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ALFANHUÍ, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez

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ALFANHUÍ, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez
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Muere Rafael Sánchez Ferlosio, y con él uno de los más grandes pensadores de nuestro país, y sin duda el más incisivo y perfeccionista de todos, que con su gran dominio de nuestra lengua penetró en nuestros problemas en cada uno de los momentos que se necesitaba, es pues para mí y para muchos su ausencia una amputación y una tristeza.

Nació como escritor con la novela Alfanhuí y se consolidó con El Jarama, ésta muy celebrada en su momento en el mundo literario, para decidir irse al ensayo, con lo que ganamos un gran analista y perdimos a un literato pues nunca más volvió a escribir ficción.

Dicho esto, de él yo siempre tengo y tendré presente en mí Alfanhuí, esa novela autobiográfica de un adolescente que va a dejar de serlo, y que siente la necesidad de quedarlo atrapado para siempre en una novela, que es por tanto autobiográfica. En ella hay en medio de las precisiones descriptivas que lo caracterizaban ya, y las cuales terminarían haciendo nacer El Jarama, una carga de nostalgia de lo que se va, que es el mundo de su pubertad, contado todo con una ternura hacia el personaje y su mundo, que te hace quererlo y no perderlo ya nunca, pues su abandono de la adolescencia es el que hay en cierta medida en todos y cada uno de nosotros.

Tiene otra cosa esta novela, escrita cuando yo acababa de nacer, y leída por mí cuando ya tenía 30 años en un libro de la colección RTV de los años 70 que valía 25 pesetas y que mi padre me fue regalando uno a uno los 100 tomos, y es el acercamiento físico por el lugar donde sucede su tercera parte, en Moraleja, donde vivió su abuela, y donde pasó un tiempo de esa adolescencia de la que se despide, y puesto que allí estuvo también la niñez de mi madre, cuando mi abuelo Jenaro hacía de virrey de la marquesa en el latifundio vecino de Mayadas, y por las cosas que del lugar cuenta y cómo las cuenta y las innumerables veces que hace aparecer el nombre de Moraleja en su novela, que termina sonando como el redoble de un tambor que lo llevara para siempre dentro, y por lo que él veía desde allí: “Donde terminan las pedrizas, brota, de golpe y vertical, el testuz de la montaña. Como un susto aparecen los grandes mascarones; los viejos mascarones de roca que miran al mediodía… Los grandes mascarones escondían sus crestas en los nublados; en los negros y densos nublados”. Se trata del Jálama, esa montaña a la que llevo años subiendo a su cima, y desde ella ver, pues eso, el paisaje de mis antepasados, Moraleja, y un periodo de mi infancia en el convento de San Martín de Trevejo, y desde la cual a veces pensé hacer una visita a este gran maestro del pensamiento, que me consta vivía de tarde mucho otra vez en Moraleja, en busca de sus raíces, seguro que al encuentro de Alfanhuí, es decir, de él mismo en su adolescencia, para dejar bañarse por ese niño que fuimos y que todos llevamos dentro con mayor o menor carga de nostalgia y cariño, pero nunca me atreví a hacer esa visita pues no tuve el valor de ponerme delante de él para quizá importunarle.

Ahora sé que Ferlosio siempre estará un poco en mi, y no por su gran legado de pensamiento, sino por su enorme carga de nostalgia del adolescente que fue y retrató en Alfanhuí, que me envuelve y acompaña con constancia, y desde luego siempre que subo al Jálama, balcón del paisaje de las raíces maternas y de mi abandono de la niñez en aquel caserón conventual de San Martín de Trevejo.

 

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