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Pregón de la Asociación Charra del Caballo, Alberto Galán Gutiérrez, Carnaval del Toro 2019

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Pregón de la Asociación Charra del Caballo, Alberto Galán Gutiérrez, Carnaval del Toro 2019
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Pregón de la Asociación Charra del Caballo
Alberto Galán Gutiérrez
Carnaval del Toro 2019

Excelentísimas autoridades, damas y caballeros, Botón Charro de Miróbriga, familiares, amigos, gente de mi Ciudad Rodrigo,
Buenas noches a todos:

Es un gran honor para mí, aunque totalmente inmerecido, estar ante todos ustedes y compartir esta velada tan especial. Pero antes de empezar mi discurso, quisiera mostrar mi agradecimiento de corazón a la Asociación Charra del Caballo y, sobre todo, a su presidente Ángel López Manzano por pensar en mí para esta gran empresa. Aún recuerdo el día en que me hizo la proposición: se terminaba de acabar el segundo de los encierros en Guinaldo, y tras nuestro saludo, siempre de amistad sincera, me dijo:
-¿qué te parecería dar el pregón de nuestra Asociación el año que viene? No sé si él se fijó en mi gesto, pero una ilusión desbordante recorrió mi cuerpo. Ni siquiera sabía a qué me enfrentaba, pero mi respuesta fue un sí muy firme, aunque como el manso, rehuí la pelea y maticé: -lo vamos hablando.
Una reunión en septiembre y concretamos que yo estuviera ante ustedes dando este prestigioso pregón.

No soy un experto en caballos o en toros como mis predecesores; a los que pido perdón por lo que aquí pueda pasar tras mis palabras, pero soy una persona apasionada de este mundo que aúna vida y muerte. Esta noche, como único espada, voy a intentar dar lo mejor de mí, aunque llevo el estoque de verdad montado por si la encerrona se pone cuesta arriba. Decía Joselito, para aquel magnífico y triunfal 2 de mayo de 1996, que lo fundamental en un día así es matar bien. No tengan miedo, abreviaré y me tiraré a matar como merece la ocasión: a pecho descubierto.

He pasado muchas horas pensando qué les podría contar, cuando ustedes lo conocen todo del caballo, del toro y de este Carnaval único en el mundo.
Tras varias noches en vela dialogando con mi cansada Musa; últimamente trabaja a destajo y la tengo muy estresada, acordé con Ella que lo primero que haría sería contarles qué me une a Ciudad Rodrigo y a este mundo. Ella ya aburrida con tanta pregunta me dijo que les contara por qué me gusta todo esto. Rebusqué en mi memoria y me topé con la figura de un jinete en el Árbol Gordo, el encierro ya había terminado y deduzco que hacía mucho frío porque él iba muy abrigado. El caballo era alazán y se dirigía hacia la Avda. Béjar al paso con su garrocha. Todo el mundo lo miramos, aunque mis ojos de niño se detuvieron durante más tiempo en él. Me fascinaba cómo alguien con su caballo podía ir por unas calles de un lugar sin descubrir aún para mí; por un lugar donde solo había visto coches. Se preguntarán por qué está imagen tan simple me cautivó, tiene una explicación:
En mi casa siempre ha habido caballos, todos preparados para la brega en el campo. Mi padre ha sido y será siempre un grandísimo jinete, aparte de estar en todo momento dispuesto a ayudar a cualquiera que necesitara encerrar vacas, mover potros… Quizá tuvo por hijo al peor alumno, pero desde pequeño me subió en ellos, cosa que siempre le agradeceré. Luego, yo solamente aprendí a sostenerme a duras penas en todos los caballos y yeguas que él tenía.

Aquella imagen, a la que me he referido, me fascinó porque mi padre iba a encerrar siempre en nuestro pueblo, lo veía partir muy temprano y hasta que no acababa el encierro no tenía noticias de él. Para mí el encierro era un riesgo y mi padre lo corría. Así que las únicas veces que podía disfrutar de él y su pasión era en los encierros a caballo de Ciudad Rodrigo. Por este hecho, de los primeros encierros que guardo un bonito recuerdo son de los de aquí.

No puedo nombrar a mi padre sin mencionar a su compañero, el más valiente, Candi “Primavera”, seguro que lo conocían o han oído hablar de él. En su casa, en la cual me sentía como uno más, estaba la foto más impactante montando a caballo que yo había visto. Lo habían retratado con un caballo de manos. Aún recuerdo la funda de su montura que era verde cirujano. Desde aquí mi más sentido homenaje allá donde esté. La que tiene que tener allí arriba liada, aunque descuiden, todos los caballos los tiene a la mano.

Y con esta anécdota en la que está tan presente el miedo como en todo lo que implica toro y caballo, comenzó mi relación con el encierro a caballo mirobrigense, fecha marcada en rojo por todo aficionado al campo y al caballo de la comarca, de la provincia y del país vecino.

Esta pasada Navidad, en una conversación nocturna con un buen amigo que sabe de esto mucho, acordábamos que el encierro a caballo nace con un fin constructivo: llevar el ganado al núcleo urbano desde la finca. Esto solo sucede en este rincón de Castilla unido a pueblos de La Raia portuguesa, el sur de Valladolid, algunos pueblos de Segovia, Soria, etc. Aquí en el Campo Charro siempre se ha hecho con esa mentalidad, la de conseguir que el ganado llegara al pueblo o ciudad. Sin abruptos, sin prisas, los toros eran conducidos con la idea de dominar a equino y toro. Hoy día, se montan mejores caballos, cosa que dicen, también ha pasado con el toreo ¿se torea mejor que antes? Es una reflexión que les lanzo. Actualmente los caballos están mucho mejor domados y cuidados. La doma y la estética han evolucionado a una velocidad endiablada, ahora todos los caballos completan ejercicios que los jinetes ni se imaginaban; van perfectamente preparados de crines, cola, etc. Lo que nos hace diferentes es que aquí los caballos se tienen para mover ganado, siempre se han montado con la finalidad de mover las cabezas de bravo o manso ¿Quién no tiene un caballo “puesto” para vacas? Ciudad Rodrigo tiene la oportunidad de seguir siendo la cabeza visible de ese rito ancestral al que se acude en masa. No se puede perder, todos debemos colaborar para que ese encierro del domingo siga perdurando como bastión de la cultura popular. La intrahistoria de la que hablaba Unamuno (tan enamorado de lo salmantino y defensor de lo vasco, no lo descuiden). Don Miguel apuntaba que las naciones pasarán, pero esa cultura de nexo entre los pueblos seguirá perviviendo, es imborrable la identidad. Y nuestra identidad es esa. Él decía que mantener esa sustancia que nos une es la clave del progreso. No podemos perder lo que nos hace tan diferentes a otras culturas, incluso dentro de España.
La intrahistoria no es alardear, sino el ejemplo de la cotidianidad, eso que siempre se ha hecho sin adornos. Ese es el tesoro que hemos recibido y nuestro trabajo es continuarlo.

La unión con el Carnaval se ha hecho mucho más fuerte desde que trabajo aquí. Ahora, como un “farinato” más, arranco el antruejo el jueves de casetas, un día en que la pasión aflora y en el que los reencuentros, los abrazos, los besos y los “qué tal” son compañeros de taberna y caseta. Todo bien aderezado de buen vino y buenos embutidos que hacen que a uno se le olvide que el viernes tiene que ir a trabajar. Luego, la melodía de la campana, después de tantos meses de olvido en lo alto, vuelve a sonar de nuevo. La que nos hace levantar de la cama y la que nos eriza la piel, nos acompaña a lo largo de cinco días en los que el toro es el dueño y señor de las calles de la vieja Miróbriga.

Cómo me gustan esas tardes de invierno en las que subes hacia la Plaza, te tomas un café para entrar en calor y degustas una tarde de toros diferente. Festivales donde he visto a dos de los toreros que entrarían en los carteles de clavel de mi feria ideal, Juan Mora y Curro Díaz.
También pude ver al león, Iván Fandiño, rugir en una de sus últimas tardes; al que el día de su muerte, estando en Las Ventas, le dediqué una pequeña elegía, que antes de que se pierda en la maraña de datos de Internet, me gustaría compartir con todos ustedes:
(CHOPIN, SPRING WALTZ)

Hasta siempre, Iván.
Como un golpe seco sonó en nuestros oídos la noticia de tu muerte.
No nos lo queríamos creer, pero la verdad del toreo inundaba la explanada de Las Ventas, allí, donde fuiste dueño y señor.
Allí, donde te vi aparecer en un gris plomo desafiando a la historia.
Otra vez, Las Moiras se empeñan en cortar el hilo antes de tiempo; otra vez, la muerte vence a la mirada que la desafía; otra vez, todos los sueños de descerrajar puertas se ven truncados; otra vez, TÚ, maldita.
Tu espada no volverá a marcar los tiempos.
Tu rincón de Las Ventas quedará huérfano de rebeldía y desafío.
La vida terrenal te fue demasiado leve, ojalá, la gloria te alcance eternamente.

Como ven, Ciudad Rodrigo es caballo y toro en una ecuación perfecta. ¿Qué lugar de la provincia puede aunar festivales por los que han pasado las máximas figuras del toreo y una cita con el caballo de la importancia del domingo de carnaval? Por la arena de la Plaza Mayor han pasado toreros de la talla de José María Manzanares que aparte de “torear” aquí una tarde de carnaval (y torear lo he puesto entre comillas ANÉCDOTA MALETILLA Y LA DE EL SORO), también tenía aquí su parada para desconectar de las largas temporadas. Este oasis, que no era de paz, precisamente, era el bar de “Isi”. Por él pasaba la crème de la crème del mundo taurino de la época. Seguro que ustedes lo han conocido en pleno apogeo y tendrán mil recuerdos en él. Yo también lo recuerdo. Pero mis recuerdos son muchos más inocentes que los de ustedes. En mi memoria están las mesas; el ambiente oscuro y tenebroso que serviría para ambientar una novela romántica del s. XIX; la puerta que daba acceso a la casa de mis tíos Ángeles y Eutimio y lo que mis padres me contaban de él. De una noche canalla el maestro Manzanares le regaló un capote a mi padre. Aún lo guardo con especial cariño y doy algunos mantazos en las capeas que mis amigos organizan. Hoy Isi tiene butaca especial para ver, en mano a mano a puerta cerrada, a su Manzanares y a su Julio Robles; y cuando la tarde de toros expire, él se pondrá a los mandos de la nave a repartir cubatas. Y si el hambre aprieta tras los lances eternos de ambos, tras la resaca; Manolo el de El Refugio, desde el callejón, tendrá sus brasas a punto para las mejores carnes y para dar cobijo a su primo, al maestro Manzanares y a su ídolo Robles.
Con estas palabras quería recordar a dos de mis parientes más taurinos, con uno nunca pude departir de toros, pero que seguro que tras un puro podríamos charlar largo y tendido sobre el rey de la fiesta. Cómo tendría que ser de importante este Isi cuando Alfonso Navalón escribió así en Tribuna de Salamanca el día de su muerte:

“Este verano lo vi la última vez, ya herido de muerte, rodeado de la fidelidad de sus amigos. Estaba preparando su sereno adiós a la vida, con la entereza de un toro bravo que se niega a cobardear y a venirse abajo, y buscaba, en el sol de la tarde, sus ansias de sobrevivir. Estaba allí, como un patriarca, bajo la sombra de la morera de la casa antigua que compró en la huerta, pegando al río. Mirando a la catedral. Con los viejos amigos de toda la vida”. […]
El bar de Isi era el parlamento abierto y polémico donde se tomaba el pulso a los acontecimientos más dispares. Y allí estaba aquel hombretón, con sus manazas de labriego, detrás de la barra. Trabajador infatigable, esclavo de una clientela variopinta y, a veces, ilidiable. Y cuando la madrugada barría todo el bullicio de la Colada, echaba el cierre y se iba a su otra casa, la de la higuera, por donde pasa el encierro. […]
Y así era Isi. Genio y figura hasta su agonía. Quiso morir cerca de la sombra de la morera, mirando el agua del río, que se va y no vuelve.”

Manolo escogió mirar a la Catedral de Salamanca y al Tormes, donde acaba el Campo Charro, él que había confluido entre la dehesa extremeña y este durante tantos años. “El Refugio” donde todos dejamos un trocito de infancia y de juventud al abrigo de su lumbre.

Otra noche, en la que el insomnio volvía a arreciar y mi cabeza echaba humo; decidí, en un último acto de valor, escalar al Monte Parnaso y visitar de nuevo a mi Musa. Yo ya iba contento porque tenía medio pregón escrito pero necesitaba algo más. Quería seguir contándoles por qué Ciudad Rodrigo es importante en este mundo que tanto amo. En la discusión con Ella, afloraron momentos importantes de mi relación con el caballo. Y qué curioso, habían sucedido exactamente a orillas del Águeda, cerca de la huerta de Isi. Ese lugar era la Plaza de Sta. Cruz, hoy en ruinas y abandonada, pero de la que yo guardo dos bonitos recuerdos. El primero sucedió cuando yo era un ferviente seguidor de Pablo Hermoso de Mendoza. No fallaba un 21 de septiembre en La Glorieta y mucho menos, en el extinto Gran Hotel donde iba al acabar la corrida. Allí, por mediación de unos grandes amigos de mis padres, charlábamos y tomábamos un café con él. Compartía mesa con mi ídolo. ¿Qué más se puede pedir? Pues que el ídolo venga más cerca. Y vino. Toreó una corrida aquí, en Ciudad Rodrigo, en esa plaza. No me acuerdo de sus compañeros de cartel, pero sí sé que antes de caer el último toro yo ya estaba en el patio de cuadrillas para ver a Pablo. Me dio la mano para saludarme, y al tenerla llena de sangre de matar al toro, la mía quedó completamente roja. Qué sería la emoción infantil que estuve dos días sin lavarme esa mano.
El otro recuerdo que tengo de ese coso, fue que ahí tuve que ir a recoger la yegua que hoy día monto, mi compañera de fatigas y aprendizajes. La había tenido desbravando Juan Luis Montero. Atrevida se llama. Qué ironía, lo poco valiente que soy yo y el nombre que le puse al animalito.

Nunca había contado esto en público y casi nadie sabrá de la existencia de estas anécdotas. Hoy era el día de volver a dejar lejos la armadura y abrir mi corazón. Como dice la RAE en su diccionario, el pregón es una promulgación que en voz alta se hace en los sitios públicos de algo que conviene que todos sepan.Pero antes de que las notas del pasodoble de despedida suenen y encare el patio de cuadrillas con mi capote enroscado en el brazo izquierdo y mi montera en la mano derecha, quería dejar constancia de dos cosas:
La primera son unos regalos, en forma de poema, que les quería hacer a ustedes, encerradores:

(ASHRAM, MARÍA AND THE VIOLINS STRING)

Héroes para mí.
Héroes de boto, que no de bota;
Héroes de garrocha, que no de espada;
Héroes de galope corto, que no de carrera;
Héroes de valor; que no de miedo.
Siempre quise madrugar y preparar mi jaca para el encierro.
Hacerle el nudo vaquero, coger mi palo y salir al paso hasta el cercado.
Soñar con el sonido de los cascos.
Soñar con templar un toro.
Soñar con ese aplauso caluroso cuando el encierro sale bien.
Soñar con la palabra cómplice de que llevas bien la yegua.
Soñar con cencerros, campanas, voces y gente.
Soñar con bajar la cuesta y subirla.
Soñar con formar la pareja perfecta con tu yegua.
Ese sueño que se diluye, lo veo en todos ustedes.
Siempre quise ser, mas no lo voy a alcanzar.

Como quizá no he sabido expresarlo con la grandeza que merecéis y acostumbro a navegar por textos poéticos antiguos, les voy a dejar un soneto de Góngora que versa sobre un encierro, se llama A don Pedro Cárdenas, en un encierro. El maestro en relaciones entre palabras, la forma de estas y las metáforas, al servicio de nuestra afición:

(ALBÉNIZ, ASTURIAS)

Salí, señor don Pedro, esta mañana
A ver que un toro que en un nacimiento
Con mi mula estuviera más contento
Que alborotando a Córdoba la llana.

Romper la tierra he visto en su abesana
Mis prójimos con paso más lento,
Que él se entro en la ciudad sin aliento y,
Y aun más, que me dejo en la barbacana.

No desherréis vuestro zagal, que un clavo
No ha de valer la causa, si no miente
Quien de la cuerda apela para el rabo.

Perdonadme el hablar tan cortesmente
De quien, ya que no alcalde por lo bravo
Podrá ser, por lo manso presidente.

Y la segunda, y última, es que con este discurso no he hecho más que demostrar mi profundo agradecimiento a esta tierra que me lo ha dado todo, me dio la oportunidad de crecer; de conocer y de estar. Sentiría una enorme tristeza si me fuera de este mundo sin darte las gracias, Ciudad Rodrigo, y qué mejor manera que en este magnífico Teatro y delante de toda esta gente. Lo poco que han estimado válido, para que yo estuviera aquí dando este pregón, se lo debo en gran parte a este pueblo: profesores que me enseñaron; entrenadores que confiaron; amigos que me apoyaron y compañeros que estuvieron.
En este momento, los operarios de la plaza van a ir cerrando las puertas y apagando las luces, olvídense de lo que aquí se dijo y encaren estos días de fiesta y júbilo con la mejor de la sonrisas. Desde esta posición privilegiada, les invito a que tachen los problemas de sus agendas y dejen hojas en blanco para su Carnaval, que es el mejor del mundo.

Larga vida al toro.
Larga vida al caballo.
Larga vida al Carnaval del toro.

Hasta siempre, AMIGOS.

 

 

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