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Relato presentado por José Luis Vecilla al concurso “Relatos Breves. IX Concurso Literario de Eurostars Hotels

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Relato presentado por José Luis Vecilla al concurso  “Relatos Breves. IX Concurso Literario de Eurostars Hotels
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Relato presentado por José Luis Vecilla al concurso  “Relatos Breves. IX Concurso Literario de Eurostars Hotels”, que tiene como escenario el Fuerte de la Concepción, en Aldea del Obispo.

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UNA ESTRELLA EN LA FRONTERA

El teniente Beresford giró su cabeza, reteniendo la imagen del fuerte de La Concepción, mientras escoltaba, lo que todos conocían como el tesoro de Wellesley, hacia un destino incierto. .
Doscientos años después, un camino, vigilado por cipreses, nos guiaba hasta la entrada de aquel fuerte, para resolver el enigma del tesoro, que por allí pasó. Buscábamos alguna pista que nos llevara a él. ¿Habría escondido el teniente parte del oro, para volver a recogerlo cuando reinara la paz, y no pudo? El documento aseguraba, que unos cuadros y una cantidad importante de oro se encontraban en una caserna, protegida por una puerta roja, en una fortificación con figura de estrella, allá en la frontera. También indicaba que los cuadros acabarían en Inglaterra, pero parte del oro no llegó. El fuerte era ahora un hotel, una preciosa estrella desde el firmamento, que te recibe desde un baluarte, ahora elegante recepción. Aparcamos junto a un Aston Martin descapotable. ¿Quiénes lo disfrutarían? ¿Algún James Bond? Parece que los ingleses seguían interesados en el enclave. Tras atravesar un imperial escudo, “churrigueresco” nos indicó la recepcionista, cruzamos el cuerpo de guardia hasta contemplar el patio de armas. ¡Tres puertas rojas! Dejamos nuestro equipaje en la habitación, que fueron las casernas del fuerte, sin poder encontrar otra pista. Una luz cálida mitigaba el recuerdo de lo que allí ocurrió. ¿Sería, acaso, la habitación donde escondieran parte del tesoro? “Habrá que volver con luna nueva, seguro que veríamos toda la Vía láctea”, anotó mi esposo.

Subimos al adarve, tres parejas contemplábamos el ocaso desde el baluarte de la Reina. Cielos bermellones, salpicados con dorados, se difuminaban en un cuadro infinito. No nos llegaba con disfrutar de la sensación, todos lo inmortalizamos. Órdenes, que no ruegos, se escuchaban. ¡Rápido!, ¡date la vuelta!, ¡así!. Sobre la empalizada de aquel fuerte ¡se sentía una tan diminuta! Pronto llegó un grupo de amigos, uno se abalanzó sobre la cortina de piedra, más inmortalizaciones del crepúsculo. ¡Rápido!, ¡sonreír! Inmediatamente, así, click, esas imágenes viajarían por todo el planeta. Impresionante, más rápido que nuestra estrella. Nuestro momento iba a ser compartido, ¡a ser valorado! El grupo fue el primero en irse del bastión. Las parejas hicimos este instante nuestro. “¡Salud!” se escuchó a la vez que dos copas eran golpeadas. .

Mirando el patio pude imaginarlo hace doscientos años. Cuatro tambores y un pífano despertaban del letargo a todos los alojados en el fuerte. Un mensajero cruzó el revellín penetrando por el arco de acceso a galope. La Dieciséis de Dragoons, que estaba haciendo instrucción lo recibió. “Debo ver a su mando, traigo un mensaje del general Wellesley”. Se escuchó el estruendo al caer una pila de baterías de cocina. Se la había llevado por delante el fusilero que corrió hacia la caserna de mando. Crawford se importunó, estaba afeitándose. “¡Maldición!, otra vez Arthur con sus ínfulas, obsesión de acaparar títulos. ¿Por qué lo habrán rehabilitado?” El cabo esperaba la respuesta en el silencio del pañol. Crawford se volvió, leyó y cerró los ojos. En el patio de armas se escuchaba la algarabía de la tropa. .

En una esquina un grupo de artilleros comían tocino con ansiedad. Eran soldados novatos, los habían reclutado para aprender a luchar contra el francés. Tropas de marginados, a los que se les permitía cometer de vez en cuando tropelías, ahora curaban sus pústulas entre bromas y ataques de risa. El olor a ceniza, grasa y carne quemada invadía todo el fuerte. Vestían casacas rojas que les tejieron en Béjar. No las habían pagado, ni pensaban hacerlo. Al más bravucón le cayó desde el adarve un yelmo de cartón, era de un mirobrigense alistado en lo que llamaban azotes, con los que debían pagar portugueses y españoles la ayuda interesada. De una patada, el soldado mandó el yelmo cerca de la puerta del mismo color que su casaca, aquella que era más vigilada que el polvorín. .

Crawford, buen conocedor del francés y de sus estrategias, ordenó, después de la marcha de Beresford, que se debían replegar hasta Almeida. Necesitaban hacer desaparecer los cuatro revellines, habría que gastar toda la pólvora, incluso el ácido nítrico. Lo que sobrara se emplearía en destruir todos los baluartes posibles. Los mejores hombres de caballería, con el joven teniente John Beresford, debían escoltar el carro de la puerta roja a un destino secreto.

A primera hora tomábamos un café en una terraza abierta del baluarte destruido, no parecía que nadie hubiera buscado nada desde entonces, sólo faltaban algunas piedras. Es como si hubiera caído una bomba en nuestro salón. Llegó Mercedes, directora del Parque Arqueológico cercano, amiga con quien queríamos informarnos. Nos contaba, extensa recopilación de datos, la increíble historia de todos los grabados prehistóricos. Nos informó que siguen investigando, pero nunca hallaron algo que se pudiera relacionar con nuestra búsqueda. Estaban verificando que fue un mismo humano, o su tribu, el que hizo aquellos grabados en España y en otro yacimiento que se encuentra aguas abajo en Portugal. ¡Sin raya! “¿Os dais cuenta? Y ahora disfrutando en este hotel. Tres tiempos históricos, y cada uno con su tesoro”, concluyó Mercedes. “Aprender a valorar, eso debe hacer la juventud” afirmó mi cónyuge.

Nos indicó que fuéramos a Almeida, donde Beresford fue enterrado, después de morir al poco tiempo, en una batalla. Ojeé de nuevo el documento. En el fuerte ya no había rastro del oro ni de los cuadros. La fortaleza era lo que tiene importancia, era nuestro tesoro. ¿Escondería el teniente el oro para regresar más adelante? ¿Dónde? ¿O le mandaría Wellesley a una muerte cierta, para asegurar el secreto? “Tendremos que ir a Almeida, ¿te parece amor?”, dije. “Fíjate lo gordo que está el pelirrojo del Aston”, replicó mi esposo. Apreté los dientes para que no escapara la risa. “¡Igual que James Bond!”. Y me estalló la carcajada.

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http://www.relatosbreveseurostars.com/

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(imagen de archivo)

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