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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (24): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca. La “desaparición” del soldado Tomás Gómez Barragués (El Bodón) y de su compañero Patricio García-Luis Riolobos (El Torno, Cáceres). Por Ángel Iglesias Ovejero

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Secuelas vigentes del franquismo. Exilios y emigración (24): la memoria de los “desterrados” republicanos en el SO de Salamanca. La “desaparición” del soldado Tomás Gómez Barragués (El Bodón) y de su compañero Patricio García-Luis Riolobos (El Torno, Cáceres). Por Ángel Iglesias Ovejero
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Tomás Gómez Barragués es de aquellas víctimas de la represión y de la guerra civil desencadenada por Franco y sus secuaces que, al igual que su compañero de destino Patricio García Luis [cuya identidad nominal es Patricio García-Luis Riolobos], apenas han dejado una sombra borrosa en la memoria de su entorno familiar. A esa categoría de represaliados nos referimos en la introducción de estas “Secuelas” (16/03/2017). Ambos eran soldados del Regimiento de la Victoria nº 28 (Salamanca), que tenía un destacamento en el frente de Madrid cuando desertaron al campo republicano en 1937, donde asumirían otros destinos hasta que se les perdió el rastro aquel mismo año. Sus familiares los esperaron y los han buscado en vano. Lo que de ellos se sabe, aparte de los datos del registro civil (solo consultados para Tomás Gómez) y de los procurados por los respectivos descendientes y allegados de uno y otro, se debe a las diligencias instruidas en la “Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación” para esclarecer las circunstancias de la deserción, en las cuales se halla la correspondencia principalmente de Patricio, antes y después del hecho por el que ambos fueron encartados. Sin embargo, aquí de inicio se focaliza el análisis en el caso de Tomás, porque es lo más pertinente para el conocimiento de las víctimas en el SO de la provincia de Salamanca, entre las cuales aparecen personas de su grupo de parentesco y de vecindad (“Secuelas”, 20/04/2017).

Tomás Gómez Barragués nació el día 7 de septiembre de 1909 en El Bodón (Salamanca). Era hijo de Florentino Gómez González, de 30 años, jornalero, y de Eusebia Barragués Corvo, de 28 años, “dedicada a las ocupaciones propias de su sexo”, naturales y vecinos de dicho pueblo, en cuyo hogar nacieron otros hijos: María Teresa, Josefa y Alejandro. Sus abuelos por línea paterna se llamaban Alejandro Gómez y Cipriana González, y por línea materna Tomás Barragués y Manuela Cor[-tés/-vo], esta última natural de La Encina y los demás de El Bodón. Pertenecían todos a la clase modesta, jornaleros, con algunas propiedades. Probablemente antes de la obligada reincorporación a filas de Tomás en 1937, ya había empezado el castigo que repetida y copiosamente afectó a su parentela en la represión franquista, tanto judicial como extrajudicial. Su hermana María Teresa quedó viuda a los 30 años y con cuatro huérfanos a su cargo (Asunción, Iluminada, Florentina y Eusebio), por el asesinato en una saca carcelaria (11/09/36) de su marido, Ramón Gómez Ramajo (“Secuelas”, 22/11/2018). La otra hermana, Josefa, estuvo a punto de quedarse sin marido, José Agudo Gutiérrez, detenido en la prisión de Ciudad Rodrigo el 26 de julio con otros ocho vecinos bodoneses, varios de los cuales fueron eliminados en dicha saca carcelaria. En cambio, Alejandro murió en la “liberación” del alcázar de Toledo, siendo teniente de Regulares, con quienes llegó de Melilla, debido a la explosión de una granada que llevaba, al impactar en ella un disparo (CR 2019). Debían de formar parte de un círculo de parentesco más amplio Ángel Acosta Barragués y Plácido Ramos Nicolás (padre de la informante Magdalena Ramos Barragués), víctimas mortales, así como otras afectadas por la represión carcelaria.

Foto 2_ cementerio de El Bodon - rr

Cementerio de El Bodón (Foto FG, 2019)

Con estos antecedentes, es de suponer que Tomás Gómez Barragués tendría un ardor guerrero bastante apagado cuando lo filiaron en el ejército sublevado el 29 de junio de 1937. Tenía 28 años, estaba casado con Iluminada Pino Hernández, y, era padre de dos niñas (Vicenta e Iluminada) y un niño (Laureano). A consecuencia de la desaparición del padre, el desamparo de estas criaturas y de su madre fue tal, que, en fecha sin determinar todavía de los años cuarenta, Iluminada decidió contraer segundas nupcias, con José Manuel Ramos Nicolás, de quien era viuda cuando ella misma falleció de cáncer el 17 de diciembre de 1952 (act. def.), dejando otras dos niñas huérfanas (Magdalena y Rosa), menores de edad, que se añadían a los de “su anterior matrimonio con Vicente [Tomás] Gómez Barragués”. Estos últimos, ya mayorcitos, fueron de los afectados por el “exilio económico” en Francia en la década de los años cincuenta. Obviamente, la circunstancia de que la esposa de Tomás pudiera contraer segundo matrimonio, sin impedimento, es un indicio claro de que las autoridades civiles y religiosas de El Bodón daban por muerto al “desaparecido”; pero la secretaría del ayuntamiento no ha facilitado el acta de las segundas nupcias para confirmar la fecha.

En el grupo de parentesco de Patricio García-Luis no había antecedentes realmente comparables de la tragedia, aunque en El Torno (Cáceres), de donde era natural y vecino, la represión sangrienta, al margen de vejámenes, multas y otros previsibles castigos, se llevó por delante a tres o cuatro personas, cuya identificación nominal sigue siendo un tabú local hasta el día de hoy. Esto no deja de ser muy revelador de que el camino que le queda por recorrer al reconocimiento de la memoria histórica republicana, pues en un maravilloso paraje (conocido como “Mirador de la Memoria”) a las puertas del pueblo se erigió en diciembre de 2009 un monumento dedicado “a los Olvidados de la Guerra Civil y la Dictadura”. Fue iniciativa de miembros de la Asociación de Jóvenes de la Comarca del Jerte, que estaban en conexión con la Asociación de la Memoria Histórica de Extremadura. Es obra del escultor Francisco Cedenilla Carrasco y está constituido por cuatro figuras humanas desnudas, una de las cuales lleva impactos de bala, debidos a un tiroteo efectuado al poco tiempo de la inauguración. Pero los fusilamientos efectivos contra personas en 1936 no alcanzaron las proporciones de El Bodón. Por otro lado, tampoco coincidía el respectivo contexto socioeconómico local y familiar. Sin embargo, en el recorrido de ambos desaparecidos se dan marcadas analogías.
En dicho pueblo del florido valle del Jerte nació Patricio el 24 de agosto de 1909, hijo de Marino Fernando García-Luis Izquierdo y de Eustaquia Riolobos Elizo, sexto miembro de una amplia fratría, tres de cuyos componentes (Benigno, Mª Rosario y Rosalía) fallecieron en fecha temprana; los demás alcanzaron la edad adulta: Rafael (1900), Manuela (1904), Patricio (1909), Ascensión (1911) e Ildefonsa (1913).

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Marino Fernando García-Luis Izquierdo con su hermana Manuela
(Foto: cortesía de Manuela Elizo Durán)

Patricio estaba allí casado en 1936 con María Cruz Riolobos Elizo, con quien tenía dos hijos (Eustaquio y Emilia), presumiblemente arropado en el frondoso árbol familiar, cuya posición troncal ocupaba Marino Fernando García-Luis, productor de vino, aceite y patatas, que había sacado adelante a los suyos con relativa holgura. Era un hombre instruido, preocupado por la educación de sus hijos e hijas, considerado de izquierda por su ideología, que entre 1916 y 1934 había ejercido cargo público en repetidas ocasiones.

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María Cruz Riolobos Elizo y Patricio García-Luis Riolobos
(Foto: cortesía de Alberto Izquierdo)

Sin menoscabo de la solidaridad, dentro de la fratría hubo algunas fisuras en la orientación ideológica, pues el hermano mayor, emigrante regresado de Cuba (1924-1928), era monárquico, y fue designado alcalde a raíz de la sublevación militar. En cambio, el padre fue detenido por los falangistas y una de las hermanas, Ildefonsa, había sido detenida (25/05/37) y procesada (“por supuesto delito incitación a la rebelión”). Por ello estaba en la cárcel de Plasencia, antes incluso de la incorporación de Patricio al ejército faccioso, y, a pesar de haber sido sobreseída la causa (06/06/37), allí seguía a finales de julio de 1937 y quizá varios meses más tarde.

No debe de ser casual la circunstancia de que esta hermana fuera represaliada por el envío de una carta a su marido, que estaba en el frente, porque en ella detallaba los rumores del pueblo sobre la guerra y el reclutamiento de soldados, que presumiblemente no participaban de buena gana en aquellos alardes bélicos. Era sin duda el caso de Patricio, pues está claro que, si por asomo le veía algún sentido a aquel conflicto en el momento de su filiación en el ejército franquista (29/06/37), unos meses más tarde no le veía sentido alguno de cara al “día de mañana”, tanto de su esposa e hijos como del suyo propio. Este fue el motivo de su deserción, y presumiblemente también lo era en el caso de Tomás, pues el cumplimiento del proyecto forzosamente requería la complicidad y la ayuda del compañero. Es lo que se desprende de la documentación dejada en su fuga al campo republicano, incluida en el Sumarísimo ordinario nº 2558/1937, y puesta de relieve, torcidamente, por el mismo juez militar en su informe resumen para la Auditoría de Guerra (f. 73 y 78).

Instruyó las primeras diligencias, iniciadas el mismo día del conocimiento de los hechos (24/10/37), Eladio Durán Cáceres, alférez de Infantería, actuando sucesivamente de secretarios el brigada Rafael Casal y el sargento Teófilo Sánchez. El capitán Julio Pata había señalado a la Autoridad Militar la deserción de ambos soldados, mientras prestaban servicio de centinela la noche anterior en Villafranca del Castillo (aldea de Villanueva de la Cañada, cerca de Madrid). Casualmente entre los soldados de la patrulla que habían señalado la ausencia figuraba una persona conocida de Robleda (Salamanca): Vicente Ovejero Toribio (“el Rubio”), de 28 años entonces (f. 52). Los fugitivos se habían llevado el armamento y el equipo: fusil, dotación reglamentaria y cinco bombas de mano; capote, manta y careta antigás. El expediente incluye sobre todo la susodicha correspondencia de Patricio García, quien deja dos escritos, sin duda redactados poco antes de la fuga: una esquela y una carta relativamente extensa. La documentación familiar añade una tarjeta postal que el mismo había enviado a su hermana Ildefonsa, en el “depósito municipal de Plasencia, que tiene enfermo a su marido (Santiago), a quien alude, así como a otra persona del entorno familiar, Feliciana.

La esquela es una breve nota que en sustancia pide un insólito favor al encargado de la censura, para que, una vez cumplido este requisito, la deje llegar a su familia (“le pido a V. por favor censure la carta y la deje caminar [h]asta su destino”); en forma lacónica evoca la motivación del proyecto en el que parece implicar a Tomás Gómez, y no es otro que la penosa situación económica de sus mujeres en la retaguardia, a pesar del sacrificio de todos (“porque es muy poco lo que dan a nuestras mujeres, tanto como están sufriendo ellas y nosotros también”, en probable referencia al subsidio acordado a las familias de los combatientes golpistas por una orden relacionada con el decreto nº 174 en febrero de 1937). La carta llama la atención por la relativa extensión, el tomo reflexivo y la falta de adecuación con la retórica del discurso militarista (sin ditirambos para el Ejército, sin vivas para los amos de la guerra, sin sacralización de ésta, causante de males, sin reproches para los “rojos”, incluidos los más cercanos a quienes, dada la proximidad de los respectivos parapetos de las trincheras, oye cantar y con quienes conversa por las noches).

Patricio explica en esa carta, dirigida a un hermano (Rafael) que, por haber sido emigrante en Cuba, puede comprender las razones que le mueven a tentar la suerte para hacer algo por su mujer y sus hijos, lo que lógicamente supone la fuga al campo republicano y no excluye la necesidad de un posterior exilio. Si el plan sale mal, espera que ella, sus hijos y su padre “le sepan perdonar”, aunque no se siente culpable de nada, pues deja claro que la responsabilidad recae en quienes han promovido la guerra (“que sepan echar la culpa de esto a los promotores de esta maldita guerra”), que tiene trazas de ir para largo (“porque esta guerra, yo comprendo que [a no] ser con un arreglo, no termina mientras haya hombres en el mundo”). Una lapidaria alusión a la situación (“un caos”) precede a una exhaustiva enumeración de “recuerdos” (saludos) para todos los miembros del grupo de parentesco, como remate de una decisión tomada y que supone difícil de entender, por lo que repetidamente pide perdón. En definitiva, efectúa una arriesgada apuesta por la vida futura y, con cierto fatalismo, encomienda el resultado a la suerte, de la que depende que el adiós sea pasajero o definitivo, verse o no verse, en previsión de lo cual deja el porvenir inmediato de su mujer e hijos al cuidado del suegro:

“Sin más por hoy, recuerdos inolvidables para toda la familia, para hermanos, cuñados y sobrinos, y mi inolvidable mujer y mis queridos hijos, todo mi afán y cariño junto con un millo[n] de Abrazos si llegase ese día de poder efectuarlo, tal y como lo he redactado bien se sabe que esto es un sueño, pero sueño es aquí también. Adiós mi inolvidable familia. Mari Cruz, ten muchísimo valor para pasar por todo y guardarme toda clase de respeto, que si perdido tienes a tu marido, así perdido lo tenías de esta otra manera. Y si está en volvernos a ver, eso solo lo hace la suerte, de forma que te pido de rodillas el perdón. Y adiós para siempre, o para volvernos a ver, que con las guerras solo se saca esto, sufrimientos y penas, ahora [hay] que contar que haya suerte. El mundo se tiene que estar así, unas veces para un sitio, y otras veces para otro. A tus hermanos les dices que me dispensen y a tu padre que sepa tener paciencia, y lo haga contigo y con nuestros hijos como si hubieran perdido el apoyo mío, que no lo confundan, pero abandonar, no, ¡es todo lo contrario!” (f. 7, trascripción con la puntuación y la ortografía normalizadas).

Como era de suponer, sus familiares nunca recibieron esta patética despedida. En todo caso el éxito del plan, en el que presumiblemente participaba Tomás Gómez, hubiera requerido un entendimiento previo con el encargado de la censura, que generalmente en estos asuntos hilaba muy fino. Y sin duda, Patricio lo sabía, por lo que cabe suponer que confiara en algún expediente para que la carta llegara a su hermano alcalde, pero no se debe de excluir la posibilidad de una sutil ironía por su parte, con este regalo para los “responsables” de todo el “caos”. En todo caso, los conceptos vertidos sobre la guerra y sus responsables bastaban para abrir un procedimiento sumarísimo que, como mínimo, le hubiera acarreado una larga condena de prisión a Patricio. A su dirección en el frente llegarían una veintena de cartas escritas por sus familiares y amigos: su esposa, sus hermanas Manuela y Ascensión, su hermano Rafael, sus primos, una ilegible, amigos, sus cuñados, Julio Elizo Regadera -cuya carta del 28 de octubre parece “sospechosa” al instructor, por aludir en ella a “familiares que viven en Madrid”, en Leganés, localidad a primeros de noviembre ocupada por los facciosos-, etc.). La mayoría de ellas, con seguridad nunca las leería, pues llevan fechas cercanas o posteriores a la deserción, sobre todo al cabo de unas semanas, debido a que los corresponsales no recibían noticias suyas. Cuando todavía no está inquieta por esta circunstancia, su esposa le escribe el 28 de octubre, refiriéndose a la última carta recibida el pasado día 21 de su “inolvidable marido”. En otra de las cartas dejadas por Patricio (f.12), con letra distinta se leen dos extraños letreros alusivos al trabajo y las fugas (“fuera ya de trabajo sin sueldo”, “como nos hacéis pasar, vosotros tenéis la culpa que nos pasemos”), que presumiblemente ha enmarcado el instructor con una llamada de atención (“ojo”). No dejan de tener interés como indicios del ambiente reinante en las trincheras, a vista del ejército enemigo, en contraste con los rumores de la retaguardia.

Tomás también debía de cartearse con sus familiares, pero se llevaría los escritos consigo o los destruiría antes de la fuga. En las diligencias solamente aparecen dos cartas a él dirigidas. Una casi ilegible va firmada por Iluminada Pino, su esposa, con fecha del 25 de octubre de 1937. Y otra de José Agudo, también soldado, con destino en una posición aledaña de la sierra de Guadarrama, en Revenga (Segovia) enviada a su cuñado “Vicente”. Éste, por deducción y confirmación de testimonios familiares, es el citado Tomás, a quien, como sucede con frecuencia en otros pueblos, le darían en el entorno local un nombre diferente al del registro civil. En el escrito se menciona a Pepa (Josefa), que era una de las hermanas de Tomás (supra). Por otro lado, se da la circunstancia de que esta carta del cuñado en respuesta a otra de Tomás (Vicente) está fechada el 28 de octubre, solo tres días después de la que le manda su esposa Iluminada Pino y coincide con el envío de respuesta de Mari Cruz a una carta de Patricio recibida el 21 anterior, lo que viene a confirmar que los fugitivos habían tratado de tener atadas las relaciones con sus respectivas familias.

Tomás y Patricio dieron el paso al anochecer del 23 de octubre de 1936. Dos fechas más tarde ingresaron en el Ejército republicano y al tercer día fueron trasladados a Valencia, según documentos en poder de la familia de Patricio. Los testimonios de ésta última señalan que a partir de ese momento se le pierde el rastro al mismo, como sucede incluso antes con Tomás Gómez. Presumiblemente ambos serían empleados en servicios de la retaguardia en el otoño de 1937 (la sinceridad de los prófugos en general no siempre estaba bien garantizada para la jerarquía militar, que los acogía con recelo) y más tarde tendrían destinos arriesgados, allí donde fuera más urgente su presencia, sin que se tenga constancia cierta de algo. Nada prueba que, juntos o separados, estos fugitivos sobrevivieran en alguna parte a los avatares de la guerra o la inmediata represión franquista. Lo más probable es que fueran víctimas de las acciones bélicas relacionadas con el frente del Ebro (1938). De hecho, la esposa del primero, María Cruz Riolobos, habría recibido notificación de su fallecimiento el 6 de septiembre de 1938. Es muy probable que Iluminada Pino recibiera algún informe en el mismo sentido, que asentara su estado de viudez, sin lo cual las autoridades bodonesas habrían puesto impedimento para su casamiento en segundas nupcias. La justicia militar franquista no regalaba nada a los familiares de los “desaparecidos”, sobre todo si eran fugados. La citada María Cruz Riolobos lo experimentó a su costa.

En efecto, en 1940 el juez de Instrucción de Plasencia, Miguel Grilo Baides, no accedió a la demanda de la misma para que su marido fuera inscrito como fallecido, sino como desaparecido, pero la decisión, más que por la falta de pruebas, está motivada por los antecedentes izquierdistas del prófugo y de su familia. Este juez [que había sido juez de instrucción de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), donde en 1937 instruía las piezas de embargos con destino a la Comisión Provincial para la Incautación de Bienes por el Estado] se alineaba así con un método perverso de la represión franquista durante y después de la guerra, en consonancia con la sociedad educada por y para el castigo. Al principio, cuando no podían detener al oponente o desafecto al Movimiento se cebaban con su familia. Después, como en este caso, se castigaba para siempre a los “rebeldes” con la infamia (damnatio memoriae, condenación de la memoria, que en la antigua Roma se reservaba para los enemigos del Estado), así como a su familia en vida o por venir. A ésta no solamente se la privaba del duelo, sino que sus miembros estaban obligados a vivir con ese baldón (ser esposa o hijo de un presunto “fugado”) y soportar sus efectos concretos, traducidos en represión laboral, depuración y marginación social, sin excluir la “herencia” de la sanción económica que pudiera haber recaído sobre la primera víctima, incluso fallecida (asesinada), por responsabilidad civil o política.

¿Hace falta recordar que los familiares de “desaparecidos” republicanos tuvieron que esperar hasta 2011 para poder inscribirlos en el Registro Civil como tales? (Ley 20/2011, BOE de 22 de julio).

¡Bonita manera de favorecer el olvido, mientras estos castigos no se borren de los procedimientos y sentencias de la jurisdicción militar franquista!

Referencias: fuentes y bibliografía
Expediente de Patricio García Luis. Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación. Año 1937. Juzgado número 4.
Sumarísimo ordinario nº 2558, año 1937, “instruido contra los soldados del Regimiento de la Victoria nº 28, 165 batallón, Tomás Gómez [Barragués] y Patricio García Luis”. Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación. Juzgado nº 4 (juez: cap. Alejandro Nieto Gómez; secretario: falangista de 2ª línea Alejandro Alonso ¿Canseco?). Auditoría de Guerra – Madrid, legajo 303, nº 15140.
Información oral y documentación gráfica de Manuela Elizo Durán y Alberto Izquierdo.
Ángel Iglesias Ovejero:
Secuelas (16/03/2017)
http://www.ciudadrodrigo.net/2017/03/23/secuelas-vigentes-del-franquismo-exilios-y-emigracion-2-los-desterrados-de-la-memoria-republicana-en-el-so-de-salamanca-por-angel-iglesias-ovejero/
Secuelas (20/04/2017)
http://www.ciudadrodrigo.net/2017/04/20/secuelas-vigentes-del-franquismo-exilios-y-emigracion-6-la-memoria-de-los-desterrados-republicanos-en-el-so-de-salamanca-el-bodon-angel-iglesias-ovejero/
Secuelas (22/11/2018)
http://www.ciudadrodrigo.net/2018/11/22/secuelas-franquistas-contra-la-desmemoria-republicana-archivos-vivientes-12-eusebio-gomez-gomez-el-bodon-y-pais-vasco-por-angel-iglesias-ovejero/

 

 

1 Comentario

  1. un charro 09:38, nov 21, 2019

    Nunca entenderé este tipo de informaciones…
    Todo mi respeto a estas familias que sufrieron la barbarie de esos años y ojala que no lo volvamos a ver..

    Reply to this comment

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