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Secuelas vigentes del franquismo. Nombres y símbolos de exaltación (10): Agustín de Foxá, de Conde a Facha, siempre presente en el callejero de Ciudad Rodrigo, por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Nombres y símbolos de exaltación (10): Agustín de Foxá, de Conde a Facha, siempre presente en el callejero de Ciudad Rodrigo, por Ángel Iglesias Ovejero
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Foto cartel indicador de la calle de Agustin de Foxa -FG 2017

(Foto FG, Ciudad Rodrigo, 2017)

Entre los personajes que, a tuerto o a derecho, se relacionan con la represión franquista en Ciudad Rodrigo y su entorno figura Agustín de Foxá, que se beneficia de una promoción callejera a la que ya nos hemos referido otras veces, sin que esto haya surtido el efecto deseado: el cambio de tal denominación por otra más adecuada y respetuosa con la memoria histórica (“Secuelas”: 12/10/2017). Porque entendemos que el motivo visible de tal denominación es el trayecto de la vía que recorre dos puntos emblemáticos entre el centro urbano y su periferia, pues lleva de la “Glorieta del Árbol Gordo” a la carretera que lame los muros del antiguo monasterio de La Caridad, a la altura de Sanjuanejo, antes de bifurcar, por un lado hacia Zamarra y La Atalaya, por otro hacia Serradilla del Arroyo. Hasta 1963, según Tomás Domínguez, archivero municipal y miembro del Centro de Estudios Mirobrigense, la vía urbana se denominaba “Paseo de las Madroñeras” o “Paseo Nuevo”, “Carretera de la Caridad” o “Carretera de Serradilla”. Entonces (18/01/1963), la Comisión Municipal Permanente, siendo alcalde Joaquín Martín Báez (directivo de las Juventudes de Acción Popular -Japosos- en 1936, C. 11510/37: 34), acordó por unanimidad, darle el nombre de “Avenida de Agustín de Foxá”, cuyo referente había fallecido cuatro años antes: “teniendo en cuenta la vinculación de intereses de todo orden que ligan a nuestra ciudad con el fallecido (…); para “hacer honor y rendir tributo de admiración a tan preclara figura nacional”.

Dicha arteria urbana y su prolongación fueron uno de los viacrucis más frecuentados en el verano sangriento de 1936 por las víctimas de las sacas carcelarias y de otros centros de detención mirobrigenses, entre los cuales los testimonios orales incluyen el recinto del antiguo monasterio premostratense entonces perteneciente a la familia de dicho señor. En sus aledaños se registró una treintena de fallecidos a consecuencia de heridas “por arma de fuego”, algunos de cuyos cadáveres fueron llevados al cementerio municipal de la Ciudad o de algún otro pueblo, o bien sepultados en fosas comunes de fincas próximas al camino de Gazapos o secuestrados y llevados a un paradero hasta hoy desconocido. Nada prueba la responsabilidad directa de los propietarios de La Caridad en las operaciones macabras, aunque alguna información tendrían de lo que sucediera en su propiedad. (Por ejemplo, ¿los trabajos de reparación en la iglesia, efectuados por soldados y oponentes republicanos en 1939, eran una forma de cobrarse el hospedaje carcelario del campo de concentración instalado en las dependencias del antiguo monasterio?). Lo que no ofrece dudas es el papel relevante de Agustín de Foxá en la génesis y la difusión de la ideología fascista que fue el germen de la violencia, la sublevación militar y los desastres posteriores, como queda patente en su obra más conocida: Madrid, de corte a checa (1938).

Jaime Siles, en su enjundioso prólogo a la edición de 2001, empieza por recordar al deseable “lúcido lector” el problema que hasta entonces había tenido este autor: “haber sido rechazado o leído menos por el valor intrínseco de su obra que por el carácter y el color de su ideología”. Ciertamente se puede estar de acuerdo en que “Foxá fue un gran escritor” y dicha obra “una de las mejores novelas de la primera mitad del siglo XX”, para concluir que “funciona en un crescendo menos histórico que lírico y más estético que moral y real”. Es una perfecta ilustración de que ética y estética son cosas diferentes, pero el riesgo que se corre es precisamente el de la promoción de la ideología en detrimento de la ética, sin que ello mejore necesariamente la estética. Y cabe preguntarse cuál fue la respuesta buscada en los primeros lectores, en el contexto de aquella guerra civil que en la retaguardia franquista se tradujo en represión pura y dura.

Agustín de Foxá y Torroba (1906-1959) fue diplomático y escritor polifacético (poeta, novelista, periodista, nombrado académico de la RAE, aunque no llegó a leer el discurso de ingreso), conde de Foxá y marqués de Armendáriz, títulos instituidos en el reinado de Isabel II (respectivamente en 1866 y 1853). Su familia pertenecía a la nobleza nueva, constituida en el siglo XIX por nuevos ricos, sobre todo políticos y militares, que habían medrado al socaire de las guerras colonialistas y conflictos entre liberales y carlistas. Algunos de ellos habían sacado tajada de la Desamortización de bienes eclesiásticos en 1836, en una época en que los títulos nobiliarios también se podían comprar. Por estos pagos se menciona a los condes de Montarco, cuya titulación (concedida por Carlos IV en 1798) había adquirido Clemente de Rojas como saldo de una deuda de Juan Francisco de los Heras y Herrán. En los tiempos que aquí interesan su titular era Eduardo de Rojas, amigo de J. A. Primo de Rivera, que, como Agustín de Foxá, fue de los fundadores de Falange. No sería de los peores amos, aunque no por ello dejaba de ser de “los de la caldera que pinchaban por detrás” (Robleda, 1976), como lo prueba el hecho de que el encargado de su finca de Sajeras (Ezequías Hernández) fuera el jefe de Falange en Fuenteguinaldo. Más o menos se cuentan liberalidades similares de los marqueses de los Altares (concedido por Isabel II en 1860) y de Cartago (concedido por la regente Mª Cristina de Habsburgo en 1894), entre otros terratenientes nada dispuestos a colaborar con la reforma agraria, principal motivo de la sublevación contra el gobierno republicano.

Así pues, el escritor pertenecía a aquella clase de personas de quienes también hemos recordado que no necesitaban mancharse las manos para “defender lo suyo”, porque delegaban en otros los trabajos sucios, pero algunos jóvenes “señoritos” participaron en ellos por gusto o convicción antes, durante y después de aquel fatídico verano de 1936. En su caso, más que nada, la tarea consistió en aplicar una estética pulida para justificar la implantación de la violencia fascista y la guerra en curso con dicha novela, pues fue redactada en el café Novelty de Salamanca entre 1936 y 1937. De forma y contenido histórico, se divide en tres partes, que, según sus títulos simbólicos indican, corresponden al fin de la monarquía de Alfonso XIII, la República y el inicio de la Guerra Civil: “Flor de lis”, “Himno de Riego” y “La hoz y el martillo”. En general, la crítica ha visto en ella un planteamiento análogo al de los “episodios nacionales” de Pérez Galdós, en que alternan personajes ficticios y otros de nombre histórico, combinado con un estilo que no desdice de los esperpentos de Valle-Inclán, lo que no es poco decir. Utiliza aspectos autobiográficos, vertidos a través de su heterónimo José Félix, en cuya trayectoria se perfila la promoción del ideario y los métodos violentos de la Falange.

Por ella desfilan los nombres de centenas de aquellas figuras que los escolares de la época franquista estaban obligados a retener de los libros de historia, literatura y sobre todo “formación del espíritu nacional” (mucha atención a no equivocar el etiquetaje de “buenos” y “malos”). Llaman la atención los retratos físicos y morales, verdaderas caricaturas a veces, que si en los referentes de la Monarquía se ofrecen con cierta nostalgia complaciente con un régimen obsoleto (actitud nihilista de derechas: todo está mal, pero no se debe cambiar nada), se vuelven agrios y despectivos, cuando se trata de los creadores de la República. Salta a la vista, le caían mal, tanto los políticos como los escritores, aunque con éstos se ceba menos, a excepción de Bergamín: “un hombre agudo y retorcido, que intentaba armonizar la fe católica con el marxismo, (,,,) un alma malvada (…) amaba lo deforme” (p. 289). Entre los hombres de letras se menciona “el poeta de Ciudad Rodrigo, Delicado, autor de Nueces, que llevaba una rata blanca en el bolsillo” (p. 163), en referencia a Juan Nogales Delicado, de quien, además de ésta, se cuentan otras originalidades en la crónica oral mirobrigense, entre las cuales al parecer destacaba el ejercicio del derecho de pernada en los aledaños de Villar de Argañán, sin duda para no desentonar con el arraigo de una tradición muy cultivada en estos pagos por los señores de la tierra.

Con los políticos se desahoga a gusto:

• Niceto Alcalá Zamora: “En aquella fotografía [lucía] unas botas de elástico. Y la aristocracia, que hacía meses buscaba un nombre agudo y expresivo para ridiculizarle, lo encontró al fin –El Botas–” (p. 100).

• Manuel Azaña (el Verrugas): “Tenía una cara ancha, exangüe, con tres verrugas en el carrillo, y unos lentes redondos, bajo las cejas alzadas (…). Era el símbolo de los mediocres en la hora de la revancha. Un mundo gris y rencoroso de pedagogos y funcionarios de correos, de abogadetes y tertulianos mal vestidos, triunfaban con su exaltación” (p. 115).

• Santiago Casares Quiroga: “Le apasionaba (…) colocar sobre el portaobjetos a los insectos y presenciar, agrandadas sus batallas. Era un nerón del mundo infinitamente pequeño (…). Era huesudo, seco, de sudor frío, con esa crueldad enfermiza de los hombres cuyos pulmones están mal oxigenados” (p. 123-124).

- José Mª Gil Robles: “(…) tenía una cabeza en forma de pera (…) y un aire (…) de campesino sordo. (…). Su voz de timbre chillón lastimaba al adversario. Sabía hacer política, pero no historia, porque carecía de esa emoción poética, de ese fuego comunicativo de los conductores de pueblos. (…) Era algo mezquino, a pesar de sus treinta y cinco años carecía de juventud física y moral, porque era fofo y calvo” (p. 157).

- Manuel Portela Valladares: “Era un hombre enjuto, con fama de valiente, escéptico, refinado. Político del siglo XVIII a lo Floridablanca, con su cabellera blanca, con un peluquín empolvado, dedicábase a hacer colección de cuadros y estudiar la herejía de Prisciliano” (p. 195).

- Indalecio Prieto: “insistía en la apariencia de democracia y legalidad (…). No le importaban los crímenes y los saqueos (…), pero le obsesionaba la fachada de la República” (p. 298).

- Francisco Largo Caballero: “era hombre enérgico, de mirada franca, con una cerrazón mental de fanático del marxismo. Pero su posición era más disculpable que la de aquellos burgueses, aliados con él para la revolución” (p. 326).

Aparte de la relativa comprensión que muestra hacia el último nombrado, quizá por su pasado sindicalista, despreciaba a los líderes por burgueses y por su formación libresca. Así como los intelectuales arrastraban su falta de aire marcial durante “la revolución” (p. 316), aquellos republicanos, con “resabios monárquicos”, desafinaban en el manejo del protocolo, el atuendo, el porte, y hacían gala de mal gusto con sus prosaicos alardes de conocimientos en las reuniones públicas: “Todos repetían en sociedad los temas de sus oposiciones, las preguntas de sus cátedras, las reflexiones de sus clínicas, los comentarios de sus bufetes. Porque no habían encontrado todavía ese tono ligero, esa espuma maliciosa y cortés que alude a las cosas y las desflora sin entrar en ellas y que constituye la conversación del hombre de mundo” (p. 99).

Con tales padres, la República solo podía ser fea, chabacana, aburrida, Niña envejecida (“enferma”). Foxá echaba de menos la frivolidad de la Monarquía. El contraste no podía ser mayor con la joven Falange, cuyos integrantes varones alardeaban del acendrado amor de la Aristocracia por el Pueblo con su presencia asidua en los típicos bodegones madrileños, aunque era una forma de plebeyismo que compartían con los burgueses republicanos. Pero el común denominador de aquellas juventudes falangistas era la alegría, la elegancia y la valentía, además de la clase, que irradiaban la familia y allegados del Jefe. Carmen y Pilar Primo de Rivera: “Eran dos muchachas de ojos claros, sencillas y elegantes. Tenían mucha raza” (p. 169), en consonancia el modelo de chicas “bien”, aptas para asumir las funciones y labores propias de la “raza” femenina (función decorativa, de procreación, de ama o criada de casa). Agustín Aznar (jefe de milicias falangistas, casado con Dolores Primo de Rivera, prima del Fundador): “gordo, ruidoso, alegre como un torrente (…) llevaba una gran pistola en el bolsillo de la americana” (p. 169). El arma de fuego era la señal de identidad de estos noveles caballeros, como la espada para los antiguos.

Aquella pléyade de jóvenes alegres, elegantes y valientes (incentivados por el contacto de la pistola), que eran los más granados señoritos (así se hacían llamar) de aquellas familias puestas en solfa en la primera parte de la novela, estaba obnubilada por la deslumbrante “gallardía” del principal fundador, hombre de armas y de letras. Obviamente, esto no lo libraba de la denuncia de habilidades menos lustrosas, moldeadas en motes plebeyos: Copita de Jerez (digno retoño del general Primo de Rivera, el Borracho), y Simón el enterrador. El narrador solo menciona y explica este último, sobrenombre motivado y premonitorio de actividades macabras, inspirado en una canción popular (cantada por Angelillo en La hija de Juan Simón, versión cinematográfica de J. L. Sáenz de Heredia, 1935, inicialmente rodada por Nemesio M. Sobrevila). Aprovecha el contexto para excusar la violencia del método: “Llamaban despectivamente a José Antonio “Simón el enterrador”; cuando la Falange, cargada de razón, empezara a tomar represalias, aquellos señores les llamarían pistoleros” (p. 172-173). Porque las algaradas y muertes causadas por los falangistas antes de la gran matanza de 1936 para Foxá debían de ser travesuras comparables a las de aquel charro mexicano borracho, mujeriego, jugador, deslenguado, camorrista, ladrón, pistolero y terrorista, que, “por lo demás era más bueno que el pan” (José Novo Valle, 1961). Visto así, el Fundador y sus discípulos venían a ser precursores, con la diferencia de que el Charro mataba solamente en la ficción.

La naturaleza casi divina del Fundador se le revela al alter ego de Foxá en la contemplación de una ingesta de gazpacho: “Le trajeron el gazpacho con trocitos de hielo, al que José Antonio era muy aficionado. Era un retorno de la estirpe andaluza al caldo fresco del verano del sur” (p. 169). Para Eugenio Montes (otro fundador de Falange) era un caballero andante y seductor: “Nuestro jefe es Amadís de Gaula” (p. 170). Y, para que no se tome por ironía hiperbólica (y de ambigua alusión homofílica), el narrador confirma: “Y era verdad, porque era joven, decidido y poeta, y tenía una prestancia varonil, que deslumbraba a las afiliadas a la sección femenina. Era épico y lírico, de ojos claros y ligeramente tristes”. Para rematar por boca del personaje Pedro Otaño (portador del nombre y segundo apellido de Pedro Muguruza Otaño, arquitecto de la basílica del Valle de los Caídos): “Lo mismo coge un matiz de Rabindranath Tagore, que le pega un tiro al lucero del alba” (p. 170).

Es en esta segunda parte donde el lector, si lo desea, puede disfrutar con la evocación de la génesis y el parto gozoso del Cara al sol, colectivamente concebido y alumbrado por androgénesis en una cena fraternal a base de chacolí, sidra y bacalao, celebrada en la Cueva del Or Kompon (3 de diciembre de 1935). Suena a copón de oro, pero solo es el nombre de un restaurante vasco que tenía un pasado casi nobiliario: “En el local (…) había estado antes la Galería, especie de Rastro aristocrático, donde acudían los conferenciantes franceses a impregnarse de fácil tipismo” (p. 196). Según el relato de ribetes hagiográficos, en la paternidad compartida intervinieron J. A. Primo de Rivera, Jacinto Miquelarena, el marqués de Bolarque (Luis), que entre los tres habían previsto media estrofa (“Traerán prendidas cinco rosas”), Pedro Mourlane (“Que por cielo, tierra y mar te espera”), Rafael Sánchez Mazas (que ayudaba a pulir sílabas y preposiciones), Agustín de Foxá (“De cara al sol, con la camisa nueva”), José María Haro o Alfaro (“Que en España empieza a amanecer”) y Dionisio Ridruejo (“Volverán banderas victoriosas”). Peritos en musas, cazaban versos alados en el aire, acuciados por Agustín Aznar, encargado de la puerta, que les impedía abandonar el cónclave, tarea policial en la que le ayudaría Luis Aguilar, otro activista partidario de los métodos expeditivos, que en su versión benigna incluían la administración de aceite de ricino, muy del gusto del Jefe, que había amenazado con ella a la escuadra de poetas encargados de la letra.

Del relato se deduce que J. A. Primo de Rivera propuso el plan y los motivos claves (la novia, la muerte, las estrellas, la victoria y la paz) y el mismo Foxá acertó con los versos del título y completó después la estrofa de los “caídos”, mientras que el primero puso el relleno con la 3ª estrofa (“Si te dicen que caí / me fui / al puesto que tengo allí”), cuyos ecos y sonoridades picudas más parecen gritos de una rata histérica a la que le pisan el rabo, que no rugidos emitidos por un bravo miliciano fascista presuntamente agónico. En escritos posteriores (1940) el autor señala también la presencia en el ágape del compositor Juan Tellería, sobre cuya pieza Amanecer en Cegama, se había previsto anteriormente el calco de la música. El jefe sin duda echaba de menos el olor de la pólvora: “lo haremos cantar en la calle de Alcalá con acompañamiento de pistolas” (p. 199).

El Himno hubiera podido ser canción de despedida de una novia algo romántica y trasnochada, modista o bordadora, dedicada a las labores de “su raza”, de no haber sido concebido y aplicado para lo que fue: un canto para incitar a la muerte de los falangistas y principalmente de los republicanos (en testimonios orales del SO de Salamanca se cuenta que cuando volvían los victimarios “facistas” de sus correrías macabras, con ese himno festejaban sus hazañas y “cantaban el entierro” a sus víctimas [R 1973]). Es lo más truculento y patéticamente triste que puede darse en la vida, por mucha envoltura poética que lleve. De hecho, el alumbramiento de la criatura simbólica hizo llorar de entusiasmo y pena al padre principal (contagiando presuntamente a su hagiógrafo), ante la visión profética de sus camaradas muriendo y matando pistola en mano:

“En los ojos de José Antonio brillaba una luz de entusiasmo velada por una ligera tristeza. Le parecía escuchar en la cercana calleja las pisadas rítmicas de sus camaradas que marchaban hacia un frente desconocido, y que penetraba por la ventana el aire frío de las batallas y de las banderas. Y se imaginó a sus mejores pronunciando, moribundos en la tierra, en el mar y en el aire, aquellas palabras que hacía unos minutos, sobre el papel, no eran nada y que ya no pertenecían a los poetas” (p. 199).

De los nazis también se ha dicho que tenían una gran sensibilidad y capacidad de emoción estética, y sabían aguantar el sufrimiento ajeno. Sobre todo se compadecían de sí mismos; sus epígonos niegan la existencia del Holocausto.
La tercera parte de la novela es literatura de propaganda, que la crítica suele considerar de menor calidad. Sin discutir el fundamento histórico de los horrores atribuidos al “terror rojo” allí inventariados, el lector de hoy no sabrá nada que no supiera ya sobre lo sucedido en Madrid: quemas de iglesias, allanamientos de moradas, robos, asesinatos, actos de barbarie, profanaciones de cadáveres, decapitación de imágenes, etc. Desde hace más de ochenta años y por todos los medios a su alcance, esto lo vienen recordando los vencedores de la guerra durante la Dictadura y sus herederos ideológicos durante la Monarquía para sus intereses partidistas. Desde hace algún tiempo sirve sobre todo para tratar de seguir silenciando la memoria histórica republicana. El mismo Foxá ha sido sin duda una fuente socorrida de la difusión de acontecimientos de los que no fue testigo o de versiones discutibles sobre el papel de determinados agentes. Es el caso de la presencia del teniente Moreno en el asesinato de Calvo Sotelo, a través de lo cual se busca la implicación de las autoridades de la República en la planificación del magnicidio, que es parte de la justificación derechista de la sublevación militar.

Aparte de que Foxá en modo alguno se plantea la entonces impensable cuestión de la responsabilidad del conflicto bélico, que dio ocasión a aquellas matanzas, resultaría verdaderamente extraño que después no se enterara de los sucesos de Salamanca, empezando por las descargas de militares sublevados contra civiles en la misma proclamación del bando de guerra (19 de julio de 1936) en la Plaza, que se saldó con la muerte de once víctimas. Toda una lección de escarmiento prevista en las directivas de Mola, que sin duda el escritor aprobaba, a juzgar por la presentación de los actividades falangistas en Madrid. En la ciudad del Tormes se había fraguado la jefatura de Franco y se habían puesto las bases del nacional-catolicismo, cuando a finales de 1936 y 1937 redactaba la novela. Allí coleaban todavía las sacas carcelarias y, junto a las tapias del cementerio, eran frecuentes los fusilamientos por ejecución de sumarísimos. El estruendo despertaba al vecindario en las madrugadas.

Otro tanto sucedía en el entorno de Ciudad Rodrigo, donde forzosamente Foxá no podía ignorar lo que había pasado en los aledaños de sus propiedades. Salvando la proporción, todos aquellos horrores descritos en el Madrid republicano los perpetraron sus correligionarios falangistas y otros milicianos fascistas contra presuntos oponentes del Movimiento en este pequeño territorio. Y lo hicieron contra personas inermes y sin tener ellos el enemigo a la puerta y dentro de casa, como sucedía en la capital de España con los “quintacolumnistas” (paqueo de los francotiradores, actividades de fascistas organizados de antes para causar estragos, sin contar los que causaba la artillería y aviación franquista), sino a 300 kilómetros del frente. Como antes se avanzó, además de la cárcel del partido judicial, todos los centros de detención, depósitos municipales, locales de policía, cuarteles de las milicias fascistas, incluido quizá el mismo recinto de La Caridad, funcionaron como checas, que, por así decir, en nada desmerecían de los “tribunales populares” de Madrid. En ellos se organizaron las sacas carcelarias, así como los registros y detenciones sangrientas o no, extorsiones económicas, etc. Todo ello estaba planeado de antes por los directores de la sublevación y se llevó cabo bajo el control de la jerarquía y la jurisdicción militar, como recogen los documentos de archivo (procedimientos sumarísimos y diligencias previas).

En consecuencia, hay razones para al menos sospechar que la tercera parte de Madrid de corte a checa, con la descripción de los horrores de la represión republicana, sirvió para excusar el terror del estado franquista o para incentivarlo, aunque ambas opciones son compatibles. Porque, en ninguna parte de la novela asoma la más mínima empatía con el pueblo madrileño, menospreciado ya en la 2ª parte al anuncio de lo que el autor llama “revolución” (“las masas ya revueltas (…) toda la hez de los fracasos”) como si la inmensa mayoría desfavorecida e ignorante no tuviera excusa alguna y sus componentes fueran los únicos responsables de la situación caótica que, a los ojos de las minorías privilegiadas (aristócratas, militares, terratenientes, plutócratas, eclesiásticos, etc.), los convierte en sujetos anónimos de una sociedad informe, salvajes, animalizados, cosificados (masas, turbas, hordas, tribu, chusma, Madrid proletaria y desarrapada, etc.). Si se fija en su miseria es para evidenciar la superioridad física, moral y cultural de la aristocracia. Como si el destino de los proletarios fuera el sometimiento y la servidumbre, pinta a los milicianos republicanos, “torpes y plebeyos”, subyugados por la elegancia señorial, la civilización y el refinamiento de una señora hermosa, en contrate con sus mujeres: “sucias, avejentadas, de senos flácidos y cinturas deformadas, con sus zapatillas de tela negra, enrojecidas por el fogón y con las manos cortadas por la lejía” (p. 301).

Al final, el personaje principal parece resumir la filosofía del autor: “Comprendía que solo eran verdad las cosas elementales y sencillas, el amor y la guerra, el hambre y la sed, la mujer y el hombre” (p. 349). Ama los extremos, las apetencias primarias, los complementarios. Pero él está del buen lado de la lírica y la épica, que reserva para los suyos (falangistas, requetés, moros, militares sublevados, Franco, Queipo de Llano), organizados y estetas de la guerra abierta, frente a la desorganización truculenta de la lucha callejera: “No era aquella la bella estrategia –campo, nubes, trincheras– de Marruecos. (…). Batalla sucia, urbana, marxista, crimen de patio interior, entre carbón y manchas de sangre” (p. 258). Por lo demás, no parece que en la vida Foxá fuera de los que conocían por experiencia “el hambre y la sed” u otras privaciones, y se acomodaba perfectamente con su situación de privilegiado, a juzgar por el dicho que le atribuyen: “soy conde, soy gordo, fumo puros, ¿cómo no voy a ser de derechas?”. Como agudeza verbal queda bien. Y siendo tan inteligente, podía haber entendido que los plebeyos, muertos de hambre y no fumadores (o fumadores de cuarterón) fueran republicanos y de izquierdas. Pero no atisba, ni adivina o sospecha ningún ideal positivo en los partidarios de la República, porque esto era incompatible con su fascismo y antirrepublicanismo visceral.

Por esta razón, el nombre de este gran escritor, como todas sus obras, tiene perfecta cabida en las bibliotecas, pero ofende la vista y la memoria de las víctimas del fascismo en el callejero de Ciudad Rodrigo (donde no figuran muchos grandes escritores). Y esto es así incluso teniendo en cuenta los “intereses de todo orden que ligaban al personaje con la nuestra ciudad”, presuntamente confesables, que la citada Comisión Municipal invocó para cambiar la denominación tradicional de la vía en cuestión en 1963. Este “honor” permanente tributado a un fundador y promotor de la Falange, cuyos miembros y simpatizantes, entre otros estragos causados por todas partes, efectuaron numerosas ejecuciones extrajudiciales de republicanos en el ámbito mirobrigense, muchos de los cuales transitaron por esa calle antes de sucumbir en las cercanías de La Caridad, propiedad del personaje. Son las víctimas quienes deberían ser homenajeadas y no un inspirador de la violencia.

Hoy mismo está previsto el traslado de los restos de Franco, yacentes en el Valle de los Caídos. Un gesto de gran alcance simbólico a nivel nacional, largamente esperado y a partir de ahora en contraste con el permanente inmovilismo de las sucesivas corporaciones municipales de Ciudad Rodrigo. Porque mientras éstas sigan manteniendo la citada denominación infame, el deshonor también recae sobre todos los vecinos de la Ciudad, pues evidencia el sustrato franquista, una vez más:
Después de la desmemoria, la desvergüenza.

 Monasterio de la Caridad -FG 2012

Monasterio de La Caridad (Foto FG, 2012)

 

Referencias:
Agustín de Foxá, Madrid de corte a checa, Bibliotex, 2001 [San Sebastián, Ediciones Jerarquía, 1938].
Tomás Domínguez Cid, “Por las calles de mi ciudad”, inédito.
Ángel Iglesias Ovejero: “Secuelas”, 12/10/2017:
http://www.ciudadrodrigo.net/2017/10/12/secuelas-vigentes-del-franquismo-nombres-y-simbolos-de-exaltacion-4-ciudad-rodrigo-/

 

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November 21, 2019 Nick

Pues habrá que pedirles explicaciones, no?? no se que problema puede haber en esto, no [...]

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November 21, 2019 un charro

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