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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (12): Eusebio Gómez Gómez (El Bodón y País Vasco), por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas franquistas. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (12): Eusebio Gómez Gómez (El Bodón y País Vasco), por Ángel Iglesias Ovejero
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Eusebio Gomez Gomes y Angel Gomez Sanchez - El Bodon 16-08-2004

Eusebio Gómez Gómez y Ángel Gómez Sánchez (El Bodón, 16/08/2004)

Eusebio Gómez Gómez es sin duda una de las personas que más ha obrado por la recuperación de la memoria histórica de El Bodón. También es ejemplo para otros familiares de víctimas en el contorno, pues fue pionero en las labores de exhumación en 1979. Con nosotros ha colaborado desde 2004 hasta este año (entrevista, 27/08/2018), facilitando información oral cuando estaba en su lugar de origen, unas veces en su casa y otras en la del encuestador.

Eusebio nació el 16 de agosto de 1935 en El Bodón. Es hijo de Ramón Gómez Ramajo, de 34 años, cuando fue asesinado (11/09/36), y de María Teresa Gómez Barragués, de 30 años cuando quedó viuda. La ejecución extrajudicial del esposo y padre tuvo consecuencias a corto y medio plazo en la vida de María Teresa y en sus relaciones familiares. Ella optó por soluciones personales que, en definitiva, la llevaron a servir en Madrid. Los hijos pronto tuvieron que sobrevivir por su cuenta o al abrigo del abuelo paterno y de su segunda esposa, Virginia Sánchez. Dicho abuelo se llamaba Saturnino Gómez Herrero, jornalero que arrendaba algunas tierras del común, y en primeras nupcias estaba casado con Asunción Ramajo Sánchez, dedicada al cuidado de la casa hasta su propio fallecimiento, mucho antes de que naciera Eusebio, cuyos abuelos maternos, Florentino Gómez González y Eusebia Barragués Corvo, también habían fallecido con anterioridad. Todos ellos eran naturales y vecinos de la localidad. Eusebio era el menor de una fratría compuesta por él mismo y tres hermanas: Asunción (fallecida hace tres años), Iluminada, vecina de Barcelona, y Florentina (fallecida hace dos años); todos menores de edad a la muerte del padre (acta de defunción de 25/03/1941). Tiene un medio hermano, de madre, en Madrid: Lisardo Ramos Gómez.

No hace falta ser adivino para darse cuenta de que el biografiado, aunque no insista en los detalles más negativos, no añora su infancia como una edad dorada, en un contexto familiar de desamparo parcial, moral y económico, que en gran medida era consecuencia directa o indirecta de la represión sangrienta en 1936 y de sus secuelas durante la guerra o la posguerra. En fecha temprana, quizá en los albores de “los años del hambre”, Mª Teresa Gómez mandó a servir a las tres hermanas de Eusebio, que de 7 años también fue enviado como ayudante de porquero a la finca de Casablanca (Ciudad Rodrigo). El abuelo Saturnino estuvo mucho tiempo allí de vaquero, pero no le pareció buena aquella andadura para su nieto: lo recogió y se hizo cargo de él. Así pudo asistir a la escuela hasta los 14 años cumplidos, casi un privilegio por estos pagos, sólo al alcance de los hijos de los guardias civiles foráneos y de algunos vecinos menos pobres o más desprendidos que los otros.

El escolar huérfano no perdió el tiempo, pues adquirió la instrucción básica que le ha permitido desenvolverse en la vida. El tributo más visible a pagar por este beneficio fue “tener que cantar el “Cara al sol”, desfilando hasta la iglesia para el catecismo”. Esto sería bajo el poder del maestro Fructuoso Durán, muy generoso en el reparto de palos. Por comparación, el sucesor, llamado “don Ángel”, fue un maestro “muy bueno”. Hizo la primera comunión con D. Jesús, el cura que años más tarde también lo casaría. En aquella ocasión incluso lució “traje y lazo”, regalo de la esposa de Julián Duque, fundador del matadero y fábrica de embutidos que hoy da trabajo a algunos empleados. Estas personas se portaron bien con el resto de la familia.

Los niños en edad escolar hacia 1940, salvo raras excepciones, no se percataban del alcance de un lavado de cerebro que afectaba a la sociedad entera, educada por y para la violencia, bajo el primer franquismo. Sin ir más lejos, en El Bodón, por aquellos años se instaló frente a la entrada sur de la iglesia, una cruz dedicada al triunfo bélico de Franco y el nacional-catolicismo, la llamada “Cruzada” (Iglesias, Represión, p. 139). En el caso de Eusebio, es posible que en su parentela cercana, alguien le pusiera al corriente de que la causa de su orfandad, como la de numerosos niños bodoneses, era un asesinato perpetrado por milicianos fascistas (“falangistas”). Pero la voz del pueblo, a cencerros tapados, atribuía la responsabilidad al párroco del pueblo, pues habría participado o tolerado la elaboración de la “lista negra” bodonesa (tal cual se describen “las listas negras” a veces parecen fabulaciones, pero las denuncias eran el primer eslabón de la represión, pues iban seguidas de detenciones ilegales y, en determinados casos, ejecuciones extrajudiciales). Se llamaba “don José María”, y por ser tocayo de un famoso “bandolero bueno” del siglo XIX, “José María el Tempranillo” (José Pelagio Hinojosa Cobacho, 1805-1833), heredó de éste el mote de “El Tempranillo”, por el cual era designado por los familiares de represaliados.

En el plano laboral, la vida de Eusebio fue similar a la de la gente de su edad y condición. Pasado el período escolar e incluso entonces para ciertos trabajos, además de ocuparse en las labores agrícolas y ganaderas como jornalero, participaba en las actividades del contrabando, principalmente con máquinas de coser. Se inició en estos duros empleos y arriesgadas aventuras bajo la tutela de su tío Ángel Gómez, que solamente tenía una decena de años más que él (algunos vecinos y hasta familiares pensaban que Ángel y Eusebio eran hermanos), pero procuraba aliviarle la fatiga, cuando lo llevaba como incipiente segador en las agotadoras faenas de la recolección. Ángel pudo ser una de esas personas que le informaran de los avatares sufridos por Ramón Gómez Ramajo, pues los siguió de cerca, siendo adolescente. Su testimonio globalmente ha sido confirmado por la documentación de archivo.

El medio hermano de Ángel y padre de Eusebio Gómez era jornalero y durante la primavera de 1936 fue concejal en la gestora nombrada por el Frente Popular, y como tal obraba en favor de la aplicación de la Reforma Agraria. Su propio padre, Saturnino Gómez Herrero, era uno de los cuarenta campesinos que figuran en el “Acta de constitución de la Comunidad de Campesinos formada para la explotación de la[s] finca[s] [de] Melimbrazo y Pascualarina”, que lleva la fecha de 25 de junio de 1936. Cabe la posibilidad de que Ramón Gómez participara en la ocupación del Collado de Malvarín (El Bodón), que pertenecía a familia de los Sánchez-Arjona. Todos estos hechos se llevaron a cabo sin violencia física. Y no hay constancia de que Ramón tuviera un marcado protagonismo en el conato de resistencia a la Guardia Civil la tarde del día 19 de agosto de 1936. En todo caso fue de la veintena de bodoneses detenidos el 11 de septiembre de 1936, más de la mitad de los cuales fueron ejecutados y enterrados en la finca de Medinilla (Bañobárez), cuyos dueños igualmente eran los Sánchez-Arjona, quienes poseían una tercera finca llamada El Collado de Yeltes (Martín de Y.), entre Retortillo y el puente de Castillejo de Yeltes, a cuya altura, en la carretera (N 620), se hallaron cadáveres de otras víctimas bodonesas.

En el rosario de desdichas y sacrificios que han jalonado su vida, Eusebio ha tenido una suerte relativa en determinados momentos. Del servicio militar se libró inicialmente por excedencia de cupo, pero debido a la guerra de Sidi Ifni (1957-1958) fue llamado a filas y cumplió los 18 meses de rigor, igual que los otros mozos de su remplazo, aunque de nuevo cayó de pie, pues le dieron destino de jardinero, y lo pasó bastante bien, sin sustos bélicos ni servicios y faenas muy desagradables. Cumplido este deber obligado “con la Patria”, cumpliría un compromiso más placentero con Valentina Rodríguez Villalón. Se casaron en 1960. Y al año siguiente les nació la primera hija (Teresa) en El Bodón; las otras dos hermanas que componen la fratría ya vieron la luz en Bilbao: Rosa María en 1968 y Sheila en 1978.

Coincidía este feliz acontecimiento con el apogeo de la emigración interior y exterior en los pueblos de El Bodón y su entorno, donde las condiciones de vida no habían mejorado sustancialmente desde antes, durante y después de la guerra, aunque se hubiera superado la hambruna de los años cuarenta. La libertad seguía siendo una utopía tan remota como veinte años atrás. A Franco nadie se atrevía a criticarlo en público, pero algunos pensaban que hubiera sido “mejor que no hubiera nacido”. Eusebio era uno de ellos, como admitiría mucho tiempo después, ya que no es un fanático partidario del lenguaje políticamente correcto, y, presumiblemente, considera que los muertos no pueden dejar de haber sido lo que fueron (y como tales deben ser recordados), un tirano en el caso de Franco. Por esta razón, cuenta, no se sintió mayormente afectado cuando, en una excursión al Valle de los Caídos, alguien le llamó la atención porque estaba pisando la tumba del “Generalísimo”, y él respondió que lo que realmente tenía merecido era un “pisotón”. En realidad, más incómoda le había resultado, en los años cincuenta, la presencia real del “Tempranillo” en su pueblo, aunque no pasaría de mera imaginación lo fácil que hubiera sido su eliminación, poniendo un cable en la carretera, cuando iba en moto. Estas ideas negras, similares a las que otros huérfanos pudieran tener con respecto a victimarios conocidos, no tuvieron recorrido, no solo por consideraciones humanitarias (no causar nuevas víctimas), sino por la urgente necesidad de sustentar a una familia.

Por estos motivos, el joven esposo y padre inició su andadura emigratoria en 1961, con un viaje a Francia que, en compañía de otros tres emigrantes, lo llevó hasta la raya de Alemania. Valentina se quedó en El Bodón con la casi recién nacida Teresa. Como solía suceder en estos ensayos migratorios, que en principio implicaban la esperanza de regresar pronto, ellos iban prácticamente escoteros y sin familia; pero tenían contrato, previo reconocimiento médico en Salamanca, probablemente en el consulado francés, que ya existía durante la guerra civil. Allí trabajaron tres años en el bosque, pero la empresa quebró, y lo hubieran pasado realmente mal, sin la ayuda de un republicano español, antiguo refugiado. Hicieron algún dinero plantando pinos, lo que les permitió volver a España, aunque no al pueblo de inmediato. Se instalaron en Irún, pero el trabajo, en la construcción, se efectuaba del otro lado de la frontera francesa, en Hendaya y Bayona. En este episodio quizá le echaría una mano Ángel Gómez, cuya familia residía en aquella localidad guipuzcoana desde 1963 y también vivió esa experiencia laboral transfronteriza.

Al cabo de otros tres años, Eusebio marchó a Bilbao, para trabajar en una fábrica de fundición: Sidenor Echevarría (o al revés). Sin duda acudió al reclamo de trabajo que supuso la ampliación de esta legendaria empresa familiar, creada por Federico Echevarría Rotaeche en 1920. Inicialmente instalada en el antiguo caserío de Recalde, cerca del santuario de Begoña, al ampliarse se trasladó a Basauri en 1967. El empleo era estable y bastante bien retribuido, pero conllevaba sus riesgos. Eusebio se lesionó, a causa de los pesos que soportaba, y tuvo que operarse de la columna. Estuvo un año de baja. Lo cambiaron de trabajo, en oficinas (“llevaba papeles, que pesaban menos que las piezas de acero”, explica con cierta ironía).

El emigrante bodonés ya no buscaría nuevas aventuras en oros lugares. A excepción de los períodos de vacaciones, en los que regularmente hasta hoy suele visitar su tierra natal, donde tiene casa, hace medio siglo que reside en Bilbao, con su familia. Fue por entonces, en aplicación del decreto-ley 35/1978, cuando Eusebio y sus familiares, con otros vecinos y emigrantes, participaron en la exhumación de los restos de ejecutados extrajudiciales en la finca de Medinilla, cuyos dueños dieron facilidades para ello. En 1979 consiguieron efectuar la inhumación de aquellos despojos mortales en el cementerio de El Bodón, donde pusieron una lápida conmemorativa con los nombres de estas y otras víctimas asesinadas bodonesas. Hizo falta que pasaran casi treinta años hasta que su gesto de reconocimiento tuviera algunos imitadores en el contorno, porque en la mayoría de las localidades mirobrigenses el olvido y el silencio siguen siendo de rigor, con falaces y mezquinos argumentos, como sucede oficialmente en Castilla y León, donde, por injusto contraste, pululan cruces de caídos y otros símbolos franquistas.
En aquella ocasión el mismo alcalde local, Joaquín Diego Martín, dio ejemplo de generosidad, cediendo el mejor sitio del cementerio para el panteón. Después ha habido actitudes menos generosas. Posteriormente, uno de sus sucesores había accedido a poner en la Plaza del pueblo otra placa con todos los nombres de las víctimas locales, pero al final, se echó atrás ante el temor de que “los otros” la rompieran, amenaza formulada por alguno de ellos en privado. Es una excusa que exhiben otros ediles del entorno, incluso los etiquetados de socialistas (ni osados ni coherentes), para cruzarse de brazos y no organizar ni participar en homenajes en caso de haberlos cerca o en su propio municipio. Del panteón de las víctimas bodonesas solo cuida Eusebio, que, siente desolación porque “nadie pone flores”, pero está agradecido a Juan José Oreja, actual inquilino del Ayuntamiento, por haber favorecido la supresión de la leyenda y los símbolos de exaltación franquista en la cruz antes mencionada.
La estancia de Eusebio en Bilbao no fue una dura prueba en sí. A diferencia de la salida a Francia, apenas tuvo motivos para sentirse en tierra extraña, pues, para empezar, la ciudad y sus aledaños estaban saturados de inmigrantes de otras regiones del interior peninsular, muchos de ellos de Salamanca y de Extremadura, e incluso eran conocidos de Ciudad Rodrigo y localidades cercanas, como del mismo Bodón. El matrimonio de Eusebio y Valentina compartió allí penas y alegrías más de un tercio de siglo, hasta 2004, año en que falleció la esposa. Sin duda la mayor de sus satisfacciones la tuvieron con el nacimiento y crecimiento de sus hijas, que a diferencia de ellos mismos, no tuvieron que buscar acomodo laboral y social en otra parte. Pero la vida de los obreros en el País Vaco, por múltiples razones, en el tercio final del siglo XX, no era un camino de rosas.

Además de la penosidad que entrañaban los trabajos de la siderurgia, que pronto dejó sentir los señalados efectos en la salud de Eusebio, cuando estos emigrantes llegaron en masa al País Vasco los derechos laborales estaban por conquistar. No le escocía tener que pagar una cuota de 500 pts al mes al sindicado de las CCOO, en el que estaba afiliado. Su decidida actitud en la reivindicación de la memoria histórica bodonesa es seguramente tributaria de la militancia sindical. Gracias a esta consiguió la jubilación adelantada a sus 52 años (1987), en condiciones aceptables. La empresa redujo en proporciones enormes el número de empleados, que de 3.000 se quedaron en 200. Los obreros hicieron huelgas para llegar a convenios que les permitieran una jubilación al 100% a los 65 años.

No les afectó el terrorismo dentro de las empresas, pero sí en la calle. En general los obreros no eran objeto de las actividades terroristas y el eventual ambiente hostil contra quienes no compartían el entusiasmo nacionalista vasco era menos perceptible en las grandes ciudades que en las localidades pequeñas. Pero dichos trabajadores corrían los mismos riesgos y sufrían los mismos “daños colaterales” que el resto de la población. Durante mucho tiempo los atentados de ETA generaron mucho miedo, que era el principal argumento de una esperpéntica retórica para la consecución de sus objetivos. Eusebio recuerda, sobre todo, el momento crítico tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco (13/07/1997), concejal por el PP del ayuntamiento de Ermua (Vizcaya). Además de un crimen, fue un error manifiesto por parte de quienes dieron la orden asesina, la cual “dio lugar a numerosas manifestaciones contra ellos y hubo tiros y reparto de leña”, por parte de la Policía, y “cobraban” quienes pasaban por allí.

El objetivo prioritario de los emigrantes llegados al País Vasco, castellanohablantes en su mayoría, no era aprender el euskera, sino ganarse la vida y, si estaban casados y tenían familia, mantenerla y dar educación a sus hijos. Pero aunque hubieran deseado aprender la lengua vernácula, no era tarea asequible para muchos adultos asentados allí tardíamente. En cambio, los hijos y nietos de esas personas nacidos en Vasconia han tenido acceso a la enseñanza del vascuence en las ikastolas. Es el caso de la familia de Eusebio, quien constata que en Bilbao “no se oye el euskera en la calle”. Por otro lado, esta aculturación en el territorio de acogida no ha supuesto la pérdida de la cultura patrimonial de la familia, dado que en la agenda de verano siempre se ha incluido la susodicha estancia en El Bodón durante las vacaciones.

Eusebio Gómez se encuentra a gusto en una incómoda situación en apariencia, a caballo entre su tierra natal de El Bodón y su tierra de acogida en Bilbao. Disipada en parte esa sombra que entristecía su existencia por la injusta y criminal desaparición de su padre, con el hallazgo y la digna inhumación de sus restos mortales, podía esperar una apacible vejez. Pero la muerte de Valentina, su esposa, fue un duro golpe que dejó muy tocado su ánimo e incluso su salud física bastante tiempo. No lo ocultaba en sus contactos telefónicos ni en las conversaciones del verano en El Bodón, donde se imponía el deber de ocuparse de algún nieto, actividad prioritaria en su agenda diaria. Por suerte ha podido contar con la proximidad y el apoyo de sus hijas y nietos. Pasados algunos años, pareció animarse con alguna amistad femenina en el entorno de los represaliados locales, sobre la cual guarda su habitual discreción en asuntos personales y familiares.

Por lo demás, es un hombre social y solidario, comunicativo y formal, firme en sus convicciones y cumplidor de sus compromisos. Esto se traduce en su condición de “archivo viviente”. Es un informante acogedor, portador de una información útil y fiable, pertinente y lacónico en su expresión. Su aportación a la memoria histórica va más allá de la percepción emocional ceñida a su ámbito personal, aunque, a pesar de su carácter discreto y contenido, es sin duda una persona muy sensible, que merece el aprecio de sus convecinos y de quienes nos interesamos por mantener viva la llama de los valores republicanos.

Angel Iglesias Ovejero y Eusebio Gomez - El Bodon 27-08-2018
Ángel Iglesias y Eusebio Gómez (El Bodón, 27/08 /2018)

***
(Referencias: A. Iglesias, “Archivos vivientes: las víctimas del terror militar de 1936 a 1939 en El Rebollar y pueblos aledaños salmantinos”, Cahiers du P.R.O.H.E.M.I.O., nº 9, 2008, 101-201, La represión franquista en el SO de Salamanca, II: 6; VI, 1.3.2, y notas; “Croniquillas del verano sangriento”: 11/09/2016; “Secuelas franquistas”: 20/04/2017).

 

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