la altura del actual restaurante de Los Pinos. La fábrica en cuestión se trasladó a la vera del domicilio de las familias. Allí se veía antaño una señera chimenea.

El trabajo de resinero y de carpintero no dejaba mucho margen para el ocio, pero el joven Julio no tenía propensión alguna al aburrimiento, sino al contrario. Al decir de su hijo, disfrutaba con los festejos populares, la cultura popular, las representaciones teatrales, las lecturas literarias y la tauromaquia:

“De joven participó en numerosas representaciones teatrales en Robleda. En sus últimos años recordaba perfectamente todas las canciones y coplas de Robleda así como las poesías de Gabriel y Galán, Quevedo, Lope, Calderón y otros clásicos así como los diálogos de las obras teatrales que representó. Toda su vida fue un lector empedernido (hasta que la vista le falló). También era muy aficionado a los festejos populares. Como curiosidad puedo decir que llegó a matar un novillo a estoque en unas fiestas de San Juan” (J. Prieto Mateos).

Antes de la gran desbandada migratoria, además de los sanjuanes, las fiestas más sonadas eran los Carnavales, que, a pesar del párroco y de la Guardia Civil, desde la fiesta de san Antón “jorramachón” (17 de enero) daban ocasión de aparecer por las tardes a los jorramachis (enmascarados) y blanquillus (ensabanados), provistos de sacos de paja con que a puñados obsequiaban a las mujeres de la solana y a los transeúntes, hasta que llegaba el gran día de Antrueju. Además de disfraces (hombres de mujer y viceversa) y bailes al son de sartén, tamboril, gaita, castañuelas y palitroques, con la Charrascona como personaje principal, se multiplicaban los simulacros de capeas o de labores agrícolas, entre otros, hasta “el entierro de la sardina”. Julio y su cuadrilla se distinguían por las novedades que introducían: ejercicios circenses con “el oso Nicolás”, venta de “lotería de ciegos”, sesiones “de fotografía”, “de radio” o “de cine”, etc. (cf. Luc Torres, “Apuntes”, en Cahiers du PROHEMIO, nº 6: 426-437).

El deporte preferido de chicos y grandes de Robleda era el juego de pelota a mano, sobre todo los domingos y días de fiesta. El cronista recuerda los épicos partidos de tres contra tres, para los que se utilizaba como frontón la fachada norte de la iglesia (“La Panera”) y por ello se celebraban después de la misa mayor. Duraban hasta tres horas, con numerosos espectadores que retasaban la comida para ver el resultado. Entre los más sólidos jugadores figuraba José Prieto Gallego, un hermano de Julio, pero éste también participaba, aunque resultaría más visible su presencia en las “cantarenas” de mozos que, cogidos por los hombros, recorrían las calles de taberna en taberna o en rondas nocturnas, interpretando un amplio y conocido repertorio: “la historia del Charro Negro” (mejicana), “Olé, anda” (borrachos), “¿Cómo quieres, niña que te venga a ver?” (popular, adaptada para los resineros), “Francisco Alegre” (pasodoble, 1945), “Doce cascabeles” (1953), o lo que se terciara de las canciones de Antonio Machín y Antonio Molina.

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Julio Prieto Gallego con su esposa Vicenta Mateos Vicente (h. 1957-60)

Cuando Julio cumplió el servicio militar en Valladolid, sin nada que reseñar en particular, ya era un buen mozo: “(…) era alto para su época (1,72 m.), de complexión atlética, muy ágil; color de pelo, moreno; ojos, castaños” (J. Prieto Mateos). Con su buena planta, desparpajo y simpatía no le faltarían posibles novias. Él eligió pronto a Vicenta Mateos Vicente, con quien se casó a los 24 años (1957). Poco después emigraron, pero no definitivamente, de modo que el matrimonio tuvo un niño en Robleda, una niña en Francia y otra en Salamanca: Julio (1957), María Esperanza (1961) y Raquel (1972). Todo iba bien en la ciudad del Tormes, donde Julio y Vicenta vivían (Avenida de Portugal) y habían montado una droguería (h. 1968). Pero los miembros de esta familia en un solo día (22/02/72) vivieron una verdadera situación de ironía trágica en el Hospital de la Santísima Trinidad. De la felicidad que suponía el nacimiento de una niña, que llegaba como un regalo en el cumpleaños de su madre, cayeron al vacío más desolador con el fallecimiento de esta última, a consecuencia de lo que, púdicamente, se puede calificar de disfuncionamiento de los servicios médicos.

De repente, Julio se encontró viudo y con tres hijos menores a su cargo. Tuvo que tomar la decisión de emigrar de nuevo a Francia, en compañía de su propia su madre, para cuidar de las niñas, dejando al hijo en España para que prosiguiera sus estudios. Tres años más tarde (1975), conoció a Lucienne Godaint, que fue su compañera hasta que falleció en 2005, sin llegar a contraer matrimonio. Compartían el ideario comunista, que a él lo llevó a asumir funciones en el Tribunal Paritario (fr. Conseil de Prud’hommes), contando con el presumible apoyo de dicha persona.

Así pues, como todos sus hermanos, Julio experimentó la emigración, después de pasar su niñez, adolescencia y parte de la juventud en Robleda. En 1957 él siguió la ruta de Francia, tan socorrida de los robledanos. Su propio suegro, Raimundo Mateos, y su cuñado Juan Francisco (de 16 años) lo habían precedido, yendo primero a Pontault-Combault e instalándose después en Roissy (departamento de Seine-et-Marne). Allí se les juntaron Julio y su pequeña familia, así como otros dos hermanos suyos, José (que regresaría relativamente pronto al pueblo) y Amable (instalado definitivamente en el país vecino). Con estos últimos colaboró en sus trabajos de carpintería, en que, a excepción de la aludida estancia en Salamanca, se empleó la mayor parte de su vida laboral, hasta que a los 60 años tuvo que retirarse debido a problemas físicos (1993). Esto le permitiría volver con más frecuencia a España, aunque nunca hubiera cortado con su lugar de origen y de hecho hubiera facilitado para sus hijos una cultura bilingüe. Fue así como, años más tarde, pudo ofrecernos su ayuda en la recuperación de la memoria histórica local y, por extensión, de la comarca mirobrigense.

En su faceta de emigrante mostró la actitud dinámica y solidaria que lo caracterizaba. No sucumbió a la tentación desarraigarse de su lugar de origen y de la cultura española en la que algunos emigrantes cayeron, pero tampoco cultivó la nostalgia tan habitual en la mayoría de ellos, sino que se adaptó al medio extraño, asimiló su lengua y así pudo ayudar a los compañeros de aventura:

“Al llegar a Francia, lo primero que hizo fue suscribirse al “France Soir”. De este modo, consiguió aprender rápidamente el idioma. Leía y escribía en francés perfectamente (la pronunciación era otra cosa) hasta el punto de que, a su regreso a España sólo era capaz de resolver crucigramas (a los que era muy aficionado) en francés. Al dominar esta lengua, y debido a la solidaridad que se daba entonces entre emigrantes, le tocaba frecuentemente acompañarlos en sus trámites ante la administración francesa” (Julio Prieto, hijo).

Finalmente, Julio Prieto Mateos ofrece una certera y lacónica semblanza moral e intelectual de su padre:

“Era optimista por naturaleza, simpático y de trato agradable. Aunque recibió la educación católica propia de su época, siempre se declaró ateo. En el aspecto político, sus ideas eran claramente de izquierda (en Francia estaba afiliado al Partido Comunista Francés). Creo que puede decirse que mi padre era apreciado por la mayoría de la gente. Siempre fue solidario con los demás. Era vehemente en sus ideas, a veces hasta radical, pero siempre estaba dispuesto a echar una mano a quien lo necesitara”.
Difícilmente se podría decir más y mejor sobre la personalidad de Julio Prieto Gallego en pocas palabras. Solo cabe abundar en lo dicho, para señalar que, ciñéndose a la comunicación oral, era un excelente conversador, incansable narrador y contador de chistes en español y francés. Ciertamente, tenía las ideas claras y las defendía con vehemencia, pero sin faltar al respeto. En Robleda tuve ocasión de comprobarlo en alguna discusión con un compañero de la residencia para personas mayores, un derechista de mirada algo atravesada y nostálgico defensor de las actuaciones de los militares rebeldes en 1936, al que paró los pies con una sencilla frase: “entonces usted es partidario de la ilegalidad del gobierno y de los crímenes franquistas”.
Julio Prieto Gallego, como informante de la memoria histórica, era un “archivo viviente” formado e informado (lector aprovechado y al corriente de las noticias importantes), que sabía argumentar sus opiniones, cuando en verano participaba en nuestras actividades. Lo hizo con generosidad y solidaridad mientras pudo, incluso cuando regresó definitivamente al pueblo (2015). Ya gravemente enfermo, al principio pareció reanimado al contacto de los suyos en el marco de luz y de horizonte abierto que conoció en su infancia y juventud, pero al segundo año empezó a dar síntomas del cansancio de la vida misma. El tiempo termina por abatir los robles más arraigados. Falleció en 2018, dejándonos para el recuerdo la estampa de un hombre inteligente, comunicativo, jovial, solidario y responsable.

(Referencias bibliográficas: A. Iglesias, Represión franquista, I: 5, II: 9.4, etc.; “Croniquillas”, 31/07/2016 y 06/09/2016, “Secuelas”, 03/08/2017 y 10/08/201. Fotos: cortesía de Esther Prieto Gómez).

 

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