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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (16): Hermelinda Prieto Román, hermana de un condenado a muerte (El Bodón, in memoriam), por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (16): Hermelinda Prieto Román, hermana de un condenado a muerte (El Bodón, in memoriam), por Ángel Iglesias Ovejero
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Hermelinda Prieto Roman -rr

Hermelinda Prieto Román

Hermelinda Prieto Román participó con espontaneidad y entusiasmo en la fijación de la memoria republicana de El Bodón cuando tenía 90 años y disfrutaba de todas sus facultades mentales, en 2007. Entonces, en presencia de varios familiares, se grabó su testimonio en casa de su nieta Francisca Cepa Prieto (14/08/2007). Sus informaciones han sido de gran utilidad en nuestras publicaciones desde que estas se iniciaron en 2008. La citada nieta ha completado algunos datos genéricos sobre la abuela, que al parecer era de las personas que no consideraba que su vida mereciera ser contada.

Nació el 22 de diciembre de 1922 en El Bodón y allí también falleció en 2018. Fueron sus padres Guillermo Prieto Barragués (19/12/1887), hijo de Wenceslao, jornalero, y de Josefa, vecinos de la villa, y Francisca Román García (15/08/1887), hija de Víctor y Tomasa, probablemente de la misma naturaleza y vecindad. Además de Hermelinda, la fratría estaba compuesta por dos hermanos: Tomás y Primitivo Guillermo Prieto Román. Su vida transcurrió casi enteramente en su lugar natal, a excepción de algunas temporadas en su tramo final, en que se desplazaba a Irún, donde residían dos de sus hijas. Sin duda es de los relativamente pocos bodoneses de su generación que, más allá del horizonte de Ciudad Rodrigo, no experimentaron la emigración antes o después de la guerra.

Recibió la instrucción primaria en la escuela local, donde aprendió a leer y escribir, lo que viene a confirmar la idea de que el analfabetismo en esta villa ya no era una lacra social tan extendida como en otros lugares cercanos durante el primer tercio del siglo XX. Pero no realizó otra clase de estudios, cuyo coste no estaba al alcance ni siquiera de quienes, no sin bastante optimismo, se consideraban “labradores ricos” en estos pueblos del entono mirobrigense, en el supuesto de que hubieran valorado más la formación de los hijos que, por ejemplo, la adquisición de algunas reses o tierras. Su andadura laboral transcurrió de acuerdo con el programa no escrito de las adolescentes y mocitas nacidas en el seno de las familias modestas. Pronto empezó a ejercer las habituales “labores propias de su sexo”, como solían designarse en la terminología oficial las tareas domésticas que atañían casi exclusivamente a las mujeres. Esto no las libraba de tener que ayudar en faenas del campo, que, en algunas épocas del año, por su carácter imperioso y la falta de maquinaria agrícola, daban ocupación a casi todas las personas en edad de trabajar e incluso a menores (en detrimento de su escolaridad, si llegaba el caso). Algunos malos patronos a veces preferían emplear a mujeres y mozalbetes quinceños, porque eran menos respondones y peor retribuidos. En 1931, con salarios legales, en primavera y otoño un jornalero podía ganar 4 pts diarias, una mujer, 2’50 pts, y un muchacho, 1’75 pts. Por esta razón, casi se reservaban para ellas tareas como escardar con zacho las hortalizas, cavarlas con azada o segar algarrobas con hocino.

El horizonte laboral de las jovencitas, en espera de tener edad para asumir plenamente, con el matrimonio, la función de madre y ama de casa pobre, se limitaba prácticamente al servicio doméstico. Esto implicaba la salida del hogar para asentarse en alguna de las decenas de fincas ubicadas en el término municipal y en pueblos aledaños, o aventurarse en el ámbito urbano. A sus 17 años en 1936, Hermelinda ya estaba empleada en una lechería de Ciudad Rodrigo. Por ello no debió de vivir con demasiada intensidad los acontecimientos locales en la primavera de aquel año hasta la Sublevación militar. Las elecciones de febrero no dieron lugar a los cambios esperados por los numerosos jornaleros en paro forzoso, muchos de ellos padres de familia que no habían cobrado jornales desde el verano de 1935. Los sindicalistas, principalmente, insistieron y obtuvieron un cambio de gestora municipal menos derechista, que, sin embargo, no fue capaz de acelerar la reforma agraria, debido al complicado mecanismo de la tramitación. En El Bodón afectaba a las fincas de Pascualarina, Melimbrazo y Collado de Malvarín, y era de urgente necesidad, como el presidente y el secretario de la Sociedad Obrera explicaban en una carta al gobernador civil, Antonio Cepas, con fecha del 5 de abril de 1936: “Han transcurrido cerca de tres meses de aquello [las elecciones de febrero] y nos encontramos con el tremendo dilema de que ni se procede a la incautación ni se realizan los trabajos preparatorios de barbecheras, con lo cual el hambre de este año se hará más ostensible en el venidero” (AHPS: 237 / 36, Iglesias 2011b, 238, nota).

En el colmo de la impaciencia, se produjo la ocupación de la finca del Collado de Malvarín (propiedad de la familia Sánchez-Arjona), en la que intervino la mayoría del vecindario, incluido el alcalde Ramón Barragués Orensaz, recién nombrado, que cedió una pareja de burros para las labores. No hubo violencia, aunque se ha dicho que los ocupantes más exaltados “obligaron a picar” al montaraz. En todo caso, esta ocupación prematura de un latifundio expropiable fue uno de los motivos recurrentes invocados en la represión franquista contra los republicanos de El Bodón, como lo fueron también los festejos de las conmemoraciones republicanas en abril y las manifestaciones obreristas de mayo, unidas a las quejas del párroco por no haberle dejado ocupar la calle, sin previo acuerdo de la autoridad civil, para las procesiones a la antigua usanza, y sobre todo, el conato de oposición al Movimiento la tarde del domingo 19 de julio de 1936, exagerado por la Guardia Civil hasta calificar su propia actuación posterior de “toma del pueblo” (de hecho la usurpación del poder local). Las detenciones de vecinos fueron casi inmediatas y las primeras sacas clandestinas se produjeron en cuanto las expeditivas órdenes de Mola para acelerar el procedimiento del levantamiento de cadáveres, dictadas en Burgos, repercutieron en la VII Región Militar, en la segunda semana de agosto. Un mes más tarde se produjo la saca carcelaria de la quincena de vecinos bodoneses, ya reseñada otras veces, de cuyos preparativos en parte fue testigo Hermelinda Prieto.

En efecto, gracias a su ocupación de repartidora de leche, pudo asistir el día 11 de septiembre físicamente de cerca a las idas y venidas impacientes de sus vecinos detenidos en el flamante Instituto de 2ª enseñanza, antiguo cuartel de Artillería y a la sazón habilitado para las Milicias Fascistas (Falange sobre todo) en Ciudad Rodrigo. “Yo quería ver qué le hacen a los de mi pueblo”, imploró en una de las casas adyacentes donde debía cumplir el recado, y los dueños la dejaron mirar por una ventana. De momento, aquéllos infelices deambulaban por el patio. La mocita sin malicia no llegaría a entender gran cosa de aquel trampantojo, como quien asiste a un espectáculo de hábiles prestidigitadores. La consulta del archivo municipal de esta pequeña ciudad ha revelado el excelente engranaje que los represores tenían montado para llevar a cabo sus macabras operaciones con total impunidad. No es cierto que todos los detenidos llevados al matadero salieran al mismo tiempo de la prisión del Partido Judicial, como se podría deducir del listado de entradas y salidas de dicho centro carcelario en 1936. Y es falso y perverso jurar que los “pusieran en libertad”, como el juez militar instructor, el director de la prisión y otros responsables militares afirmaron con motivo de la información sobre la saca carcelaria del 16 de diciembre, dos meses más tarde. En el mencionado archivo existen papelitos (oficios informales) firmados por los jefezuelos falangistas de cómo fueron trasegando los presos por parejas o pequeños grupos de la Cárcel oficial al cuartel de las Milicias, donde se organizaban e iniciaban los viajes sin vuelta, como el de aquella quincena de hombres y una mujer de El Bodón, cuyos restos otros vecinos y familiares bodoneses recuperaron 43 años más tarde en Medinilla (Bañobarez) para enterrarlos con honores en el cementerio municipal.
A pesar de su indignación, cuando Hermelinda recordaba estos hechos no le temblaba la voz ni se abandonaba a inútiles aspavientos, porque la gente que ha llevado una vida sacrificada y ha pasado malos tragos en ella no suele caer en la tentación de echarle más sangre al Cristo. Ella experimentó en su familia la represión franquista que afectó directamente a su hermano Primitivo, quien, a favor de una paradoja muy frecuente en aquel verano de 1936, había conseguido librarse de las detenciones y sacas macabras gracias a su llamada a filas en el Ejército “nacional”. Sin embargo, la desgracia le alcanzó cuando menos lo esperaba, al ser denunciado por unas vecinas con la que había conversado por el camino cuando estaba de permiso en el pueblo. La tradición familiar ha retenido el episodio con pelos y señales, pero la hermana lo resume lacónicamente de entrada: “Apenas había llegado al pueblo, y ya tenía la orden de detención en casa”. Los detalles también se conocen por el juicio sumarísimo que le instruyeron por la vía militar.

A Primitivo lo habían ascendido a cabo en el Regimiento de Infantería la Victoria (Salamanca), donde estaba destinado, y lo habían dejado volver al pueblo, al cual había llegado el 17 de febrero de 1937. Dos días después había ido a Ciudad Rodrigo, de donde regresaba por la tarde, haciendo a pie el camino hasta El Bodón, a unos diez kilómetros de distancia. Con la prisa de llegar a casa y quizá por tener compañía, Primitivo alcanzó a las aludidas vecinas a mitad del recorrido, a la altura de la dehesa de Casablanca, y metió baza en la conversación que traían sobre un asunto muy resbaladizo para él. Porque las vecinas Emilia Gutiérrez Olaza, Victorina Matías Martín y Aurora Barragués “Regatos”, la segunda falangista, volvían de Ciudad Rodrigo, comentando “las atrocidades de las hordas rojas”, con motivo de una monja que conocían y había salido de Barcelona (sin que hubiera sido ella víctima), y entonces intervino Primitivo para puntualizar: “(…) Que también en el territorio dominado por los nacionales se cometían muchos abusos (…) que las muertes del pueblo del Bodón y de toda España tenían que ser vengadas y que la Falange no valía para nada” (P.sum. 788/1937). Quizá Primitivo no hubiera dicho exactamente eso, pero así rezaba el informe de la Guardia Civil, que obviamente conocía las ideas y actividades sindicales y políticas de Primitivo Prieto, su relación con “Milhombres” (Amador Ramos), el secretario de Andrés de Manso en el pueblo, y lo que esto implicaba. Así que, sin darse cuenta, el Soldado había caído en las redes de la represión fascista, sin que le sirviera de mucho su buen comportamiento en la milicia.

Sus avatares carcelarios se iniciaron con el ingreso en los calabozos del citado Regimiento de la Victoria en Salamanca (17/03/37) y su traslado a las Prisiones Militares tres días más tarde, mientras Robustiano Ramos Guijo, capitán retirado de Infantería, le instruía la causa “por rebelión”. El procedimiento sumarísimo terminó en el consejo de guerra (23/07/37) que lo condenó a pena de muerte, conmutada por la de cadena perpetua al cabo de dos meses (27/09/37). Las estaciones identificadas de su vía crucis carcelario se reducen a tres, pero pudieron ser más. Primero fue enviado a la Prisión provincial de Salamanca en octubre de 1937, después a la Prisión Central de Burgos (1938), y de allí pasó al Destacamento Penal de Lozoyuela (Garganta de los Montes), en la sierra norte de Madrid. En este lugar experimentaría los trabajos más o menos forzados, dentro del Régimen de Redención de Penas, que en su caso consistiría en las obras de un tramo del ferrocarril directo entre la estación de Chamartín de Madrid y Burgos. Hermelinda y la tradición familiar quizá hayan confundido esta prestación, tan rentable para la economía “nacional” y la propaganda franquista, con la participación en la faraónica obra del Valle de los Caídos, que no aparece registrada en el historial carcelario de Primitivo, donde tampoco se mencionan otros lugares en que habría “redimido penas” por delitos que no había cometido, en Astorga y Toro. Lo cierto es que de aquellos laberintos penitenciarios volvió al pueblo, tras ser indultado en 1946, pero enfermo hasta su fallecimiento en 1963. Parte de esos 17 años en que sobrevivió con las secuelas de la peculiar “redención de penas” ideada por el franquismo los compartió con Raimunda Herrero Blanco, con quien se casó al fijar su residencia en El Bodón. Fue un acto de solidaridad recíproco y en coherencia con el pasado republicano de ambos, pues ella era viuda de José Hernández Nicolás, uno de los asesinados en 1936, que había dejado cuatro menores huérfanos: tres hijas y un hijo.

La ojeriza contra la familia Prieto venía de largo y siguió cebándose contra ella en un ambiente local en el que las denuncias estaban a la orden del día, y alcanzaron al padre, Guillermo Prieto Barragués, multado y detenido en la cárcel por cortar una carga de leña y otra vez por quemar un zarzal para atrapar un conejo. En ese contexto había que sobrevivir, y Hermelinda siguió contribuyendo al mantenimiento del hogar con todas sus fuerzas después de los hechos ocurridos en 1936 y 1937. Ayudaba a sus padres en operaciones comerciales, de poca monta pero relativamente ventajosas en aquella economía de subsistencia. Practicaban el intercambio de productos en pueblos cercanos. Llevaban objetos de fabricación casera, cestos, escriños, baleos y escobillas. Volvían con legumbres y patatas. La hija no rechazaba ningún tipo de encargos fuera de casa, principalmente la limpieza y blanqueo de las viviendas, el lavado de ropa, para lo cual tenía que ir al río, más o menos distante de la localidad en cuestión. En El Bodón estuvo empleada en una empresa “chacinera”, en otras ocasiones aludida (actualmente, “Embutidos Duque”). Allí desarrolló sus dotes culinarias, por las que sería apreciada y solicitados sus servicios para las laboriosas matanzas del cerdo en los meses de noviembre y diciembre.

Cuando Hermelinda era invitada a aquellas operaciones sangrientas sabía que no acudía a ninguna romería o fiesta folklórica, como ahora se presentan estos necesarios sacrificios de animales en los reportajes de tres al cuarto, aunque tenían un ritual de trabajo bien preciso. En ellas se repartían los papeles entre mujeres y hombres. Ellos se encargaban de echar mano al animal, sangrarlo encima de un banco adecuado, y, una vez muerto, chamuscar las cerdas, raspar la piel y cortar la carne en función de su utilidad en la alimentación (tocino, jamones, picado de la carne para los embutidos). No todos los hombres tenían pulso o asumían la áspera función de tocinero o matarife. Las mujeres se encargaban del mondongo (preparar de antemano los recipientes, los condimentos y los guisos (prebe o pebre de los chorizos), bajo la tutela de una mujer mayor experta como Hermelinda en su madurez, mantener sin cuajar la sangre para las morcillas, la limpieza de tripas) y el posterior embutido (mediante cuernas de distinto tamaño hasta que hubo máquinas), sin olvidar de capar y picar chorizos y morcillas para que no quedara aire, y evitar así que la chacina se echara a perder. Ante todo era necesaria mucha limpieza (de ahí el nombre de mondongo, relacionado con mondo, ‘limpio’, y mondar, ‘limpiar’, ‘pelar’), mucha agilidad y capacidad de sufrimiento, para aguantar el frío. Así que estas faenas no eran un plato de gusto, con el riesgo de cometer fallos en la elaboración casera de un producto básico; pero la promesa de que las panzadas de hambre serían más livianas, daba aliento y regocijo al ambiente de la mondonguera de antaño, estimulada por la ingesta mañanera del aguardiente y el ponche junto a la hoguera. El Bodón mantiene una tradición chacinera que algunos pueblos vecinos han perdido y le envidian.

En los duros años de la posguerra, Hermelinda se casó con Luis Pino Caballero, de su misma naturaleza (26/10/1912) y vecindad. Ella aportó al matrimonio una niña de tres años (Josefa), a la que se unieron otras dos hermanas: Virginia (1945) y Ángela (1954) Pino Prieto. Con el tiempo, éstas se incorporaron a la desbandada del éxodo rural y la emigración en la segunda mitad del siglo XX, instalándose con sus familias en Irún (Guipúzcoa), donde hubo una presencia considerable de bodoneses, como en otros lugares del País Vasco, donde mantendrían contacto con otros afectados por la represión (V. “archivos vivientes”: Ángel y Eusebio Gómez).

Hermelinda Prieto llevó una vida sin aparente relieve social, acorde con el papel de la mujer en el contexto social de su tiempo, que ella cumplió a rajatabla: hija, esposa, madre, abuela. Las penalidades superadas en su niñez y juventud, así como el trabajo constante en su madurez, no le impidieron casi coronar el siglo de existencia con espíritu alegre y sin perder la memoria, lúcida y expresiva. No hacía alarde de sus convicciones políticas, pero su comportamiento como “archivo viviente” evidencia que no dejó en el olvido la represión que afectó a su familia y a su hermano Primitivo en particular, a consecuencia de su ideal republicano.

El cronista conserva una estampa ejemplar de esta mujer casi centenaria e insólitamente joven que fue Hermelinda, asomada a su puerta en una fecha imprecisa de 2017, sonriente y satisfecha porque le había llegado una buena noticia: el Ayuntamiento había retirado los latinajos y símbolos fascistas que había en la “Cruz de la España Redimida”, erigida por las autoridades franquistas al término de la guerra civil.

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Hermelinda Prieto Román con su familia (El Bodón, 14/08/2007)

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ladis
May 20, 2019 ladis

Es el futuro o mas bien el pasado de este erial,vaya tropa... [...]

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Pitufa
May 18, 2019 Pitufa

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May 18, 2019 Charo Carpio

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